VARGAS TORRES LUIS

1855 y fueron sus padres legítimos el comerciante José Luis Vargas natural de Tulúa en Colombia y dueño de la hacienda ganadera San José en la actual provincia de Esmeraldas, fallecido de una apostema amebiana al hígado hacia 1860, casado hacia 1851 con Delfina Torres de la Carrera (1) quien contrajo segunda nupcias en 1867 con el Vicecónsul de Nueva Granada en Esmeraldas, Uladislao Concha Piedrahita, que ejercía el comercio en esa población.
El segundo de tres hermanos que crecieron entre Esmeraldas y la hacienda gozando de una completa libertad para correr y jugar con los niños indios, negros y mulatos pero a los cinco años advino la orfandad, mas su carácter delicado, atento, sensible y cariñoso no cambió. Sabía ganarse el aprecio general y en 1867 su padrastro Uladislao Concha Piedrahita le envió junto a su hermano Rómulo a estudiar la secundaria en el colegio San Gabriel, donde cayó bien a los profesores, casi todos jesuitas españoles en Quito.
En 1870 y a causa de la influencia religiosa que estaba recibiendo, ingresó al Seminario Menor con la intención de convertirse en sacerdote y de inmediato inició los cursos de humanidades clásicas. Se vivían los tiempos tenebristas de la dictadura garciana y el conflicto entre ciencia y fe, agudizado por las ideas liberales imperantes en Europa y que ya habían arribado a nuestro país, era notorio en el ambiente. El papado, tras la toma de la ciudad de Roma por las fuerzas garibaldinas, había endurecido su posición política y doctrinaria, declarando la guerra a muerte al liberalismo en política y a la ciencia en todo cuanto tuviera visos de modernidad. Una cúpula religiosa fanatizada y obscurantista mantenía a la iglesia ecuatoriana en dolorosa postración a los pies del tirano Gabriel García Moreno , de suerte que el joven Vargas Torres, después de vivir dos años en el Seminario, se desilusionó del ambiente y matriculó en la Escuela Politécnica Nacional regentada por sabios jesuitas alemanes donde halló un mejor ambiente presidido por el estudio de las ciencias y los fenómenos naturales. Allí conocería las teorías darwinianas sobre el origen, la evolución y selección natural de las especies.
Para entonces se dedicó a leer libros modernos como la Historia de los Papas de Leopoldo von Ranke y hasta la recomendaba a sus amigos pero tras el asesinato de García Moreno en Agosto de 1875 la Politécnica terminó por cerrar y decidió volver a Esmeraldas cuando solamente frisaba los veintiun años de edad, convertido en un joven intelectualizado, serio y circunspecto, dueño de una bien cimentada cultura y de un estilo literario nítido que le serviría en el futuro. No era un descreído y jamás llegó al ateísmo como tampoco lo fueron Juan Montalvo y Eloy Alfaro, pero su visión de las cosas había cambiado para siempre.
El hecho de que su padrastro Uladislao trataba de casar a su hermana Zoila Zulema Vargas Torres, jovencita inexperta, con Ismael Enrique Concha Piedrahita, fueron los detonantes para su regreso, pues el novio era mucho mayor que Zoila Zulema y tenía un hijo en una concubina mulata a la que seguía visitando, lo cual era harto conocido entre los pobladores esmeraldeños.
Hasta arreglar los asuntos relacionados con su herencia paterna solicitó un trabajo cualquiera a su padrino y tutor Miguel Palacios Lobatón, viudo de su tía Teresa Torres de la Carrera y durante algunos meses fue humilde escogedor de tabaco, a tiempo que habitaba con su abuela materna Lucía de la Carrera Portocarrero, olim Castro, y numerosas primas, en la vieja casa que daba al río por un lado y a la iglesia por el otro. Por esos días solía acompañarlas a las fiestas familiares que se celebraban con motivo de los santos y cumpleaños.
Era un joven espigado y nervudo, siempre pulcro hasta la elegancia, de mirada triste y quizá hasta romántica, de carácter bueno, de modales sencillos cuanto educados, de trato amable y servicial y hasta solía escuchar a todos por igual, por eso quienes lo conocían, lo estimaban y querían bien.
