VEINTIMILLA DE GALINDO DOLORES

POETISA.- Nació en Quito el 12 de Julio de 1829, hija legítima de José Veintimilla Alvarez, cuencano, y de Jerónima Carrión Antepara, nacida en algún lugar de la provincia de Guayaquil en 1793 que al contraer nupcias en 1815 fue dotada con mil setecientos pesos. El matrimonio gozó de una posición social y económica acomodada, residieron en varias poblaciones de la sierra y finalmente en Quito. Doña Jerónima fue hija a su vez del Dr. Manuel Carrión y Aguirre, nacido en Loja en 1758, metido al sacerdocio por sus acaudalados padres aunque sin tener vocación, desde el 89 hasta el 93 Cura de Yaguachi pero vivía en Guayaquil y era propietario de la hacienda El Ingenio, después de ese año se regresó al austro y falleció antes de 1803, y de Josefa de Antepara y Arenaza, guayaquileña soltera, hermana entera del prócer.
En 1837 inició sus estudios en el Colegio “Santa María del Socorro” que funcionaba en el edificio del beaterio bajo la dirección del Sr. Isaac W. Wheelwright, pedagogo traído de Chile por el Presidente Rocafuerte, que estuvo poco tiempo en el país. De allí pasó a la escuela que las madres dominicanas mantenían en el Convento de Santa Catalina de Siena, donde aprendió a leer y a escribir, muchos villancicos, la doctrina y el catecismo y algunas granjerías en las que eran expertas las monjas, tales como bordar, tejer, coser, cocinar. Con su parienta Rosa Carrión estudiará música y aprenderá piano y vihuela. Con Antonio Salas dibujo y pintura y entonces sus padres creyeron que le habían proporcionado todo el saber que requería una señorita de sociedad.
Crecía protegida y mimada. Cuando tenía doce años, en 1842, falleció su padre y desde entonces se convirtió en el eje de su familia. En “Recuerdos”, memoria en prosa que redactó tras su matrimonio en 1847, dice de esta época: “Adorada de mi familia, especialmente de mi madre, había llegado a ser el jefe de mi casa; en todo se consultaba mi voluntad; todo cedía al más pequeño de mis deseos, era completamente dichosa bajo la sombra del hogar doméstico y en cuanto a mi vida social, nada me quedaba que pedir a mi fortuna.
Una figura regular, un pundonor sin límite y un buen juicio acreditado, me hicieron obtener las consideraciones de todas las personas de las distintas clases sociales de mi patria…. A la edad de catorce años un sentimiento de gratitud vino por primera vez a fijar mi atención en uno de mis amigos.
La confianza que mi madre tenía en mi me daba completa libertad, era, pues, señora de mis acciones y de mis horas y podía ver a mi amigo, que lo era también de mi madre, a mi satisfacción y estar y pasar sola con él, sin caer siquiera en cuenta que mi fortuna era una especialidad.
Respetada siempre por él, uno de mis placeres más íntimos era estar tranquila a su lado. A este hombre virtuoso es a quien debo la mayor parte de mis buenos sentimientos. Las horas que pasábamos juntos las empleábamos en formar mi corazón para la virtud. Joven de veinte y ocho años, su amor le había vuelto reflexivo y prudente”.
El se llamada Sixto Antonio Galindo y Oroña natural de la población de Vélez en la Nueva Granada y médico con estudios en Bogotá, quien había salido huyendo de las sangrientas guerras civiles que azotaban su Patria, en compañía del Coronel Sebastián Medina Gómez, natural de Pasto quien ya era novio de su hermana Josefa Veintimilla Carrión. En el joven Dr. Galindo, culto y masón, vio Dolores un novio padre. El se encargó de hacerle continuar su educación literaria permitiendo la lectura de toda clase de libros hasta los que la mojigatería colonial había prohibido por diversas causas, con esto Dolores logró una sólida ilustración, completa, variada y difícil de hallar en las mujeres u hombres de su tiempo, que unida a sus dotes naturales la convirtieron en una mujer excepcional y por sobre todo Dolores amaba la poesía de su compatriota Olmedo, su autor favorito.
