ZARUMA : La maldición del Cacique Curacao

SUCEDIÓ EN ZARUMA
LA MALDICION DEL CACIQUE CURARAO

Felipe Ramírez, hombre joven y fornido, se abría camino por la vida como minero, ocupación que ha sido tradicional en los alrededores de la muy noble villa de San Antonio del Cerro Rico de Zaruma, asentada sobre un cerro con ocho pisos de minas, de los cuales los más profundos, se encuentran inundados y abandonados desde los tiempos de la conquista y se duda que puedan ser vueltos a utilizar algún día. 

El Cerro de Zaruma comenzó a ser explotado por los indios Paltas en la prehistoria; luego por los Incas y al final, cuando el Capitán Salvador Román fundó el asiento minero, por los numerosos aventureros españoles que se asentaron en la zona y maltrataban a los indios con mitas inhumanas. 

Así produjo Zaruma numerosas riquezas en el siglo XVI y comienzos del XVII y hasta se dice que una caja de plata bruñida, conteniendo riquezas cuantiosas en piedras esmeraldas, fue enviada al Rey Felipe II, como tributo de amor de sus lejanos súbditos; aunque esto del regalo tiene visos de ser más bien una simple leyenda.

Para 1.725 Zaruma había declinado en producción aurífera, las minas estaban abandonadas y las autoridades de la villa sentían cómo la población había dejado de crecer, para transformarse en un pacífico centro urbano donde las familias se conocían unas a otras y hasta empezaban a emparentarse entre sí con numerosos matrimonios. Los antiguos Ramírez de Arellano que en sus buenos tiempos habían entroncado con los Sánchez de Orellana, Marqueses de Solanda, eran los más comunes en Zaruma pues varias de sus principales ramas detentaban el poder socio económico de la región. A ellos se pertenecía Felipe Ramírez, soltero y emprendedor pero poco afortunado en sus aventuras auríferas, pues en más de cinco años que llevaba por los contornos no había podido entrar muchos metros por el boquerón mayor de la mina de su padre, abandonada por mala ubicación, según decían. 

Así es que pensó que mejor sería contraer un matrimonio ventajoso con moza rica y hacendada que seguir en una búsqueda que no produciría nada. I como lo pensó lo hizo, aceptando los ruegos de un viejo amigo de su padre que deseaba casar a su hija con Felipe, por conveniencias sociales más que económicas, pues éste era pobre de solemnidad. 

La boda fue estrepitosa por lo rápidamente que se celebró. La iglesita Matriz de Zaruma estuvo llena y después de la bendición hubo baile y sarao hasta el amanecer en casa del suegro, quien a eso de las doce de la noche díjole a Felipe: 
– Mira yerno, ahora que estás en mi familia, quiero contarte un secreto, allí donde vez señalado en este mapa, hay un boquete abandonado, donde según he oído decir existe una veta de oro puro, pero está hechizada, pues cada vez que alguien entra a tocarla ocurre un accidente, un derrumbe o como tu quieras llamarlo y el curioso muere; sin embargo, si entras un Viernes Santo y lo hacer con el escapulario de la Virgen del Carmen, puede ser que escapes al sortilegio que un día lanzó contra la mina el Cacique Curarao antes de morir, en venganza contra los malévolos españoles que habían esclavizado a su gente. 

Y pasaron los meses hasta que llegó por fin la Semana Mayor o Santa, como antaño se decía. Felipe esperó que las gentes estuvieran en la iglesia para escabullirse con dirección al boquete de mina situado a sólo dos kilómetros de distancia en la base misma del cerro. Allí estuvo a eso de las tres de la tarde y poniéndose el escapulario, retiró una piedra grande y gruesa que ocultaba la entrada a los ojos del público y armándose de valor ingresó con paso firme y decidido.

Al principio todo era oscuro y el aire enrarecido tenía un olor especial, pero poco después, acostumbrado al ambiente, empezó a caminar por un túnel, llevando una linterna en su mano. A eso de las cuatro estaba pensando que nada encontraría, cuando he aquí que vio un ligero brillo y tentando la pared con la mano descubrió que era oro, fino al principio y luego más amplio, como en estrías, que se difuminaba en una pared del fondo. 

Poco después se conocía en Zaruma que Felipe había descubierto un nuevo filón. Años más tarde la mina había rendido mucho cientos de miles de doblones descontando los dineros del Rey y Felipe marchó a España con su esposa e hijos, donde llevó una vida fastuosa de indiano rico, sin acordarse más de Zaruma ni de la memoria de su suegro, que había fallecido en aquella villa. 

De este Felipe actualmente desciende la familia Ramírez de la ciudad de Madrid y el General Ramírez que estuvo de Presidente de la Audiencia de Quito en 1.821, poco antes de la batalla del Pichincha.