VIVERO DE GONZALEZ JOSEFA

BOLIVARIANA EXALTADA.- Nació en Guayaquil el 28 de Octubre de 1830 y fue bautizada como Josefa Simona en homenaje al Libertador. Hija legítima del Dr. Luis Fernando de Vivero y Toledo fallecido durante la fiebre amarilla en 1842, cuya biografía puede encontrarse en este Diccionario y de Francisca de Garaycoa Llaguno, naturales de Pujilí y Guayaquil, respectivamente.
Creció en la casa familiar y recibió las primeras letras de su madre. Desde 1843 pasaron los Vivero a habitar en casa de su abuela Eufemia Llaguno Vda. De Garaycoa. Allí vivían sus tías solteras y sus tíos José y Lorenzo así como Francisco Obispo de la Diócesis cuando ésta fue creada en 1838. También moraban los Villamil Garaycoa, huérfanos de madre desde 1830, numerosos familiares del señor Obispo, servicio doméstico, esclavos y parientes pobres. Era, pues, una gran familia, aunque por la atroz epidemia de fiebre amarilla había fallecido su tía Gertrudis Garaycoa que era anciana y soltera por ser de las mayores. El Obispo fue atacado del mal pero sanó, lo mismo su secretario el joven Nicolás Augusto González Navarrete, a quien la niña Josefa había idealizado y llamaba Gonzalitos, por eso se instaló al pie de su cama y no descansó hasta verlo sano, demostrando que a tan tierna edad – doce años – ya era una persona de mucho carácter.
Para la revolución del 6 de Marzo de 1845 Gonzalitos fue herido en el ataque al Cuartel de Artillería y traído a la casa por el negro Moran fue sometido a las primeras curaciones del Dr. Juan Bautista Destruge. Josefa era una señorita de quince años un poco feúcha, defecto que superaba ampliamente con sus sentimientos patrióticos y cuando supo el triunfo del movimiento entró gritando al cuarto del herido con gran alborozo “Triunfamos, Gonzalitos, sépalo, triunfamos”.
Era una feroz bolivariana como todas las mujeres de su familia, donde la memoria del Libertador se veneraba por las muchas delicadezas que había demostrado a través de los últimos ocho años de su vida a las “señoras Garaycoa”, grupo que incluía a Doña Eufemia Llaguno Vda. de Garaycoa, a quien el Libertador agradeció en varias cartas por obsequios de dulces y otras delicias culinarias; a Doña Manuela Garaycoa Vda. de Calderón, esposa del prócer Francisco García Calderón fusilado en San Antonio de Ibarra en 1812 y madre del Héroe Niño Cap. Abdón Calderón muerto heroicamente en la batalla del Pichincha; a Dña. Mercedes Calderón de Ayluardo; a Dña. Baltazara Calderón – casada con Vicente Rocafuerte – a Dña. Carmen Calderón Garaycoa, a) La Gloriosita, a Dña. Joaquina Garaycoa Llaguno, a) La Gloriosa Simona, Joaquina, Trinidad, Bolívar; a Dña. Jerónima Garaycoa Llaguno, a) La Loca, etc.
Bolívar les había escrito desde diversas ciudades recordándolas con singulares muestras de afecto y devoción. Inclusive, les había obsequiado una perrita fina, blanca y lanuda, que vivió muchos años en el domicilio de dichas señores como recuerdo vivo del Libertador y en memoria de su “fineza” le habían puesto ese nombre. I a tal punto llegó la locura por el Libertador que una de ellas, la Gloriosa, cuando tuvo un fuerte dolor de cabeza para el que no encontraba remedio, se aplicó sobre la frente una carta de Bolívar, sanando inmediatamente por influjo de la imaginación y del cariño y afecto que por él sentía.
En 1848 falleció su abuela Eufemia y su tía Manuela viajó a la casa de su hija Baltazara en Lima, porque acaba de enviudar de Rocafuerte. Josefa tenía dieciocho años y empezó a sentir la soledad de los seres queridos. Era una jovencita huérfana que vivía inmersa en la lectura de obras románticas y heroicas y soñando con héroes del pasado independentista, pues sus tíos los próceres Lorenzo y José Galo que eran Coroneles de la República y José María Villamil que ostentaba el Grado de General, sabían mantener viva su imaginación con relatos de mejores días; mas, sobre todas las cosas, Josefa soñaba con las glorias del Libertador Bolívar, cuyo recuerdo se había transformado en algo obsesivo y cuya vida devoraba hasta en sus últimos detalles, descritos en las obras biográficas que comenzaban a circular en América.