Perdida la fe religiosa se volvió un deista pues no acostumbraba rezar pero creía firmemente en la existencia de un Dios altísimo, justo y omnipotente, así como en el destino del hombre hacia la libertad, meta definitiva marcada por el progreso, la ciencia y la civilización. Leía mucho, sobre todo a los enciclopedistas franceses y entre los escritores nacionales al revolucionario Juan Montalvo, por eso su pensamiento se fue haciendo cada vez más liberal y esencialmente racionalista, contrario a todo dogmatismo religioso que distorsiona la verdad científica y desde entonces creyó en la liberación de los pueblos a través de la educación que destruye al error y a la ignorancia, mientras estudiaba la filosofía alemana y francesa, se entusiasmaba por el transformismo y el materialismo, admiraba a ciertos políticos liberales y socialistas europeos como Castelar en España y Gambetta en Francia. Por eso se ha dicho que fue un autodidacta que alcanzó una cultura general profunda, ya que hasta se interesó en los secretos recién descubiertos por la astronomía tras leer las obras de Camilo Flammarion.
El 77 murió su padrastro en Guayaquil en casa de su hija Victoria Concha de Valdés a donde había viajado a curarse de una apostema al hígado. Su madre y hermanas menores viajaron al puerto principal y adquirieron una casa en el callejón Gutiérrez, antiguo barrio del Conchero, frente a la casa de Domitila Morán de Jurado, mientras los mayores pasaban a estudiar en Europa. Entonces, fallecida su hermana Zoila Zulema de tifoidea y su hermano Rómulo – que tras un crimen fue enviado a Alajuela en Costa Rica, donde posiblemente fue asesinado porque llevaba dinero para comprar ganado, se fue quedando solo en Esmeraldas aunque aún vivía su abuela Lucía y sus nietas las Nevares y las Balanzátegui. El 78 instaló una tienda en los bajos de la casa de Gregorio Tello a medias con Julio Concha Campuzano, hijo prematrimonial de su padrastro. Allí hicieron funcionar la primera fábrica de hielo que se conoció en Esmeraldas y cuando arribaron los esposos Francisco Xavier Gil Galecio y Alegría Santa Cruz Endara en extrema pobreza, les ofreció generoso alojamiento.
A principios del 79 fue electo Alcalde segundo de Esmeraldas y se enamoró de la bella Gertrudis Gil y Santa Cruz, hija de ese matrimonio, planearon casarse, adquirió el vestido de novia y pusieron fecha, pero la voluble joven parece que prefirió a su socio Julio pues una noche los pilló hablando requiebros al pie de una ventana. Para evitar inútiles conflictos decidió viajar a Guayaquil con parte del dinero que le correspondía en herencia y se asoció con el comerciante Domingo Avellaneda bajo la razón social “Avellaneda y Vargas T.” con tienda de comercio en los bajos del edificio de la Gobernación, calle Pichincha entre las de Aguirre y Ballén. El 81 adquirió los derechos de su socio. Meses después se cambió pues en la Guía de Guayaquil de Manuel Gallegos Naranjo apareció el siguiente anuncio “Luis Vargas T. Calle del Correo No. 1, importador y exportador de artículos nacionales, europeos y americanos.”
En 1882 el Presidente Ignacio de Veintemilla proclamó su dictadura y el país se alzó en armas. El 6 de Agosto falleció en combate en Esmeraldas el joven Clemente Concha Torres cuando aún no cumplía veinte años de edad, a consecuencia de las heridas recibidas luchando contra las fuerzas del gobierno. Este doloroso acontecimiento marcó su destino pues vendió el negocio y viajó en la segunda quincena de Noviembre a entrevistar a Eloy Alfaro en Panamá, llevándole algunos miles de pesos para comprar armas y provisiones.
