Zerega de Barniol M. Luisa.

POR LILA ALVAREZ GARCIA.- La presente entrega cierra las crónicas sobre la inolvidable María Luisa. Es una lástima que por razones de espacio no pudo aparecer el domingo pasado porque debo referirme a la obra de Pietro Mascagni, que estábamos cantando cuando murió Negri, y esa ópera tiene su argumento en un solo día: un Domingo de Pascua de Resurrección.

No se cuántas veces habíamos cantado Cavalería. (Para evitar confusiones, de hoy en adelante voy a permitirme llamarla simplemente “Cavalería'”. Porque así la laman los italianos. Se refiere a caballerosidad, a nobleza. No a caballería. Es la historia de venganza de un marido traicionado, es la “Caballerosidad de un rústico”). Negri quiso presentar a dos nuevos cantantes, que eran además como sus propios hijos: Fernando Vincenzini y Maruja Orejuela. Preciosas voces y compañeros inmejorables. María Luisa, generosa como ya he dicho, dejó su primer papel y tomó el de la madre del tenor, “mamá Lucia.

Todo estaba listo. Las entradas se habían agotado y no quedaba una sola. Pero el Maestro andaba desde días atrás con la presión alta, y había inquietud en todo el grupo. Comenzó la función. “Cavalería” comienza con la preciosa “Siciliana”, que la canta el tenor detrás del telón. Yo la acompañaba siempre en el piano, pero ya para esa noche había tomado la posta Carlos Domenech. Se desenvolvió todo sin contratiempos. Se lucían los solistas. Llegó el final. Era el momento en que “Turiddu”, el temor, canta su despedida a “mamá Lucía”, porque bien sabe que en el desafío con el marido engañado o mata o es matado. Al iniciar esa bellísima romanza hay un trozo que toca el cello y que me encanta. Estaba pues, entre bastidores esperando oír la frase, y luego la “prueba de fuego” para Fernando Vincenzini, Entró el cello, y, bruscamente, se detuvo… Inmediatamente, el grito aterrado de María Luisa: i “El Maestro, el Maestro!! Cayó nuestro Viejo, encima de la orquesta. El teatro, repleto de platea a galería, se quedó in- móvil un segundo. Y luego estalló el griterío. Las chicas del coro salieron en tropel y se arrodillaron en el escenario, llorando a gritos. Corrieron los médicos, que había muchos y muy ilustres esa noche. Levantaron a Negri, lo llevaron a la Clínica Guayaquil, pero ya estaba muerto.

Hubo resonancia fuera de aquí. Conservo un precioso artículo que le llegó a Vincenzini desde Italia. Es un cuarto de página, a colores, que muestra a un Director de Orquestas cayendo sin vida, mientras una “mamá Lucía” grita en la escena. Fue una muerte muy hermosa, digna de quien fue un gigante. No conozco de otro Director que haya fallecido en tal momento. Y no más óperas. Conciertos, muchos. María Luisa siguió colaborando siempre que uno de nuestros coros la invitó. Pero se dedicó íntegramente a su casa y su familia. Fue la madre admirable. Allí la tienen., ¿No era luminosa? Una tristeza debo compartir con Uds. Perdí mi archivo de la AMAN. Si algo tengo, es porque conservé duplicados. Pero las fotos, los folletos, los programas más importantes, todo lo perdí, por prestarlo. Lo de siempre: “préstame, que te devuelvo…”. Y ¡ si te he visto, no me acuerdo ! Por eso no tengo una foto de “Cavalería”. Pero miren esa de Pagliacci, que me ha facilitado Zobeida. Allí verán a la Mari con su gorrito de Colombina. Y vean qué gentío increíble formábamos. Imagínense a Mari con su diminuto traje blanco de Colombina.