VILLA: JAIME

En 1974, Jaime Villa participa en Nueve, una exhibición colectiva organizada por las galerías Contémpora, de Guayaquil y Maxwell, de San Francisco. La muestra recorrió California. En 1975 va a Israel para pintar una aeronave de Ecuatoriana de Aviación. Allí se enfrentó a otro tipo de cultura, que lo impresionó notablemente.
“Autorretrato», óleo/tela, 1974
Jaime Villa (Baños, 1931) es fundamentalmente un pintor de la alegría, del optimismo. Su inclinación hacia la plástica se manifestó desde muy joven. Su profesor León María Vieira lo animó en este empeño. Terminada la primaria, fue a Riobamba a seguir la segunda educación. Nunca dejó de dibujar y pintar. Luego pasó a Ambato donde conoció a Aníbal Villacís, quien con sus obras (toreros, paisajes urbanos) y sus consejos, lo indujo a continuar con su afición. “…Con unos tubos de óleo comenzados que me regaló, corrí a pintar y descubrí cómo se lograban con este material, las texturas y empastes que no me duraban con el albayalde y las tierras. Compré pintura y aprendí a preparar las telas. Luego tuve que dejar Ambato y venir a El Milagro, con toda la fiebre de pintar…”, nos relata sonriente.
«Maternidad”, 1950
En El Milagro trabajó en un estudio fotográfico. Colgaba algunos cuadros en el local. Humberto Moré se interesó por sus trabajos y terminaron siendo grandes amigos. El maestro esmeraldeño le prestaba libros y daba algunas indicaciones. Pasaban veladas culturales en casa del ingeniero Rafael Parducci, un pintor amateur. Este último lo impulsó a venir a Guayaquil, donde consiguió empleo. Por aquellos años, Jaime creaba en la línea realista, derivando hacia cierto expresionismo. Ingresó a la Escuela de Bellas Artes, donde Enrique Martínez Serrano fue su profesor de pintura. De 1953 a 1954 cursó la academia y luego prefirió seguir investigando al profesionalismo y esta vez fue José Guerra Castillo, su compañero de trabajo en Publicitas. Villa trabajaba intensamente y nunca faltaba a las exposiciones.
«Fiesta», óleo/ tela, 1962
En la segunda mitad de los cincuenta, Villa se lanza al ruedo profesional. Como todo joven, prueba algunas vías a seguir. Destaca entre ellas una corta etapa, que luego vuelve a aflorar, influida por el extraordinario pintor norteamericano Lloyd Wulf,residente entre nosotros. Nos referimos al período de los danzantes y feriantes. Por supuesto, seguía un poco a Humberto Moré (escenas de masas y semiconstructivos), así como a Gilberto Almeida, a la sazón en una época brillante. Jaime expresa admiración, además, por la obra de Oswaldo Guayasamin. Moré, que se sentía mentor del artista tungurahuense, escribe: «…En Villa es el Rococó demostrativo, tan ágil como el color…». Los cuadros de festejos y corsos son muy estilizados, de figuras rompientes, verticales, tal que lanzas, abigarrados y móviles. Nunca son literales, pues se insinúan entre tonos marcados o evanescentes, que los integran al fondo en una suerte de mimetismo. También son a veces imágenes totémicas o conjuntos de elementos en bloque, siempre con mucho derroche matérico, lindante a proyectos de grupos escultóricos.
Jaime Villa expuso en México en 1967 encontrándose con todo lo fascinante que la cultura azteca puede ser para un joven artista. Villa colgó en esa muestra lienzos expresionistas neorrománticos, apenas en la pauta de Amadeo Modigliani. Los de nuestro pintor se refieren especialmente a mujeres jóvenes de ojos almendrados, oscuros o vaciados. En los papeles, estos personajes los plasma a punta y canto de pastel o cera, de primera intención, abocetados; son generalmente no muy coloridos, con un dejo sentimental o misterioso, en muchos casos normocrómicos. Después de este momento labora en las imágenes de gentes citadinas muy típicas (fruteros, carretoneros, estibadores, canoeros y balseros) empleando valores policromos, hacia los cálidos. En 1967 viaja invitado a los Estados Unidos, junto a Almeida, Pavón, Palacio y Aráuz, en visita de observación cultural.
«Galápagos»,
óleo, 100×150
El tema de nuestro mar y las Galápagos ha sido tratado por nuestro artista. Su serie correspondiente es de gran interés pictórico. Son cuadros de un impresionista muy peculiar, sensuales, capaces de emocionar, lo mismo por el gran oficio desplegado que por el exacto balance de exaltación y trascendencia, contra un elegante sentido decorativista. Los intermitentes asomos de otras tendencias en su recorrido (precolombinismo tardío, máscaras magicitas, intentos abstraccionistas) a nuestro sabor, no son lo suyo, o, por lo menos, no lo principal. Hay quienes afirman que Villa a veces linda el abstracto sin atreverse a dar el paso decisivo. Para nosotros, él se desarrolla preponderantemente en el impresionismo donde sobresalen las armonías sutiles de las gamas, por sobre los contrastes tonales. Villa ha incursionado por todos los campos. En 1968 alcanza el II Premio de Mural para el IESS de Guayaquil. En pintura: 1962-I Premio Salón Luis A. Martínez de Ambato; 1965-III Premio Salón de Octubre de Guayaquil; 1971-1 Premio Salón de Octubre, entre otras preseas.
El caso de Jaime Villa es comparable al del cineasta francés Claude Lelouch: el haber hecho arte publicitario, lejos de ser como es común-perjudicial para su carrera de creador de arte culto o serio, le ha sido ventajoso, pues ha adquirido la positiva costumbre de hacer obra espectacular y agradable, sin mengua de lo conceptual o lírico. Los mejores carteles de Villa son admirables piezas de la afichística nacional. El haber sido galerista (inauguró Pachacamac en 1969), abona el criterio expuesto respecto a considerar el gusto del público, para hacerlo ascender, sin sobresaltos, a un nivel superior de apreciación estética. Ha realizado ilustraciones para libros infantiles como Maira y su muñeca (1969) El fantasmita de las gafas verdes (1978). En cuanto a los carteles, ha obtenido en 1968 el Il Premio de ÁREA, en 1969 el I Premio Sesquicentenario de la Independencia de Guayaquil (en la foto), en 1971 I Premio del Salón de la Independencia de la Casa de la Cultura matriz y en el mismo año, I Premio CIME, entre otros.
«Nuca llacta»,

1987, óleo sobre tela,
90×100 cm
La trayectoria de Villa es un prolongado festejo de luminosidad. Hernán Rodríguez Castello se pregunta: “… ¿de dónde tanto color, tan rico, tan fino de sutilezas y tan cargado de resonancias?…” y lo atribuye, parcialmente, al entorno infantil del pintor. Eduardo Solá opina: “… Villa es un maestro, domina el color como ninguno; colores que creemos reconocer y que no son de ninguna paleta: están elaborados con conocimiento y paciencia…”. El doctor León Rafael Vieira señala: “… Villa nos recuerda sus catedrales verdes, las selvas mórbidas de naturaleza… y nuestro trópico agigantado, dinámico y misterioso…”. Durante la década de los ochenta evoluciona desde las formas erguidas o pungentes del decenio anterior, a otras, curvas, sinuosas, comunicadoras de ondulantes cadencias poéticas. El alto referente de lo poético es refrendado por otros especialistas: el poeta del color lo nombra Jorge Astudillo y Astudillo, mientras el profesor Francisco Huerta Rendón hablaba de la
poesía plástica de Jaime Villa.