TAMAYO TERAN JOSE LUIS

PRESIDENTE DE LA REPUBLICA.- Nació en la población de Chanduy, Cantón Santa Elena, entonces parte de la provincia del Guayas, el 29 de Julio de 1858. Hijo legítimo de Manuel Tamayo Roca, comerciante ambateño quien pasó a Chanduy a mediados de siglo y se dedicó al cultivo de la orchilla, exportándola en sus barcos hacia el norte del Perú donde tenía muy buenos precios y era usada como tinte o colorante. En uno de esos viajes falleció de fiebre amarilla en Tumbes y su esposa Josefa Terán Martínez, al conocer por carta la mala noticia gritó ¡Dios mío! sufrió un fulminante infarto y cayó muerta, dejando en la orfandad a sus hijos Dolores y José Luis de tres y un año de edad, que fueron recogidos por su abuela materna, Jacinta Martínez profesora de la escuela de niñas en Chanduy, quien les dio las primeras letras.
En 1869 salvó la vida de monseñor Luis de Tola y Avilés que se bañaba en las aguas embravecidas de Chanduy y en gratitud éste lo pidió para tenerlo en Guayaquil y matricularlo en el Colegio San Vicente del Guayas, donde dictaba sus cátedras y tenía fama de adusto y serio pues antes de meterse a cura había sido marino y guardaba la rígida disciplina militar en todos sus actos, de suerte que “templó el alma del joven en los proyectos de una elevada moral y orientó su mentalidad por las sendas del saber y la cultura”.
En 1878 se graduó de Bachiller con espléndidas calificaciones y comenzó sus estudios en la única facultad que tenía la Junta Universitaria, esto es, la de Derecho De conducta arreglada y fino talento, vivía con otros estudiantes protegidos del ya para entonces Obispo Tola, en los bajos de su casa ubicada en las calles Víctor Manuel Rendón y P. Ycaza pues daba a ambas calles, entre las de Baquerizo Moreno y Córdova (donde funcionaría años más tarde el Colegio salesiano María Auxiliadora)
En 1879 empezó a enseñar latín en el San Vicente, colaboró en la sección literaria del diario “La Nación” propiedad de Juan Bautista Pareja y comenzó los estudios de Jurisprudencia. De esta época son numerosas publicaciones de índole literaria aparecidas en diferentes periódicos y revistas de Guayaquil, especialmente en el semanario “El Cometa” el 83, donde también colaboraban Cesáreo Carrera, Nereo Cabezas, Simón Zeballos, Heráclito Vera, Carlos Carbo Viteri y Delfín B. Treviño.
El 1 de Octubre de 1886, a medias con Manuel Tama Vivero, arrendó la imprenta de Calvo y Cia. y asumió la dirección del gran trisemanario “Los Andes”, le dio más color local aumentando su información y escribió con altivez, patriotismo y justicia en dichas columnas. En Abril del 87 protestó por el fusilamiento de Vargas Torres, por ello fue sindicado de conspirador y en Mayo notificado con una orden de confinio a la capital de la República.
Ese mismo año se incorporó de abogado y regresó a Guayaquil, volviendo al periodismo a través de las columnas del “Diario de Avisos”, también tuvo a cargo una cátedra de literatura en el San Vicente.
En 1887 murió su protector el Obispo Tola, no sin declarar: “Si hubiera tenido un hijo, no habría sido tan bueno y cariñoso conmigo, como mi ahijado José Luis”.
Desde Septiembre de 1888 colaboró en el diario vespertino “La Opinión Pública” que se editaba en la imprenta Bolívar. Entonces fue electo vocal fundador de la “Sociedad Liberal Republicana” que presidía el Dr. Juan Emilio Roca Andrade con la finalidad de publicar un periódico que se tituló “La Reforma” y presentar candidatos para las Cámaras del Senado y Diputados. El 89 con Manuel Tama Vivero fundó “La Revista Literaria” de corta duración, de aparición semanal, que se imprimía en los talleres de La Nación.
En 1890 fue designado Síndico del Concejo Cantonal de Guayaquil e ingresó a la Sociedad Filantrópica del Guayas, en 1892 fue Síndico Principal de esa Sociedad y con sus compañeros de labores en el “Diarios de Avisos”, José de Lapierre y Luis Felipe Carbo se unió para editar una obra relacionada con la Exposición Universal (Colombina) de Chicago. Con tal fin viajó a los Estados Unidos y recogió numeroso material informativo y gráfico.