Al cumplir dieciocho años – de temprana edad como ella diría después – el 16 de Febrero de 1847, contrajo matrimonio en Quito con el Dr. Galindo, la dote se estipuló en cinco mil pesos que le fueron entregados por la novia.
El 26 de Noviembre del mismo año fue madre de un niño bautizado con el nombre de Santiago, siendo madrina su amiga y confidente Rosa Ascázubi Matheu, primera mujer de García Moreno. En 1849 tuvo Dolores una niña que murió pronto. Poco después el Dr. Galindo decidió viajar a Guayaquil llamado por su concuñado el Coronel Sebastián Medina Gómez, ya casado con Josefina Veintimilla Carrión, única hermana de Dolores; así pues, el matrimonio Galindo – Veintimilla y su tierno niño se establecieron en 1850 en el puerto principal donde Dolores hizo numerosas y excelentes amistades y entre ella con su prima segunda la también poetisa Carmen Pérez Antepara a quien ya conocía epistolarmente pues ambas cultivaban la poesía, eran románticas y poseían corazones afines, prueba de ello son dos poesías que le enviará desde Cuenca tituladas: 1) “A Carmen, remitiéndole un jazmín del cabo” y 2) “A la misma amiga”.
“A Carmen” – remitiéndole un jazmín del Cabo.- // Menos bella que tu Carmela mía, vaya esa flor a ornar tu cabellera /yo misma la he cogido en la pradera / y cariñosa mi alma te la envía // Cuando seca y marchita caiga un día / no la arrojes, por Dios, a la ribera, / guárdala cual memoria lisonjera / de la dulce amistad que nos unía…//
“A la misma amiga” //¿Ninfa del Guayas, encantador¡ / De tus abriles en el albor / cuando regreses a la mansión / donde te espera todo el amor / de los que hoy ruegan / por ti al Señor; / cuando más tarde vengan en pos / de los placeres que apuras hoy, / los tiernos goces y la emoción / conque las madres amamos ¡Oh¡ //
Durante su estadía en el puerto principal comenzó una dura prueba para Dolores pues su marido mantenía numerosos amoríos y por eso buena parte de su poesía traduce “la insatisfacción de un corazón que no era amado a la medida de lo que amaba” y escribió “Sufrimientos”, “Aspiración”, “Anhelo” y “Desencanto” dentro del género romántico tan en boga por entonces. En “Fantasía” cantó la tristeza de su esposo que parece que ya no la quería como ella hubiera deseado y se cuenta que en cierta ocasión intentó ingerir cianuro adquirido en la botica del Dr. Manuel de Jesús Bravo, pero sorprendida a tiempo pudo salvarse sin consecuencias. Entonces escribió “Quejas”.
En mayo de 1854, tras pasar cuatro años en el puerto principal, se trasladaron a Cuenca, alquilando un departamento en casa de Josefa Ordóñez, donde continuaron las disensiones conyugales, pues el Dr. Galindo era mujeriego y se había vuelto neurótico, mezcla que le hacía insoportable a los sentimientos sensibles de su esposa, joven y bella poetisa de escasos veinte y cinco años de edad. En alguna ocasión Galindo llegó al extremo de azotarla necesitando médicos para curar sus llagas, luego viajará a la población de La Unión en Centroamérica llamado por unos paisanos con la ilusión de mejorar su condición económica, dejándola sola y entre gente extraña; pero no la olvidará, porque mensualmente le remesaba dinero a través de la casa Comercial “Estrada” de Guayaquil. ¿Por qué Galindo la dejó en Cuenca y no en el puerto donde ella tenía a su hermana casada o en Quito con su madre? En ambos sitios hubiera estado bien acompañada y atendida. ¿Acaso el no se llevaba con su familia política debido a sus excesos de carácter? Esto parece lo más probable.
