VELASCO Y PEREZ – PETROCHE JUAN

HISTORIADOR.- Nació en Riobamba el 6 de enero de 1727. Fueron sus padres legítimos el Sargento Mayor Juan de Velasco y López de Moncayo, Alcalde Ordinario de Cabildo y terrateniente de la zona y su segunda mujer María Pérez – Petroche.
Fue bautizado el mismo día de su nacimiento por su precaria condición y a causa de los problemas de salud de su madre lo enviaron al campo a que lo crie una nodriza indígena. Cuatro años después regresó hablando quichua y español.
Desde 1723 realizó estudios con algún preceptor particular. Después siguió Letras, Gramática, Humanidades y Retórica en el Colegio de la Compañía de Jesús con el padre José María Maugueri que lo guió a través de consejos y ejemplos, al punto que decidió su vocación religiosa.
En 1736 arribaron a Riobamba los Académicos franceses La Condamine, Josieu, Bourguer, Godin y otros más y se hospedaron en la casa de los jesuitas y en la de Pedro Vicente Maldonado influyendo en el ambiente cultural de la villa. El 38 partió Maugueri de Riobamba. Velasco siguió el Curso de Humanidades que terminó en 1743. En diciembre fue enviado interno al Colegio jesuita San Luis de Quito y finalizando el primer semestre decidió ingresar a la Compañía de Jesús.
En junio de 1744 viajó a descansar en Riobamba y el 22 de ese mes partió al Convento de Latacunga en calidad de novicio, siendo recibido por el padre Francisco Javier Zephiris y por el Provincial Carlos Brentano, ambos de nacionalidad alemana.
En Latacunga presenció las dos grandes erupciones del Cotopaxi el 30 de noviembre de 1744 y el 10 de febrero de 1746. Casi enseguida, el 22 de ese último mes y año ocurrió un fortísimo terremoto que destruyó casi toda la ciudad y los jesuitas salieron a Quito, donde Velasco estudió Filosofía en el Colegio máximo y fue compañero del guayaquileño Juan Bautista Aguirre Carbo y del ambateño Joaquín Aillón entre otros.
Ese año pronunció sus tres votos religiosos, siguió el Curso de Teología en la Universidad de San Gregorio y logró en 1753 el ansiado Doctorado y la ordenación sacerdotal. Tenía veinte y seis años de edad y era un joven curioso e intelectualizaso, lo que se dice, muy moderno para esa epóca.
En el siguiente Curso hizo el tercer año de noviciado o de Probación y empezó a sufrir de (disecoia) sordera, enfermedad común en su familia, pues en Riobamba había conocido a varios parientes viejos y sordos como una tapia.
Sus primeras labores docentes fueron desempeñadas en el Colegio que la Compañía regentaba en Cuenca, donde también predicó y catequizó indígenas, “examinando sus antiguos monumentos, haciendo observaciones geográficas y de Historia Natural, leyendo manuscritos y oyendo las tradiciones de los indios” porque hablaba muy bien la lengua del Inca como ya se dijo y por cuando desde siempre sintió atracción por coleccionar y estudiar las plantas.”
En 1755 se hallaba trabajando en Azogues, después pasó a los Colegios de Cuenca, Loja y Guayaquil. Entre 1756 y el 59 asistió a los Cursos de Filosofía del padre Juan Bautista Aguirre. 1760 y el 61 fue Prefecto Administrador y Oficial Procurador de la Casa de Ibarra y posiblemente compuso allí su “Relación Histórica Apologética sobre la prodigiosa imagen, devoción y culto de Nuestra Señora, con el título de Madre Santísima de la Luz”, folletito sin mayor importancia que sin embargo debió servirle para empezar a adiestrarse en el arte de escribir historias, pero contagiado por la epidemia de gripe que azotaba la región estuvo treinta días entre la vida y la muerte, sanó y comenzó a consultar los archivos y bibliotecas, porque tenía pensado escribir una Historia de estas regiones.