Planificada la revolución regresó al Ecuador con Medardo Alfaro, José Gabriel Moncayo y algunos liberales más. Traían entre otros efectivos de guerra dos mil rifles y varios miles de cartuchos. A principios de Diciembre arribaron a las costas esmeraldeñas, avanzaron a la hacienda La Propicia propiedad de su familia y el 6 de Enero de 1883 vencieron a las tropas gobiernistas del Coronel Ulbio Camba Lemos que se refugió a bordo de vapor “Huacho”.
En los primeros días de Febrero Eloy Alfaro desembarcó en Esmeraldas, se alojó en casa de Vargas Torres, nombró su Gabinete, ocupó el resto de la provincia casi sin resistencia y abrió campaña sobre Manabí. De Bahía de Caráquez siguió a Jipijapa y luego a Portoviejo. Fue casi una marcha triunfal, el día 15 de Abril arribaron a Daule, el 28 a Pascuales, el 29 se situaron en la llanura de Mapasingue organizados en tres divisiones bajo la órdenes de los Coroneles Manuel Antonio Franco, Luis Vargas Torres y Enrique Avellán Usubillaga. Se ha dicho que el 3 de Mayo Vargas Torres aconsejó el ataque a Guayaquil cuando todavía no llegaba de la sierra el ejército Restaurador de los conservadores.
Posteriormente se unieron ambos ejércitos en Mapasingue perdiéndose la brillante oportunidad de que los liberales se apoderaran de la plaza y el 9 de Julio en una acción combinada tomaron Guayaquil por asalto, pero como los Regeneradores de Alfaro tenían familia en el puerto principal se dispersaron en sus domicilios mientras los Restauradores ocupaban los cuarteles porque no tenía casas donde aposentar y por eso permanecieron unidos.
Entonces se tomó una histórica fotografía en la que aparece rodeado de sus compañeros de armas y otra con Eloy Alfaro y los principales jefes del ejército Regenerador. En ambas su semblante revela una profunda tristeza, expresión que siempre le acompañaba dada su enorme sensibilidad desde que se sintió traicionado por la religión, su padrastro, su novia. El 6 de Agosto Alfaro, como Jefe de Estado, le reconoció el grado de Coronel Efectivo.
En Octubre del 83 concurrió a la Convención Nacional como Diputado por Esmeraldas y abogó porque se suprima la pena de muerte para los delitos políticos, pero al constatar la mayoría conservadora y el desprecio con que se trataba a los liberales, publicó el folleto “Alfaro y los Pentaviros de Quito” en refutación a otro editado por el General José María Sarasti.
Terminadas sus funciones en Abril del 84 se lanzó a la oposición, embarcó a Panamá y llevó a Alfaro una mayor cantidad de dinero del que le había ofrecido para atender los primeros gastos de la movilización, también le entregó un giro a cargo de la Casa Comercial de Rafael Valdés por siete mil pesos a ciento ochenta días plazo. Solo tenía veinte y ocho años de edad.
Jorge Hugo Rengel escribió: Al incorporarse a la revolución aportó su juventud, sus recursos económicos y acaso lo más significativo, su gran cultura humanista. Alfaro le recibió como a un hijo y encargó la consecución del armamento mientras Vargas Torres siguiendo la ruta de Buenaventura se internó a Cali y Popayán, a cobrar ciertas acreencias de su familia y recabar el apoyo de varios políticos liberales. De regreso adquirió en Panamá una ametralladora, machetes, rifles, revólveres y hasta un par de cañoncitos con sus respectivas balas de hierro, todo con su propio dinero.
El 15 de Noviembre de 1884 Alfaro, Vargas Torres y otros revolucionarios más abandonaron el puerto de Panamá a bordo del vapor “Alajuela” rebautizado como “Pichincha”, recién adquirido para ser utilizado en las costas del Ecuador. A la altura de Tumaco se toparon con el “Nueve de Julio” que había salido a buscarlos, lograron ponerlo en fuga y el 4 de Diciembre arribaron a Esmeraldas.
