SILVA ORQUERA RAFAEL EUCLIDES

HISTORIADOR.- Nació en Machachi, cabecera del Cantón Mejía, provincia del Pichincha, el 28 de Noviembre de 1915. Fueron sus padres legítimos Rafael Silva Calderón, dueño de la finca San Rafael cerca a Tambillo y fervoroso velasquista, en 1934 Agente de consignación de estancos en Machachi; y Zoila Carmen Orquera Orquera.
Segundo de una larga familia de once hermanos que vivían en una casa del barrio de San Blas en Quito, asistió a la escuela de los Hermanos Cristianos y como sus padres querían para él una educación religiosa pasó al Seminario jesuita de San Luis donde destacó tanto que el rector José Félix Heredia, S. J. le llegó a apreciar muchísimo y lo enviaba por libros a la biblioteca de Jacinto Jijón y Caamaño, pues se encontraba escribiendo una obra sobre la devoción al Corazón de Jesús en el Ecuador. Por eso conoció y trató a dicho historiador, quien le dispensó su amistad y confianza.
Al egresar en 1936 del Seminario inició una investigación sobre los Geodésicos franceses y españoles en la Biblioteca Nacional dirigida por Enrique Terán Baca, que generosamente le franqueó el ingreso al Archivo de la antigua Presidencia de Quito, y viendo el afán conque revisaba los documentos le hizo nombrar Paleógrafo con cuatrocientos sucres mensuales de sueldo. El 37 solicitó al Padre Alfonso Antonino Jerves, O. P. que le dicte un curso sobre dicha ciencia en el Convento de Santo Domingo.
El método empleado por Jerves consistía en lecturas graduales comenzando con documentos relativamente fáciles del siglo XVIII, hasta ejercitarle en el dominio de la escritura Procesal del XVI, revisando los alfabetos con las representaciones que tenían las letras, las abreviaturas de contracción y suspensión y las fórmulas de uso común. Jerves había formado a la primera generación de paleógrafos ecuatorianos en 1928 (Jorge A Garcés y los hermanos Alfonso y José Rumazo González) El 37 era un viejo docto, de mediana estatura, delgado y hasta perfilado, encorvado de espaldas y color aceitunado.
En 1938, al crearse el Archivo Nacional de Historia, fue designado Jefe Paleógrafo con seiscientos sucres. Mientras tanto había ingresado a la redacción del Diario ‘”El Día” de Ricardo Jaramillo, escribiendo notículas bajo el pseudónimo de “Rafael” y desde el 39 artículos históricos para la revista “Línea” de El Comercio por treinta sucres cada uno.
Vivía inmerso en el periodismo, colaborando en las revistas “Trópico”, “Mensaje” y “Revista del Archivo Nacional”, cuyo primer número editó y donde aparecerían sus investigaciones y la transcripción de importantes documentos como el Padrón de Quito y su Corregimiento, el libro de Pareceres de la Audiencia en las Informaciones de Oficio enviadas al Rey, el índice Alfabético y Cronológico del Cedulario de la Ciudad de Pasto. Año 1791, varios documentos para el conocimiento de la instrucción, otros para el estudio de la Independencia y unas notas biográficas sobre el ilustre historiador Roberto Andrade recién fallecido y sobre el sabio botánico José Celestino Mutis.
En 1939 el Canciller Carlos Manuel Larrea le canjeó sus dos títulos en el Seminario, por el bachillerato en Humanidades Modernas, permitiéndole iniciar los estudios de Jurisprudencia en la Universidad Central. En 1940, mientras asistía al segundo curso, se abrieron las clases de Historia del Arte del eminente profesor español Antonio Jaén Morente en la Universidad Central. Este era un caballero alto, espigado, distinguido y enérgico pero afable. Una verdadera enciclopedia de conocimientos, pero donde mejor lucía su robusta personalidad era en la tribuna y en la cátedra cuando se inspiraba y dirigía al público o a sus alumnos con gran emoción, para hacer conocer y sentir su amada tierra española y todo lo que fuere español.
