ROMERO PAREDES FLORESMILO

DIRIGENTE SINDICAL- Nació en Otavalo el 4 de Marzo de 1899. Hijo legítimo de José Joaquín Romero Rosales, artesano del vestido, dueño de una sastrería en la esquina de las calles Bolívar y Rocafuerte y de Rosario Paredes Jaramillo, que le ayudaba a coser; ambos de Otavalo.
Fue el tercero de una familia de cuatro hermanos que en 1905 quedaron huérfanos al morir sus padres cerca de Cayambe en un deslave que accidentó al ferrocarril del Norte donde viajaban. Su tía Carmen González de Paredes lo trajo a Guayaquil a vivir con su esposo Manuel Paredes Jaramillo y sus dos hijas, pero como eran muy pobres, tuvo que trabajar de escogedor de café y cacao en la Casa Española de Pedro Maspons y Camarasa por unos cuantos centavos al día. Por las noches estudiaba en la Escuela de la Sociedad Hijos del Trabajo y luego pasó a la de la Sociedad de Artesanos Amantes del Progreso, mientras habitaban en un chalet propio ubicado en los extramuros, Machala y Clemente Ballén; mas, la situación empeoró y tuvieron que venderlo y arrendar un cuarto por allí cerca, donde se acomodaron todos.
En 1914, al terminar el séptimo año de primaria, dejó de concurrir a la escuela y entró de oficial de la peluquería de Aurelio Yupanqui, situada al frente del parque Montalvo, donde hacía la limpieza del local, betunaba zapatos, aprendía el oficio. Mientras tanto concurría con su tío a las reuniones de la Sociedad de Cacahueros, escuchaba hablar sobre el anarquismo y Bakunín.
En 1918 hubo una gran huelga de cafeteros, cacaoteros y ferrocarrileros y se consiguieron los aumentos de salarios solicitados sin roces de ninguna clase. Ya se tenían noticias de la gran revolución que se había gestado en Rusia y “por un compañero que recibía folletos me empapé de que la clase obrera tomaba el poder. Entonces creció mi entusiasmo, me inquietaba más y seguía adelante”.
En esa época entró a trabajar como conductor de la Empresa de Carros Urbanos (movidos por mulas) por tres sucres y veinte centavos diarios. “Allí teníamos que madrugar a las cuatro de la mañana, a las cinco cogíamos el medidor y trabajábamos sin descanso hasta las 10, 11 ó 12 de la noche. Para almorzar allí mismo, preparar de cualquier manera alguna cosa. Era una vida de tormento terrible eso de estar metido en un carro tantas horas.”
“En Noviembre del 22 mis compañeros de la Empresa me nombraron delegado del Comité de Huelga que pedía la jornada de ocho horas de trabajo, aumento de sueldo y estabilidad. El administrador se opuso, el asunto tomó cuerpo y los obreros salimos a las calles a protestar. En la tercera manifestación pública realizada el día 15 de Noviembre, los Drs. Carlos Puig Vilazar y José Vicente Trujillo arengaron a las masas. El primero era socialista y el segundo liberal”.
“Estábamos reunidos frente a la clínica Guayaquil del Dr. Abel Gilbert Pontón situada en Pedro Carbo y Clemente Ballen diagonal al antiguo colegio Vicente Rocafuerte. Primero había tomado la palabra Manuel Echeverría a nombre del Comité Revolucionario, cuando habló Trujillo cundió una agitación tremenda, un coraje único; eran las tres de la tarde y nos movilizamos hacia el Cuartel ubicado en Chile y Cuenca, a sacar a unos compañeros panaderos que se hallaban presos, pero al llegar a las cercanías de la calle Cuenca, comenzó el baleo, que hizo retroceder a la masa humana espantada, pues nos disparaban al cuerpo y veíamos cómo caían nuestros compañeros heridos y muertos. Nos retiramos a la carrera hacia la Avenida Olmedo.