En 1762 radicó en Quito por breve tiempo empeñado en leer manuscritos antiguos y compuso un Catálogo de escritores consultados. Por eso se ha dicho que esa estadía le fue del todo provechosa, pues también recogió apuntes de impresos, muchos de ellos, copias de otros más antiguos.
En 1763 el Superior General de la Compañía de Jesús, padre Lorenzo Ricci, le envió desde Roma el Cuarto voto, que le ligó definitivamente a la Orden.
En 1764 pasó a Popayán y se hizo cargo del curso de Filosofía en el colegio de la Compañía hasta que ocurrió el extrañamiento (1767) En dicha ciudad estableció la más rica colección de hierbas de que disponía la Compañía de Jesús. Su manuscrito de Física del segundo año de clases era reconocido como el mejor aporte de un jesuita de la provincia de Quito a la Botánica, lamentablemente dicho manuscrito – aunque lo conoció Pablo Herrera en el siglo XIX – no ha llegado hasta nosotros. Por todo ello se sabe que Velasco era un excelente botánico , conocedor de las prácticas curativas de su tiempo.
En sus clase introdujo las matemáticas, la historia natural y la astronomía sin entrometer el resultado de las mediciones practicadas por La Condamine en Quito, sobre la determinación de la forma de la tierra según Newton y elaboró un texto o “Tratado de Física” para uso de sus estudiantes.
Es menester anotar que la Compañía de Jesús ignoró los trabajos de los Geodésicos pues los consideraba contrarios a los principios científicos de la iglesia y de la Orden, en casillada en el, traspantojó aristotélico pasado, es decír en su habitación instaló más de mil especies de orugas observando diariamente la naturaleza y propiedades diversas en la propagación de esta especie para conocer la forma en que se produce la metamorfosis de insectos epidócteros y posiblemente comenzó a escribir su Historia Natural pues estableció un herbario considerado el mejor que la Compañía de Jesús mantenía en estos territorios.
Sus ocupaciones ordinarias no le impedían distraer sus estudios favoritos de historia, geografía y ciencias naturales, así como el trato con indios para conocer mejor sus ritos, costumbres, tradiciones, etc. y con excursiones científicas, como la realizada al lago de las Papas, se enteró del origen de los ríos Cauca y Magdalena; sin embargo, a las cuatro de la mañana del 16 de agosto de 1767 fue notificado con la Orden de extrañamiento de los dominios españoles y al día siguiente emprendió el viaje al destierro.
Aún no habían concluido sus investigaciones pero se fue provisto de todos sus documentos y apuntes “como se ha comprobado debidamente por parte del padre José Jouanén. S. J. quien descubrió el inventario de los libros y demás papeles dejados por los jesuitas en el Colegio Máximo de Popayán, donde no consta ninguno de Velasco “que era en aquel tiempo de salud robusta, juicio muy sano, buen ingenio, gran talento, acendrada virtud y tierno amor a su religión”.
Es muy posible que el Gobernador de Popayán le permitiera poner en sus petacas de viajes, libros, papeles de apuntes y versos, etc. de donde no sería verdad que escribió su Historia en Italia, auxiliado únicamente por su memoria, sino documentadamente.
El viaje a los Estados Pontificios fue largo y doloroso. Los jesuitas más ancianos desfallecían y morían en el trayecto que duró varios meses con escalas en La Plata, Cartagena, La Habana. Allí se internó varios días en el hospital aquejado de desnutrición, Cádiz, isla de Córcega, el balneario de Sastri cerca de Génova, donde volvió a enfermar cerca de un mes siendo cuidado por el padre Orozco.
Finalmente arribaron los jesuitas quiteños el 24 de octubre de 1769 a la ciudad pontificia de Faenza. Velasco llegó acompañado por el padre José Veloz. De esas peripecias ha quedado un Diario suyo con los más insignificantes pormenores, que bien podría constituir la Tercera Parte de su Crónica de la provincia de la Compañía de Jesús del mismo reino.