Vargas Torres se quedó en esa población armando a los voluntarios y cubriendo la retaguardia, Alfaro siguió por tierra a Portoviejo donde fue rechazado, mientras el General Reinaldo Flores se dirigía al mando de una flotilla naval a bloquear al “Alajuela” en la entrada de la bahía de Caráquez, que es estrecha y de poca profundidad pero la nave revolucionaria logró huir en horas de la madrugada aprovechando la oscuridad y la alta marea, enrumbó hacia el sur y sorprendió y abordó al “Huacho” a la altura del sitio denominado Balsamaragua cerca de la población de Jaramijó.
La acción fue heroica porque Alfaro y sus hombres derrotaron a la marinería del Huacho que se encerró en la bodega interior. Entonces un incendio se declaró en ambas naves a tiempo que el “Nueve de Julio”, acudía a toda máquina al sitio del combate alertado por el ruido de los cañones que se escuchaba en la lejanía y situado cerca del “Alajuela” lo trató de embestir dado su mayor calado. Por eso se perdió la acción pues el “Alajuela” estaba incendiado y sin mayor posibilidad de maniobras.
Lanzados a la playa para no caer prisioneros los expedicionarios liberales retrocedieron por las montañas hasta Santo Domingo y finalmente, tras largas penalidades y siempre perseguidos por las fuerzas del gobierno, repasaron la frontera con Colombia; mientras Vargas Torres y sus voluntarios cubrían la retirada, pues habiendo iniciado la marcha sobre Manabí se enteraron a la altura del cabo de San Francisco cerca del límite provincial del desastre del Alajuela y del desembarco de otra parte de las fuerzas del gobierno en la playa de Cabo Pasado a fin de cercar a los revolucionarios, de manera que únicamente quedaba esconder el armamento y ayudar a los que huían.
Así culminó la revolución del 1884 pero en Noviembre de ese año se produjo la rebelión de los peones conciertos en la hacienda Victoria a) Gallinazo, propiedad de María Gamarra de Hidalgo, que juraron al pié del estero Chapulo pelear hasta la muerte para lograr la liberación del Ecuador y se libraron nuevos combates como el de Piscano hasta que el 1 de Enero de 1885 se abrió el patíbulo en Palenque para Nicolás Infante, meses más tarde ocurrió en Guayaquil el fusilamiento del joven Suboficial Amador Viteri y en Ambato fue linchado Leopoldo González. En cuanto a las guerrillas formadas por revolucionarios “Chapulos” bajo los mandos de Crispín Cerezo y Francisco Ruiz Sandoval continuaron amagando hasta el 86 desde la zona de Vinces para arriba, incluyendo Palenque, Balzar y Santo Domingo de los Colorados.
El “Diario de la Campaña de Alfaro” que Vargas Torres había ido anotando día por día, fue tomado por los soldados del gobierno de entre su equipaje y se editó sin comentario alguno en 1885 en 22 págs mientras los exilados ecuatorianos vivían desde Marzo del 86 en forzada inactividad en el hotel Maury de Lima, donde Alfaro formó el Consejo Provisional Revolucionario con Felicísimo López, José Gabriel Moncayo, Luís Vargas Torres y Jacinto Nevares para emitir bonos de financiamiento de la nueva revuelta.
Meses después Reinaldo Flores dio a la Luz un folleto titulado “La Campaña de la Costa” donde se llegó a calificar a los liberales de piratas y Vargas Torres se vio precisado a redactar una defensa con el nombre de “La Revolución del 15 de Noviembre de 1884.” Entregados los originales al editor Carlos Prince, este retardó la publicación en connivencia con el General Francisco J. Salazar, Plenipotenciario ecuatoriano en Lima. El vergonzoso conciliábulo fue denunciado ante los Tribunales que sin embargo nada hicieron y Vargas Torres tuvo que imprimir su obra en 75 pags. en la Imprenta Bolognesi y apareció recién en 1886.
Por esos días ingresó a la Logia Masónica “Paz y Orden” donde llegaría a ostentar el grado de Maestro 33 y seguía como león en jaula, cansado de la vida sedentaria. Alfaro planeaba una nueva campaña terrestre y naval contra el régimen del presidente Plácido Caamaño, pero quien iniciaría las operaciones sería Vargas Torres entrando por Loja y Alfaro en el vapor “Vilcanota” amagaría las costas de Manabí. Con tal finalidad el 29 de Septiembre del 86 Vargas Torres viajó a Piura y fue apresado mientras espectaba una representación teatral, mas el Subprefecto del Distrito lo puso en libertad condicional por falta de pruebas y por cuanto el presidente de la República del Perú abogó por el detenido.
