VIVAR Y CORREA VICTOR LEON

POLITICO Y PUBLICISTA.- Nació en Cuenca el 15 de Septiembre de 1866. Fue el mayor de una familia compuesta de dieciocho hermanos, hijos legítimos de Víctor Vivar Ríos, rico comerciante manabita afincado en Cuenca, vendedor de sombreros de paja toquilla y productor de licores elaborados con alcohol de caña y de Amalia Correa Iglesias, natural de Cañar quien pasaba por ser hija de un sacerdote, asunto que era común en el austro ecuatoriano. Ambos cónyuges eran de la clase media.
“Niño inquieto, de raras aptitudes intelectuales, bella apostura juvenil y arrogancia de hombrecillo prematuro”. Creció, fue a la escuela de los Hermanos Cristianos y al Colegio Seminario de Cuenca y en muchas ocasiones se fugaba con su compañero Manuel J. Calle y Ariosto Crespo a los campos cercanos, a tiempo que se hartaban de libros sin método ni cuidado, hacían versos y publicaban periódicos manuscritos, alternados con inocentes picardías infantiles, que no alcanzaban a corregir el látigo de ocho ramas que sobre sus manos extendidas descargaban los clérigos docentes
Mientras tanto recibía la benéfica influencia del Presbítero Federico González Suarez a quien llegó a considerar su maestro, por que ejerció entre 1880 y el 83 una marcada influencia en su formación como hombre de letras y de estudios literarios. “Prácticamente lo arrancó de la casa paterna.” I cuando viajó a Europa el 84 se lo llevó consigo pero al año volvió el joven a Cuenca, más indócil que nunca.
A principios de 1885 dio a la luz en Quito el folleto “Poesía Ecuatoriana” y en Octubre, dando rienda suelta a su impiedad y a su anarquismo – editó con Calle un periodiquito irreverente, anticlerical y de ideas liberales denominado “El Pensamiento”, que apareció en Cuenca, en un solo número, zahiriendo a los maestros del colegio y entre ellos al célebre por su intemperancia obispo Miguel León Garrido y a su hermano el simplón Dr. Justito León Garrido y se formó un escándalo monstruoso pues nadie sabía quien era el autor, mas, los antecedentes del joven Calle le condenaban y tuvo que escribir una hoja aclaratoria, negándolo todo con su firma y el estilo burlón que le haría famoso.
En 1887 ingresó a la Escuela de Literatura en Quito y en su revista publicaron dos discursos suyos; el de Incorporación que trató sobre la Poesía Ecuatoriana, editado dos años atrás como ya se dijo, y el de contestación al de Víctor Manuel Gangotena acerca de la Belleza; además, formó parte del Liceo de la Juventud en Cuenca.
El 88 Calle le dedicó la poesía “Libre soy” en el periódico “La Libertad” pues ya habían comenzado las divergencias de criterio y acción entre ambos amigos. Vivar husmeaba por esos días en las crónicas sexuales escandalosas cuencanas de la época garcíana para escribir un cuadernito denominado “Los Cirineos” que jamás se atrevió a editar donde injuriaba a la familia Ordóñez y colaboró en el periódico quiteño “El Cometa”.
El 89 colaboró en la “Revista Ecuatoriana” con una hermosa crítica a la poesía de Olmedo en 6 páginas, que junto a las que hizo sobre Julio Zaldumbíde y Numa Pompilio Llona aparecerían en 1903 en el periódico “La Ley” de Quito. El mismo año 89 publicó los folletos “Panegíricos en honra de Montalvo” del que luego se arrepintió y “Al Público”. En Junio José Peralta sacó en Quito el periódico “El Constitucional” con artículos anticlericales que originaron una respuesta del Canónigo de esa Catedral Federico González Suárez, bajo la forma de rectificación a un supuesto plagio de las obras del peruano Francisco de Paula Vigil. Entonces contratacó Peralta y el Arzobispo Ignacio Ordóñez Lazo, en cuya casa se había criado Peralta, prohibió la lectura de “El Constitucional”.
