VELARDE DEL CAMPO FERNANDO

POETA.- Nació el 12 de Diciembre de 1823 en la villa de Hinojedo, en las cercanías de Santander al norte de España, dentro de una familia de condición hidalga en la cual varios de sus hermanos: Eulalia, María Virtudes y Román, también fueron poetas y cultivaron las bellas letras.
Pasó su niñez en Comillas pero a causa de su temperamento ardoroso y romántico por excelencia salió hacia América de solo diecinueve años en 1842 siguiendo a su hermano mayor Ramón, quien llevaba veinte y cinco años viviendo en la Isla de Cuba. Primero habitó en La Habana, trabajó en diversas publicaciones periodísticas y luego en la villa de Santa Clara donde desempeñó la secretaría de la Tenencia.
En 1846, siguiendo al amor de su vida, una dama de las iniciales J. A. T. viajó a Cádiz, pero al no ser correspondido volvió a Cuba y decepcionado empezó a vagabundear.
En 1847 arribó a Lima con “una aflicción oculta” debido a su condición de “peregrino infortunado y pobre” como él mismo lo confesaría en uno de sus poemas y solo tenía 24 años. A poco de llegado empezó a colaborar en el diario “El Comercio” y a publicar una revista literaria y semanal que tuvo gran boga y dos años de existencia, titulada “El Talismán”, donde aparecieron sus primeras poesías, que pronto fueron aclamadas con delirio por la juventud.
De inmediato cayó bien a los bohemios literarios de entonces pues era un mancebo de robusta y ardorosa fantasía, cuyas composiciones nos cautivaban por lo musical de ellas y por la elevación, un tanto apocalíptica, de las imágenes. En sus fluidos y ardorosos versos, encontrábamos un vago perfume de idealismo y de misterio, según palabras de Ricardo Palma.
En 1848 editó su primer poemario titulado “Las flores del desierto” con recuerdos nostálgicos de su tierra natal y que le convirtió en el ídolo de los poetas románticos de América, tal el éxito que alcanzaron dichas composiciones en estas latitudes; sin embargo, Las Flores del Desierto ocasionaron más de una agria polémica y hasta un crítico calificó a su autor de simple relumbrón.
Palma le defendió con los siguientes versos // No te amedrente el ponzoñoso dardo / de burla vil que, con rencor bastardo, / te provoca y te insulta . .. ¡Firme lidia! /Porque jamás vio el mundo, noble bardo, / fuego sin humo, gloria sin envidia.//
“No obstante, Velarde cometió la niñada de amoscarse y de un trastazo le rompió la cabeza al criticastro y éste contestó con otro varapalo que le descompuso un brazo al poeta.”
En Lima los jóvenes ilustrados le seguían como a un maestro Carlos Augusto Salaverry, Manuel Nicolás Corpancho, Manuel Adolfo García, José Arnaldo Márquez y otros de menor edad como Ricardo Palma, Clemente Althaus, Luis Benjamín Cisneros, Constantino Carrasco y Rossel.
En Guayaquil la juventud le recitaba con admiración rayana en lo indecible y pocas veces se había visto un éxito tan estrepitoso, pues no había casa donde no se encontrare un ejemplar de su obra o por lo menos alguno de sus poemas.
En 1851 publicó en Lima un texto de “Gramática de la Lengua Castellana, Métrica y nociones de Filosofía y Lenguaje”, que la Junta de Instrucción del Perú autorizó para uso de las escuelas y colegios de ese país. Estaba casado con Ricardina Balta Caravedo natural de esa capital y sobrina del presidente de la República de ese país José Balta.
Se ganaba la vida como pedagogo en un Colegio Modelo de primera y segunda enseñanza. Del 51 es su poema “El Pabellón español”, del 52 su hermosísimo discurso escrito en prosa poética bajo el título de “El Poeta y la Humanidad”. El 55 se ausentó a Chile, enseguida visitó Bolivia, Ecuador y Colombia.