Suponían los recién llegados que Faenza sería únicamente una estación provisional pero al prolongarse el destierro más de la cuenta, resolvieron ayudarse mutuamente y vivir en comunidad. Para mantenerse ocupados se distribuyeron trabajos y obligaciones. El Superior Joaquín Alvarez encargóle una “Historia del Reino de Quito y Crónica de la Compañía de Jesús del mismo reino” que éste aceptó escribir con gusto, porque se había preparado varios años para ello, “formando los convenientes extractos, averiguando con varios sujetos no menos doctos que prácticos de aquellos países, especialmente misioneros “y gastó el espacio de seis años en viajes, cartas y apuntes” y cuando me encontraba en estado de ordenar aquellos indigestos materiales quiso Dios que me faltara la salud, posiblemente debido a la honda impresión que le causó saber que el Papa Clemente XIV había suscrito el 24 de agosto de 1773 el Breve de Extinción de la Compañía de Jesús, Tal hecho puso fin a todas sus esperanzas de regresar a América.
De allí en adelante cada jesuita vivió solo, destruyéndose la comunidad que habían formado y en la que solía rezar, leer y trabajar. En otras palabras, donde Velasco se sentía tan a gusto, por necesario e importante. Por eso tuvo que conseguir un mísero cuarto ya que no podía pagar otro mejor y hasta volvió a enfermarse. “Los síntomas se generalizaban, los dolores de cabeza crecían, las conjuntivas supuraban, disminuía la vista y aumentaba la sordera. También sufría de amnesias más o menos prolongadas y después de nueve años de estos padecimientos más bien psicosomáticos pues debieron ser producidos por su situación emocional, recién en 1784 empezó a mejorar tan misteriosamente como había enfermado pero le quedó la sordera”.
Tenía cincuenta y tres años de edad pero aparentaba más y volvió a sus antiguas aficiones literarias dándose modo para escribir unas “Cartas al Lingüista Lorenzo Hervás y Panadura.”
Entre 1785 y el 87 pudo terminar un “Vocabulario de la lengua peruana quítense llamada del Inca” que había comenzado en Ibarra. El manuscrito original se conservaba en el Museum fur Volkerkunde de Berlín que desapareció en la II Guerra Mundial y registraba 3.000 palabras quichuas y un índice que logró copiar Paul River hacia 1920. Un manuscrito, copia del anterior, fue hallado por Humberto Toscano en el Colegio jesuita de Alcalá de Henares bajo el título de “Vocabulario de la Lengua Indica”.
En 1787 logró dar fin a sus apuntes sobre la “Historia del reino de Quito en la América Meridional” y los pasó en limpio por mandato real pues quería hacer un corto obsequio a la nación y a la Patria según sus propias palabras, pues sentíase quiteño por nacionalidad y español por su patria, apreciación de mucho interés para conocer la psicología de los jesuitas del extrañamiento y se dio a consultar todo libro de interés que hallaba en Italia, cuyo Catálogo formó y dice mucho en favor de su vocación científica como historiador y bibliógrafo.
En marzo de 1789, concluida las dos primeras partes en que dividió su Historia, las remitió al Ministro Antonio Porlier archivando dos copias “y en haberme atareado por concluir la segunda parte, quedé inhábil de los ojos por una pertinaz fluxión que no ha querido ceder por más que han hecho los médicos, quienes me han prohibido leer, escribir y aún rezar el Oficio Divino. Este nuevo incómodo sobre mis años y males crónicos de cabeza, me hace ya dudar si podré o no trabajar la última parte, para la cual apenas tengo apuntes y materiales indigestos”, pero, a los pocos meses, por agosto, remitió a Madrid dicha tercera parte acompañándola de un Mapa o “Carta General de la Provincia del Quito propio, de las orientales adjuntas y de las misiones del Marañón, Napo, Pastaza, Guayaga, Ucayale, delineada según las mejores Cartas modernas y observaciones de los Académicos y misioneros, Maldonado y La Condamine y Padres Fritz y Magnin. Escala: 1: 1.460.000 con indicación muy pormenorizada de todas las tribus de estos territorios” advirtiendo que el libro lleva el estilo puramente natural y sin lima y el carácter – entiéndase la letra – arruinado por la falta de pulso y vista con la sobra de años y males.