A su regreso escribió la parte expositiva y la descripción política de “El Ecuador en Chicago” comprendida dentro del tercer Capítulo y el resto corrió a cargo de la pluma de José Antonio Campos Maingon. Dicha obra es un clásico de la literatura nacional y constituyó un éxito sin precedentes por la bondad de su lectura, profusión de gráficas y retratos, y elegante impresión siendo Belisario Torres, el editor.
Desde 1892 asistió a los sorteos de la Loteria de la Junta Municipal de Beneficencia. A finales del 93 formó parte del Comité investigador del asunto relacionado con la venta de la bandera. En Enero de 1895 se presentó como candidato a Diputado saliendo electo Suplente por el Guayas.
El 18 de abril fue apresado por orden del Gobernador Gabriel Luque González y hubiera salido al destierro pero el gobierno dio pie atrás el día 23 y dispuso la libertad de los detenidos políticos.
Tras la revolución liberal del 5 de Junio fue enviado a asumir la Jefatura Civil y Militar de Manabí. De regreso participó el día 18 en el recibimiento apoteósico al General Eloy Alfaro, quien llegó a bordo del vapor Pentaur. Tamayo figuró entre los oradores que tomaron la palabra en el balcón de la gobernación. Al día siguiente fue designado por Decreto Supremo para ocupar el cargo de Subsecretario de Relaciones Exteriores y Justicia, con tal calidad viajó a la Sierra acompañando al Ejército, el 14 de Agosto asistió a la batalla de Gatazo como simple soldado cerca de la población de Cajabamba, tras el triunfo fue ascendido a Cabo Primero y se hizo notar en Riobamba al lado de Alfaro.
Entonces ocurrió el alejamiento del ministro Carbo del Ministerio del Interior y fue designado en su reemplazo entrando en Quito con el ejército liberal. Terminada la campaña Alfaro le ofreció el grado de Coronel que rehusó aceptar por considerarlo desproporcionado y renunció casi enseguida para continuar su desempeño profesional en Guayaquil, pero a los pocos meses perdió la totalidad de sus bienes en el Incendio Grande de Octubre ocurrido entre el 5 y el 6 de Octubre de 1896 quedando en la más absoluta pobreza.
En 1897 fue electo Secretario de le Cámara de Comercio y nuevamente Síndico Principal de la Sociedad Filantrópica del Guayas. Ese año contrajo matrimonio con Esther Concha Torres, a quien había conocido en casa de Darío Egas Sánchez durante un bautizo en que ambos eran padrinos de la hija de un zapatero. Fue un matrimonio modelo que tuvo seis hijos.
En 1898 fue diputado por Esmeraldas, asistió al Congreso extraordinario y salió electo Presidente del Senado, repitiéndose dicho honor al año siguiente y en 1901.
Durante la campaña presidencial de 1901 apoyó como el resto de liberales la candidatura oficial del General Leonidas Plaza, quien le ofreció la cartera del Interior pero “rehusó marchar a la capital por el poco sueldo.” La provincia de Esmeraldas volvió a elegirlo Senador. En 1902 fue Presidente de esa Cámara.
En 1905 apoyó la candidatura oficialistas de Lizardo García que triunfó ampliamente en las elecciones y volvió a ser electo Presidente de la Cámara del Senado; mas, al producirse la revolución de Enero de 1906 y el triunfo de Alfaro en los campos de Chasqui, se reintegró a sus actividades privadas y no volvió a participar en política sino hasta 1907, en que, con motivo de la asonada contra Alfaro en la Gobernación del Guayas en la que éste estuvo a punto de perder la vida, su casa fue allanada y salió desterrado al Perú; de allí siguió a los Estados Unidos y Francia hasta que varios amigos obtuvieron su regreso.
Para entonces era uno de los más respetables miembros del foro guayaquileño, vivía con mucha holgura en una casa del malecón, con su esposa, hijos y suegra, la famosa “misia Delfina Torres de Concha, madre de héroes”, quien lo prefería de entre todos sus yernos porque era muy atento, sensible y hasta bondadoso y en alguna ocasión le había traído de vuelta una lora escapada hacia el vecindario, pero en 1910 adquirió la tercera casa de Las Peñas, calle Numa Pompilio Llona No. 5 y se cambió a dicho barrio.