Nuevamente en Cuenca el incansable Peralta fundó en el mes de Julio el periódico “La Época” que enseguida fue prohibido por el Vicario Manuel C. Hurtado. Quizá por estos ajetreos políticos y literarios Peralta enfermó de la garganta pero en Agosto volvió a Quito para encontrar que la Curia había iniciado causa criminal contra “El Constitucional” y sin amilanarse en Septiembre publicó la última respuesta a González Suárez quien se encontraba muy disminuido y avergonzado pues se había corrido el rumor que padecía de enanismo en su órgano genital. Rumor que según pública opinión había regado Peralta en la pequeña y aldeana cuidad, prohibe a toda clase de asunto escandalosos.
Así estaba la polémica cuando sucedió uno de esos hechos insólitos que sólo se dan de vez en cuando, pues el Joven Vivar sintiéndose afín con su antiguo profesor González Suárez, abordó estoque en mano y en una calle céntrica de Cuenca a Peralta, profiriendo injurias atroces (le gritó hijo sacrílego y candelero) y aunque el incidente no pasó a mayores a causa de la oportuna intervención de varias personas, esa noche, el mismo Vivar, auxiliado por su padre y en compañía del joven David Neira, el padre de éste y un piquete de soldados, atacaron la casa de Ramón Torres, en cuyos bajos funcionaba una pequeña imprenta donde se hallaban dos amigos de Peralta, uno de ellos llamado Ramón Pesantez, que fue herido cinco veces con armas de fuego y llevado moribundo al cuartel de policía le arrojaron a un montón de alfalfa.
Al día siguiente procedieron a enjuiciar criminalmente a Peralta, a Gabriel Ullauri, al joven Calle y a otros liberales. El escándalo que se armó fue grande y Vivar editó una hoja suelta titulada “Atrás Miserables”.
Para evitar más escándalos en 1890 Vivar fue enviado a Santiago de Chile, capital que siempre ha gozado de fama por la cultura de su gente, pero antes de emprender viaje mantuvo otra polémica literaria. En esta ocasión contra el poeta menor Antonio Alomía autor de una leyenda en verso “Un drama en nuestras montañas”, que Víctor León calificó de mediocre premiado por la Academia en 1888 con el voto de nueve de sus miembros.
Alomía la contestó manifestando que sus versos no eran mediocres y dio como prueba que durante una velada literaria celebrada en el teatro Sucre de Quito, la audiencia los había aplaudido de pie y por varios minutos, finalmente acusó a Vivar de ser un autor sin obras, pero éste se defendió indicando que es obra de misericordia dar consejo al que lo ha menester. Como dato anecdótico, en mitad de la polémica salió a relucir un verso de Quintiliano Sánchez, por lo de los votos Académicos se entiende, que Vivar calificó de prosaico y de cantar asuntos comunes y trillados.
Ya fuera de su Patria pronto se hizo partidario del presidente radical José Manuel Balmaceda que se suicidó el 91 dejandole prácticamente vagabundo y sin empleo; sin embargo, se hizo conocer en Santiago de Chile como crítico y publicista. El 92 editó la vida del Obispo quiteño fray Gaspar de Villarroel escrita por el chileno J. T. Vásquez.
El 93 dio a la luz dos obras más, una crítica histórica con valiosas Notas, Prólogo y Apéndice sobre el Mariscal de Ayacucho, tomada de un cuaderno inédito de Benjamín Vicuña Mac Kennan, bajo el título sonoro de “El Washington del Sur” y otra de critica literaria con el rótulo de Presidentes Poetas, estudiando las personalidades literarias de García Moreno y Juan José Flores, y aunque éste último no pasó de simple versificador, en Junio reprodujolas composiciones métricas escritas por flores como simples “Ocios Poéticos” cuyos originales se los proporcionó su hija Virginia Flores Jijón quien había quedado rica y estaba viuda de Pedro Pablo García Moreno.