Otro aspecto importante en la conducta de este difícil médico colombiano es que nunca estaba mucho tiempo en un sitio determinado. ¿Sería un inestable emocional o simplemente un aventurero? Estas preguntas y otras más aún no la contestan los documentos.
Lo cierto es que Dolores inició en Cuenca una vida activa e intelectual rodeándose de jóvenes honestos y de personas de edad, todos ellos literatos y poetas miembros de la “Sociedad Aprendizaje Literario” a quienes recibía en su departamento y con quienes charlaba y leía en inocentes tenidas. Entre los jóvenes que la visitaban anotamos a Antonio Merchán García, Tomás Rendón Solano, Manuel A. Toral, Luis Muñoz, León Morales Vítores y entre los de edad el Dr. Vicente Salazar y Lozano que morirá en Octubre de 1856 haciéndose acreedor a una “Nota Necrológica” de Dolores, amiga de sus hijas. Igualmente el Dr. Benigno Malo Valdivieso, el Dr. Mariano Cueva Vallejo, Miguel Angel Corral y Francisco Eugenio Tamariz y Gordillo, es decir, lo más apreciado de la sociedad y de la intelectualidad morlaca.
En el “Album Literario” de Dolores, formado entre los años 55 y 56, Benigno Malo escribió “Yo me limito a estimar en usted a la amiga, a la ecuatoriana que recuerda ciertos rasgos nobles de Penélope. Yo prefiero la virtud a la belleza y al genio ¿Y quien no preferiría el cielo a la tierra?” Frase que constituye el mejor certificado de su conducta viniendo de tan ilustre repúblico. I así transcurrieron algunos meses, pero un día su casera se disgustó con ella pues la inestabilidad de carácter en Dolores se había vuelto crónica y mandó a ponerle los muebles afuera.
Dolores se cambió a un segundo piso en la casa de Josefa Peñafiel situada en la misma calle “Bolívar” a dos cuadras de la plaza mayor, donde habitó un modesto departamento compuesto de dos dormitorios, un comedor, una pequeña sala, con ventanas a la calle. En dicha casa también vivían la propietaria y otros inquilinos.
Durante una mascarada en casa de José Miguel Valdivieso, su esposa Teresa García solicitó a Dolores que se quite el disfraz de la cara, pero esta se negó y cuando Valdivieso delicadamente se lo quitó, ella estalló en llanto y de nada valieron las disculpas, entonces le presentaron al Dr. Mariano Cueva y ella volteó la cara en gesto poco educado pues ya empezaba a sufrir de agudas depresiones.
De esta época es la mejor de sus composiciones poéticas titulada: QUEJAS. // I amarle pude. Al sol de la existencia / se abría apenas soñadora el alma… / Perdió mi pobre corazón su calma / desde el fatal instante en que le hallé // Sus palabras sonaron en mi vida / como música blanda y deliciosa, / subió a mi rostro el tinte de la rosa / como la hoja en el árbol vacilé. // Su imagen en el sueño me acosaba / siempre halagueña, siempre enamorada / mil veces sorprendiste, madre amada, / en mi boca un suspiro abrasador; / y era él quien lo arrancaba de mi pecho / él, la fascinación de mis sentidos / él, ideal de mis sueños más queridos, / él, mi primero, mi ferviente amor. // Sin él, para mi, el campo placentero / en vez de flores me obsequiaba abrojos / sin él eran sombríos a mis ojos / del sol los rayos en el mes de abril. // Vivía de su vida aprisionada / era el centro de mi alma el amor suyo / era mi inspiración, era mi orgullo. / ¿Porqué tan presto me olvidara el vil? // No es mío ya su amor, que a otra prefiere; / sus caricias son frías como el hielo, / Es mentira su fe, finge desvelo.. / Mas, no me engañará con su ficción. // I amarle pude delirante, loca / ¡No¡ Mi altivez no sufre su maltrato / y si a olvidar no alcanzas al ingrato / ¡Te arrancaré del pecho corazón¡ //
“Dolores sentía ultrajado su amor; la voz conmovida de esta pasión y la voz de los punzantes celos alternan en los versos con naturalidad y hacen comprender que cuanto expresan es verdadero.” El poema la retrata en su exquisita sensibilidad, con una encumbrada tristeza, pasión hacia el objeto amado, altura, delirio, un presentarse completa, entera, ingenua en sus sentimientos, desafiando la gazmoñería del ambiente aldeano y pacato de la sociedad en que le tocó vivir”.