Días después ingresó al Ecuador por la frontera sur a la altura de la pequeña población de Catacocha. El 28 de Noviembre lanzó un Manifiesto proclamando la Revolución, abrió operaciones y el 2 de Diciembre ocupó Loja, que formada por personas sin mayor criterio político, lejos de apoyar la revolución la combatieron y el día 7 fue cercado por las tropas del Coronel Antonio Vega Muñoz y tras un intenso tiroteo cayó prisionero con sus compañeros principales y cuarenta y dos hombres de tropa.
Durante sus días en Loja había observado una conducta ejemplar como lo certificó el Gobernador de esa provincia al Ministro de Guerra, por eso se ha dicho que Vargas Torres, a pesar de sus escasos treinta y dos años no era un líder improvisado pues se había relacionado con importantes sujetos extranjeros y ecuatorianos, entre ellos con cuencanos, Vega Muñoz había sido su compañero de armas durante la campaña del 83, Remigio Crespo Toral su compañero en la Convención de ese año.
A fines de mes fueron conducidos a Cuenca los cincuenta y nueve prisioneros. El 5 de Enero de 1887 se les instauró un Consejo de Guerra que presidió el nuevo Comandante encargado del distrito del Azuay, Coronel Alberto Muñoz Vernaza, “quien se parcializó, cometió infracciones y permitió toda clase de vejámenes contra los prisioneros entregados a su custodia” mientras el Comandante efectivo Vega Muñoz, su primo hermano, tomaba desde el día 12 una licencia de dos meses para reponer su salud, según se dijo, aunque bien pudo ser que la solicitó para no actuar contra su compañero de campaña Luís Vargas Torres.
El reo declaró en su defensa: Vosotros, como yo, sabéis que es un deber sagrado para todo ciudadano el velar y defender sus derechos y garantías cuando son conculcados por aquellos que tienen en sus manos el poder de autoridad, pues, que ya así queda roto el vínculo político que une al pueblo con su gobierno y tal vez el único camino que tiene el ciudadano para marchar en su defensa… Así, pues, hemos visto amordazar a la prensa liberal y disolver nuestras garantías; hemos sido insultados y calumniados por la prensa asalariada y gobiernista y las persecuciones del gobierno no han tenido límites. ¿Con que no creéis que no tenemos sobradas razones y mucho derecho para defender con las armas en la mano lo que tiene de más caro un ciudadano republicano? Si así fuese no seríamos sino unos parias indignos de ser hijos de una República.
Dicho Tribunal condenó a sufrir la pena de muerte a Luís Vargas Torres, Pedro José Cavero, Jacinto Nevares, Rafael Palacios Portocarrero y Filomeno Pesantes sindicados de ser los cabecillas de la revolución, así como al soldado Manuel A. Piñeres por el método de la insaculación, es decir, por la suerte corrida de entre sus compañeros detenidos. Todo ellos, menos Vargas Torres, solicitaron la conmutación de la pena; mas, los abogados liberales Moisés Arteaga y Emilio Arévalo asumieron su defensa y se sumaron a la solicitud de los otros sentenciados a muerte firmando en su nombre.
El asunto pasó a conocimiento del Consejo de Estado en Quito y el Ministro de Guerra, José María Sarasti, abogó por la suerte de los prisiones, pero el Ministro Fiscal Dr. Pablo Herrera le contradijo secundado por José Modesto Espinosa mientras el Presidente Caamaño no opinaba y al final el Consejo solo se pronunció por la conmutación a Pesantes y a Piñeres, mas el Presidente la amplió a Cavero, a Palacios y a Nevares, de manera que el 2 de Marzo, el único sentenciado a muerte fue Vargas Torres, contra quien existía de parte de Caamaño una verdadera inquina pues éste le había acusado de falta de dignidad y honradez.
