VELA HERVAS JUAN BENIGNO

POLITICO Y ESCRITOR.- Nació en Ambato el 9 de Julio de 1843. Hijo legítimo de Juan Pío Vela Endara, agricultor muerto joven y de Mercedes Hervas Hidalgo, ambateños; hija del ilustre prócer José Joaquín Hervas López – Naranjo, que ya octogenario y cuando las tropas realistas penetraban a la plaza principal de la pequeña población de Mocha, salió de su casa con un trabuco y en gesto viril se plantó firme y mató a varios soldados, siendo asesinado enseguida.
En la escuela de Ambato descolló por su talento y buena memoria y después siguió un curso de Latinidad y Gramática con el profesor Miguel Francisco Albornoz. En 1859 viajó a estudiar al colegio “Vicente León” de Latacunga, hospedándose donde sus primos los Endara y para ayudarlo, pues era muy pobre, el rector Francisco Javier Montalvo lo nombró secretario interino del plantel. Allí concluyó el curso de Filosofía e inició el de Jurisprudencia con el Dr. Carlos Casares de quien fue su discípulo predilecto.
En 1863 se matriculó en la Universidad de Santo Tomás en Quito, viviendo en un cuarto junto al zaguán de la casa de su deuda Ramona Vásconez mujer del Coronel Eusebio Conde y para estudiar hasta altas horas de la noche hurtaba las velas de una imagen de la Virgen del Rosario que presidía el descanso de las gradas, pues era huérfano de padre y pobre de solemnidad.
Mientras tanto los abusos de la tiranía garciana lo llevaron a buscar la amistad de Pedro Carbo y Juan Montalvo, convirtiéndose en un fervoroso liberal y cuando apareció “El Cosmopolita” en enero del 66, fue secretario ocasional de Montalvo, sacando copias manuscritas de sus originales.
El 29 de Octubre de 1867 rindió el grado de Bachiller en Jurisprudencia exonerado del pago de derechos y regresó a Ambato a instalar su estudio profesional. Pronto ganó fama y clientela. De Guayaquil “le ocupaban en representaciones comerciales y con el cobro de créditos”. Todo parecía sonreírle pues era joven, culto, alto, gallardo, viril, pulcro en el vestir y tenía apostura elegante, rasgueaba la guitarra y entonada coplas de suave melancolía; mas en enero de 1.869, García Moreno dio un golpe revolucionario, proclamó nuevamente su oprobiosa dictadura y un manto negro envolvió a la República. Vela se indignó y un día estando de paso en Mocha, arrodillado en la misma plaza donde había sido asesinado su abuelo, prometió derramar su sangre por la libertad e intentó matar al tirano a su arribó a Ambato, pero fracasó; sin embargo, la conjuración no tuvo consecuencias.
Al mismo tiempo junto a varios jóvenes intelectuales fundaba en Ambato la “Sociedad Literaria” que comenzó a editar el periódico “El Joven Literario” del cual aparecieron solamente seis números, para depurar las costumbres y rectificar el gusto literario y artístico y en esas pueriles aficiones se distrajo con sus amigos Rafael Guerrero González, Pio López, Joaquín Lalama Constante, entre otros; pero comenzó a tener serios problemas con la vista y preocupado por la posibilidad de quedar ciego viajó a curarse en Quito donde se enteró de la muerte en el destierro de su amigo el Dr. Carlos Auz.
Llevado por un generoso impulso pronunció el discurso fúnebre en una sociedad patriótica reprochándole al dictador la dureza de su gobierno y cuando este pasó en marzo por Ambato, prendió a Vela, lo trasladó a Quito y mandó que le dieran de alta como soldado raso en uno de los batallones de esa capital, que funcionaba en el antiguo edificio del Cuartel Real de Lima. Allí sufrió vejámenes, incomodidades y molestias en pocilgas inundadas durante siete largos meses tildado de “bandido liberal” mientras su mal avanzaba y ante la posibilidad de que por ello cegara totalmente, el Dr. Nicolás Martínez Vásconez obtuvo el indulto y el joven Vela pudo regresar al seno de los suyos, reintegrándose en Noviembre a su estudio profesional, sin volver a intervenir en política.
En agosto de 1875 se alegró con el asesinato de García Moreno que puso fin a su tiranía y amenazaba prolongarse por muchos años más, y siguiendo los consejos de Montalvo luchó por el triunfo de la candidatura presidencial del Dr. Antonio Borrero Cortázar.