I así fueron pasando los años hasta que el 20 de Enero de 1859, a los veinte y nueve de edad, contrajo matrimonio con el joven Belisario González Benítez, hijo del General colombiano Vicente González y de Manuela Benítez Franco, quien había perdido a sus hermanos Francisco y Luis en la segunda batalla de Huachi.
Con tan heroicos ancestros los esposos González Vivero se convirtieron en los más fervorosos admiradores de Bolívar pues nadie les ganaba en el puerto en admiración a las glorias inmarcesibles del Libertador. En 1863 Josefa leyó entre sorpresas de admiración la extensa biografía de Bolívar que trae el “Diccionario Americanista” de José Domingo Cortés.
Belisario González era un industrial inteligente. Construyó un muelle frente a su casa de madera, planta baja y un piso alto, ubicada en el malecón entre Colón y Mejía, donde vivía. Importó una máquina para elaborar cacao y otra para limpiar algodón, también adquirió un aserrío a vapor. En 1866 compró al Coronel Eugenio Bauman de Metz que se ausentaba a Lima pues su esposa había enfermado gravemente, un establecimiento llamado Baños de mar del estero salado, consistente en una construcción con paredes de caña, techo de bijao y tejas, la cual se dividía en pequeños vestidores para los bañistas. Una rampa de madera facilitaba el acceso al agua durante cualquiera de las mareas, especialmente durante la bajamar.. Cuatro años más tarde amplió las instalaciones.
Igualmente levantó una pasarela de madera montada sobre pilotes de mangle que se adentraba unos veinte metros sobre el agua. Desde ella los bañistas se lanzaban al agua haciendo maromas en el aire. También aplicó un reglamento que obligaba el uso de pantalón y cotona como vestimenta adecuada y decente para tomar el baño, indicando que se podía alquilar a dos reales el conjunto, que incluía un juego de toallas para el secado.
Por la descripción del vestido parece que las damas no acostumbraban usar los baños del salado.
El 69 restableció el servicio de transporte que se había destruido por el uso. Un nuevo carromato tirado por dos mulares y con ocho asientos transversales entró al servicio pero solamente durante los veranos pues en invierno por la abundancia de insectos el complejo permanecía la mayor parte del tiempo cerrado. Sin embargo el 72 terminó por arrendarlo a José R. Cucalón que concluyó el tendido de una vía férrea que partiendo de la plaza de San Francisco llegaba hasta el balneario. Ese año González vendió el negocio a Ignacio Rivadeneyra Olvera, quien se había asociado con su cuñado Francisco Campos Coello y Pablo Indaburo para adquirir la empresa e instalaron una pequeña locomotora para el transporte de los usuarios.
Desde entonces don Belisario siguió dedicado a otros negocios hasta que tras dos días de enfermedad falleció a las cuatro de la tarde del domingo 22 de Septiembre de 1.887 dejando a su viuda agobiada de dolor, pero ni corta ni perezosa ésta se negó a dejarlo enterrar so pretexto de que estaba tan bien embalsamado que no era necesario, “consagrándole una especie de culto en una misteriosa habitación colgada de negro, en la que colocó el ataúd y el retrato de cuerpo entero del muerto, una especie de altar ante el cual ardía permanentemente una lámpara y se quemaban delicados perfumes”.
Inmediatamente ordenó la construcción del más hermoso mausoleo de la ciudad, que tendría forma de capilla para que ocupara una de las naves del interior de la Catedral, pero como las obras fueron encargadas al artista francés A. Diron y no se terminaban pronto, el cadáver permaneció más de un año depositado en el cuarto cerrado, sirviendo para que el populacho tejiera las más inverosímiles y tenebrosas leyendas. Al fin la capilla estuvo lista y con un suspiro de alivio del vecindario fue trasladado el ilustre Belisario a su última morada, con las renovadas muestras de pesar de su viuda que juró no volverse a casar ni asistir a fiestas. En este mausoleo también fueron depositadas las cenizas de los padres de ella. I desde entonces se dedicó únicamente a guardar la memoria de su amado esposo y la del Libertador Bolívar y así vivió desdeñando al mundo, de allí en adelante.
En 1878 falleció su hermano José María Vivero en La Serena. Chile, y heredó el manuscrito del Alfabeto para un Niño de puño y letra de su autor el poeta José Joaquín de Olmedo, que guardó como joya de inapreciable valor y lo era en efecto.
Por entonces seguía en su casa del malecón y como la servidumbre se había alejado desde el asunto del cadáver, solo le acompañaba una antigua doméstica, más por cariño que por interés, vigilando a su ama, como le decía familiarmente.
En 1880 hizo imprimir en París “Páginas de Duelo, a la memoria de Belisario González” en cuarto, 91 págs. y 7 ilustraciones, homenaje a la memoria de su esposo, con versos y discursos.