No participó de la caída e Alfaro el 11 de Agosto de 1911 ni para la elección presidencial y toma del poder de Emilio Estrada el 1 de Septiembre siguiente.
Muerto súbitamente el Presidente Estrada el 21 de Diciembre, el día 28 se proclamó Jefe Supremo en Guayaquil el General Pedro J. Montero. Durante la Guerra Civil tampoco intervino. En Enero de 1912 se apersonó a rescatar a su cuñado Carlos Concha quien permanecía detenido con el resto de los jefes alfaristas y lo llevó a su casa en Las Peñas salvándole de una segura muerte y cuando a los tres días ocurrió el arrastre de Alfaro y sus tenientes y en 1913 la revolución de dicho cuñado levantado en armas en la provincia de Esmeraldas, se mantuvo neutral y por tal motivo creció su fama de verticalidad en el grupo liberal placista. En 1916 protestó por la prensa contra el Tratado internacional de límites con Colombia Muñoz Vernaza – Suárez y sonó su nombre para ocupar la presidencia de la República pero se prefirió al Dr. Alfredo Baquerizo Moreno por el parentesco político que tenía con Plaza según se rumoró entonces; sin embargo, se le ofreció a Tamayo designarlo sucesor de Baquerizo.
En 1917 presidió el Comité de Homenaje al gran poeta Nicolás Augusto González Tola quien viajaba a Buenos Aires llamado por su hijo mayor, ingresó a su bufet el joven Carlos Alberto Arroyo del Río, su vecino en Las Peñas y el 19 mandó a su hijo José Luís Tamayo Concha a avisar a su amigo el joven poeta Medardo Angel Silva, que si obtenía la presidencia le enviaría de Secretario a Paris.
En 1920 fue miembro de la Junta Provincial del Partido Liberal del Guayas y se lanzó su candidatura frente a la del Dr. Gonzalo S. Córdova, que renunció con la promesa de ser elevado en 1924. Pero entonces se sucedió un hecho insólito, el Concejo Cantonal guyaquileño formado por elementos baquericistas se oponía soterradamente a su ascenso al poder, al punto que dos miembros de la Junta Provincial del Partido Liberal Juan Illingworth Ycaza y Eduardo Game Castro se trasladaron a la Gobernación y solicitaron la disolución del cuerpo edilicio y como la noticia se publicara en los periódicos desde el siguiente día la mayor parte de los concejales dejaron de asistir a las sesiones y el Concejo tuvo que ser reemplazado con elementos afines al Presidente electo.
Ascendió al poder el 1 de Septiembre de 1920 con 126.945 votos derrotando al candidato conservador. “El pueblo esperaba mucho de él por su nombre limpio y gran prestigio jurídico, y porque tenía el más alto bufete profesional”; pero en el ejercicio del cargo decidió contar con elementos de todos los partidos y designó canciller al conservador Nicolás Clemente Ponce Borja.
Para neutralizar la influencia política de Enrique Baquerizo Moreno en Guayaquil, empezó a contar con Carlos A. Arroyo del Río, a quien protegió.
A esta política de acercamiento al conservadorismo se dio en llamar “Política Nacional”, formándose el “Partido Nacional” entre las filas de liberalismo tradicional; sin embargo, ya existía una generación de jóvenes idealistas que habían perdida la fe en el liberalismo y estaban en pugna con la llamada política nacional del gobierno, antagonismo que se agravó con la dura realidad económica que se vivía en 1922.
En efecto, al final de la primera Guerra Mundial en 1918 las exportaciones de cacao ecuatoriano habían empezado a declinar a causa de las pestes que afectaban desde el año 16 los sembríos (primeramente conocida como la mancha y luego como monilla y escoba de la bruja) La Monilla solo atacaba las mazorcas pero la Escoba de la Bruja atacaba la totalidad de la planta por el tallo, siendo por este motivo de destrucción masiva.