En una de ellas Jaén Morente trató sobre la Paleografía como ciencia auxiliar de la Historia y preguntó si alguno de los asistentes la conocía. “No me revelé por modestia pero alguien se lo dijo al profesor al final de la clase y éste se encantó, me hizo un breve examen que pasé exitosamente y desde entonces me invitaba a tomar café en el salón Las Palmas del aristocrático Hotel Metropolitano, donde solía conversar con sus paisanos de la España peregrina, el notable Filósofo Juan David García Bacca y el Filólogo Ángel Rosemblat”.
En 1940 Teodoro Alvarado Olea consiguió del Ministro de Educación José Maria Estrada Coello la creación del Instituto de Pedagogía y Letras para Guayaquil. Jaén Morente fue designado primer Rector y viajó con su secretario el joven Silva, con el mismo sueldo que ganaba en Quito y viáticos, a fin de dictar las cátedras de Gramática Histórica y Paleografía, después tomaría a cargo la de Historia del Ecuador. El Instituto se inauguró en el edificio antiguo del Vicente Rocafuerte que fuera demolido en 1944 para edificar el correo, el 44 funcionaría en la Sociedad Filantrópica del Guayas transformado en Facultad de Filosofía y Letras merced a las gestiones de Silva y de Francisco Huerta Renden que también era profesor.
En 1940 existía en Guayaquil un ambiente propicio para la lectura dentro de una gran movilidad comercial. Recién llegado tomó alojamiento en el hotel Ritz de un señor Gentile, situado en 9 de Octubre y García Avilés y se matriculó en la Facultad de Jurisprudencia. El 42 se cambió a la Residencial Astoria en 9 de Octubre y Boyacá, altos del salón El Roxy, donde soportó las bromas y exageraciones de Vicente Cabezas Pérez que allí se reunía con Teodoro Ponce Luque y su grupo. Finalmente vivió en un departamento frente al Hotel Tívolí en 9 de Octubre y Pedro Carbo.
Entre sus mejores amigos figuraron Pío Jaramillo Alvarado dueño de una casa en Vélez entre Boyacá y García Avilés que le llevó a colaborar en la Revista del Vicente Rocafuerte, Pedro José Huerta estudiaba en el Archivo Municipal para terminar su “Rocafuerte y la Epidemia de Fiebre Amarilla, Carlos A. Rolando presidía el Centro de Investigaciones Históricas y le hizo nombrar miembro. La noche del 25 de Julio del 41 leyó su discurso de ingreso sobre “El Dorado Amazónico, esbozo de un problema” exhibiendo un acopio de documentos, muchos de ellos inéditos, que reforzaron su patriótica argumentación en momentos en que el país más la necesitaba a causa de la invasión peruana.
Vida tranquila dedicada al estudio, la cátedra y a revisar el archivo de las antiguas escribanías coloniales, en las tarde salía a pasear con su maestro Jaén por el boulevard, de suerte que algún chusco al verles siempre juntos le puso Mainas, en referencia a Jaén y Maynas, regiones amazónicas que Perú y Ecuador reclamaban como propias.
En 1944 siguió un Curso de bibliotecario en la Universidad Central y figuró como Profesor fundador de la Facultad de Filosofía y Letras en las cátedras de Paleografía y Gramática Histórica
Entre 1946 y el 49 fue Director fundador del Departamento de Publicaciones de la Universidad de Guayaquil y editó “Viñetas de Antaño. Guayaquil la nueva”, en octavo y 44 pags. El 47 “Biogénesis de Santiago de Guayaquil” en 266 págs.
En 1949 renunció sus cátedras universitarias al ser reorganizada la Facultad aunque volvió a ellas años después. Entonces ingresó a la redacción de los diarios “La Hora” y “La Nación” y tuvo destacadísima actuación como motivador de asuntos históricos y culturales.