En 1882 fue visitada por el distinguido periodista e ilustre historiador panameño Juan Bautista Pérez y Soto, quien la animó en su vejez – aunque no tanto porque solo tenía cincuenta y dos maños pero como vestía siempre de negro y no se pintaba parecía de más edad – con historias y referencias de la vida pública y privada del Libertador. Doña Josefa parecía que había cobrado fuerzas y la mustia tarde de su vida se aclaraba con los fastos de su héroe. Por sus consejos decidió participar en los actos conmemorativos decretados por el Gobierno del presidente Guzmán Blanco de Venezuela, para celebrar dignamente el centenario del nacimiento de Bolívar en Caracas.
Pérez y Soto fue comisionado para viajar en su nombre, entregar una hermosísima corona de oro y plata en la tumba de Bolívar, publicar un libro y en fin, para representarla en todo como digna sobrina de las señoras Garaycoa de Guayaquil, amigas de toda la confianza del Libertador, a cuyo efecto doña Josefa le dio dinero a manos llenas para que se hospedara en un buen hotel.
El 24 de Julio de 1883, Centenario del Nacimiento del Libertador, el pueblo caraqueño se dio cita en las calles adornadas con banderas tricolores. Encabezaba el cortejo el Presidente de la República acompañado de Fernando S. Bolívar sobrino carnal del Libertador, que por sus sesenta y más años de vida se apoyaba en el brazo de Pérez y Soto, luego seguía la Comisión de Festejos, el Cuerpo Diplomático, las Misiones Especiales, las Autoridades. Se descubrió la corona del gobierno que había sido importada de Paris y estaba adornada con siemprevivas recogidas en los llanos donde tanto había combatido Bolívar. A las 11 y 35 de la mañana fue llamado el delegado de doña Josefa para descubrir la suya, que resultó tan grande y bella que arrancó un grito de admiración en todos los presentes por su riqueza y magnificencia. El oro y la plata estaban sombreados y aparecían plomos y blancos como correspondía al solemne momento, la adornaban laureles florecidos y otras ramas de heroico simbolismo.
Su diseño fue confeccionado en Guayaquil por José Joaquín de Olmedo Ycaza, hijo del poeta y muy dado al dibujo como su tío Antonio de Ycaza Silva, diseñador del cementerio de la ciudad en 1804.
“Lástima que no se pueda aplaudir” exclamó un caballero. Otro dijo “es magnifica y hace honor al reto de la señora Vivero que al saber lo del centenario dijo: Quién más lo admira soy yo y seré la que mejor quede”.
El Presidente Guzmán Blanco retribuyó tal fineza bolivariana concediéndole a nuestra paisana la Orden del Busto del Libertador en el grado de Comendador de tercera clase, con Medalla y Diploma. La Comisión de Festejos le confirió la Medalla Conmemorativa y numerosos parientes de Bolívar le enviaron recuerdos. Valentina Clemente Bolívar de Camacho le regaló la mitad del pañuelo con que se cubrió la cara del cadáver en Santa Martha, con su retrato personal y una carta en la que ponía a sus órdenes su casa en Caracas para cuando quisiera viajar a Venezuela. Igualmente le remitió un mechón de pelo unido por una cintilla negra, cortado al cadáver de Bolívar. Pedro Robles y Chambers me refirió en 1970 que doña Josefa Clemente también poseyó otro pañuelo de Bolívar obsequiado por el General Clemente Zárraga, quien a su vez lo obtuvo del Coronel Mariano Uztáriz y Palacios, primo hermano del Libertador, cuando se encontraba en su lecho de enfermo en Caracas. Este pañuelo fue guardado por doña Josefa como si fuera una reliquia, dentro de una cajita. con su correspondiente tapa de cristal.
En el baile ofrecido por el gobierno en el Palacio Presidencial a las Misiones Especiales, consta en el programa una polka titulada “La Gratitud” dedicada a doña Josefa. Desde Lima el Maestro Pauta, músico ecuatoriano de gran fama, le dedicó otra composición a la señora. En Guayaquil, Ana Villamil Ycaza creó el “Vals de la Corona”; sin embargo, los mejores agradecimientos le llegaron de Caracas, pues el literato Artístides Rojas le obsequió un libro que había sido de Bolívar y dos cartas autógrafas del Libertador. Amenodoro Urdaneta hizo lo mismo. Pérez y Soto obtuvo de la Casa de Bolívar una rosa magnolia de color blanco que disecada con el mayor esmero acompañó a un busto de Bolívar enchapado en oro, remitiendo todo a Guayaquil.