Remigio Crespo Toral ha dicho que fue la émula de Safo, amante del infiel Faón, por cuyo amor no correspondido se suicidó lanzándose al vacío desde el salto de Léucades en la antigua Grecia, comparación torpe y ridícula que tomaron algunos escritores ilusos para calificar peyorativamente a Dolores por ser una mujer poeta y haberse quitado la vida.
A principios de 1857 tuvo una crisis espiritual, dejó de frecuentar los sacramentos y a su confesor el Dr. Vicente Cuesta. De estos momentos es su poema “No más quebranto” y el escrito en prosa “Mis horas de dolor”.
El día 20 de Abril de 1857 asistió al fusilamiento de un indígena iletrado de apellido Lucero, ajusticiado por el delito de parricidio. El reo fue sacado con escolta, cubierto de una túnica blanca manchada de rojo a la usanza inquisitorial de los viejos tiempos coloniales que aún se recordaban en Cuenca, crucifijo en mano y rodeado de varios sacerdotes que recitaban preces. El patíbulo se había levantado en la plaza de San Francisco abarrotada de curiosos. Dolores había concurrido con varias amigas y ocupaba lugar preferente, desde allí vio a Lucero cuando éste trató de arrojarse sobre su esposa y cinco hijos, uno de ellos de pecho, que presenciaban la escena; pero la guardia impidió tal efusión de afectos y poco después caía fusilado ante el llanto y los lamentos de su esposa y el horror de los niños, dispersándose la concurrencia, pero Dolores no pudo presenciar entera la escena pues fue sacada del lugar casi desmayada. El espectaculo no podía haber sido más triste y desgarrador. Dolores acarició a la esposa de Lucero y le puso dinero en sus manos.
Ya en su casa y afectadísima por lo que había presenciado escribió un artículo en contra de la pena de muerte que tituló “Necrología” aparecido el día 27 en una hoja suelta, protestando contra la pena de muerte y pidiendo al “Gran Todo” que una generación más civilizada y humanitaria venga a borrar dicha pena del Código de la Patria. Quien corrigió las pruebas en la imprenta fue su amigo el joven guayaquileño León Morales Vítores (1)
Entonces se tenía a las mujeres como seres sumisos y que una de ella se atreviera a criticar al sistema (la pena de muerte aplicada a un indígena) era algo intolerable, como también lo era que recibiera caballeros en su salón literario, que hiciera versos y artículos, pues como poetisa podía pasar por graciosa en sociedad pero como escritora no, ya que esa nueva condición constituía un desacato al modelo social imperante; más aún, como en el caso del fusilamiento de Lucero, que no fue solo la defensa de un indígena sino un ataque a la conducta de los blancos gobernantes, extralimitados al disponer su muerte.
Quizá por eso el 5 de Mayo circuló otra hoja conteniendo una réplica bajo el título de “Una graciosa Necrología” suscrita por “Unos colegiales” siendo su autor el Canónigo Dr. Ignacio Marchan, religioso torpe y vehemente, discípulo de fray Vicente Solano, a quien de paso, menciona. La hoja la acusaba del feo delito de ser panteísta – feo por el clima de atraso que vivía la ciudad donde todo era religión – debido a que al referirse a Dios Dolores escribió “El Gran Todo”.