Se hablaba del cacao enfermo cuyo precio internacional había bajado en los mercados de compra de Londres y Hamburgo, motivaba este descenso la pobreza reinante en el viejo continente que había terminado su conflicto bélico en un estado de casi total agotamiento. El precio internacional de una libra de cacao que se cotizaba en 1920 a veintiséis centavos de dólar, con el ingreso a los mercados internacionales de la enorme producción de cacao africano el 21 cayó el precio a nueve centavos y medio y siguió descendiendo en los años siguiente y Siendo el cacao nuestro único producto de exportación, es decir, la matriz generadora de divisas para el país, es fácil imaginar porqué la economía nacional marchaba a la deriva cuando Tamayo ascendió a la presidencia de la República el 10 de Agosto de 1920.
Si a esto se agrega los continuos préstamos que el Estado exigía al Banco Comercial y Agrícola (cuyo Abogado era Tamayo) tendremos que aceptar que el país estaba en quiebra pues esa deuda se había vuelto en la práctica impagable. Para racionalizar la situación naturalmente se fue devaluando nuestra moneda (el sucre) hasta en un sesenta por ciento y como consecuencia directa el dólar americano pasó a cotizarse de dos sucres a tres sucres veinte centavos y los precios de los artículos de primera necesidad aumentaron, ya sea por la especulación o por el natural encarecimiento, aunque los pocos exportadores recibieron más dinero por sus dólares y el estado más impuestos por dichas exportaciones. Varios escritores se percataron del asunto, entre ellos Belisario Quevedo, y observaron que la gran pirámide económica descansaba sobre la masa popular aguantadora como siempre, teniendo en su cúspide a unas cuantas familias denominadas del Gran Cacao, a la banca y al gran comercio.
En Octubre de 1922 ocurrió en Durán la huelga del Sindicato de ferrocarriles del Estado manejado por autoridades norte americanas, pidiendo se respete la Ley de 1916 que había establecido jornadas de ocho horas diarias de trabajo, aumento de salarios, que era de treinta sucres mensuales para el trabajador ecuatoriano y de doscientos cincuenta dólares para el norteamericano, semana laboral de seis días solamente de lunes a sábado inclusive, estabilidad laboral, que no se descuente del salario obrero los gastos por enfermedad y como la huelga dirigida por el Dr. Carlos Puig Vilazar alcanzó un éxito sin precedentes el 26 de Octubre, con la firma del Acta que puso fin al conflicto, consignando las conquistas laborales; el 7 de Noviembre ocurrió una huelga general en Guayaquil organizada por el Sindicato de Luz y Fuerza Eléctrica dirigida por el Dr. José Vicente Trujillo, a la cual se sumó el Sindicato de Carros Urbanos también llamados Tranvías. Guayaquil permaneció varias noches en total tinieblas, apagada a causa de la falta de electricidad, pues se empezó a quitar el servicio por horas, aunque durante ese tiempo no se registraron robos ni otras alteraciones del orden público pues las mujeres (escogedoras de cacao, costureras, domésticas agrupadas en organizaciones como La Aurora y Rosa de Luxemburgo tuvieron una activa participación en el cuidado de la ciudad).
Las tardes del 13 y 14 de Noviembre ocurrieron masivas manifestaciones de pueblo y obreros. Esta última tarde le fue entregado al Gobernador Jorge Pareja y Pareja un ultimátum para que el Presidente Tamayo responda en veinticuatro horas. En la mañana del día 15 las calles estaban desiertas, los almacenes no abrieron sus puertas, se cortaron las comunicaciones.
Al medio día del 15 salió el pueblo desde la plaza del Centenario donde se había congregado desde diversos puntos de la urbe cerca de treinta mil personas, que iban marchando por el boulevard en manifestación pacífica hacia la Gobernación, a las tres de la tarde ocurrió que tras escuchar la fogosa arenga del Dr. José Vicente Trujillo en el balcón de la clínica Guayaquil, cambiaron de idea y tomaron hacia el sur a fin de liberar a unos compañeros presos en el cuartel de la ciudad desde la tarde anterior, entonces ocurrió que al llegar a la Avenida Olmedo fueron dispersados a bala y habiéndose desbandado la masa humana, unos tomaron por la calle Pichincha pero encontraron a efectivos del ejército nacional traídos ex profeso, especialmente los regimiento de caballería Marañón que comandaba el joven Teniente Alberto Enríquez Gallo y el Cazadores de Los Ríos formado por gente campesina y por ende rústica. Todos actuaban bajo las órdenes del Jefe de la III Zona, General Enrique Barriga Larrea, produciéndose cosa de mil muertos entre gente del pueblo, obreros, mujeres y niños; muchos cadáveres fueron arrojados a una fosa común que todavía existe en la cima del cerro del Carmen donde se levanta una cruz alta y blanca sin leyenda alguna, otros fueron destripados a punta de bayoneta y arrojados al río para que no floten. El primero en morir fue el joven dirigente gremial de los panaderos Alfredo Baldeón, inmortalizado en la novela Las Cruces sobre el Agua, de Joaquín Gallegos Lara, quien cayó a causa de una herida mortal que le infligió un soldado con su bayoneta en el interior de la boca.