El día 11 de Marzo el Dr. Luis Cordero y el Coronel Floresmilo Zarama, Jefe del Batallón No. 3 de Guarnición de Cuenca, a instancias del General José María Sarasti movieron al Dr. José Rafael Arízaga para que convenciera a su amigo Vargas Torres de solicitar el indulto, lo que así sucedió en una sencilla comunicación puesta en una hoja de papel sellado, pero la comunicación fue detenida por Muñoz Vernaza para que llegara a Quito a destiempo, es decir, tras el fusilamiento del mártir.
El día 13 reasumió sus funciones Vega Muñoz pero solo actuó hasta el 16 que volvió a actuar Muñoz Vernaza.
En las primeras horas de la madrugada del día 15 el Dr. Manuel Montesinos y Jorge Concha Torres (hermano materno de Vargas Torres) habían comprado con dinero al Oficial de Guardia y con la ayuda de sus amigos guayaquileños mi abuelo Federico Pérez Aspiazu y Simón Amador Santisteban, estudiantes en la Universidad de Cuenca, lograron sacarle libre, pero cuando ya habían ganado la calle, hacía mucho frio y llovía copiosamente, le llevaban con ellos, éste recapacitó que no era justo abandonar a sus compañeros y volvió a la celda. Por este incidente, el historiador conservador Wilfrido Loor Moreira, años después escribió que Vargas Torres era un suicida. I tenía toda la razón Loor.
La fuga fue conocida y comentada en la población, las autoridades trasladaron a los presos al cuartel de la Columna Azuay situado frente a la Plaza Principal. Vega Muñoz se excusó ante el Presidente Caamaño pues se pensó que había estado complotado en la fuga y ésta fue la razón – un exceso de su delicadeza personal – para que le reemplazara Muñoz Vernaza, pero antes de ello envió la solicitud de conmutación de pena a Quito que éste mantenía retenida en su escritorio, que tanto el Presidente Caamaño con su Ministro del Interior José Modesto Espinosa rechazaron de plano.
El 19, día de san José y onomástico del presidente, le comunicaron a Vargas Torres que la sentencia por fusilamiento se cumpliría el día siguiente 20 de Marzo de 1887. El Dr. Aparicio Ortega visitó a Vega Muñoz para hacer un último intento de conmutación de pena pues, como ya existía el servicio de telegramas, se podría enviar uno a Quito, pero fue respondido que había recibido la orden terminante de no molestar al mandatario. Posiblemente esa orden fue dada por José Modesto Espinosa, sujeto atrabiliario y bilioso aunque excelente escritor de cuentos naturalistas, que había tomado a pecho ser más papista que el papa en este asunto.
Mientras tanto el Obispo Miguel León Garrido visitó y quiso confesar a la víctima pero fue cortésmente rechazado. Esa noche Vargas Torres escribió varias cartas de despedida y su testamento político que tituló “Al borde de mi tumba,” que con su Alegato ante el Consejo de Guerra son modelos de buen estilo, patriotismo ilimitado y le revelan como un pensador y polemista robusto, claro y sereno, amante de la libertad que proporciona la ciencia y el conocimiento.
“Tengo la franqueza de confesar que no he cometido otro crimen que el de haber caído en manos de mis enemigos. Hecha esta confesión y puesto de manifiesto el injusto procedimiento del gobierno, verán mis conciudadanos si tengo razón para llamar criminales a esos hombres que se desviven por ultrajar la sociedad y degradar al pueblo, con tal que les reporte utilidad ¡I que Caamaño sea hoy el jefe de esta Patria, digna de mejor suerte¡ Las horas vuelan y yo me acerco al umbral de la eternidad. I es preciso concluir este opúsculo. Sé que todos mis compañeros de infortunio están tristes y desesperados con la terrible noticia de mi próxima muerte. Yo los recuerdo y el dolor despedaza mi corazón. Que no desmayen en el sagrado propósito de salvar la Patria y en la eternidad los recordaré con gusto ¡Quiera Dios que el calor de mi sangre que se derramará en el patíbulo, enardezca el corazón de los buenos ciudadanos y salven a nuestro pueblo¡
La írrita sentencia se cumplió a las ocho y tres cuartos de la mañana del citado día 20 de Marzo de 1887 y la solicitud de clemencia recién llegó a Quito el 23.