Algunos amigos aconsejaron a Dolores que conteste a Marchan y Dolores cometió la imprudencia de hacerles caso con otra hoja que salió bajo el pomposo título de “Otro campanillazo”, dándole lecciones de gramática, de cordura y buenas maneras y recordando el incidente de la campanilla suscitado años atrás en la iglesia Catedral, cuando el Dr. Andrés Villamagán a punta de campanillazos bajó a Marchan del púlpito donde predicaba; se dijo entonces que en aquella ocasión, más por ignorancia que por otra razón, el intonso Marchan había lanzado ideas falsas en religión o lo que es lo mismo, herejías.
I como Cuenca era una ciudad pequeña y falta de diversión, esta inusitada y absurda polémica dividió al público en dos bandos, unos a favor y otros en contra de Dolores y no faltaron los espíritus innobles que mal aconsejaron a Marchan para que la siguiera vituperando con un nuevo escrito que salió el 9 de Mayo, en hoja titulada “La defensa de madama Zoila” donde le recordaba los azotes que le propinó Galindo y sin rubor ni respeto a su sexo llegó a decirle “Usted carece hasta de la lógica natural ¿Que tiene que ver el culo con las témporas? y para mayor abundancia el día 12 sacó otra hoja suscrita por “Roepan” con el título de “’Un curioso ratoncito” con adjetivos peyorativos como llorona, Zoila, etc.
I aunque no está probado y solo flota como conseja, se cuenta que una tarde que Dolores subía a la Iglesia del Belén, encontró a fray Vicente Solano – verdadero autor de tantas pequeñeces propias más bien de una aldea que de una ciudad – quien venía bajando por la acera opuesta y al verlo le dijo: ¿Allí va el perro de toda boda! pero fue contestada con un ¡Allí va la boda de todo perro! Estas “agudezas” motivaron comentarios y el vacío social no se dejó esperar. Dolores quedó aislada, sobre todo entre las señoras, lo que unido a diversas tribulaciones de orden económico y sentimental y a varios desaires recibidos de las tales señoras de la aristocracia de Cuenca, la llevaron a un estado de terrible depresión. Pasaba llorando y de noche desvelada. Por esos días llegó a Cuenca la noticia del suicidio de la poetisa chilena Carolina Liziardi, lo cual terminó por desquiciarla pues se sentía humillada, deshonrada, llena de vergüenza, traicionada por la mentalidad de la época, sin tener un caballero que la proteja y la defienda de una sociedad dominada por el fanatismo religioso que no permitía ninguna libertad fuera del hogar a la mujer casada y con tales tristezas el sábado 23 de Mayo, al medio día, salió al comercio, adquirió unas medias blancas, crespones de seda negra, varias velas y alguna cantidad de cianuro de potasio.
Esa noche recibió a varias amistades: Micaela Serrano de Landívar y su hija Manuela Landívar Serrano y León Morales que no actuaba de Comisario de Policía por estar con licencia, quienes se retiraron como a las nueve. Los dos niños de la casa: Santiago Galindo Veintemilla de nueve años y un criadito llamado Mariano de escasos seis, quien hacía los mandados de la casa, se retiraron a dormir. Santiago a su habitación y Mariano a la sala. A las diez Dolores solicitó a su doméstica Jacoba Monroy, quien le cocinaba y limpiaba el departamento, que se retire y esta bajó a la planta baja donde alquilaba un cuarto.
Entre las tres y cuatro de la mañana el niño Mariano se despertó y observa como Dolores ingresó a la sala y se dirigió al sitio donde mantenía sus objetos de escribir. “El pequeño cae de nuevo dormido pero a eso de las cinco escucha un ruido y para investigar ingresó a la alcoba de su patrona, encontrándola tendida sobre un colchón colocado directamente en el suelo. Preso de pavor despertó a Santiago y bajó a la habitación de Jacoba a quien gritó: Señora, parece que la niña se ha muerto…Jacoba subió y constató el drama, corriendo hacia la calle para despertar a Cecilia Cedillo inquilina de la casa, quien se vistió aprisa y subió, luego bajó a la calle dando gritos al vecindario. Eran como las cinco y cuarto de la mañana.