El 92 había aparecido en la Revista Ecuatoriana de Quito su artículo largo “Hombres y cosas del Ecuador, aprovechando los interesantes documentos que encontraba en la Biblioteca Nacional de Santiago sobre el período colonial, motivado por el opúsculo Noticias de algunas publicaciones ecuatorianas anteriores a 1792 por Nicolás Anrique R.” en 18 páginas y un estudio crítico sobre las obras de Espejo que le dio a conocer como el mejor crítico literario del momento.
El 94 pasó a Lima y se amistó al punto de llegar a ser secretario privado del ex presidente Ignacio de Veintemilla, quien le envió en Abril del 95 a Quito para que le buscara los medios de volver al poder dado el clima de agitación que vivía la República. En Agosto y recién instaladas las nuevas autoridades en Guayaquil se vio comprometido con el General Julio Sáenz y el Dr. César Borja Lavayen en una conspiración y fue sacado del país. Semanas después volvió por Guayaquil pero no le permitieron el ingreso pues las autoridades pensaron que iba a engrosar las filas del ejército revolucionario, entonces prosiguió a Tumaco en la frontera con Colombia y penetró por el Carchi.
En Quito llevó una vida enteramente normal y sin intervenir en política, intentó continuar la serie de Presidentes Poetas en la imprenta de los Salesianos y hasta tenía algunos pliegos empezados con el estudio sobre García Moreno. Entonces contrajo matrimonio por poder, representado por su amigo el Dr. Pablo Mariano Borja Endara, con Elisa Castrillón Soulín, viuda de José Flores Guerra, pero no hubo descendencia. Ella murió ya bien entrado el siglo XX en Quito, sin haber contraído nuevas nupcias.
Escribía mucho para la prensa, sobre todo asuntos literarios. Suyo era un macizo prólogo a cierta obra con la vida de Juan Bosco que los salesianos dieron a la publicidad impresa en el antiguo “Protectorado Católico.” También se conoce que había finalizado su libro “Mis conocidos” y todo ello con un estilo brillante que no se resentía del exotismo refinado que ya se anunciaba en Europa. Su crítica revelaba lecturas bien digeridas y de su época de muchacho amigo de las letras quedaban en Cuenca algunos cuentos y tradiciones históricas que podrían haber formado un volumen selecto.
Mas su irrefrenable vena política le llevó nuevamente a la oposición y el 25 de Septiembre de 1895 apareció en Quito el primer número del periódico titulado “La Ley” donde escribió “que los liberales eran unos insolentes y que se reiría de los desaciertos de estos”. El pueblo se volcó a adquirir los mil quince ejemplares a cinco centavos cada uno. Alfaro ordenó la prisión de sus redactores Pablo Mariano Borja y Víctor León Vivar. El primero cayó detenido a las dos de la tarde en la imprenta y Vivar a las ocho de la noche. A la mañana siguiente salió el segundo número que ya estaba impreso cuando ya estaban en prisión los dos editores, conteniendo un artículo titulado “La Verdadera tiranía”, acusación contra Alfaro de haber liberado a presos políticos y comunes, sobre todo al ilustrado escritor Roberto Andrade, quien llevaba veinte años de sufrir duras persecuciones por su participación en el asesinato de García Moreno.
“La Ley” se editaba en la imprenta del clero y con el visto bueno del Arzobispo José Rafael González Calisto, tan buena persona como cándida autoridad, quien jamás previo las consecuencias de tal publicación y esa tarde, a eso de las seis y media, una turba de garroteros encabezada por León Valles Franco penetró al Palacio Arzobispal, destruyó los tipos de la imprenta, saqueó las habitaciones, prendió fuego a una parte del archivo tricentenario de la curia (la parte anterior a 1750 según tiene indicado el Dr. Fernando Jurado Noboa) la biblioteca no fue tocada y maltrató e injurió soezmente al Arzobispo, obligándole a ponerse de rodillas y a gritar Viva Alfaro, pero él mitrado salió del paso con mucho talento y gritó: “Viva Alfaro hasta que muera,” con lo que dejó a sus verdugos satisfechos. A los pocos días recobraron su libertad los editores de “La Ley” periódico que por falta de imprenta dejó de aparecer en su segundo número como ya quedó dicho.