A fines del siguiente año contrajo matrimonio con Mercedes Fernández Ortega “de buena ilustración y despejado talento, que le sirvió de secretaria en los años más críticos de la vida sin luz.” Cuando en Septiembre del 76 sucedió en Guayaquil la revolución del General Ignacio de Veintemilla estaba recién casado. El 24 de febrero de 1877 el ministro Pedro Carbo le nombró Inspector Escolar del Tungurahua, “invirtiendo su sueldo en las escuelas pobres, proveyéndolas de bancas, pizarras y otros útiles que necesitaban y en la compra de libros para los niños que por su pobreza no podían adquirirlos” y cuando Carbo abandonó sus funciones y el partido liberal retiró su colaboración al gobierno, presentó la renuncia.
Ya solamente veía sombras y apena tenía treinta y cuatro años. Algunos ultramontanos, que reprochaban su posición radical, tejieron la conseja que su ceguera era castigo divino por “haber probado carne de cerdo un viernes santo después de una endemoniada borrachera” y no solo allí paró el cuento sino que también agregaban que “estando acostado y durmiendo la mona al pie de un árbol, una ave había defecado en sus ojos”, sin embargo él no hacía caso y trabajaba intensamente para sostener a su familia que creció hasta llegar a siete hijos. Después de los cuarenta años una molestosa sordera, que poco a poco se fue haciendo más pronunciada, complicaba su situación.
El 77 publicó “El Precursor” censurando a la prensa asalariada de los gobiernos tiránicos y cuando fue acusado por la prensa conservadora de haber sido partícipe del crimen de García Moreno, negó de plano con las siguientes frases: No participé en él, pero si estuve satisfecho de su muerte. El 29 de Enero de 1878 fundó con Adriano Montalvo y Constantino Fernández el periódico “El Espectador” para seguir de cerca los acontecimientos y atacar a los diputados gobiernistas de la Convención Nacional reunida en Ambato. A su paisano el Cnel. Luis Fernando Ortega dedicó una terrible parodia en endecasílabos, tomada del “Soneto a una nariz” de Quevedo. El Presidente Veintemilla quiso atraerlo a su partido y hasta le ofreció un destino en Europa para que se hiciera tratar la vista, que no aceptó. Veintemilla se exasperó ante el gesto de su joven oponente pero decidió no tocarlo.
En un viaje a caballo realizado con fines profesionales Vela sufrió una caída y la rotura de su pierna y permaneció varios meses postrado y en cama. El 3 de Junio hizo circular en Quito el No. 12 de “El Espectador” que fue el último de ese periódico montalvino, pues aunque Montalvo vivía oculto, Vela le visitaba y cuando viajó a Guayaquil en días de descanso y curación se dijo que “llevaba planes revolucionarios de Montalvo”. Después arreciaron las persecuciones, Montalvo hizo circular el folleto denominado “El desperezo del Regenerador,” tuvo que salir del país y se trasladó a Ipiales, ciudad muy cercana a la frontera norte con Colombia.
El 14 de Abril de 1879 apareció en Ambato su hoja volante denominada “Señor Modesto Espinoza” donde le acusa de ser el autor de la correspondencia publicada en “El Cotopaxi” periódico conservador que Espinosa pretendía hacer aparecer como de tinte liberal. Vela se burla de Espinosa utilizando uno de los pseudónimos de éste último formado por su anagrama “Setosa” y le recuerda que en 1.866 censuró el primer número de “El Cosmopolita” de Montalvo.
En 1882 Veintemilla proclamó su dictadura y un grupo de jóvenes ambateños atacaron el 3 de Junio el cuartel de esa ciudad pero fueron rechazados por el Gobernador Ortega (el mismo de la nariz) que aprovechó para desquitarse, apresó a varios y entre ellos a Vela, enviándoles al exilio por la frontera Sur.
El viaje fue largo y penoso y al final arribaron a Cuenca, obteniendo que les cambiaran de destino a Guayaquil y de allí partieron al Perú y a Nicaragua en un infame buquecito de vela; sin embargo, en Nicaragua les trataron bien, con muchas atenciones. Semanas después Vela pasó subrepticiamente al Perú y de allí siguió a Colombia donde lo esperaba su esposa y su suegra y disfrazados regresaron a Ambato, escondiéndose hasta la toma de Quito en enero de 1883.