Manuel J. Calle, que presenció el fusilamiento, escribiría años más tarde: Avanzó con paso firme. No hay señal de sombra en sus ojos. No hay señal de miedo en el corazón. Murió esbelto, cenceño, con fisonomía atractiva, vestido íntegramente de negro y de pie, sin haber aceptado que lo fusilaran por la espalda ni con los ojos vendados. La primera descarga de cinco disparos le hirió el vientre y aún tuvo fuerzas para señalar el corazón, una segunda descarga acabó con su vida y para colmos no faltó el tiro de gracia, que ya no era necesario, en la cabeza.
El Dr. Aurelio Ochoa, que a los once años de edad y como alumno del Colegio San Luís fue obligado a presenciar el fusilamiento por sus criminales profesores, escribió años después lo siguiente: El Mayor Vidal le leyó la sentencia de muerte que escuchó sereno y sin quitarse el finísimo jipijapa que llevaba puesto. Terminada la lectura se volteó a la derecha y como viera a sus compañeros de prisión en los balcones del cuartel donde estaban presos, se sacó el sombrero y los saludó con la última despedida. El Jefe de la escolta Teniente Elías Sigüenza mandó que cuatro soldados salieran de la fila y ordenó apuntar con sus rifles sobre Vargas Torres, que sereno, apoyado en la pierna derecha y el pié izquierdo hacia fuera, medio cruzado de brazos, miraba al frente de sus verdugos.
El Dr. Aparicio Ortega, otro testigo: Se le ofreció una venda para los ojos y la rechazó. Un punto de apoyo y tampoco lo aceptó. Firme sobre sus pies, el pecho levantado, cerrado los puños, la mirada fija en los soldados que le apuntaban, sin cambiar de color, sin el más ligero asomo de temor o agitación nerviosa. Los soldados, tendidos los rifles, apuntaban y temblaban.
El Comisario Mariano Abad Estrella se negó a que el cadáver sangrante fuera puesto en un ataúd, de manera que fue arrastrado y lanzado a un sitio llamado zanja o quebrada de Supai Huaico o del diablo, situada a un lado del cementerio, donde iban a parar los despojos de los réprobos (suicidas) que no podían ser admitido en el campo santo. La misma quebrada donde años antes fue arrojado el cadáver de la ilustre poetisa suicida Dolores Veintimilla de Galindo y después de ella habían lanzado a un italiano conocido como “Taita Horacio” y al Cabo Manuel Landívar. Esa noche la familia Zevallos Zambrano oriunda de Manabí y que vivía en Cuenca, subrepticiamente le dio sepultura cerca del cementerio. La noticia recorrió el mundo americano.
Manuel J. Calle, joven de veinte y dos años en quien todavía no se había apagado la fe religiosa, recopiló los siguientes versos callejeros // Domingo de cinco panes / muerto fue Luís Vargas Torres / cinco balazos al pecho / bajo el arco de la plaza. // Le venció el Coronel Vega / en la batalla de Loja / y acá lo trajo amarrado / con otros seis prisioneros. // Le leyeron la sentencia / y después lo fusilaron / viendo matar a su Jefe / los compañeros lloraron. // Dicen que la culpa tiene / Caamaño, ojo de nikel / así sería de ser / en esta pobre República. // Lo peor de todo fue / que murió sin confesión, / por más, que le suplicaba / el buen Obispo León. // Toda la ciudad lloraba / por Vargas, que fue valiente. / Tras el panteón lo enterraron / sin hacer caso del alma // Domingo de cinco panes, / muerto fue Luís Vargas Torres / cinco balazos al pecho / bajo el arco de la plaza. //
Estas estrofas se cantaron durante mucho tiempo en la Cuenca de finales del siglo XIX con una tonadilla de acentos lúgubres, pues el impacto que ocasionó el crimen perduró en la mente del pueblo durante más de medio siglo. I como explicación cabe indicar que el presidente Caamaño tenía un párpado caído y un ojo en blanco, producto de una herida que se había ocasionado años atrás, por eso es que nunca se retrataba de frente si no de tres cuarto, de allí lo de ojo de Nickel, que equivalía a decir “ojo blanco”.