La Academia de Historia de Madrid formó una Comisión para su estudio integrada por Antonio de Alcedo y Casimiro Gómez de Ortega que informó de la siguiente manera: “Esta obra, por la admirable división de épocas, por multitud de conocimientos y curiosas investigaciones, por la juiciosa crítica que reina en ella, por la solidez conque trata las materias y por la inteligencia de la lengua quichua, la constituyen una de las mejores y quizá la más completa que se ha escrito en América”.
La aprobación salió no sin ciertos reparos en lo tocante a Historia Natural pero no llegó a publicarse y su autor quedó “sin el oportuno apoyo en su vejez y miserable estado de vida,” siendo la primera historia de la actual República del Ecuador cronológicamente hablando y la más trascendente de todas las que se ha escrito sobre nuestro país.
La Primera Parte titula “Historia Natural” y trata del medio físico de la Presidencia de Quito, clima, montañas, ríos, puertos, montes, lagos, mares, con observaciones muy curiosas sobre botánica, zoología y mineralogía. Reúne una lista de plantas, algunas de uso medicinal, refiriendo sus virtudes que debió escuchar de curanderos indígenas, que hasta utilizaban métodos mágicos por espirituales. Velasco creía en la evolución de las especies y en la generación espontánea, teoría muy antigua porque fue expuesta por Aristóteles y hoy desechada por fantástica. También en el transformismo que se basa en los supuestos cambios que experimentan los vegetales al hacerse animales y al morir éstos vuelven a originar vegetales vivos.
La Segunda contiene cinco libros que narran la Historia Antigua y Moderna de estos territorios. La Antigua desde los orígenes hasta la conquista incásica y las guerras civiles de los españoles. Habla de los Caras, los Quitus, Tupac Yupanqui, Huayna Capac, Atahualpa, Rumiñahui, Benalcázar, Alvarado, Gonzalo Pizarro, Núñez de Vela y La Gasca. Sus culturas, religiones, costumbres, fiestas, sistemas de gobierno, instituciones, establecimientos, lengua, arte, ciencia, edificios públicos, etc. 1a Historia Moderna versa sobre la Presidencia de Quito, sus corregimientos y Gobiernos, así como las Misiones en el Marañón. Termina con un Indice y dos Cartas Geográficas. Conoció esas materias entre 1743 y 1767, tiempo en el cual habló con los indios enterándose de sus mitos, tradiciones y recuerdos, observando cómo vivían, qué hacían y cómo los trataban. Vio sus comarcas, las ruinas de sus monumentos, los lugares sagrados. Revisó la alfarería, instrumentos de piedra y tejidos.
En todo fue un precursor de los posteriores estudios de arqueología y antropología. “Observador atento, cuidadoso en el detalle y de gran vuelo imaginativo”, retenía datos y consignaba observaciones. Igualmente tuvo a mano numerosos manuscritos algunos se debe haber perdido pero otros han sido localizados como el del Padre Magnin de 1740 cuya fuente se olvidó citar.
Entre las principales fuentes merecen especial atención los originales del Cacique Jacinto Collahuaso a quien trató en Ibarra cuando éste tenía ochenta años de edad, revisando su manuscrito titulado “Guerras Civiles de Atahualpa y Huáscar Incas” que reposaba en el Convento dominicano de esa ciudad y hoy se halla perdido. De allí debió sacar Velasco la historia del reino de Quito y sobretodo la genealogía de sus reyes Shirys hasta Carán XIV.
También debió consultar las “Cartas Informativas de lo obrado en las provincias de Perú y Quito” escritas por el padre Marcos de Niza, célebre por sus aventuras en Nueva México y por el mítico descubrimiento de las siete ciudades de plata, perdidas, de Cibola.