Meses después, el 18 de Febrero de 1896, falleció en Quito el ilustrado polígrafo Pablo Herrera. Al día siguiente pronunció el padre Manuel José Proaño Vega, S. J. la Oración Fúnebre en el templo de la Compañía y en el Cementerio del Tejar tomaron la palabra Vivar (que trató mal al Presidente Eloy Alfaro) Vicente Enríquez y Telmo N. Viteri, que fueron a parar al panóptico y dos veces al día, a las cinco de la mañana y a las ocho de la noche, los bañaban con agua fría. Se ha comentado y no sin razón, que Vivar jamás debió asistir a dicho sepelio y peor hacer una loa del fallecido pues que en vida había sido el mayor enemigo de González Suarez, al punto que se le atribuye la autoría intelectual de la feroz campaña seguida tras la aparición del IV tomo de la Historia General del Ecuador, pero así era de voluble y violento Víctor León Vivar cuando era de hacer política.
En Marzo, a la salida de esta nueva prisión, Vivar editó “Sátira contra el Gobierno” y se trasladó a la provincia del Cañar donde tenía parientes y amigos, Allí permaneció como agente de la conspiración que tramaba Antonio Vega Muñoz, en unidad de acción con Pacífico Chiriboga y Melchor Costales en la provincia de Chimborazo.
Entre el 1 y el 2 de Junio se alzaron las partidas guerrilleras. Vega salió de Azogues a Biblian y Tambo y entró al Chimborazo. En Tixán se le unió Pedro Lizarzaburo y cerca de Guamote lo hicieron Vivar, su amigo Pablo Mariano Borja, Pompeyo Baquero, Pedro Monsalve, Melchor Costales y otros. Vivar no era enteramente un político pero los maltratos recibidos en el panóptico lo habían lanzado a la lucha y ya no podía detenerse. El día 14 se encontraba en Guamote como segundo Jefe de las Tropa comandadas por Pablo Mariano Borja. El 15 triunfaron en Guangopud cerca de Pangor, El 16 estuvo entre los que prepararon el asalto contra el batallón Guayaquil compuesto de cuatrocientos soldados del gobierno. El encuentro se produjo en el desfiladero de Monja Corral o Pangor, triunfando los conservadores con la ayuda a última hora del Coronel Manuel Folleco que arribó desde Baños.
Ese día otro grupo de guerrilleros derrotaron en Cancahuán al batallón Catorce de Agosto de quinientas plazas y el 18 AntonioVega conoció que los batallones No. 2 y Vargas Torres iban hacia Cuenca y se apresuró a enfrentarlos a altas horas de la noche en el sitio de Columbe, con resultados indecisos, pero al día siguiente los volvió a atacar en el caserío de Tanquis y obtuvo una gran victoria. En esos combates estuvo a su lado Vivar con el arma al brazo y esforzándose para figurar entre los más valientes. Pero al mismo tiempo, dio rienda a sus instintos exaltados y pidió el inmediato fusilamiento de sus ex amigos Gabriel Ullauri y Aurelio Rosales tomados prisioneros en Tanquis por el feo delito de profesar el credo liberal, pero los jefes conservadores Lizarzaburo y Vega se opusieron y para salvar a los presos hicieron trasladar a ambos prisioneros al campamento del Coronel Melchor Costales.
Vega y Lizarzaburo siguieron a la Florida, cerca de Riobamba, donde vencieron a otros liberales y pidieron la rendición de la plaza, que se aprestó a defenderse. En ese momento Vega decidió dejar a Lizarzaburo frente a Riobamba y marchar al sur a defender Cuenca, que se hallaba desguarnecida; error táctico que les fue fatal, pues disminuidos sus efectivos, se debilitaron y terminaron siendo derrotados.