Para continuar la lucha contra Veintemilla, que se había fortificado en Guayaquil, fundó con Adriano y César Montalvo, Anacarsis Martínez Holguín, Celiano Monge y Constantino Fernández el 27 de ese mes de Enero el periódico “El Combate”, saludando a los desterrados que regresaban al país. En Abril protestó contra el gobierno de los Pentaviros de Quito que había entrado en conversaciones con Veinteimilla para lograr una paz honrosa sin más derramamiento de sangre, el delegado Pedro Ignacio Lizarzaburo arribó a Guayaquil.
Veintemilla designó a José María Urbina Jado y a Luís Felipe Carbo y Amador para que le representen en dichas conversaciones, que no dieron resultado alguno.
El 3 de Junio Vela arengó a la juventud con motivo del primer aniversario de la intentona golpista y fue respondido por los conservadores de Quito con la hoja volante “Boletín para el pueblo” donde lo calificaron de “falso patriota” y de trabajar con el General Cornelio E. Vernaza para lograr un entente con los liberales colombianos. Al efecto, reprodujeron una carta de Vela al diputado liberal colombiano Manuel Lozada de Plisét de Febrero del 83, tomada del periódico “La Patria Colombiana”, pero fueron replicados con altivez en el número dieciocho de “El Combate”, periódico fundado por Vela en colaboración inicial de Anacarsis Martínez y Celiano Monge, y mediante una hoja suelta que circuló en toda la república. Esta polémica anunció muy a las claras que el pensamiento político de los Pentaviros quiteños estaba muy lejos del liberalismo de Vela, pues les cobijaba el oportunismo y el acomodo.
Después de la caída de Veintemilla en Guayaquil en Julio del 83 y su fuga del Ecuador en el vapor Santa Lucía, siguió editándose “El Combate” y escribió contra los diputados reunidos en Quito. Estos le contestaron expidiendo la Ley orgánica de la Función Judicial que excluía de la judicaturas y asesorías a los ciegos y a los sordos y por más que protestó contra ese atropello, que le privada de obtener el pan de sus hijos, quedó sin su medio de subsistencia.
De todos modos se mantuvo en la lucha política y doctrinaria. Los conservadores de Quito le endilgaron varios folletos y el del Presbítero Fidel Banderas, Cura de Quero. El arzobispo Ordóñez le atacó censurando sus opiniones y en una Carta Pastoral le exigió una retractación pública, que Vela supo escribir tan sutilmente el 24 de Noviembre de 1883, que terminó la discusión sin dar su brazo a torcer y todo porque en el numero treinta y dos de “El Combate” había citado dos de los cánones del Concilio Vaticano de 1870 que al prelado le parecieron contrarios al dogma. El 30 de Noviembre había aparecido en Quito el folleto de 14 páginas titulado “Don Juan Benigno Vela condenado por si mismo” bajo la firma de “unos católicos” con soeces insultos en su contra.
Su amigo Juan León Mera también le refutaba desde “El Republicano” y polemizaron sobre teorías del liberalismo agriándose los ánimos. A principios de 1884 Mera dio a la luz el folleto “Varios asuntos graves. Otra carta al Dr. Juan Benigno Vela”, donde se portó malcriado y grosero.
Tantas polémicas escandalosas le hicieron ganar fama en el país, los liberales ecuatorianos se dieron cuenta que Vela era un combatiente de fuste y que su figura, agigantada por sus propios enemigos, se había labrado un lugar de preminencia en el panorama político nacional. Quizá por ello, en mayo del 84 el presidente Placido Caamaño le propuso la fundación de un periódico pro gobiernista. Al poco tiempo insistió en su pedido y Vela volvió a rechazarlo pues se encontraba nuevamente editando “El Combate” y en plena campaña ideológica, comentando los abusos y equivocaciones del régimen, tal es así que “los conservadores sostuvieron en la Constituyente que la soberanía popular es un dogma ateo, que el morir por la Patria es un principio pagano, que el diezmo es una contribución que acarrea las bendiciones del cielo, y que pretender dar instrucción universitaria a la mujer es implantar en el Ecuador doctrinas revolucionarias y anticatólicas”.
El 15 noviembre del 84 fue apresado junto a otros prestantes liberales bajo la acusación de alteradores del orden pero a los pocos días salieron libres por falta de pruebas; no así Vela, a quien condenó el ministro de Interior José Modesto Espinosa al pago de dos mil pesos de fianza o a partir al confinio en Cuenca.
