VILLACORTA HIPOLITA DE

RELIGIOSA.- Nació en Guayaquil en 1614. Hija legítima de Juan de Villacorta y Salcedo y de María de Villagómez y Corral, naturales de la villa de Castroverde de Campos en el Arzobispado de León, España. Esta última, hermana entera del Arzobispo Dr. Pedro de Villagómez y Corral Hipólita nació aparentemente sin vida y le pusieron las aguas del Socorro pero su madre pidió un milagro. Una de las criadas le arrojó sin querer una almohada, su padre observó una luz y al acercarse, escuchó un claro gemido, indicador de que gozaba de vida.
Se educó bien y en familia, con otros cinco hermanos, quedando huérfanos de padre y madre a temprana edad en 1629. Su tío el Arzobispo los mandó a buscar y se hizo cargo de ellos, pero era tan estrecho el ambiente para la mujer en esa época de atraso e ignorancia que no tuvo otras opciones que el matrimonio o la vida religiosa, escogiendo ésta última como la mejor de las dos y el 22 de Agosto de 1629, de escasos quince años, hizo su profesión de fe en el monasterio de las ermitañas agustinas descalzas de Nuestra Señora del Prado, de monjas contemplativas de perpetuo encerramiento y velo negro, ante la Abadesa Sor Angela de la Encarnación. En dicho documento se aprecia su buena letra, clara y redonda.
Desde entonces llamó Sor Hipólita de San Pedro y fue modelo de virtudes evangélicas, especialmente de la humanidad y caridad hacia los enfermos, por eso “sus hermanas no la tenían por monja sino por ángel, pues solo careciendo de carnes podrían ser creíbles las valentías de su espíritu, debido a que se sepultó en los inmensos abismos de la nada y del desprecio y no tuvo otro sentido que el de anonadarse y abatirse toda la vida”.
Entre 1660 y el 63 fue electa Priora, pero era tanta su humildad y mansedumbre, que lo mismo le daba lavar los vasos que barrer el monasterio, el estar en la cocina o en la enfermería, o que desempeñar tan alto cargo.
En cierta ocasión salió empatada con otra monja en la elección de Superiora y su tío que mucho estimaba el Monasterio, la nombró para el cargo, pero ella le rogó a la Virgen que la librara, escribió una carta a su tío y éste cambio de opinión.
Fue también muy penitente, vivía mortificándose. “Su túnica era de jerga basta. Su faldellín de tupido y grueso cordellate. Mas tarde, por obediencia, cambió la jerga de la túnica por estambre más delgado y el cordelaje por estameña de Ampurias. Sus toscos y ramplones zapatos le abrían grietas y surcos sangrientos en sus delicados pies. El hábito exterior monacal era de gruesa estameña también. Todo ello complementado con cilicios de varias hechuras y materiales”.
Cada semana eran habituales en la orden las llamadas disciplinas de sangre, que practicó hasta su muerte, convirtiendo las mejillas en pálidas azucenas. El silencio claustral era para ella profundo y continuado. Cuando atendía el torno, hablaba lo imprescindible, sin perder por nada la calma. Dos horas dedicaba al sueño en una tarima del Coro, tanto en verano como en el húmedo invierno.
Después de los grandes temblores de 1687 pasaba en la huerta del monasterio, tanto el día como la noche, a la intemperie pues era muy temerosa. Fue un dechado de dulzura y de amor, se compadecía de las religiosas que no daban todo lo que tenían que dar y aunque reprendía y castigaba los defectos, como tenía tanta suavidad en el trato lograba su enmienda y la querían como a Madre, edificándolas a todas pues era forjadora de la paz.
Muy pobre, su ajuar un retazo de estrado sin ropas, que le servía de asiento, un tronco a modo de almohada y una cruz pesada, con argollas, el medio de su penitencia. Añadamos una estampa vieja de papel y un librito manoseado para devotas meditaciones.
En cuanto a la obediencia, fue pronta, libre y alegre y aunque ejerció el priorato durante tres períodos consecutivos, cargaba botijas de miel, los grandes peroles desde el suelo hasta las hornillas y transportaba hasta la cocina los costales de zapallos, papas y otras hortalizas.
Servía a todos por igual: Una religiosa pasaba graves apuros económicos y la madre Hipólita, sin que nadie se lo hubiera comunicado, se acercó y dejó en sus manos cuatro pesos, diciendo: “No se acongoje, hermana, arréglese con estos reales que le envía la Divina Providencia”.
Otra religiosa había extraviado la llave de su celda y pasaba grandes apuros porque no podía entrar, pero la madre Hipólita, tomando el manojo de todas las llaves, le resolvió la situación prontamente.
En sus últimos años creía ser perseguida por el demonio y hasta sentía maltratos, en uno de los cuales quedó con una rodilla dislocada y cojeó el resto de su vida pues no la pudo enderezar más. En otras ocasiones creía ver ángeles y hasta sintió que la Virgen en ocasiones la visitaba.
Y así, entre naderías y sacrificios personales cándidamente recogidos por su hagiógrafo, transcurrió su vida de religiosa contemplativa y el día menos pensado, estando muy entretenida “en los misterios de la misericordia”, se le declaró un fulminante cólico que la obligó a echarse en el lecho y habiendo recibido los sacramentos se aprestó a bien morir, pero pasó ese día y llegó el siguiente que era Sábado víspera del Domingo de Ramos del año de 1692 y entonces dijo: “¿Cómo es esto, Bien Mío, que no he de verte hoy? ¿Cómo se va pasando el día, dejándome en triste noche? ¿Cuándo acabas de venir, muerte amada? ¿Por qué te llamo y te me escondes? y al llegar la noche, rutilante el rostro y los sentidos en plena capacidad, se durmió en la paz del Señor, de sesenta y ocho años de edad.
Su sepelio contó con numeroso acompañamiento pues pasaba por santa. Poco después se inició su Causa de Beatificación. En 1724 el padre Juan Teodoro Vásquez escribió su Crónica Agustina, todavía inédita, anotando que hasta ese año vivía gloriosa su fama, pues el cuerpo había permanecido incorrupto en su monasterio. Posteriormente el Presbítero Pedro García Sanz tentó una biografía y publicó “Apuntes biográficos sobre la Vida y Virtudes de la Venerable Madre Hipólita de San Pedro, del monasterio del Prado”, pero después su fama decayó y habiendo visitado en 1989 dicho Monasterio, el Padre Hugo Vásquez y Almazán, encontró con sorpresa que nadie le daba razón de ella y se preguntó: ¿Dónde se encuentra su cuerpo incorrupto? ¿Por qué su memoria se ha borrado de la tradición viva del Prado? para luego agregar: “No hay duda que, en alguna parte de este precioso monasterio, que hemos visitado con amor y veneración, debe encontrarse enterrada”.
Finalmente exclamó: “Con mucha esperanza creemos que algún día Hipólita de San Pedro brillará esplendorosa en el sitio que le corresponde”.