Vivar marchó con algunos hacia Guaranda, donde actuó como Jefe Civil y Militar desde el 22 de Junio y pretendió hacerse cargo de los fondos gubernamentales, para lo cual amenazó a la señora Feliciana Solano Silva esposa del Tesorero Melchor Vizuete a que ésta le entregue las llaves de la caja fiscal para desocuparla; pronunciando vibrantes y patrióticos discursos que le hicieron famoso pero demostró poseer un temperamento sádico contra la población y hasta faltó físicamente al respeto de la Coronela Felisa Gallegos; mas, al conocer la derrota de los suyos, abandonó las armas y regresó a ocultarse en Quito. Estaba derrotado pero no vencido, creyendo que vivía un corto receso bélico, así se lo anunció a su esposa Elisa en el departamento de las señoritas Elena y Clara Rivadeneira, situado en la casa del Dr. Lino Cárdenas, quien le mandó a decir que saliera de allí porque era intensamente buscado por la policía y podían encontrarlo, pero Vivar no hizo caso de la oportuna advertencia y se comprometió en otra revolución para el 6 de Agosto de 1896, que se conmemoraría el vigésimo primer aniversario del fallecimiento de García Moreno, contando con dinero que le proporcionaban las Comunidades religiosas y el grupo conservador de Pacífico Chiriboga Montesdeoca, Aparicio Rivadeneira Ponce y José María Sarasti Guevara.
En Quito el ambiente político estaba muy caldeado y todos sabían que estallaría la revuelta. El gobierno tuvo noticias de la conspiración cuando el Capitán Ángel Proaño denunció a Vivar ante el Intendente General de Policía Wenceslao Ugart, quien dispuso su inmediata captura y comisionó al Coronel Nicolás F. López, mejor conocido con el apodo del manco López desde que había perdido uno de sus brazos en la célebre batalla de Gatazo un año atrás quien se hizo acompañar del Subteniente Luis Dávila y varios policías.
A las nueve y media de la noche del 5 de Agosto llegaron a donde estaba Vivar escondido. Unos autores han dicho que le encontraron desarmado por haber obsequiado su carabina a Darío Arguello Estrella, combatiente conservador en la campaña del centro. Otros, como los redactores del periódico “La Ley”, por el contrario, sostienen que se abrió campo batiéndose cuerpo a cuerpo con la escolta hasta ganar la calle a donde se arrojó de lo alto de un balcón.
Sorprendido por los centinelas que custodiaban la manzana disparó sobre ellos los tiros de su revólver pero la lucha era imposible, fue apresado y le condujeron al Cuartel de Artillería – detrás del Palacio de Gobierno – donde le mantuvieron hasta las primeras horas de la madrugada. Su prisión fue conocida enseguida, detuvo el movimiento que iba a estallar esa noche y los demás conspiradores optaron por esconderse en diferentes sitios de la capital.
En el Cuartel sus captores celebraron con cognac y hasta brindaron con el preso, quien se excedió de tragos, A las tres de la mañana fue conducido desde la Artillería por la calle Benalcázar, cruzaron la plaza de San Francisco y por allí a la calle Bolívar hasta la Imbabura. Al llegar a la casa del Dr. Cárdenas se soltó y subió a ella, pero fue sacado a la fuerza a pesar de las protestas de su propietario el Dr. Cárdenas. En la plazoleta del cementerio de San Diego el preso fue entregado por López al Oficial de Guardia quien le pidió que se arrime a la pared. Vivar seguía creyendo que era broma pero una descarga le convenció de lo contrario y echó a correr pero cayó atravesado por varios balazos. Tenía sólo treinta años de edad y era feliz esposo de una bella joven a quien dejaba viuda.