Había ocurrio entre las cuatro y cinco de la mañana el suicidio Dolores se había vestido de blanco, sobre una mesita dejó dos cartas, una a su madre recomendándole al hijo y pidiendo su bendición y la otra inconclusa a su esposo y sobre un anaquel la poesía “La noche y mi dolor”.
Fue al dormitorio de su hijo y le besó, pasó al suyo y prendidas todas las luces, bebió parte del contenido de un polvo blanco (cianuro de potasio) que exhalaba el olor de las almendras amargas, disuelto en agua, luego se acostó y esperó la muerte.
La Noche y mi Dolor. // El negro manto que la noche umbría / tiende en el mundo, a descansar convida. / Su cuerpo extiende ya en la tierra fría / cansado el pobre y su dolor olvida. // También el rico en su mullida cama / duerme soñando avaro en sus riquezas; / duerme el guerrero y en su ensueño exclama: / soy invencible y grandes mis proezas. // Duerme el pastor feliz en su cabaña / y el marino tranquilo en su bajel; / a éste no altera la ambición ni saña; / el mar no inquieta el reposar de aquel. // Duerme la fiera en lóbrega espesura, / duerme el ave en las ramas guarnecida, / duerme el reptil en su morada impura, / como el insecto en su mansión florida. // Duerme el viento, la brisa silenciosa / gime apenas las flores acariciando; / todo entre sombras a la par reposa, / aquí durmiendo, más allá soñando. // Tu, dulce amiga, que tal vez un día / al contemplar la luna misteriosa, / exaltabas tu ardiente fantasía, / derramando una lágrima amorosa, / duermes también tranquila y descansada / cual marino calmada la tormenta / así olvidando la inquietud pasada / mientras tu amiga su dolor lamenta. // Déjame que hoy en soledad contemple / de mi vida las flores deshojadas; / hoy no hay mentira que mi dolor temple, / murieron ya mis fábulas soñadas. //
Su hijo de solo nueve años de edad, la encontró inconsciente, posiblemente aún con vida y tendida en el suelo, y se puso a llorar. Tiempo después – como ya se dijo – se apareció la sirvienta y empezó a gritar ¡A mi niña la han envenenado! el perro Clavel lamía su cara y entre ella y el niño la llevaron a la cama, tenía la cara morada pero aun estaba flexible. Vinieron varios vecinos y uno de ellos se llevó al niño, los demás miraban con curiosidad. Se corrió el rumor que estaba embarazada..! Solo tenía veintisiete años de edad.
Su hijo Santiago Galindo Veintimilla creció en Quito en casa de su abuela doña Jerónima Carrión Antepara, fue secretario de la Sociedad Liberal en 1866, contrajo matrimonio con su prima hermana Urbana Medina Veintimilla, tuvo descendencia y murió joven en 1885, de treinta y ocho años de edad. Un nieto de él llamado Gustavo Galindo, de profesión ingeniero, ocuparía el Ministerio de Minas y Petróleo durante las dictaduras militares en la década de los años 1972 -79.
El Dr. Mariano Cueva auxiliado por el Coronel José E. Valverde y por Antonio Marchan García – quien había sido el mejor amigo de Dolores y la admiraba mucho – despejaron el dormitorio de curiosos y el Dr. Agustín Cueva, hermano del primero, practicó al día siguiente la autopsia de tres cavidades (craneana, pectoral y abdominal) dictaminando que no estaba embarazada. El poeta chileno Guillermo Blest Gana, de paso por Cuenca, costeó el sepelio y la infeliz poetisa fue sepultada tras la muralla del panteón público de Perespata fuera de lugar sagrado.