Se ha dicho que esta obra la de Velasco “es la primera escrita por un sujeto americano usando métodos empíricos o experimentales, a base de la historia cultural y natural del continente, pues conoció y describió a los habitantes autóctonos de su Patria desde la perspectiva del pedagogo,” defendiéndoles de las acusaciones que se hacían en Europa donde les calificaban de seres débiles y abúlicos. Por el contrario, Velasco manifiesta su rechazo a tales teorías, pues la situación del indio se debía a la falta de leyes que le protegieran y a los pocos esfuerzos realizados para ilustrarles. En otras palabras, el problema del indio americano era estrictamente socio cultural.
También fue autor de una Colección de Arte Poético que puede llamarse “Comedia sobre el Calvario y el Tabor” intercalando algunas poesías propias de índole religiosa, de límpida e ingenua emoción, con poemas jocosos que testimonian otra de sus facetas, pues gozaba de fama de hombre irónico y bondadoso que hacía las delicias de sus numerosos amigos en sociedad. Porque a pesar de su pobre renta que apenas le alcanzaba para pagar una escasa y modestísima comida, era llamado a las más ricas casas de Faenza y gozaba de la amistad de nobles literatos, entre otros, el Marqués Alejandro Ghini, su mejor amigo.
De allí en adelante utilizó sus últimos años en dar forma a una Colección de poemas propios y ajenos iniciada en 1757 y terminada de ordenar entre 1790 y el 91, que empastó en cinco tomos. Poesías escritas en octavas reales y arte menor, diversas en asunto, metro e idioma, con otras relativas a la caída de los jesuitas y con un Certamen, bajo el título de “Colección de Poesías hechas por un ocioso en la ciudad de Faenza”. De ella se ha dicho que contiene poemas excelentes como “La conquista de Menorca” de José de Orozco, otros no tan importantes de los padres Ramón Viescas y de los Larrea, los de Velasco son poemas religiosos de limpia e ingenua canción, tales como “A la Virgen de la Luz” y poemas jocosos que testimonian al hombre de ingenio chispeante, de crítica a veces acerba pero temperada por esa bondad innata, rasgo distintivo de su personalidad.
En 1791 se intensificaron sus enfermedades. A duras penas tenía sesenta y cuatro años pero aparentaba más por la dureza del destierro. I tras varios meses en cama entró en varias agonías, no sin antes conocer la ordenación sacerdotal de su sobrino José Dávalos y Velasco con quien vivía en el destierro y a quien dejó en custodia sus numerosos papeles, indicando que los entregara al primer personaje distinguido de Quito que pasara por Italia, a ver si los podía publicar.
Tres veces recibió el viático y varias los sacramentos pero no terminaba su agonía por la fortaleza de su corazón hasta que finalmente falleció el 29 de julio de 1792 y fue enterrado al siguiente día en la Iglesia parroquial de Santo Domingo de los padres Carmelitas.
Su buen humor era proverbial. Se chanceaba con todos a pesar de su sordera y cuando en 1788 su amigo el padre Ambrosio Larrea le dedicó un soneto a su sordera, le contestó con otro en chanza. Ambas composiciones se han conservado. La primera como simple Soneto y la segunda como “Apología de la Sordera”, escritas ambas en italiano, pero traducidas al español.
“De figura noble y digna, aunque de talle pequeña pero robusta. Sus miembros inferiores también pequeños pero proporcionados. La cara redonda y gruesa, el cuello corto y ancho, el abdomen abultado. Tez blanca, rubicunda y ligera tendencia a la calvicie”.
Su carácter franco y candoroso, versado en la literatura y en la historia, nutrido de los conocimientos de su estado. De palabra pronta y abundante como buen viajero y misionero. De inteligencia clara y despejada como hombre de meditación y trabajo. Serio, estudioso y comunicativo. Brilló en Italia ante los Jesuitas de otras naciones y con su obra de lenguaje fácil y bello estilo ayudó a formar el sentimiento de los ecuatorianos, sus actuales compatriotas.