Vela era pobre y como no podía pagar apeló y solicitó a cambio pasaporte para viajar al exterior; entonces el Ministro lo desterró al Perú. El 23 de diciembre protestó por este nuevo abuso y fue obligado a marchar a Guayaquil, pero ni bien hubo arribado al puerto se le obligó a regresar a la capital y permaneció seis meses preso en el Panóptico. Allí escribió el poema “A mis hijos” // Siempre mi mente con vosotros vive, / siempre mi pecho por vosotros late, / Dios y vosotros consoláis mis penas, / Hijos de mi alma. // Digan que el odio a los tiranos pudo / más en mi pecho que pasión alguna; / que al despotismo combatí animoso, / nunca cobarde. // Cuando vosotros repitáis mi nombre, / hijos de mi alma, con orgullo sea, / victima he sido pero no culpado / mísero ciego. //
En Junio de 1885 salió libre y volvió a editar “El Combate”, alcanzando gran popularidad y llegando hasta el número 66. Entonces Espinosa ordenó su enjuiciamiento penal por injurias vertidas contra el Presidente de la República. Vela escribió una carta a Caamaño indicándole: “no cambiaré de tono, es mi lenguaje el rudo y severo de la verdad”. Esta viril actitud le granjeó la simpatía del país y el “Comité Patriótico de Liberales del Guayas” lo condecoró con Medalla de Oro.
Caamaño tuvo que soportarlo por algún tiempo más pero a raíz de un artículo largo suyo titulado “El Toro Gacho” en alusión al presidente que tenía un párpado caído a causa de un accidente de infancia, a través de su Ministro Espinosa dispuso su confinio en Chimbo.
Poco tiempo después Vela se presentó de improvisto en el despacho del ministro Espinosa quien lo mandó al Panóptico, donde por lo menos recibió las visitas de su cuñada Zoila Ortega Chiriboga, que le leyó y sirvió de secretaria hasta que a fines de ese año 86 volvió a gozar de libertad, pero en abril lo continuaron persiguiendo y tuvo que ocultarse en el campo. Estas prisiones y persecuciones en su contra le atrajeron nuevamente la atención del país. Su titánica lucha doctrinaria unida a su grave deficiencia audiovisual le convirtieron en héroe y mártir.
Los redactores del semanario “El Guayas” en su séptimo número pidieron que se inicie una suscripción en dinero para enviarlo a curar a Europa. En 1888 retornó al Panóptico por ser sujeto peligroso pero salió poco después y al finalizar el periodo de Caamaño cesó de publicarse “El Combate” tras cuatro largos años de continua brega, aunque a última hora del fenecido régimen sostuvo dos polémicas, una contra Ramón Borrero Cortázar a quien motejó como “Mama Ramona” y acusó de ser bufón del Palacio y contra José Estupiñán, de quien dijo que aullaba como perro rabioso por su potanza.
Durante la presidencia de Flores Jijón mantuvo buenas relaciones con el ejecutivo publicando “La Idea” entre el 88 y el 89; donde sostuvo nuevas polémicas con Juan León Mera a quien fustigó con el artículo “Soberbia y Egoísmo” bajo el seudónimo de “Silvio y en defensa del partido liberal” Los liberales de Bahía de Caráquez le obsequiaron una pluma de oro.
En 1890 fundó “El Argos” y polemizó con Mera sobre el valor artístico de la novela Cumandá. El 1891 falleció su esposa sumiéndole en el dolor. Sus hijos quedaron tiernos y para reanimarlo, sus amigos le brindaron un homenaje en el Colegio “Bolívar.” En 1892 el presidente electo Dr. Luis Cordero, de paso hacia Quito, visitó en su casa al “rebelde ciego” como ya le conocían en todo el país.
En 1893 fue electo Concejal del Cantón y ocupó la presidencia del Concejo. El 94 rechazó la propuesta de hacerse cargo de un asunto del Fisco que debía resolverse en Babahoyo y al conocer el negociado de la bandera formó y presidió la “Junta Patriótica del Tungurahua.” Poco después rechazó las maniobras del Vicepresidente Dr. Vicente Lucio Salazar que había convocado a elecciones, estructuró en Ambato la “Dirección General de la Guerra” y el batallón “Vengadores de la Patria” que puso a las órdenes del Coronel Francisco Hipólito Moncayo, pero los liberales de Quito lo desarmaron y disolvieron. Entonces, al conocerse en Ambato el triunfo de la revolución liberal en Guayaquil el 5 de Junio del 95, ayudó a formar la “Columna Tungurahua” que luchó en Gatazo con el comandante Carlos Fernández.