Después de muerta recibió el último manifiesto de ofensa de Solano, que en la edición del 21 de Octubre del periódico “La Escoba” escribió “Esta mujer con tufos de ilustrada había hecho apología de la abolición de la pena de muerte se suicidó con veneno porque no pudo contener su cuestión con quienes había atacado. Solano siempre fue un espíritu díscolo, resentido, odiador. Un ermitaño, un ser pretencioso y huraño, ensimismado en su inteligencia y saber, peligrosísimo pues disponía de imprenta casi propia que manejaba a su entera voluntad, esperjeando sátiras a diestras y siniestras.
El martes 2 de Junio apareció en el periódico “La Democracia” de Quito una breve reseña de su fallecimiento y el poema “La noche y mi dolor” en versión retocada por su amigo Antonio Marchán García. Allí se indica que el suicidio es el resultado de una campaña de agresiones públicas que la empujó a tomar dicha decisión. El artículo concluye con un poema de Marchán dedicado a la memoria de su amiga Dolores.
Un año más tarde, en Julio del 58, arribó el Dr. Galindo a Cuenca y se disgustó muchísimo con el Doctor Agustín Cueva por haberle practicado una autopsia a Dolores, lo cual no debe sorprender a nadie pues aún hoy, a pesar del siglo y medio transcurrido, las autopsias se consideran vejatorias entre gente de prestigio y viso social. Luego siguió un juicio eclesiástico para que la Iglesia permita el entierro en sagrado, probando que Dolores había sido católica practicante, que su confesor era el virtuoso Canónigo Dr. Vicente Cuesta y que el suicidio se había ocasionado por una ligera enajenación mental. Obtenida la sentencia favorable se trasladaron sus restos a la bóveda que aún ocupa en una elegante urna que costeó el viudo.
Poco quedaba de su poesía porque Dolores había quemado la mayor parte pero se salvaron unos sonetos casi de milagro y fueron recogidos por su amigo Antonio Marchan García.
Mi tía bisabuela Carmen Pérez Antepara de Rodríguez – Coello y Jiménez en 1855 mantenía en su poder las dos poesías dedicadas por Dolores y se había interesado en obtener cualquier información de ella cuando arribó el joven poeta de veinte y seis años Ricardo Palma quien dice: En Febrero de 1857 a bordo del vapor de guerra Rimac cúponos en suerte hacer un viaje a Guayaquil a bordo del vapor de guerra Rimac. Entre las relaciones que frecuentó el firmante de este artículo existía una señorita de notable hermosura y notable ingenio con la que hablando una noche de versos, le arrancamos el compromiso de que nos proporcionaría las composiciones de una amiga suya. Causas extrañas a nuestra voluntad nos hicieron por entonces abandonar precipitadamente Guayaquil y en distintas ocasiones que tuvimos motivo después para escribir a nuestra benévola amiga la recordamos tal vez con impertinencia su promesa, Por fin a principios de 1857 recibimos de ella un paquetito, conteniendo un periódico y un pliego de versos, preciosos materiales que fueron a enriquecer nuestra cartera.
En 1866 se editaron cuatro de ellos en “La Lira Ecuatoriana” y su autor Vicente Emilio Molestina los colocó detrás de los de Olmedo, pues generacionalmente le correspondió a Dolores inaugurar el romanticismo cerrando el neoclasicismo en el Ecuador. En 1868 Juan León Mera en su “Ojeada Histórico – Critica sobre la poesía ecuatoriana” al hablar de Dolores calificó a Solano de sacerdote fanático y que su imprudencia – por no decir más debido a su condición religiosa – tuvo mucho que ver con la consumación del suicidio. En otro párrafo elogia el talento de Dolores, pues lo tenía y no vulgar, como se descubre en los pocos versos que nos ha dejado y añade, que ese talento estaba unido a un corazón extremadamente sensible y fogoso, corazón de poetisa, al cual la más leve chispa de inspiración bastaba para convertirlo en una hoguera. Hernán Rodríguez Castelo ha manifestado que al producirse el suicidio de Dolores, Solano ni siquiera se inmutó (pero la siguió atacando decimos nosotros).