El presidente Tamayo se encontraba con su gabinete en Quito. El 14 de Noviembre de 1922 había dispuesto por telegrama “Espero que mañana a las seis de la tarde me informará que ha vuelto la tranquilidad a Guayaquil, cueste lo que cueste, para lo cual queda Ud. autorizado. Frases que debieron motivarse ante la gravísima crisis que se vivía en el puerto principal que ya permanecía varias noches en completa oscuridad debido a la huelga de los empleados de la empresa de Luz y Fuerza Eléctrica, que a la larga haría posible el cometimiento de asaltos y en general de toda clase de desafueros. Para colmos el día 16, sin tener pleno conocimiento del magnicidio, felicitó a los militares mediante telegrama redactado en los siguientes términos: “Estoy orgulloso de nuestro ejército y quisiera estar en esa ciudad para abrazar estrechamente en nombre de la Patria a cada uno de esos valientes y magnánimos camaradas,” sin considerar que el alzamiento popular se debía a justas causas económicas pues frente a la incesante alza del dólar en el Ecuador, los salarios de obreros y campesinos seguían devaluandose.
José Capelo Cabello, dirigente obrero, tipógrafo intelectualizado en asuntos políticos internacionales, escritor y poeta en ratos perdidos, anarquista primero y comunista después, en su libro testimonio “Quince de Noviembre de mil novecientos veinte y dos” dice: piquetes de soldados tendidos en las esquinas y tras los puntales de las casas disparaban contra hombres, mujeres y niños, en espantosa carnicería. Muchos corrían despavoridos buscando algún salvador refugio y solo encontraban la impedida sañuda de la tropa… La multitud que se había congregado frente a la clínica Guayaquil – ubicada por entonces en Pedro Carbo y Ballén – y sus alrededores, creyendo alejarse del alcance del fuego que los asediaba, emprendió rumbo al norte de la ciudad, pero encontró que en el boulevard Nueve de Octubre la cacería humana era más cruel, más salvaje. En las calles, en los portales, tras cualquier casa, querían encontrar refugio los hombres del pueblo, pero era imposible encontrar donde ocultarse; a la vuelta de cualquier esquina estaban los chacales que mataban con inaudita cobardía… Al siguiente día la gente se acercó hasta el cementerio para buscar sus deudos, pero los soldados les impedían. Solo supieron que desde las cinco de la tarde del día quince, cuadrillas de hombres desconocidos cavaron una gran zanja donde hasta la madrugada del dieciséis, arrojaban centenares de muertos recogidos en las calles. Sin embargo, es de anotar que la fosa nunca fue ha sido encontrada.
La oposición abrió todos sus frentes pues ni la prensa silenció el crimen ni el partido liberal enmudeció, por el contrario, se levantó en multitudinaria Asamblea celebrada en 1923 y sus juventudes declararon la oposición al régimen siguiendo los nuevos caminos del socialismo y de otras tendencia de la izquierda revolucionaria; sin embargo, el Presidente no se doblegó, mostrándose inflexible en su política calificada por él mismo como Nacional y siguió el país en su declive.
Ese año modificó por primera ocasión la Ley de Hipotecas vigente desde 1869. El día 7 de Junio de 1924 falleció tras larga enfermedad la primera dama de la nación a consecuencia de un cáncer al seno. Ella había permanecido en Guayaquil durante varios meses en la casa que alquilaba su hermana Teresa Concha de Pérez Aspiazu quien la cuidaba (esquina noroeste de 9 de Octubre y Boyacá).
Poco después concluyó el periodo, Tamayo entregó el mando al Dr. Gonzalo S. Córdova Rivera que ya empezaba a sentir los estragos de una dolencia cardiaca que no le dejaría gobernar en Quito y se retiró “con las manos limpias y más pobre que nunca a su soledad de filósofo desengañado de la política y con el juramento de no volver a aceptar ningún cargo público” pues era tan grande la reacción del país por la matanza de pueblo y obreros ocurrida el 15 de noviembre en Guayaquil que comprendía que ya no podía actuar.