El 29 de Marzo del 50 y a petición de los Concejales Luis Noboa Icaza y Genaro Cucalón Jiménez fue contratado para “restauración, reconstrucción, versión y cotejo de las Actas del Cabildo colonial de Guayaquil.” Como antecedente cabe indicar que en 1919 José Gabriel Pino y Roca y dos ayudantes habían sido pagados para trascribir paleográficamente los originales al castellano (Los jóvenes estudiantes de Leyes Emilio Romero Menéndez y Juan de Dios Morales Arauco).
Silva laboró dos años contando con la ayuda de una secretaria (Adelina Morales) con quien contraería matrimonio poco después. Es su hija única la Dra. Cecilia Silva Morales de González, quien resultó electa en los años ochenta, reina de Guayaquil, en el Concurso anual promovido por el Club de Leones.
La versión Silva consta de 42 volúmenes y llega hasta el año 1839 comenzando desde el Acta de Cabildo más antigua que se conserva y corresponde a la sesión del día 24 de Julio de 1634 y en la sesión solemne del 25 de Julio de 1952 hizo solemne entrega a la Municipalidad de Guayaquil de su trabajo de revisión de la transcripción paleográfica de las Actas de Cabildo de 1634 a 1830 realizada por Pino y Roca, que Silva calificó de primer grupo de Actas , las más antiguas, restauradas y descifradas, preservadas para soportar los embates del tiempo.
Entre 1950 y el 51 mantuvo una columna semanal en “El Universo” bajo el título de Calendario Nacional con pequeñas biografías. Y fue jefe de Redacción de los vespertinos “La Hora” y “La Razón.”
En 1955 apareció el libro “Las Fundaciones de Guayaquil” de Miguel Aspiazu Carbo, donde se expuso por primera ocasión que Guayaquil había sido fundada con el nombre de Ciudad de Santiago de Quito el 15 de Agosto de 1534 en las llanuras de Liribamba, por el Mariscal Diego de Almagro. Poco después Silva editó unas “Breves Apostillas” en 118 pags. y octavo, iniciándose la polémica por la prensa. El núcleo del Guayas de la CCE a través de su sección de Ciencias Históricas y Geográficas resolvió organizar un debate público que se verificó el 16 de Septiembre en horas de la noche, con un Tribunal compuesto por personas cultas pero no especializadas en el tema y que ni siquiera eran paleógrafos (Arqueólogos Carlos Zevallos Menéndez y Francisco Huerta Rendón, Internacionalista Antonio Parra Velasco, Bibliógrafo Carlos A. Rolando, Poeta José Joaquín Pino de Ycaza y Jurisconsulto Ramón Insua Rodríguez).
Tras ser escuchadas “ambas partes litigantes” (sic.) el Tribunal dictaminó muy suelto de huesos que la tesis sustentada por Aspiazu, del traslado de la ciudad de Santiago de Quito de la Sierra a la costa, si bien posible, carecía de pruebas. Tan disparatado dictamen, que exigía pruebas a un hecho histórico incontrastable por sustentarse en el Acta original, que desde siempre, es decir, desde 1534, ha permanecido interpolado en el Libro Primero de Cabildos de San Francisco de Quito, enturbió la comprensión del problema histórico de la Fundación y posteriores traslados y repoblaciones de la Ciudad de Santiago a diferentes sitios de la costa, con diversos nombres según la toponimia de los lugares, hasta finalmente quedar al pie del cerrito verde o Colina del Santa Ana. Para colmos, el Acta de fundación de la Ciudad de Santiago, cuya autenticidad nadie se ha atrevido a cuestionar, constituye el documento más antiguo que se conoce escrito en estos territorios.
