VIGIL FRANCISCO DE PAULA

REPUBLICO.- Nació en Tacna, Perú, el 13 de septiembre de 1792 y fue bautizado dos días más tarde. En esos tiempos la Revolución francesa erigía en París la guillotina y los libros de la Enciclopedia llegaban a América despertando enorme simpatía.
Fueron sus padres legítimos, un español de Asturias llamado Joaquín González Vigil y su madre Micaela Yánez, terrateniente oriunda de Tacna, al sur del virreinato del Perú, en la costa del Pacífico. En 1803, de once años solamente, fue destinado al sacerdocio sin tener la necesaria vocación dada su temprana edad.
Ingresó con una beca ganada por sus exitosos estudios al Seminario de San Jerónimo en Arequipa, que regentaba el sabio Obispo Chávez de la Rosa, natural de Cádiz, quien le dirigió espiritual e intelectualmente. Allí tuvo por maestro al Dr. Francisco Javier de Luna Pizarro, sacerdote que formó varias generaciones de patriotas y tantas glorias cosecharía como eximio orador en los Congresos, liderando el partido anti bolivariano.
Las ideas avanzadas le fueron formando rebelde, intranquilo, patriota y ávido de lograr reformas sociales y políticas, así como respetuoso como nadie de las libertades públicas. En 1811 fue Prosecretario del Seminario. El 12 de Septiembre de 1812 se graduó de doctor en teología en la Universidad de San Antonio Abad en el Cusco. El 15 fue catedrático de Teología en el Seminario de Arequipa cuyo Vicerrectorado ejerció hasta 1819 que ascendió a Presbítero, consagrándose a la enseñanza de la juventud por sus ideas independentistas.
En 1825 fue elegido Diputado por Arica y viajó a Lima, oponiéndose al año siguiente, en la Junta preparatoria del Congreso del 26, a la dictadura vitalicia del Libertador, por considerarla contraria y afrentosa a los principios democráticos de una República americana. Por eso fue desterrado y permaneció algunos meses fuera del Perú. En aquella memorable asamblea del 26 sorprendió votando contra la implantación del catolicismo como religión oficial. Se escandalizaron todos porque Vigil (ya no usaba el apellido compuesto de González – Vigil) era eclesiástico. Desde entonces ganó fama de excéntrico debido a que era un sujeto respetuoso del pluralismo ideológico, viviendo en una sociedad atrasada, gazmoña, casi estúpida.
En 1827 era Diputado por Tacna y tuvo especial participación en la elaboración de la Constitución de 1828. Afectado en su salud se dirigió a Chile el 29. De regreso el 31 fue designado Rector del Colegio de la Independencia americana en Arequipa, cobrando fama por sus sermones revolucionarios. Reelegido Diputado por dos períodos más, la última vez por aclamación, tenía en su Patria una bien ganada posición como tribuno liberal, demócrata y reformista.
En 1832 ocupó la presidencia del Congreso y en la sesión del día 8 de noviembre, mientras se discutía acaloradamente la acusación constitucional contra el Presidente de la República, que lo era el Gran Mariscal Agustín Gamarra, de pronto, abandonando la presidencia, bajó a la tribuna y empezó a hablar con ademán tranquilo, continente reposado y voz suave, de la siguiente manera:
“Esta es una discusión que deberá contarse entre los progresos del sistema americano. El ejecutivo ha decretado la expulsión sin previo juicio del ciudadano Jaramillo. Ha deportado a un legislador y por orden suya se ha asaltado el sagrado depósito de una imprenta. Los cargos son graves y la Constitución impone el deber ineluctable de acusar. Tengo que distinguir entre la dignidad de la función y la debilidad del hombre que la desempeña. Yo entiendo que el magistrado no obra mal porque él es obra de las leyes, el que se sobrepone a ellas es el hombre y ese hombre, en tal caso, es un tirano y decid entonces que lo rodean el terror y el despotismo, pero no le deis el nombre de respetabilidad, porque la respetabilidad no puede nacer de la infracción de la ley. ¿Y si cae el gobernante se alterará la paz? I yo pregunto a mi vez ¿Puede haber paz en el desorden? Cristo no vino a traer la paz sino la guerra porque el señor trajo una buena guerra para romper una mala paz. Se habla de la humana imperfección como excusa del incumplimiento de la ley, porque los hombres son lo que son, se han hecho las leyes para que sean lo que deben ser. Se anuncia el caos pero los males del presente nada tienen que envidiar a los horrores que se preveen para el porvenir. Si se nos objeta la sangre y el terror de la anarquía, objetaremos la sangre y el terror del despotismo, a más de la ignominia. La nación nos está mirando en este instante y aguarda nuestra resolución para cubrirnos de gloria o de ignominia sempiterna. Yo debo acusar, yo acuso, para que sepa mi Patria y sepan también todos los pueblos libres, que cuando se trató de acusar al ejecutivo por haber infringido la Constitución, el Diputado Vigil dijo: ¡Yo debo acusar, yo acuso!