Deseoso de sumarse al movimiento liberal guayaquileño viajó a la Costa y al arribar a Babahoyo fue objeto de grandes honores. En Guayaquil el Consejo de Ministros delegó a José de Lapierre para que presidiera un apoteósico recibimiento al “ilustre patriota y esclarecido hombre público, por ser protagonista incansable de la buena doctrina”.
De regreso a Ambato fue designado Jefe Civil y Militar. Viajó a Quito y arregló varios asuntos graves del Gobierno, entre otros el allanamiento de la legación de Venezuela. Al mes siguiente pasó a ocupar la Gobernación del Tungurahua con facultades extraordinarias.
Alfaro le designó casi enseguida miembro principal de la “Comisión Revisora de Legislación ecuatoriana” para elaborar el proyecto de Constitución Política y las leyes secundarias con tres cientos sucres mensuales y un secretario pagado; mas, al poco tiempo renunció, descontento con las confiscaciones del gobierno contra los enemigos del régimen y para protestar por el inicuo fusilamiento del periodista Víctor León Vivar fundó “El Pelayo” el 26 de septiembre de 1896, periódico que fue adverso al gobierno de Alfaro. El General Manuel Antonio Franco le quiso agredir por las acusaciones en el crimen de Vivar pero se interpusieron varios connotados liberales y el asunto no prosperó.
Electo Diputado a la Asamblea Constituyente a reunirse en Guayaquil prefirió no concurrir y Manuel J. Calle quiso entrar en polémica con Vela en varias cartas que escribió en el periódico “El nuevo régimen” pero éste le respondió “Son tan largas las cartas que Ud. ha dignado enderezarme, que pensar en una contestación a Ud. sería una locura. Me falta tiempo, me sobran ocupaciones; y siendo así, imposible leer las Cartas de Ud. I sólo con algunos Diputados, que de paso hacia Quito he conversado las dichas Cartas… Continúe Ud. dirigiéndome los cargos que guste y déjeme escribir como a mí me agrade; pues cada alma con su palma y cada quien con sus ideas que ha recibido y que piensa son las mejores. Yo no escribo por complacer a ningún círculo, no tengo ya caudillo; mis ideales han desaparecido; sabe Dios a donde han ido a parar. Mis maestros Carbo y Montalvo me bendicen desde la eternidad… Pero ya estoy fastidiado; mis últimos escritos seguirán siendo una patriótica protesta contra los errores, los abusos y los delitos que cometen diariamente los mismos a quienes he sostenido. Moriré con mis ideas.
I cuando la Asamblea pasó a sesionar en Quito ocupó su curul ayudado de un cornetín auditivo al oído e intervino en las discusiones acusando el crimen cometido contra Vivar. También pidió la abolición de las deudas de los indígenas, se negó a firmar la Constitución, votó en blanco para la elección de Presidente de la República y obtuvo un acuerdo en favor de los rebeldes cubanos que luchaban contra España. Por todo eso “los compañeros diputados pretendían ver excentricidades en su conducta o por lo menos contradicciones” lo que no fue obstáculo para que derogaran el inicuo Decreto de 1883, rehabilitándole al libre ejercicio profesional. Este noble gesto le reconcilió con Alfaro.
En 1898 murió su hija María, fue electo Senador suplente por el Tungurahua y al año siguiente perdió la vida su hijo Atahualpa, luchando en la batalla de Sanancajas contra los conservadores alzados en armas en el centro de la República. Su hija Corina le servía de secretaria y llevaba un riguroso registro de la correspondencia que recibía y enviaba su padre, archivandola con gran orden y precisión.
En 1900 fue principalizado, concurrió a las sesiones del Congreso, presidió la Comisión de Legislación sin hacer oposición a Alfaro. Había comprendido que el liberalismo requería de la unión de todos sus miembros para implantar en el país su saludable doctrina y el beneficio de las reformas que tantos años habían demorado en arribar al país, de manera que solicitó el derecho de sepultura para los no católicos, la promulgación de las leyes del Registro Civil, la modernización de la enseñanza, etc. todo ello por obra del derecho de Patronato que tenía la República.