Recibió cinco tiros, casi todos por la espalda, un sacerdote medio místico y medio loco llamado Eudoro Maldonado Toral, que vivía en una casa de al lado salió de las sombras, ante las atónitas miradas de los soldados, que justamente habían escogido tan apartado lugar para no tener testigos, e inclinándose, le dio la extrema unción. Al clarear el día amaneció el cadáver a la vista de todos, la noticia se supo en la capital. La Corte Suprema ordenó el enjuiciamiento de los culpables. Existe el legajo. El Concejo Cantonal protestó y calificó el crimen de salvaje y cobarde. Alfaro se encontraba desde hacía algunas semanas en la campaña militar contra Cuenca y estaba encargado de la presidencia del Consejo de Ministros, el de Hacienda, Homero Morla Mendoza, que amenazó renunciar cuando se enteró que el Comandante de Armas de Pichincha, a pesar de haber sido ordenado que inicie el correspondiente sumario, se negaba a hacerlo.
La situación se tornó política y varios ministros se pusieron de parte del Comandante. Estos fueron: Francisco J. Montalvo en Interior y Relaciones Exteriores, José de Lapierre y Serafín Wither, subsecretarios encargados. Por el contrario, Morla se apoyaba en José Julián Andrade y en Leónidas Pallares Arteta, y ante ese cisma que ponía en peligro la situación del gobierno, el General Manuel Antonio Franco en gesto altivo y orgulloso resolvió endilgarse toda la culpa ante el Consejo de Ministros, mediante oficio que les hizo llegar cuando se encontraban discutiendo en el palacio. Lleve Ud. este oficio, a esos maricones…dizque dijo al momento de firmarlo, pues tenía el carácter violentísimo y así superó el impase, apoyándose en el Decreto Supremo dictado el 4 de Julio, que indultaba incondicionalmente a los derrotados en Quimiag, Casahuaico, Puculpala y Chambo excepto a los cabecillas, y probando que Vivar había sido cabecilla por su ejercicio como Jefe Civil y Militar de Guaranda y últimamente espía en plaza enemiga.
Franco tampoco fue enjuiciado pues Alfaro le siguió manteniendo en funciones al igual que a López; sin embargo, cuando en 1901 tuvo que escoger a quien le sucedería en el mando, desechó la candidatura de Franco justamente por violento, quizá acordándose de Vivar que fue un joven de personalidad contradictoria. Literariamente se batía con clérigos y masones en defensa de un ideal y al unisono mantenia situaciones de revolucionario con las autoridades del gobierno liberal.
Durante su vida pública enrostró peligros por su conducta vehemente y desordenada, en Chile pasó por vagabundo y bohemio a la par que escribía hermosas y sesudas críticas que demostraban su genio. Por eso, cuando González Suárez se enteró de su muerte sólo atinó a exclamar: “Así debía morir”.
Su amigo Calle opinó que por su carácter indócil entró a la política, sin ser conservador ni enemigo del progreso. Fernando Jurado Noboa le ha calificado de anarquista y de hombre de una violencia verbal espantosa producto de su neurosis.
En síntesis fue un hombre peligrosísimo por su agresividad, su demagogia y su pensamiento extremista que le llevaba a cometer excesos, a realizar ataques a mano armada, a injuriar atrozmente, etc.
En lo físico era bien parecido, su estatura más alta que baja y la fina aunque robusta contextura, le daban una apariencia viril. La frente alta y despejada, el cabello negro, rizado y algo nativo, los ojos pequeños pero inquisitivos y el rostro blanco rosado, agraciaban su presencia. Sólo los labios demasiado gruesos le mostraban sensual y violento, como realmente fue.
Su muerte constituyó una pérdida para las letras patrias pues a pesar de su corta edad era el primer crítico nacional y un afamado publicista.
Su figura, agigantada por los años, se ha tornado simpática en extremo, no solamente por su juventud siempre animosa y aventurera, su muerte violenta e injusta producto de la época de convulsiones que le tocó vivir; sino también por su independencia de criterio, brillante erudición crítica y un cierto hálito de romanticismo que se respira en toda su producción y aún más en su azarosa trayectoria pública y privada.
Es deber de alguna de nuestras instituciones culturales recoger sus obras que andan dispersas en espera de una mano amiga que las salve definitivamente del olvido.