En cambio el sacerdote José Ormaza, fanático religioso, hizo circular una hoja volante firmada por “Un católico” justificando el caso como un Castigo de Dios. César Borja Lavayen, amigo del héroe y gran poeta, en cambio escribió // “I la Patria lloró, lloró la historia / y con sus palmas te cubrió de gloria. //
Velasco Ibarra diría bien entrado el siglo veinte: Solo el que muere por una gran idea es un apóstol ante las generaciones futuras, yo me rindo ante la memoria de Vargas Torres.
Alfaro al conocer su muerte exclamó: Luís se ha inmortalizado.
La muerte de Vargas Torres causó la natural conmoción que esta clase de crímenes puede provocar en una República honorable y sencilla como ha sido siempre el Ecuador, excepto – claro está – en épocas de horrendas tiranías como la de García Moreno y la de Rafael Correa, que constituyen la excepción en la historia ecuatoriana.
José Peralta, en Mayo de ese fatídico año de 1887, en su periódico “El Escalpelo,” calificó al fusilamiento como asesinato oficial y en efecto lo fue, como producto de un conciliábulo pequeño y mezquino de Alberto Muñoz Vernaza en Cuenca y de José Modesto Espinosa, Pablo Herrera y al final del propio Presidente Plácido Caamaño en Quito.
Al triunfar la revolución liberal del 5 de Junio de 1895 sus restos fueron trasladados a la bóveda No. 338 del cementerio general de Guayaquil y en 1953 viajaron a Esmeraldas a petición del Comité esmeraldeño Veinte de Marzo, que acogida por esa Municipalidad para honra del pueblo que le viera nacer, realizó la movilización de sus miembros a Guayaquil.
El martes 17 de Marzo de 1.953 a las diez de la mañana se procedió a la exhumación, las cenizas fueron colocadas al interior de una urna de bronce que fue depositada en un cofre tallado en madera de ébano en forma de corazón con hojas de laurel y coronado por una tea, símbolo de la llama encendida de la libertad. Una placa de bronce colocada a un costado contiene la siguiente leyenda “Quiera Dios que el calor de mi sangre que se derramará en el patíbulo, inunde el corazón de los buenos ciudadanos y salven nuestro pueblo”. El trabajo artístico corrió a cargo del maestro artesano Alejandro Proaño quien cobró diez mil sucres, recolectados durante la Semana de Vargas Torres realizada entre el 1 y el 7 de Marzo anterior.
Del Cementerio General los restos pasaron al Templo Masónico ubicado en Francisco de Paula Lavayen No. 222 donde se realizó una Tenida Fúnebre y permanecieron hasta el día siguiente miércoles 18 de Marzo que fueron llevados en hombros a la Capilla Ardiente levantada en el Salón de Honor de la Ciudad, interior del Palacio Municipal, donde el Alcalde Dr. Rafael Mendoza Avilés hizo formal entrega de la urna al Alcalde de Esmeraldas, Simón Plata Torres, que presidía la delegación bisitante.
La Capilla Ardiente había sido confeccionada por el artista Segundo Espinel Verdesoto. La plataforma estaba forrada de paño negro y sobre ésta el catafalco, rodeado de las banderas de Guayaquil y Ecuador. Enseguida el cortejo fúnebre avanzó hasta la Plaza del Centenario donde el pueblo se agolpó a rendir su tributo al héroe. Varios militares esmeraldeños la condujeron por el boulevard Nueve de Octubre hasta el malecón de la ría, siendo embarcada en el patrullero El Oro de la Armada Nacional que zarpó al medio día con rumbo a Esmeraldas. Hoy descansan en triunfo en la capital de esa bella provincia.
Su amigo el político conservador Ángel Polibio Chávez le describió así “tenía la suavidad de un niño y el alma de un atleta, por eso cayó como un gigante.”