En confianza ganaba voluntades por su carácter práctico, alegre, sociable y bondadoso. Era de humor levantado, bromista, extrovertido, tranquilo, sociable.
Fue un autodidacta genial que se alzó sobre la mediocridad a la que habia caído los jesuitas de su tiempo y por su Historia se convirtió en el más importante miembro de esa orden en nuestro país.
Hacia 1825 José Modesto Larrea y Carrión recibió los manuscritos de Velasco (la Historia y la Colección de Versos) de manos de su anciano sobrino el presbítero José Dávalos y Velasco con la consigna de publicarlos. La fama de Velasco se había mantenido en América, prueba de ello es que Eugenio Espejo le menciona en “Las Primicias de la Cultura de Quito” informando que había terminado su Historia en Italia, presentándole como un sacerdote erudito por sus conocimientos sobre las antigüedades del país.
En 1828 Larrea cedió los originales al médico francés Abel Victoriano Brandin para que los imprima en París, como efectivamente sucedió en 1837, pero sólo hasta el Libro Tercero de la Historia Antigua y en edición tan deficiente que Larrea no quedó satisfecho del encargo, que buen dinero le había costado.
En 1841 el Dr. Agustín Yerovi Pintado sacó el Segundo Tomo y continuó con los demás hasta 1.843, finalizando la obra el 44, menos los Mapas de Quito y Popayán, el Catálogo, las Cartas comentarios y las Dedicatorias del autor que no salieron. Fue, pues, una edición pobre e incompleta. Dichas omisiones fueron conservadas en la segunda edición quiteña de 1946, efectuada por entregas por el Diario “El Comercio”.
En 1960 el Padre Aurelio Espinosa Pólit mandó a sacar la Historia completa en la Editorial Cajica de México en base a los originales de 1789, para la Colección “Biblioteca Ecuatoriana mínima”. En 1970 apareció una edición popular de “Clásicos Ariel” y en 1977 la Casa de la Cultura Ecuatoriana editó la cuarta en el país con Estudios Introductorios muy interesantes.
También se han realizado algunas traducciones como la de Ternaux Compans de París en 1840 de la Historia Antigua al idioma francés. Existe otra al italiano de 1842 basada en la anterior.
Desde 1918 Jacinto Jijón y Caamaño principalmente y Homero Viteri Lafronte pusieron en duda las aseveraciones de Velasco sobre la existencia del reino de Quito y la genealogía de los Shirys, siguiendo en ello al gran americanista Marco Jiménez de la Espada, que había sido el primero en censurarla. Se dijo entonces que Velasco había sido un genial embaucador, que escribía sin documentos y posiblemente basado en su memoria. Que lo tocante a la prehistoria era absolutamente falso, por opuesto a los descubrimientos arqueológicos.
Tal fue la magnitud de los ataques que ese año una Comisión del Consejo General de Instrucción Pública del Ecuador propuso borrar de un texto lo tocante a los Shirys, pero salieron defensores de Velasco y entre ellos el déan Juan Félix Proaño, Pío Jaramillo Alvarado, el padre José Legohuir, S. J. el arqueólogo chileno Joaquín Santa Cruz, el Dr. Leonidas Batallas, etc.
Pío Jaramillo Alvarado en su defensa de Velasco manifiesta que los mitos y leyendas de los pueblos antiguos tienen su razón de ser por cuanto éstos no llegaron en su desarrollo cultural a conocer el alfabeto escrito, de manea que a falta de pruebas documentales históricas, es necesario recurrir a ellos. Por otra parte los mitos no significan falsedad o impostura si no representación simbólica. Que el reino de Quito es un mito bello y muy valioso para la nación ecuatoriana, pues constituye el principio de su existencia, además es rico en significados, con imágenes y enseñanzas y en el mejor de los sentidos, edificante.
