VALDELOMAR ABRAHAM

LITERATO.- Cuando en 1916 “El Conde de Lemos” – seudónimo utilizado por el joven Abraham Valdelomar – encabezó en Lima el movimiento intelectual de los “Colónidas”, nombre tomado de una revista que él dirigía para “pulverizar a ciertos ídolos literarios y consagrar a verdaderos poetas”; en el resto del continente el modernismo pugnaba por abrirse filas mientras en Europa ya dejaba el campo al postmodernismo producido con los primeros y devastadores efectos de la Gran Guerra.
Los “Colónidas” acostumbraban reunirse diariamente en un Salón llamado el “Palais Concert” ubicado en el centro de la capital, vecino a la redacción del diario “La Prensa” y al lado de la librería “La Aurora Literaria”, de tal suerte que siempre estaba atestado de periodistas, poetas e intelectuales que ocupaban las mesas del salón principal y las del reservado vecino. A alguien se le había ocurrido contratar una orquesta de damas vienesas que se instalaron en un balcón colgante donde “despaciosa y lánguidamente acometían valses, animadas mazurcas y de cuando en cuando un sacrílego two stop, pero lo fuerte del repertorio era la música alemana de Schubert y Strauss.
En el “Palais Concert” se encontraban las mejores pastas y dulces y los más sabrosos cocktails y por sus gradas de acceso desfilaba la sociedad ante la inquisitiva mirada de los “niños góticos” como se llamaban los ricos pisaverdes de entonces.
Valdelomar no era un niño gótico ni un dechado de belleza masculina y viéndolo bien, hasta se le podría haber calificado de retaco y feo. Su amigo el poeta Alberto Hidalgo lo describió así: “Jactábase de tener pies finos y pequeñiles manos de marquesa. Ancho de tórax y más de caderas, daba a su cuerpo al caminar una leve ondulación que le acarreó siempre la antipatía de los burgueses. Unos ojos inteligentes, medio alegres y maliciosos, parapetábanse detrás de grandes quevedos, de que pendía ancha cinta negra sin otra finalidad que la de llamar la atención. Cuidaba las uñas con esmero de señorita y ajustándose la cintura de modo de veras escandaloso. Sus labios no eran muy visibles que digamos y su vocecilla era como de tiple. Así muchos lo imaginaban un equívoco vulgar, mientras que para los que lo conocíamos a fondo era una figura de lo más interesante”.
Su origen rural de la bucólica lca, ciudad rica al decir de Jesucristo en una crónica de Ricardo Palma, impregnaba toda su obra con nostalgia de inefable y sencilla ternura, más de niño que de poeta que agotó sus energías en poquísimos años, en grito iconoclasta y orgasmo snobista.
Había arribado a la capital peruana muy joven y ya Bachiller, para ingresar a las muchas veces centenaria Universidad de San Marcos, donde se matriculó en Filosofía y Letras sin concurrir mayormente a las clases, solo para terciar en debates políticos y rozar socialmente. Poco después abandonó los claustros y se dedicó al periodismo y al ensayo produciendo obras de fino y acabado arte. En 1910 salió su primera novela titulada “La Ciudad Muerta”, un año después apareció “La Ciudad de los tísicos”; en ambas existe un clima de pesadilla, refinado, decadente y perverso, con amores fatigados y crepusculares y cuerpos heridos de muerte. La indolencia y la melancolía inunda las almas y los personajes se diluyen exagües, desesperados y mortecinos. Todo esto dentro de un ambiente elegante y de fin de siglo, muy “art nouveau” que ocasionaron la sorpresa y admiración de sus lectores y hasta un sentimiento en autores como el guayaquileño Medardo Angel Silva y sus crónicas urbanas en 1918 al 19 aparaecidas en el Telégrafo.
Después publicó sus cuentos firmados por “El Caballero Carmelo” y relatos como “Yerbasanta” y “Los Ojos de Judas” donde las evocaciones de su infancia convierte esos trabajos en páginas autobiográficas de una niñez perdida en inhibiciones, penurias y secretos terrores. Una sensualidad narrativa, un exotismo tan del gusto de esas épocas y al mismo tiempo una fuerza vital conmovedora, hicieron de Valdelomar el más grande escritor de su tiempo y el temido Jefe de los Colónidas del Palais Concert, pero ¿Qué significó su movimiento? ¿Fue intelectual o simplemente formal? Se ha repetido que no fue una idea ni un método, simplemente constituyó un sentimiento ególatra de diferenciación del medio tenido por vacuo, anodino y vulgar; una repulsa al ambiente pesado, “espeso y municipal” como también acusarán los modernistas ecuatorianos. Fueron los “Colónidas” iconoclastas y hasta imprecisamente renovadores, convulsionaron sin cambiar y atentaron contra el orden general de gustos y cosas sin construir otro nuevo; pues se dieron a las drogas.
Igual pasó en el Ecuador con la generación modernista, la más lírica y vistosa de todas las del siglo XX, que murió a golpes prematuros del horror de no ser, dejando como estela de su paso las más hermosas poesías, la cadencia de una prosa llena de ternura y lo que pudo ser y no fue.
Valdelomar y Alcides Spelucín dieron en el Perú las notas más altas de entonces; sobretodo Valdelomar que falleció en 1919, de solo treintiun años y en el pináculo de su carrera literaria, a consecuencia de una absurda y misteriosa caída al interior de un pozo, que le rompió la espina dorsal. De él son estos versos, tan parecidos a los de nuestro Medardo Ángel Silva, que vale bien recordar: // Cuando el rojo crepúsculo en la aldea ponía / la silenciosa nota de su melancolía, / desde la blanca orilla, iba a mirar el mar. // Todo lo que él me dijo, en mi alma persiste. / Mi padre era callado y mi madre era triste, / y la alegría nadie me la supo enseñar. //
En otras ocasiones era satírico, como cuando escribió “El elogio o Psicología del Gallinazo” ave que tituló emblemática y hasta heráldica del Perú, por ser su imagen más representativa. Como ensayista alcanzó cumbres de perfección. Veamos lo que dijo de la señora Glicina: “Es alta, maciza, flexible, ágil, en plena juventud. La Sra. Glicina tenía una tortuga obesa, desencantada, que a ratos, al mediodía, despertábase al grito gutural de la gaviota casera: sacaba de la concha facetada y terrosa la cabeza chata como el índice de un dardo; dejaba caer dos lágrimas por costumbre más que por dolor; escrutaba el mar, hacía el de siempre sincero voto de fugarse al crepúsculo y con un pesimismo estéril de filosofía alemana hacíase esta reflexión: El mundo es malo para las tortugas y tras una pausa agregaba. La dulce libertad es una amarga mentira”.
Como poeta escribió // La misma mesa antigua y holgada de nogal / y sobre ella la misma blancura del mantel / y los cuadros de caza de anónimo pincel / y la oscura alacena: todo, todo está igual // Hay un sitio vacío en la mesa hacia él cual / mi madre tiende a veces su mirada de miel / y se musita el nombre del ausente; pero él / hoy no vendrá a sentarse en la mesa pascual. // La misma criada pone, sin dejarse sentir, / la suculenta vianda y el plácido manjar, / pero no hay alegría ni el afán de reír / que animaran antaño la cena familiar; / y mi madre, que acaso algo quiere decir, / vé el lugar del ausente y se pone a llorar. // Valdelomar fue importante para la literatura ecuatoriana de su tiempo por que nos enseñó a soñar.