Con este maravilloso discurso calificado de Catilinaria genial se ubicó entre los primeros repúblicos del continente americano. Vigil creía en la validez del pacto social como medio para alcanzar la dicha y felicidad del género humano y por eso tenía todo el candor de los Enciclopedistas, de allí su indignación de liberal del siglo XVIII ante el ataque a las garantías individuales y al sagrado recinto de una imprenta y sus luchas contra las barreras que impedían la felicidad en su tiempo, por eso bregó por abolir el celibato eclesiástico e implantar el matrimonio civil entre los ciudadanos no católicos del Perú. Era entonces, el más grande adalid de las democracias americanas, pues su fama había rebasado con holgura las fronteras del Perú y sus discursos y sermones se reproducían en los periódicos sudamericanos. En Guayaquil era conocidísimo a través de la prensa.
En 1834, visiblemente notorio y consagrado como el abanderado en la defensa de la libertad y la constitución, redactó el periódico “El Genio del Rimac”, órgano del partido liberal y reformista en el apogeo de los años de la anarquía y el caudillismo generadores de los trastornos que ensangrentaron su país por casi doce años, entonces optó por retirarse a escribir a Arequipa, hasta donde le fueron a buscar en 1836 para hacerlo Director de la Biblioteca Nacional en Lima, pero dos años después renunció tal función para dedicarse únicamente a escribir.
En 1839 fue deportado por el Mariscal Santa Cruz. El 45 el Mariscal Castilla le nombró nuevamente director de la Biblioteca Nacional, cargo que desempeñó con brillantez y lustre hasta su muerte.
En 1847 ayudó a bien morir a su amigo Vicente Rocafuerte, quien tenía tan alto concepto de Vigil que le había calificado de “el sacerdote más digno y más sabio del Perú”.
En 1848 editó la primera parte de una obra que tituló “Defensa de la autoridad de los gobiernos contra las pretensiones de la Curia romana” en seis tomos. El 56 apareció la segunda parte “Defensa de la autoridad de los Obispos” en cuatro tomos. Un “Compendio de la Defensa” en un volumen, complementó ambas, de suerte que su obra pasó a ser la mayor y más voluminosa publicada en América en su tiempo y dada la índole revolucionaria de los planteamientos, constituyó un best seller. Realmente lo que deseaba Vigil era una mayor autonomía del clero peruano respecto a Roma, actitud que le venía al ver tanta adyección sacerdotal, pero la polémica empezó a salirse de sus manos y terminó por abandonar los hábitos.
Ese año se enfrentó al Mariscal Castilla, quien quería cambiar la Constitución peruana. Entonces Vigil tenía sesenta y cuatro años pero seguía activo y patriota.
En los siguientes años volvió a las andadas con “Carta a Pío IX con documentos”, “Roma o el principado católico del romano pontífice”, “Manual de Derecho Público eclesiástico”, “Catecismo patriótico”, “Diálogos sobre la existencia de Dios”, “Bosquejo histórico sobre Bartolomé de las Casas”, “Defensa de Bossuet”, “Defensa de Fenelón” y varios opúsculos sobre temas tan diversos como la pena de muerte, política, la guerra del Pacifico, réplica a varios Obispos peruanos que atacaban sus libros, el gobierno republicano, la soberanía nacional, importancia de las asociaciones, etc. El 58 dio a la luz un librito pedagógica sobre “La Educación Popular”, el 61 uno sobre “La tolerancia de cultos” y el 63 otro sobre “Los jesuitas” que habían vuelto al Perú y se entrometían activamente en la política.
