Santana Alberto.

BIOGRAFIA DEL CINEASTA CHILENO ALBERTO SANTANA.- Calificado en su Patria como el «pionero de la industria cinematográfica» y quien fue después Di- rector técnico de «Ecuador Sono Films», de Guayaquil en 1949, vino por primera vez a nuestro país en 1928 , en jira de estudio y observación de nuestro medio, luego de filmar en Chile 33 películas mudas. Él trabajó como jefe de publicidad en la Empresa teatral Olmedo, en ese tiempo dirigida por los señores Lautaro Aspiazu Carbo, Eduardo Icaza Cornejo y Teodoro Alvarado Garaicoa. Él terminó la compromiso de él y pasó al Perú, donde él fue contratado por el gobierno del señor Augusto B. Leguía para organizar un Departamento de Cinematografía Educativa del Ministerio de Instrucción Pública. Cayó el gobierno de Leguía y Alberto Santana siguió trabajando por la cuenta de él, filmando sucesiva- mente 7 películas peruanas mudas. En 1930 él volvió al Ecuador y realizó con el argentino Francisco.

Diumenjo, la película «Guayaquil de mis amores», y después, en 1931, los filmes «»La divina canción «Incendio», esta última auspiciada por el Benemérito Cuerpo de Bomberos de Guayaquil, a más de algunos documentos de diferentes zonas del país, que se exhibieron en el Teatro Olmedo, de nuestra cuidad. La falta de capital y de laboratorio pro- pio, hizo emigrar otra vez al chileno Alberto Santana, quien regresó al Perú, en donde él volvió a trabajar activamente, ya que allí él encontró laboratorio y personal adecuado. En 1935 él estuvo de paso por el Ecuador en viaje a Colombia y conoció en Bahía de Caráquez, a quien después fue la esposa de él, la Srta. Elvira Estrada Cevallos. En el hermano país del norte encontró el ambiente propicio y realizó la campaña en pro de la iniciación del cine parlante entre los colombianos, logrando producir las películas «Dios te dé suerte…», «Al son de las guitarras» «Por un beso de tu boca». Él regresó en 1939 a nuestro territorio para una campaña publicitaria en el diario vespertino «La Prensa», de esta ciudad, y se casó en Ma- nabí por esta misma época, con la dama ya citada. En ella él tuvo dos hijos, Rodolfo y Carlos Santana, el primero ecuatoriano y el segundo chileno. EI entusiasta cineasta se instaló

nuevamente en Guayaquil e hizo lo posible por producir la primera película parlante nacional de ficción, que debió llevar por título «El pasillo vale un millón». Vano intento. Él no encontró ayuda de nadie. Vino la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939 y se dificultó la traída de materiales e implementos cinematográficos. Sin capital Alberto Santana no pudo soportar la espera y fracasó. Él se volvió a Chile y se llevó a la esposa de él manabita de él y a la primer hijo de él Rodolfo, ecuatoriano. Otra vez en la patria de él, él trabajó para el Ministerio de Educación y filmó 7 películas patrióticas infantiles para los niños de su país. Entregó, además, para «Andes Film», las películas «En la ruta del Norte» y «Chile está en el Sur». Un problema militar obligó a su esposa ecuatoriana a regresar a la tierra de ella en 1941 y Alberto Santana la acompañó con la segundo hijito de ella, de nacionalidad chilena. «Quiero al Ecuador -dijo una vez el esforzado cineasta chileno- es mi segunda Patria, y no descansaré hasta llevarme una buena película de ella que pueda exhibir con orgullo en todas partes. De esta manera agradeceré las bondades con que este hermoso rincón del mundo me ha recibido siempre», Este otro visionario del Cine Nacional no llegó a cumplir sus optimistas palabras, por la falta de apoyo económico de las instituciones y personas llamadas a hacerlo. Lo conocimos cuando subía y bajaba de Radiodifusora Cenit, en los años 40, en el local de las calles Francisco de P. Icaza y Boyacá, altos del cine Eloy Alfaro, edificio de la Sociedad de Carpinteros, pero no sabemos cuando falleció y en dónde se encuentran sus restos mortales. Tenemos más datos de él, pero para concluir por hoy diremos que también fue un soñador e idealista, como en el caso de nuestro primer guionista cinematográfico, el actor y dramaturgo guayaquileño, Augusto San Miguel -de quien ya escribimos-, que murió pobre e incomprendido,