En el “debate”, que fue con barras, quedó Silva aparentemente triunfador, porque llevó a sus alumnos universitarios para que le aplaudan, pero se abrió una enorme curiosidad sobre el amplio horizonte de los primeros años de nuestra querida urbe en el siglo XVI y numerosos historiadores comenzaron a profundizar en el tema. Primero lo hizo en Sevilla Julio Pimentel Carbo, quien realizó en 1956 un año de estudios en el Archivo de Indias, aunque sin mayor éxito. Adam Szawzsdy, Dora León Borja de Szawzsdy, Demetrio Ramos y Julio Estrada Icaza estudiaran el “problema fundacional” con más profundidad.
Los Szawzsdy presentaron un trabajo sobre “La Doble Fundación de Santiago de la Nueva Castilla”.
Mientras tanto Silva, abandonando los caminos de la historia que poco o nada le producían, había torcido rumbos hacia el derecho, se graduó de Abogado en 1954 y metido de lleno en la vida profesional e impulsando desde el 58 el Colegio “La Dolorosa” descuidó en los años siguientes sus estudios históricos pero logró posesionar su empresa educativa entre las más importantes de la ciudad y amasó con justísimo derecho una regular fortuna.
Aspiazu, en cambio, siguió haciendo acopio de datos para fundamentar su obra hasta que el 82 los Szawzsdy presentaron su trabajo al IV Congreso de Historia de América celebrado en Puerto Rico, al que también concurrieron. Jorge Salvador Lara y el propio Silva, que no pudo refutar las aseveraciones de los Szawzsdy, probándose entonces, una vez más, que la Santiago de Quito obra del Mariscal Diego de Almagro en la sierra en 1534 es la misma que el 37 fue refundada por el Capitán Francisco de Orellana en las márgenes derechas del río Guayas – posiblemente a la altura de las nuevas ciudadelas próximas a Duran – por orden del Conquistador Francisco Pizarro, con el fin de encubrir la anterior fundación, que no convenía a sus intereses debido a que ya estaba en guerra con su antiguo socio el Mariscal Diego Almagro por la posesión de la Imperial Ciudad del Cusco (1)
Julio Estrada Icaza es el escritor nacional que más ha profundizado en el tema de la Fundación, a su muerte dejó terminada la segunda edición de su obra, aumentada y corregida.
En 1956 Silva polemizó con Rodrigo Chávez González a) Rodrigo de Triana, en El Universo, sobre la fundación de Guayaquil.
El 57 dio a la luz “Biogénesis de Cuenca” en 296 pags. estudio sociológico, histórico y jurídico que le sirvió para ser declarado Hijo adoptivo honorario por ese Cabildo y tomó a cargo las cátedras de Historia y Geografía del Ecuador e Historia de Límites en el Urdesa School.
El 58 inauguró con su esposa el Colegio “La Dolorosa” dictando diversas materias como Documentación Mercantil, Historia de Límites, Legislación Laboral Ecuatoriana, Derecho Mercantil hasta 1980. Ese mismo año sustentó su tesis doctoral sobre “Derecho Territorial Ecuatoriano” declarada la Mejor Tesis en ese año y no obtuvo el Premio Contenta por haber cursado los dos primeros años en la Universidad Central de Quito.
En 1960 dictó Derecho Territorial del Ecuador e Historia de la Diplomacia en la Escuela de Diplomacia.
Se había especializado en la presentación de Informes Grafológicos ante los Juzgados y Tribunales y en ellos era el mayor experto del país, pues aparte de su preparación técnica poseía un valioso y moderno equipo de investigación y trabajo.
El 61 volvió a dictar Historia del Ecuador en la Facultad de Filosofía. El 62 sacó su “Derecho Territorial Ecuatoriano” en 526 pags. empastado en tela roja jaspeada y como texto para colegios y escuelas de la República, con datos inéditos en la parte colonial. El 63 perdió su cátedra a causa de la dictadura militar, solamente por ser amigo y vecino del estudio profesional del depuesto Presidente Carlos Julio Arosemena Monroy.