Durante su mandato empezó el desarrollo de la aviación nacional, se inauguró la pista de aterrizaje “Cóndor” en Durán, se iniciaron las obras de saneamiento de Guayaquil, se construyó el edificio de la gobernación del Guayas, se instaló el servició de faros en la costa y vinieron al país la Misiones militares de Italia y Chile y la pedagógica de Alemania (la segunda) que trajo el método herbatiano y puso en funcionamiento la escuela Modelo 9 de Octubre en Guayaquil.
Era tan digno en el manejo de la cosa pública que jamás cobraba viáticos por traslados y en cuantas ocasiones debía hacer algún gasto especial, como las ayudas económicas que nunca faltan, lo hacía de su propio peculio o mediante vales enviados a la tesorería de la Presidencia, que a fin de mes le descontaban religiosamente.
Nuevamente en su estudio se negó sistemáticamente a aceptar homenajes o pensiones, rechazando la que le asignó el Congreso con la siguiente frase “Vivo muy honroso con mi pobreza.” En 1930 encabezó a un grupo de guayaquileños amigos de José Gabriel Pino Roca que editaron de sus peculio sus escritos de prensa bajo el título de “Leyendas, tradiciones y páginas de Historia de Guayaquil”.
El 39 fue padrino de matrimonio de padres. En 1940, desempeñó la presidencia sin sueldo del Concejo Cantonal y en 1942 fue declarado “Mejor Ciudadano de Guayaquil”. Entonces protegía a la familia de su hijo José Luis y a raíz de la revolución del 28 de mayo de 1944, cuando éste fue llevado al Cuartel Quinto Guayas, fue a acompañarle en prisión, permaneciendo siete días en el cuartel hasta que se ordenó la libertad de su hijo y ambos se reintegraron al hogar. Desde entonces pasó al domicilio de su hija Esthercita de Suarez Pareja que habitaba con los suyos en una villa del barrio del Salado donde mis padres le visitaban y en numerosas ocasiones tuve la oportunidad de acompañarles. Le conocí, estaba pletórico pero con sus facultades intelectuales completas, me sentaba a su lado, conversaba conmigo asuntos infantiles dada mi corta edad.
A principios de Junio de 1947 aún se mostraba activo y entusiasta. Diariamente concurría a su estudio y trabajaba hasta de noche, pero una tarde, a eso de las cuatro, cuando se encontraba redactando el testamento de Lautaro Aspiazu Carbo, un derrame cerebral de improviso le imposibilitó continuar pues notó que el brazo derecho no le respondía y comprendiendo la gravedad del problema, volviéndose a su hijo, gritó “Mijo, estoy perdido”.
Permaneció veinte y un días en cama y aunque quería volver a su trabajo pues su recuperación había sido completa, los médicos se lo impidieron. Falleció posiblemente de un segundo derrame el 7 de Julio, a eso de las dos y un cuarto de la tarde. La capilla ardiente se realizó al día siguiente y el sepelio tuvo grande acompañamiento.
Valiente, fuerte, musculado y deportista. En cada aniversario de la matanza del 15 de Noviembre paseaba por las calles en actitud tranquila pero al mismo tiempo audaz y desafiante y cuando en una ocasión alguien quiso faltarle al respeto se defendió con su bastón sacando en fuga al agresor. Adusto en lo exterior, cariñoso y bondadoso en confianza, protegió a los suyos y a numerosos compadres, amigos y relacionados con plata y personas, al punto que distribuía numerosas ayudas.
Cabellos canos, ojos café, cejas arqueadas, nariz recta, labios finos y contextura gruesa; amó el mar y cuando podía se escapaba a las playas gozando sanamente de la naturaleza pues le encantaba desplazarse por la arena mojada juguetonamente. Su nieto Fernando refería que acostumbraba trotar largas distancias cargandolo en sus hombros.
Tenía la curiosa costumbre, muy decimonónica por cierto, de dar limosna los sábados por la mañana a más de cincuenta pobres de la ciudad y era de ver las filas que se formaban en los bajos de su estudio situado, como ya se dijo, en el boulevard.