No bien hubo arribado a Guayaquil le recibieron sus cofrades románticos en triunfo. Vicente de Piedrahita le dedicó una poesía y atendió en la casa de su abuela materna, ubicada en la esquina de malecón y Roca, donde tuvo lugar una soiré en su honor. Las damas y damitas se peleaban por un mechón de sus cabellos, sus libros se agotaron de la circulación y hasta hubo poetisas como Dolores Sucre Lavayen que merecieron del gran poeta, como solamente se le llamaba, el honor de uno de sus versos.
La influencia de Velarde en el gusto romántico del Guayaquil de los años 1850 al 70 se prolonga hasta fines del siglo a través de vates menores como José Eusebio Molestina, Carmen Pérez de Rodríguez – Coello, Rita Lecumberri y la citada Dolores Sucre, que llegaron a copiarle hasta frases enteras. Miguel Riofrío tampoco escapó de su influjo y le dedicó desde Quito un artículo laudatorio que tituló “Un Poeta en los Andes” aparecido en la prensa de esa ciudad el año 55.
En 1855 reimprimió en Quito, por cuarta vez, imprenta de E. Velarde, su “Gramática de la Lengua Castellana, métrica y nociones de Filosofía y lenguaje” escrita en el Perú. Por entonces vivía en Puerto Rico, pero siguió a los Estados Unidos y en 1860 editó en New York su segundo poemario titulado “Cánticos del Nuevo Mundo” con bellísimas composiciones descriptivas.
En 1873 fundó un Colegio en El Salvador con el apoyo del gobierno y tuvo tanto éxito que fue designado director de la Escuela Normal del Estado. Después viajó a Guatemala y México y tras recorrer diversos países del Asia regresó finalmente a su Patria en 1876, con cincuenta y tres años a cuesta, instalándose en su ciudad natal de Hinojedo.
Entonces publicó en Barcelona su obra “La Poesía y la religión del porvenir”, tercero y último de sus poemarios” con versos notables, más que por la exuberancia de sentimientos poéticos en ellos encerrada, por el súbito cambio de sus ideas religiosas y filosóficas y después de haber sido un ortodoxo, terminó convirtiéndose en racionalista osado, furioso enemigo de los frailes y de los jesuitas e inclinado a la práctica de la iglesia anglicana y en Torrelavega salió “La Poesía de la montaña”.
I desencantado por no ser un poeta reconocido y aplaudido viajó nuevamente a Inglaterra, vivió algún tiempo en Londres dedicado a la enseñanza del idioma español y falleció en dicha capital el 15 de Febrero de 1881, de escasos cincuenta y seis años de edad, cuando aún se esperaba mucho más de su genio.
Fue un gran amante de la naturaleza a la que cantó con entusiasmo y voz sonora y siendo casi desconocido en su Patria fue famosísimo en América, entre cuyos poetas ocupa un merecido lugar pues dejó algunas colecciones de versos tales como “La poesía de la montaña” que se compone en dos partes: En los andes del Perú y en los andes del Ecuador” y otra titulada “De noche en las playas de Chile.”
De entre sus composiciones se recuerda una de ellas por su incoherencia: // Un eco vago / fugaz retumba, / de tumba en tumba / zumbando va.. // por eso se ha señalado que su obra tuvo la fogosidad desordenada, la grandilocuencia sin freno, el esplendor del colorido barroco, la autobiografía a borbotones y un volteranismo tan lleno de exabruptos que incitaba sospechas de cándido.
I también las siguientes octavas, ricas de orientalismos y bellezas descriptivas: // Risueñas vencen mi genial tristeza, / brindando flores y arrancando abrojos, / ésas tus hadas de oriental belleza, / de los grandes, negros y rasgados ojos; / de inmaculada, virginal pureza; / de labios suaves, cual la grana rojos: / de talle esbelto, de turgente seno, / lleno de gracias y de amores lleno. //
También ésta otra por su encantadora sencillez y ternura casi infantil. // Ayer me dijeron que luego partías /a climas remotos, muy lejos de aquí; / y entonces, mi vida, sentí tanta pena, / al ver que tan lejos te vas para siempre, / pensando que acaso te olvides de mí. //
Vivió ocho años en el Perú destacándose como líder grandilocuente en sus expresiones poéticas, pero después se perdió en otros países pues siempre fue un aventurero insigne y un viajero permanente, destacando como periodista y profesor.