Su poesía apasionada y auténtica cambió la anterior que se escribia en el Ecuador; retórica y fría, también fue una prosista de estilo y mujer de sinceridad íntima y la más lírica de nuestro parnaso.
En 1874 Federico Proaño publicó otros dos sonetos en Guayaquil. “La Nueva Lira Ecuatoriana” de Juan Abel Echeverría nos dio otros cuatro poemas. En 1880 Amadeo Izquieta Avilés sacó en “La Palabra” la composición en prosa titulada “Mi fantasía”. En 1908 Celiano Monge Navarrete dio la más completa versión de su producción y el escrito “Recuerdos”.
Varios autores nos han dejado sencillos datos biográficos suyos: Juan León Mera, y Guillermo Blest Gana que la conoció y trató muy poco en Cuenca publicó una reseña amarillista y escandalosa en Valparaíso; Ricardo Palma en un ensayo editado en Valparaíso en 1857 dio a conocer varios poemas inéditos de Dolores, que de otra forma se hubieran perdido definitivamente, Federico Proaño Márquez reprodujo poemas inéditos y transcribió otros ya conocidos, aparte que revisó el proceso y publicó varias de sus partes; Nicolás Augusto González fue el primer escritor que la defendió denodadamente en memorable artículo escrito en Centroamérica. En Cuenca se han ocupado de ella Remigio Crespo Toral que la describió como “La Safo ecuatoriana” pintándola hipersensible y exaltada; Ricardo Márquez Tapia en 1968 dio el primer libro Biográfico y entre 1976 y 77 y G. humberto Mata la redescubrió en “Dolores Veintimilla asesinada” lo mejor que sobre ella se ha escrito. Hernán Rodríguez Castelo en su monumental Historia de la Literatura Ecuatoriana le dedica todo un capítulo con crítica al más alto nivel. Fernando Jurado Noboa con la erudición que le caracteriza descubrió documentación inédita sobre la familia de Dolores, aportando valiosísima información en su libro sobre Los Veinteimilla. El 2015 María Helena Barrera – Agarwal en “Más allá de los mitos” aportó la localización y el estudio del proceso criminal seguido a causa del suicidio de Dolores, e hizo un seguimiento cronológico de la publicación de sus poemas.
Entre los antólogos cabe mencionar a Vicente Emilio Molestina Roca que colocó a Dolores detrás de Olmedo, como la primera poetisa romántica del país; luego la mencionan Rafael María Arízaga Machuca en 1875 en su “Guirnalda Literaria”, Un o una escritor/a que firmó con el pseudónimo de Juan de la Coba, dirigió una comunicación a Amadeo Izquieta Avilés, director de la revista La Palabra, haciéndole llegar dos poemas y un artículo en prosa de Dolores; en 1898 Celiano Monge Navarrete en un volumen titulado “Producciones Literarias de Dolores Veintimilla de Galindo” con una Advertencia, sus poesías y textos.
Eudófilo Alvarez tiene un drama psicológico para teatro titulado “Dolores Veintimilla de Galindo” aún inédito. Marcelino Menéndez y Pelayo la elogió desde España en el siglo XIX y la crítica nacional la ha situado entre las más elevadas voces de nuestra poesía, siendo la mayor del romanticismo por su figura delicada, el trato que mantuvo con los poetas de su tiempo a los que sedujo con su gracia y muchas veces animó y orientó sobre todo en Cuenca. También se venera su memoria por ser la primera mujer que luchó contra la pena de muerte en el Ecuador y en defensa de la clase indígena pues tuvo intuición genial en sus ideas sociales y literarias.