Jijón y Caamaño finalmente terminó por aclarar sus ataques manifestando que Velasco no fue un embaucador sino simplemente un hombre crédulo, que escribió todo cuanto oyó en su tiempo.
Hoy se acepta como verídico lo dicho por Velasco, no por un sentimiento patriotero o chauvinista sino porque el padre José Jouanen, S. J. descubrió que Velasco había sacado sus apuntes personales de la ciudad de Popayán donde se encontraba al momento del extrañamiento, merced a la Real Orden que tenía para escribir su Historia y que debió enseñar en su recorrido a Faenza, para que le dejaran pasar sus libros y papeles; sin embargo es necesario anotar que la moderna investigación, especialmente la realizada por el etno historiador norteamericano Frank Salomón indica que en la sierra del norte ecuatoriana, inclusive en la región subtropical adyacente a ella que se comunicaba por las bocas de montaña, formando el Quito de los siglos XV y XVI, existían numerosos cacicazgos interrelacionados a través de vínculos comerciales y matrimoniales, compleja sociedad que permitió a los Incas la creación de un nuevo Tahuantinsuyo del norte. En cuanto a los Shirys, bien pudieron ser los curacas mayores de su tiempo junto a los Ango, a los Saquisilí, a los Zumba, etc.que dominaban en zonas adyacentes. los Duchicelas no constan en la documentación consultaba por Salomon posiblemente por su origen puruhá, nación que mandaba en los actuales territorios del sur de Quito, propiamente en la provincia de Chimborazo, aunque este asunto está por resolverse todavía.
Velasco constituye una de las mayores glorias del Ecuador por paradigma de patriotismo, pues escribió en condiciones precarias, falto de salud y de dinero, en el abandono físico y espiritual de sus compatriotas, expatriado injustamente de su tierra natal, todo lo cual habla muy en alto del amor a su tierra.
Pablo Herrera le ha descrito así: Alto y bien apersonado, de figura noble digna, de carácter franco y candoroso, versado en la literatura antigua y en la historia, pero esta descripción no debe ser tomada en cuenta porque peca de imaginativa.
La Colección de versos quedó casi por completo olvidada en la biblioteca privada de Larrea al punto que el erudito anticuario Pablo Herrera no la mencionó en 1860 en el Ensayo sobre la Historia de la Literatura ecuatoriana; sin embrago, Pedro Fermín Ceballos si lo hizo en el periódico El Iris en 1861.
En cierto cambio de libros efectuado por Juan Maldonado, concuñado de Larrea, con su amigo el Dr. Ramón Miño, pasó la Colección de versos a éste último, quien la prestó en 1.866 a Juan León Mera, que se sirvió de ella para publicar en 1868 su Ojeada histórico – crítica de la poesía ecuatoriana. Mas, fue el caso, que en 1871 falleció Miño y Maldonado reclamó la Colección con instancia, consiguiendo su devolución. Entonces se la obsequió al Presidente García Moreno, quien no se interesaba en cosas literarias y la entregó a la Biblioteca Nacional en Quito. Años más tarde se la encontró incompleta, solo los tres primeros volúmenes, aunque para gran felicidad de los ecuatorianos los dos últimos aparecieron después.
Es interesante anotar que el ilustre guayaquileño Vicente Emilio Molestina Roca en la “Colección de antigüedades literarias,” Lima, 1866, había dado a conocer varias poesías tomadas de la Colección manuscrita de Velasco, que debió conocer y seleccionar en Quito. Vicente Emilio era hijo de ese otro anticuario guayaquileño José María Molestina Roca quien poseía la Colección manuscrita de poesías del padre Juan Bautista Aguirre Carbo, maestro de Filosofía de Velasco en el San Luís de Quito, sobre la cual el crítico argentino Juan María Gutiérrez en 1864 escribió cuatro artículos aparecidos en el semanario “El Correo del Domingo” de la capital rioplatense, recogidos al año siguiente en formato de libro.