Servilletas y tenedores grabados con el monograma S.B. autógrafos, libros, flores, cartas, retratos, pergaminos, condecoraciones, periódicos, fotografías, copia de discursos, folletos y programas, todo le llegó a doña Josefa, que al recibir tantos recuerdos lloraba de emoción. I para no cejar en nada mandó a fabricar un juego completo de muebles de sala dorados al fuego con pan de oro de veinte y cuatro kilates y tapizados de fino brocado celeste, estilo Luis XV, que armonizaba con una mesa suntuosa y de complicados labrados en madera, en cuyo centro y sobre una piedra de mármol blanco de Carrara con siete tornillos hizo grabar la frase “A Bolívar Libertador”.
Un quinqué de cristal tallado en Venecia con el perfil del héroe completa el maravillosos conjunto, que a su muerte pasó a manos de personas conocedoras de su importancia y valor histórico. Años después lució en la sala de Simón Cañarte Bahamonde. luego en la de su hija Aída Cañarte Barbero, finalmente en la de los hermanos Pedro y Jesús Robles y Chambers, sobrinos segundos de doña Josefa, mujer apasionada y patriota que amó al máximo la memoria de Bolívar como para perennizar de tal modo su recuerdo en Guayaquil.
En 1884 Doña Josefa donó una gruesa suma de dinero al Cuerpo de Bomberos para la adquisición de la primera bomba de vapor que se usó en Guayaquil. Víctor Manuel Rendón, que arribó en 1889 procedente de París, nos ha dejado una hermosa descripción de Dña. Josefa en el Capitulo VIl de su novela Lorenzo Cilda, escrita en 1900 en francés, en el pueblecito de Ballaigues, cantón suizo de Vaud. Traducida por su autor en 1917 para la revista “Hojas Selectas” de Barcelona dice en la parte que nos interesa.
“La señora Josefa, cincuentona, de pequeña estatura y obesa, ostentaba en contorno de su frente estrecha los más hermosos cabellos negros que pudieran verse. Teñirlos era una de sus debilidades. Sus rasgos finos presentaban el aspecto pálido de las personas que padecen un reuma crónico. Se reflejaba la bondad del alma en sus ojos grises de mirada franca y en la dulce sonrisa de sus labios descoloridos. Era, moralmente, una bellísima matrona, embebida en el culto fanático que profesaba al Libertador Simón Bolívar, al que llamaba el Dios de América. Hablaba de él a troche y moche, deslizando su nombre o su elogio en las conversaciones en que menos venía al caso.
Ningún detalle de su vida, ninguna anécdota, ignoraba. Se sabía de memoria sus inmortales hechos y los nombres de sus compañeros de armas, y no perdía ocasión de suspirar por el redentor de cinco naciones. Dejaba correr sus lágrimas al recordar la ingratitud de que fue víctima en los últimos días de su existencia, el varón heroico y general. Había retratos de Bolívar en todas las piezas de su casa… La sala donde recibía ostentaba, pegado a la pared, un grabado representando la admirable ascensión del Pisba y el paso por el terrible ventisquero antes de la célebre batalla de Boyacá. La manía de la señora era algo ridícula, latosa a veces, pero inofensiva. Reíanse de ella algunos; sin embargo, como todos la querían y apreciaban, se complacían en darle cuerda para que abordase su tema favorito. Su delirio no tuvo límites el día que el gobierno de Venezuela la condecoró con la medalla del Busto, invitó a sus relaciones a una velada en la que fueron recitadas las poesías más líricas a la gloria de su ídolo, entre las cuales declamó ella misma fragmentos de la Oda de Olmedo a la Victoria de Junín. Ana Villamil Ycaza cantó un himno escrito para esa solemnidad, que su tía segunda obligó a sus invitados a escuchar de pié, no sin antes exclamar: Deberíamos oírlo de hinojos.
El señor González, le había tolerado las extravagancias, aunque bien comprendía que por lo mismo que la gloria de Bolívar merece los mayores homenajes, hay que abstenerse de manifestaciones ridículas. Fuera de estas, doña Josefa era la mujer más llana, cuya conversación agradaba socorrida por una memoria prodigiosa, de lo que daba cuenta al oírla sacar a colocación muchos datos referentes al país, curiosidades que invariablemente me manifestaba en cada una de las primeras visitas que le hacía como médico.”
Dama tan patriota, falleció casi repentinamente el 16 de Abril de 1900 de sesenta y nueve años de edad, dejando de heredero único de sus bienes a Juan Bautista Pérez y Soto, quien sacó las reliquias de doña Josefa al exterior y por ello suponemos que hoy formarán parte de algunas colecciones venezolanas.