YEPES Y YEPES GUMERCINDO

JURISCONSULTO.- Nació el 13 de Enero de 1845 en la noble y torera villa de Baba, en el Valle de San Francisco, cuando aún pertenecía a la Provincia del Guayas. Hijo legítimo de Rafael Yepes y Ruy – Díaz, arrendatario de la hacienda La Virginia de propiedad de José Joaquín de Olmedo frente a Babahoyo y agricultor en Baba. La familia Yepes descendía de los conquistadores y colonizadores de la cuenca del Guayas, y de su prima hermana Mercedes Yépes y Cepeda, también babieca.
Fue el quinto de una familia compuesta de seis hijos, siendo el único varón. Muy joven perdió a sus padres y huérfano completo viajó a casa de su tío Rafael, propietario en Guayaquil de uno de los muelles y que por sus múltiples ocupaciones pasaba casi siempre fuera, quien lo llevó a presentar al padre Luis de Tola y Aviles, que vivía con sus hermanas solteras en una amplia casona ubicada en la actual calle Víctor Manuel Rendón, entre las de Baquerizo Moreno y General Córdova, donde el joven terminó alojándose con otros huérfanos como José Luis Tamayo Terán que llegaría a ocupar la presidencia de la República, Isidoro Barriga Farías que fue Obispo de Guayaquil, etc. Tola desempeñaba el rectorado del Colegio Seminario y dirigió sus estudios.
A los dieciocho años se graduó de Bachiller en Filosofía, ciencia que le entusiasmaba y en la que se especializó, leyendo constantemente los textos de la época con espíritu abierto a las innovaciones del siglo de las luces dominado por las ideas de los enciclopedistas franceses y hasta pasaba por deísta, pues jamás se le conocieron beaterías. Pronto se especializó en Filosofía griega y alemana.
Al abrirse a poco. en 1867, la Facultad de Jurisprudencia, por obra de la recientemente creada Junta Universitaria de Guayaquil, fue de los primeros alumnos en matricularse y el segundo en graduarse, seis años más tarde, mereciendo todos los años las más altas calificaciones. La Junta funcionaba en el antiguo colegio San Vicente del Guayas regentado por los padres de la Compañía de Jesús, a la sombra de la disciplina del estudio y la meditación o como entonces se decía de la “ratio studio de los jesuítas.
En 1870 se unió con Angela Baquerizo Ordeñana, mayor a él en siete años pues había nacido en 1838, hija de Sebastián Baquerizo Noboa, arrendatario de la hacienda La Virginia y fundaron un hogar en la calle del Carrizal, viviendo de lo que modestamente le proporcionaban las clases particulares que dictaba a numerosos niños.
Entonces su protector le hizo nombrar Fiscal de la Curia con sueldo y profesor de Filosofía en el Colegio San Vicente del Guayas, cátedra que mantuvo por muchos años y que le hizo famoso en la ciudad hasta su jubilación.
El 28 de Octubre de 1878 concurrió a la solemne instalación de la Junta Universitaria del Guayas. Después fue designado profesor en la Universidad, que se fundó por decreto del Jefe Supremo Pedro Carbo en 1883. Pasaba por erudito en las distintas disciplinas del Derecho y siendo Fiscal de la Corte, los Ministros Jueces le hacían llegar los juicios para que emita su vista evitando así la molestia de leerlos y estudiarlos; pero cansado de tanto abuso, decidió cortar por lo sano y la siguiente oportunidad puso como único dictamen. Vistos: iYa vi! y les quitó tan mala costumbre.
De él se contaban muchísimas anécdotas en el San Vicente del Guayas donde se jubiló como profesor y por eso figura su nombre en el Cuadro de Honor. En cierta ocasión y en clase de Filosofía, que era su fuerte, un alumno le preguntó la mejor definición de religión. El viejo, ni corto ni perezoso dijo: Religión viene del latín re ligare, que significa unir dos veces y así como Dios está ligado con sus criaturas, éstas tienen necesidad de la religión para ligarse a su vez con Dios ¿Está claro?
Durante el Incendio Grande entre el 5 y el 6 de Octubre de 1896 se quemó su casa y quedó sin tener una camisa que ponerse, su hija menor llamaba Josefa tenía catorce años, fue sacada a la calle con un periquito en el hombro, que era su consentido. Instalados provisionalmente en terrenos de la hacienda La Atarazana, allí permanecieron varios días hasta que pudieron salir a una hacienda cercana. El día 9 de Octubre tuvo que asistir a la sesión inaugural de la Convención Nacional que se reunió en el edificio de la Gobernación del Guayas, pues era Diputado por la provincia de Los Ríos, sobresaliendo por discutir asuntos relacionados con el culto y la política, destacando como ideólogo del laicismo según lo ha anotado Manuel Medina Castro en un largo artículo que publicó en la Revista de la Universidad de Guayaquil, donde le califica de introductor en el Ecuador de esa doctrina por la brillante defensa que realizó.