Yo iba con mis primas Susana y Rosario Paredes González, que me acompañaban ese día de simples curiosas. Ellas cosían y reconstruían vestidos en el almacén “La Lira” de la calle Escobedo y eran como mis hermanas, pues vivíamos juntos. Cuando llegamos corriendo a la Avenida Olmedo, tomamos hacia la calle Villamil y vi a otro grupo de soldados que nos apuntaban al cuerpo desde el Malecón. Yo me escondí detrás de un grueso estante con mis primas que estaban aterrorizadas, pero como allí el pueblo fue tomado entre dos fuegos por efectivos del batallón Marañón que nos estaban esperando y por los soldados del Cuartel que nos iban siguiendo, fui herido en una pierna, caí con el hueso fracturado y perdí el conocimiento. Debió haber sido las cuatro de la tarde, horas después desperté en una cama del hospital.”
“Al día siguiente me fue a visitar mi tía que estaba desesperada pues no habían aparecido sus hijas. — Perdón, mamá yo las saqué. Ella me decía:- Por ti murieron, por acompañarte, y lloraba sin consuelo. Y por más gestiones que realizó jamás pudo dar con ellas, suponiéndose que sus cadáveres fueron despanzurrados para que no flotaran en la ría, a donde fueron lanzados por cientos”.
“A los tres meses salí del Hospital con una rabia tal que hasta besé el suelo y como secuela de mi herida quedé cojeando por varios años. De la rabia que tenía juré continuar la lucha, así se lo juré a mi tía, que desde la desaparición de sus hijas ya no levantó cabeza. Los de la Empresa de Carros Urbanos me habían liquidado una miseria y no me quisieron volver a coger. Entonces pedí ayuda a mi amigo Yupanqui, quien me facilitó un sillón viejo de su peluquería y abrí una por mi cuenta en la Avda. Olmedo y Francisco de Paula Lavayen, Mi establecimiento se llamó Norteamérica por el cuadro de fútbol de ese nombre, ingresé a la Sociedad de Peluqueros y con Pedro Arguello fundé en 1929 una Célula socialista denominada Bandera Roja, de las primeras comunistas de Guayaquil porque fue afiliada en Moscú a la III Internacional”.
El 33 contrajo matrimonio con Genoveva Ruiz y procrearon cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, pero ella murió de un ataque cardíaco en la década de los años setenta, muy delgada a causa de su dolencia, cuando siempre había sido gorda y solidaria con su esposo. Y se cuenta con gracia que cada vez que se enteraba que lo habían tomado preso exclamaba: “Ya está donde le gusta”.
El 35 fue miembro del Comité Central del Partido Comunista del Ecuador, encargado de las finanzas, con Julio Viteri Gamboa, Rafael Coello Serrano, Modesto Rivera, Ricardo Paredes, Pedro Saad, Vicente Sandoya y Bernardino Poveda y meses después, cuando la dictadura civil del Ingeniero Federico Páez persiguió a las izquierdas del Ecuador, fue confinado a las islas Galápagos por más de un año, en estricto aislamiento y en precarias condiciones, pues ni siquiera le permitían la lectura de periódicos. Este confinamiento se lo ganó por haber participado en dos Congresos Obreros Internacionales, el Bolivariano en Cúcuta y el Constitutivo de la Central de Trabajadores Colombianos en Bogotá, “donde planteó tesis importantes y sus puntos de vista se publicaron en los diarios de esa República”.
En 1936 al caerse Páez, regresó a Guayaquil de las Galápagos y volvió a las luchas sindicales como miembro de la Liga Obrera. En Marzo del 38 estuvo entre los dirigentes que fundaron el periódico “Unión Sindical” en el que laboró por espacio de cinco años. Ese año participó en el Congreso Obrero de Ambato.
Para la revolución del 28 de Mayo de 1944 actuó junto a Tomás Regatto en representación de los obreros del Guayas. También es importante mencionar su colaboración en los periódicos obreros: La Antorcha, Confederación Obrera y El Proletario, y cuando se fundó en Quito la Confederación de Trabajadores del Ecuador (C.T.E.) tuvo una activa participación; por todo ello, el sabio geógrafo ecuatoriano Luciano Andrade Marín, al fundar su Museo privado en la mitad del mundo, colocó el retrato de Romero como representante del hombre otavaleño y allí permanece su efigie junto a las de otros hombres y mujeres de las demás ciudades y provincias del país.