José Rafael Bustamante le recordaba así: De rebuscada elegancia provinciana, el inmenso auricular de fin de siglo, el sombrero de copa y la altiva compostura parlamentaria de su alto cuerpo y su amplio pecho convertidos en singular y ejemplar tribuna ¡Qué poder de sugestión tenía el ilustre ciego de Ambato¡ Nos parece verlo cuando llegaba de su tierra natal, bajaba de la diligencia y lo conducía del brazo un lazarillo y se iba por esas calles vitoreado por la multitud, con su figura airosa, su estatura prócera, alta, echada hacia atrás la cabeza, serena y altiva la expresión, noble y desenfadado el continente, el paso rápido, seguro y firme; que no parecía si nó que era él y no su conductor, quien llevaba y conducía. I luego en el parlamento con su elocuencia a veces exaltada y áspera como la de Mirabeau o tronadora y brava como la de Dantón, o majestuosa y serena como la de Vergniaud, dominando el vocerío desgarrador.
En 1901 apoyó la candidatura de Leonidas Plaza contra la de Manuel Antonio Franco y concurrió por cuatro años a las sesiones del Congreso, siendo factor influyente en la expedición de la Ley de Elecciones, de Instrucción Pública, de Culto, de Registro Civil y el Código de Policía.
En 1906 fue comisionado por el Presidente Alfaro para redactar el proyecto de la nueva Constitución con cuatrocientos sucres mensuales de sueldo, cumpliendo tan importante labor en sólo cuatro meses. El proyecto fue aprobado casi sin modificaciones y esta Constitución ha sido la que más tiempo ha regido la vida democrática del país.
Poco después volvió a distanciarse de Alfaro y al producirse la revolución del 11 de Agosto de 1911 medió ante el Congreso para que no se rompa el orden constitucional.
Entre 1912 y el 19 siguió de Senador y fue hombre fuerte en los regímenes de Plaza y Baquerizo, pero varias neuralgias y molestias le aquejaban. En febrero de 1920 murió de fiebre tifoidea su hija Corina que le hacía de secretaria. Su hijo Cristóbal lo trasladó enseguida a la quinta de Miraflores para ver si lograba superar el contagio en medio de la naturaleza.
Nuevamente en Ambato, le subió fiebre altísima pues había contraído la tifoidea, le salieron manchas en el cuerpo, para colmos le sobrevino un infarto cerebral, perdió el habla y murió consciente el 24 de febrero, a la avanzada edad de setenta y seis años sin poder hablar, oír ni ver.. Cristóbal falleció poco después, en la misma casa, también contagiado de tifoidea. Las tres muertes se sucedieron en el escaso lapso de once días. Después se supo que una doméstica había tenido la fiebre tifoidea semanas atrás, de la cual sanó y pensando que ya no contagiaría volvió al trabajo donde la familia Vela, con los fatídicos resultados que se han señalado, pues era una portadora aparentemente sana.
Fue su vida un modelo de virtudes pues siempre luchó por el imperio de la verdad, la justicia y la libertad. Probo y severo a la par que modesto y tolerante, gustaba de amenidades y chanzas en el trato familiar. Su carácter violento y fiero. Hablaba a gritos por la sordera y se trasladaba en su casa por todos los cuartos – sólo y sin ayuda – a pesar de su ceguera. Gran memoria para recordarlo todo, nunca probó el tabaco ni el alcohol y detestaba a quienes lo hacían.
Caminaba rápido y siempre con la cabeza levantada, con el sano orgullo de los que se saben cumplidores de su deber. Sus alegatos luminosos y espléndidos. Sus discursos vibrantes a la par de francos, sencillos, convincentes y llenos de lógica. Manuel J. Calle dijo de él: tuvo el don fatal de la sinceridad imprudente, azuzada por entusiasmos de sectario o de niño, de lo que provino el malentendido que a menudo existió entre sus opiniones y sus conciudadanos. De ahí sus equivocaciones pero a pesar de cuantas equivocaciones haya podido cometer, Vela fue una de las más respetables figuras de la política ecuatoriana. Alta la cabeza, llevado por su luz interior marchó sin vacilaciones y ese fue su mayor mérito.
Fue ciego, sordo y al final mudo. Brilló en los congresos donde su palabra era respetada. Su obra jurídica y periodística permanece dispersa y en espera de ser recogida y su vida seguirá siendo un ejemplo de virtud y patriotismo para las actuales y futuras generaciones pues como él mismo dijo: “Solo la virtud es superior a la muerte”.