En 1897 el Presidente Alfaro que era su amigo y le estimaba, le ofreció la plenipotencia en Roma para discutir altas cuestiones políticas y religiosas, pero se excusó y al serle presentado el joven Juan Luis Pimentel Tinajero recién llegado de Alemania, con estudios en el Seminario de San Sulpicio de Paris, y conocer que hablaba perfectamente el francés y alemán y conocía raíces latinas, exclamó: Este joven me agrada mucho. Pues Yépes tenía gran respeto por la cultura europea. Poco después, casadas tres de sus cuatro hijas, se separó amigablemente de doña Angela, que pasó a vivir con su hija mayor Angelina Yépes Baquerizo de Pimentel.
El 27 de Noviembre de 1897 se quemó la manzana donde funcionaban la iglesia jesuita de San José, el teatro Olmedo y el Colegio San Vicente del Guayas donde Yépes era profesor de Filosofía. Luego de reorganizarse las autoridades del plantel, conjuntamente con las del Municipio y el Gobierno formóse una Junta Reconstructora del Colegio con el Gobernador de la Provincia Roberto Cucalón, Gumercindo Yépes, Luís Adriano Dillon, Miguel Campodónico, Eleodoro Avilés Cerda, Emilio Estrada Carmona, y el rector Francisco Campos Coello, que entregó a Estrada la dirección de los trabajos del nuevo edificio, más cincuenta mil sucres que el plantel mantenía en uno de los bancos de la localidad y lo que se recogiera extra en dinero. El nuevo edificio estuvo listo al año siguiente inaugurándose el 10 de Agosto de 1901 pero duró poco pues se quemó en el Incendio llamado del Carmen, el 16 de Julio de 1902 a menos de un año de inaugurado. Entonces el Colegio pasó a funcionar en el edificio de la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso, de las calles García Avilés y Diez de Agosto, que fue prestado sin plazo fijo por el presidente de dicha Sociedad, mi abuelo Federico Pérez Aspiazu. Allí el Vicente Rocafuerte funcionó hasta mediados de 1908 que volvió a ocupar su antigua sede. Este fue el tercer edificio y allí permaneció hasta 1947 en que se cambió a uno amplio de cemento armado construido durante la segunda presidencia del Dr. Velasco Ibarra, muy cerca del Estero Salado.
De sesenta años viajó en 1904 a Quito como Diputado al Congreso y al año siguiente ocupó la presidencia de la Corte Suprema de Justicia del país. En 1906 fue designado Abogado de la Compañías del Ferrocarril Guayaquil – Quito por Harcher Harman. En Enero del 7 fue electo Ministro Fiscal de la Corte Suprema.
En casa de sus amigos los Doctores Batallas Flores conoció a su hermana Julia – señorita de más de treinta años – y en Enero de 1907 contrajo nupcias con ella. Yépes tenía sesenta y dos pero se le veía apuesto y viril. La ceremonia se realizó en el Palacio Arzobispal, pues la novia era ahijada de bautizo del Arzobispo González Suárez, quién le decía de apodo “La Mintosa” por haberla pillado de chica en una pequeña mentira. El mismo Arzobispo los casó y fueron padrinos el Dr. Francisco Martínez Aguirre llamado “El Perico” y Victoria Flores Ontaneda de Batallas, una prima de la novia. El viejo Arzobispo estaba tan contento que brindó una copa de champagne diciendo que era la primera vez que se bebía licor en el palacio y que sería la última. En 1908 se cambió con su esposa a la casa que hizo construir para ella en la esquina de 9 de Octubre y Escobedo en Guayaquil.
Amigo de todas las confianzas con el General Alfaro, quien gozaba con su compañía. Cada vez que el Viejo Luchador llegaba a Guayaquil se hospedaba donde su yerno el Dr. Emilio Clemente Huerta que vivía a dos cuadras de Yépes; no se sentaba a la mesa si éste no estaba presente, para que le tuviera al tanto de los detalles de la compañía del ferrocarril y que le aconseje en otros aspectos, para lo cual comisionaba a su hijo Colón Eloy Alfaro y lo enviaba a buscar; pero éste detestaba las reuniones sociales y más aún si eran políticas, al tiempo que no podía desairar a su amigo personal de muchos años el Presidente de la República, de manera que vestía a regañadientes la chaqueta, pechera y pajarita, calzando los botines, para asistir con sombrero hongo y bastón, a una casa que estaba a solo dos cuadras, a sentarse a la mesa y ocupar la diestra del General, a quien admiraba mucho como héroe, pero no le obedecía como político. Estas familiaridades jamás gastó con el General Leonidas Plaza, con quien también le ligó afectos y amistades, pero no en igual grado.