De allí en adelante dirigió en forma esporádica las Asambleas de la Federación Provincial de Trabajadores del Guayas como delegado del sindicato del ingenio “Adelina María” de la familia Morla.
En 1960 viajó a Cuba invitado por la Central Obrera de la Isla, conoció a Blas Roca y al Che Guevara y asistió a la Conferencia para el desarrollo industrial que dictó el Che. El 62 volvió a pasar por la Habana en tránsito a la Unión Soviética. En un barco llegó a Ucrania y concurrió al Congreso lnternacional de Dirigentes Sindicales de ese año.
El 63 fue apresado por la dictadura de la Junta militar de Ramón Castro Jijón y sometido a humillantes condiciones en el panóptico de Quito enfermó de consideración, bien es verdad que frisaba en los sesenta y cuatro años y aunque siempre fue un sujeto delgadito y animoso, los rigores de su vida le había debilitado.
Entonces ocurrió un hecho insólito y quizá único en los anales de la historia del país, pues la Ilustre Municipalidad de Otavalo se dirigió a los miembros de la Junta Militar de Gobierno pidiendo que pusieran a Floresmilo Romero en libertad, porque ellos – el Cabildo de Otavalo – lo tendría en su ciudad, alimentándole y curando sus dolencias como a hijo eminente de esa población, y así ocurrió efectivamente y los militares tuvieron que obedecer, pues el asunto se hizo público y escandaloso. ¡Cosa digna de admiración para las presentes y futuras generaciones de la Patria!.
En 1978 recibió un Homenaje Nacional en el que tomó la palabra el Dr. Ricardo Paredes. El 82 asistió al encuentro de Historia Viva organizado por la Corporación Editora Nacional en Quito, en el que también participaron Isabel Herrería, Manuel Donoso Armas, Miguel Ángel Guzmán, Luis Maldonado Estrada, Andrés Avelino Mora, Leonardo Muñoz Muñoz, y Jorge Reynolds. Lo que allí se conversó en alegre camaradería y sin tapujos, consta publicado en dos pequeños volúmenes con el título de “El 15 de Noviembre de 1922”.
Vivía dedicado a sus recuerdos y al ejercicio de su profesión de peluquero en los bajos del viejo y ruinoso cuanto sucio edificio de madera de propiedad de la C.T.E. en Colón y Pedro Moncayo, uno de los barrios más pobres y destartalados de la ciudad. Recuerdo que al entrevistarlo la tarde de un lunes de trabajo noté que en la acera existía una enorme alcantarilla destapada y rebosada de excrementos, que producía fétidos hedores.
Floresmilo me confesó muy tranquilamente que desde hacía varios meses los vecinos del sector se habían acostumbrado al espectáculo por demás nauseabundo.
Con uno de sus hijos habitaba en un chalet que construyó sobre el solar que le donara la Municipalidad en la esquina de las calles Brasil y la Trece y como se sintiera mal de salud a causa de una vieja afección prostática a la que nunca había dado importancia, viajó a La Habana a operarse en el hospital Hermanos Ameijeiras, de la calle de San Lázaro. Aparentaba buena salud pero el cáncer hizo metástasis pocos meses después en 1990. Fuimos buenos amigos y quien nos presentó una mañana en la Vieja Casona fue don Elías Muñoz Vicuña, otra de las grandes figuras del comunismo ecuatoriano del siglo XX.
Su estatura mediana, tez blanca rosada aunque curtida por el sol, ojos y pelo negro, contextura musculada, hablar lento, pausado y con poder de convicción. Era uno de los últimos sobrevivientes de la masacre de los obreros y trabajadores y ejemplo de lo que puede lograrse a través de una vida ejemplar y de firmes ideales.