En 1864 protestó por la invasión de Napoleón III a México y por la injusta agresión de España al Perú, pues era un americanista a ultranza, aunque acostumbraba titularse ciudadano del mundo por la amplitud de miras y de criterios y cuando a raíz de la publicación de su “Defensa de los gobiernos frente a las pretensiones de la Curia romana” le llegó en 1851 desde la Santa Sede el Breve de Excomunión, exclamó ¿I vos también Santo Padre? por haberse sumado el Papa a la legión interminable de sus detractores, entre los cuales figuraba en primer término el guayaquileño José Ignacio Moreno y Silva-Santistevan, tío abuelo de Gabriel García Moreno, Arcediano de la Catedral de Lima y cerril autor de “La Supremacía del Papa” y “Cartas peruanas”, defensas a ultranza de anacrónicas doctrinas.
Dedicó sus últimos años a la Dirección de la Biblioteca Nacional que le sirvió entre otras cosas buenas para ayudar a nuestra paisana Rosita Campuzano, conocida como la Protectora por sus amores con el Libertador José de San Martín. Ella, dada su pobreza, abandono y ancianidad, moraba frugalmente en dos cuartitos que el gentil e inteligente Vigil le había cedido para vivienda en el edificio de la Biblioteca, donde falleció anciana y llena de achaques. Con el joven Eloy Alfaro tuvo buena y larga amistad y hasta le proveyó de documentos para que Nicolás Augusto González Tola escriba su obra sobre el asesinato del Gran Mariscal de Ayacucho, Antonio José de Sucre, en cuatro tomos.
Murió en Lima el 9 de junio de 1875, de ochenta y dos años de edad, de consunción como entonces se decía a la tuberculosis, enfermedad que le había atormentado casi toda su vida, fue enterrado en el cementerio Presbítero Maestre de Lima; entonces se dijo: “Fue la sinceridad sublime, el valor frente a la pusilanimidad, la libertad ante la opresión, la constancia y el esfuerzo ante la inercia, el talento abierto a lo nuevo y el triunfo del vivir serenamente y con decoro”.
Otro aspecto interesante de su personalidad y que aún no ha sido bien estudiado es la enorme influencia que tuvo sobre su amigo personal Pedro Carbo y fue tanta, que difícilmente se hubiera producido la protesta del Concejo Cantonal de Guayaquil en 1862 contra la suscripción del Concordato, de no haber existido las obras de Vigil, que sirvieron de base y fundamento a la Protesta y luego a la polémica que sostuvo Carbo a través de los escritos jurídicos del Dr. Francisco X. Aguirre Abad, con el Canónigo Carlos Alberto Marriot Saavedra.
Como dato anecdótico cabe mencionar que a su velatorio concurrió tal cantidad de público que se desplomó el balcón de madera de su casa, hubo contusos pero ninguno de gravedad, dada la poca altura de los edificios antiguos. El sepelio no se quedó atrás y varias calles y avenidas se llenaron de público, porque dejó cientos de fieles discípulos y admiradores intelectuales, que seguían con devoción y cariño las ideas contenidas en cada una de sus obras.
Murió excomulgado pero en 1975 la Santa Sede le rehabilitó y levantó tan injusta como vejatoria medida, que no calificaremos de sanción porque en realidad no lo es, dado que solo comulga el que le da la regalada gana. Entonces el gobierno peruano dispuso honores en su memoria y el traslado de sus restos mortales a su ciudad natal, Tacna la ciudad heroica y otra vez se arremolinó la multitud en el camposanto y al abrirse la tumba encontraron que el cadáver estaba cubierto de insignias masónicas por su grado 33, como correspondía a su altísima categoría intelectual, cultural y humana.