Por su abuela paterna Damiana Ruy – Díaz Aguilar existía parentesco cercano con Sor Mercedes de Jesús Molina y Ayala, llamada “La Rosa del Guayas,” ambas familias eran oriundas del valle de San Francisco de Baba y tenían antepasados comunes; Su hermana Luz Ana Yépes había acompañado a Sor Mercedes que la crió como a hija y terminó por llevarla a Riobamba donde fundó la casa principal de su Orden, pero a la muerte de Sor Mercedes la joven Luz Ana casó con el Dr. Montesinos natural del Perú y enviudó poco después. Desde entonces vivió bajo la protección de su hermano y en su misma casa, haciendo vida de beata, es decir, rezando mucho y a todas horas y sin salir a la calle más que a la misa de las seis de la mañana en la iglesia de San Francisco, que era el templo más cercano a la casa.
A Yépes le gustaban los plátanos y en su larga mesa de comedor, con sus hermanas solteras y viudas y no menos sobrinos, hijos y nietos, eran infaltables y no había potaje que no se acompañara con plátanos en todos sus sabores, desde los verdes asados, hasta los pintones y maduros con miel o simplemente sancochados. Esta era una costumbre típica del Guayaquil de comienzos del siglo XX que hoy está perdida. Entonces se comía menos pan. Claro, con tanto verde, pintones y maduros Tenía su casa de madera, nueva, grande y rumbosa por ser de dos pisos, donde ahora se levanta el edificio de propiedad horizontal que está frente a la sede que fue durante muchos años del diario El Universo, esquina del boulevard Nueve de Octubre y Escobedo. Era muy amplia y cómoda, como correspondía a un hombre sobrio que había trabajado con éxito durante toda su vida.
Desde 1912 sufría de la presión arterial que le fue subiendo paulatinamente hasta provocarle una insuficiencia renal. A principios de 1914 fue electo Diputado al Congreso y viajó a Quito. La estadía en la sierra parece que no le asentó a sus dolencias y nuevamente en Guayaquil guardó cama por dos semanas y murió de septicemia, provocada por su mal funcionamiento de los riñones, el sábado 26 de Septiembre de 1914, de sesenta y nueve años de edad.
En los últimos tiempos se dedicaba únicamente a atender a su numerosa clientela, que nunca abandonó el bufet profesional, y a su segunda familia, sobre todo a su único hijo varón llamado también Gumercindo, con quien conversaba y jugaba mucho.
Su sola presencia infundía respeto por su condición de profesor jubilado, Ministro integérrimo y férreo luchador por la conquista de los principios liberales radicales en el Ecuador.
La Nota Fúnebre de El Telégrafo dice: Ha muerto un notable ciudadano de vigoroso intelecto y de profunda ilustración. Sus enseñanzas filosóficas están grabadas en una manera indeleble en la mente de varias generaciones. Poseía el don del análisis observador, que va hasta el fondo de los más arduos problemas de la naturaleza humana. Ardiente partidario de la inviolabilidad de la vida, recordamos que en una ocasión inolvidable prefirió renunciar el puesto de magistrado antes que verse en el caso de dictar una sentencia de muerte, cuando la pena capital existía aún en nuestro Código Penal. Fue también Ministro Juez y Presidente del Tribunal de Cuentas de Guayaquil y sus numerosos fallos eran el fruto de la experiencia y de los conocimientos en materia económica. Profesaba una sana doctrina espiritualista que reconoce como base esencial la existencia del alma y del ser supremo. Murió a consecuencia de una larga y dolorosa enfermedad.
Nunca fue hombre de concurrir a las iglesias pero respetaba todas las religiones por igual. Alto, delgado, viril, de inteligencia abstracta, moderno en sus concepciones, su pensamiento siempre estuvo a la altura de las conquistas democráticas de occidente pues fue un sujeto laico, y de amplia y proverbial cultura universal.
Respetuoso de las ideas, nunca discutía de política con nadie pues creía que cada persona tenía el derecho a pensar como a bien tuviere y en sus clases de Filosofía siempre clarísimo para explicar los temas más complejos.
Exitoso abogado, pues caso que tomaba a cargo lo estudiaba a conciencia y lo ganaba, siendo su único defecto la fácil irritabilidad de su carácter mas, cuando estaba de a buenas, le agradaban las bromas aunque fueren pesadas (hacerlas y que se las hagan) y hasta era amigo del chacoteo con propios y extraños.
De su extenso anecdotario se recuerda que en cierta ocasión un amigo de las doctrinas espiritas, que así es como llamaban a las prácticas de espiritismo, le invitó a concurrir a una sesión. Yépes aceptó de puro bromista y ya en medio de los amigos, con el médium al frente, le pidieron que haga una pregunta. Ni corto ni perezoso dijo: ¿Quién es el fundador del espiritismo? Y dicen que una tiza escribió en el pizarrón lo siguiente ¡El Diablo¡ Demás está indicar que la sesión terminó a capazos y Yépes se regresó a su domicilio muy preocupado.
Cuando falleció estaban sus hijas reunidas con doña Angela Baquerizo y esa noche escucharon la voz de su padre que les leía pausadamente el testamento, de manera que cuando éste fue abierto en presencia de un juez, días más tarde, ya todas las concurrentes se lo habían aprendido de memoria. Este cuento o conseja me lo refirieron en varias ocasiones.