En 1965 polemizó en “El Universo” con la Dra. Dora León de Szawzdy y quedó definitivamente demostrado que el traslado de Orellana en 1537 conforme consta en todos las Crónicas de Indias, no fue el 38 como había aseverado Silva a causa de la errada interpretación de un documento (Una Carta de Pizarro a Orellana).
En 1967 ya nadie discutía sobre sus “Apostillas sobre la fundación” pues estaban sus deducciones totalmente superadas y quizá por ello la Municipalidad de Guayaquil le concedió una Medalla de Oro por su “valiosa obra cultural relacionada con el pasado de nuestra ciudad y con los derechos territoriales del Ecuador” reivindicando su transcripción paleográfica de las Actas de Cabildo principalmente. El 68 editó “La protección de las minorías en el Derecho Societario ecuatoriano” en 130 págs, como capítulo de una obra magna que se proponía realizar sobre Derecho Mercantil pero que jamás terminó.
El 69 aceptó la cátedra de Metodología Jurídica en la U. Católica. Entre el 71 y el 73 desempeñó la Dirección de la Biblioteca y Museo Municipales, adecuó el tramo izquierdo del edificio para la Biblioteca de Autores Nacionales Carlos A. Rolando, que seguía en el tercer piso del Palacio Municipal por la calle Diez de Agosto. También hizo cambiar los anaqueles de madera apolillada por otros nuevos de metal, tratando de relievar la importancia de dichos fondos nacionales tan poco atendidos. Desde los años 70 era Vicepresidente de la Asociación de periodistas Guayaquil y asistía a numerosos actos cívicos o de carácter social, convocados por Julio Villagrán Lara.
El 73 le volvieron a armar bronca en “El Universo” y “El Telégrafo” con motivo de las fiestas de Julio. En esa ocasión fue una supuesta Doctora Socorro de Bonechea, dizque venida de Puerto Rico, que le zarandeó con el asunto de la Fundación, que no por trillado dejaba de levantar enorme polvareda. El asunto aclaró muchos aspectos y sirvió para que la gente se ría por largo rato a costilla de los litigantes, el verdadero y la falsa.
El 75 le solicitó el Arzobispo Echeverría que dicte un Curso de Metodología de la Investigación Científica en el Seminario Mayor de Guayaquil. El 76 dio Derecho Mercantil y Leyes Fiscales en la Escuela Superior Naval. El 81 el Club River Oeste le concedió su botón de Oro. Ya había cambiado su estudio profesional por largos años en Luque y Pedro Carbo, a un local propio en la calle Quito a solo una cuadra del palacio de Justicia, y viniendo de su hacienda, la histórica Nagziche, que en el siglo XVIII había sido propiedad de los Marqueses de Maenza, cercana a Latacunga, sufrió un gravísimo accidente automovilístico que casi le costó la vida, dejándole seriamente herido.
Vivía retirado pero leyendo incansablemente como había sido su costumbre de siempre. Se le veía saludable, conversaba sobre temas históricos y estaba recopilando sus escritos varios para darlos a la prensa.
En su oficina poseía un archivo de copias y compulsas de documentación antigua que esperaba darlo a conocer pues lo consideraba de gran importancia para la historia del país.
Reputado uno de los personajes más cultos de Guayaquil fue perdiendo salud hasta terminar imposibilitado por largos años a causa de un enfisema pulmonar y perdida la lucidez de siempre ocurrió su fallecimiento al amanecer del día jueves 29 de Mayo del 2008 en el anexo de Samborondon de la Clínica Kennedy, a los noventa y dos años de edad, siendo el miembro de la Academia Nacional de Historia más antiguo en nuestra ciudad.
Tuvo talento multifacético pues fue paleógrafo, historiador y se esmeraba desde cuando había sido discípulo del Dr. Jaén Morente, en hablar el castellano a la perfección, escogiendo las palabras apropiadas para cada caso. Erró de buena fe en el asunto de la fundación de la ciudad de Santiago pero al final sostenía con una tozudez absurda sus errores hasta que a causa de ello se fue quedando solo en el campo de la historia.