ROMERO MIREYA Y CORDERO PLAZA

POETISA Y NOVELISTA.- Nació en Quito el 29 de Enero de 1929 y fueron sus padres legítimos el poeta coronado Remigio Romero y Cordero, natural de Cuenca, miembro de una estirpe de poetas e intelectuales como nieto del Presidente Luis Cordero Crespo (1892-95) y María del Rosario Plaza Plaza, guayaquileña, hija de Virgilio Plaza Drouet y de su prima hermana Carmelina Plaza Rumbea, quien firmaba Plaza Cordero por ser hija adoptiva de Alfredo Plaza Martrus y de su esposa Angela Cordero Pino, que la habían criado.
En la revista guayaquileña “La Ilustración” de Julio del 23 aparece una poesía de Remigio Romero y Cordero “En elogio de Marujita Plaza Cordero” – a quien se la ve casi una niña – // Cuando sobre el teclado posáis la egregia mano, / aristocratizado se estremece el piano // Ignoráis el acorde vulgar, una princesa / no toca yaravíes como cualquier payesa // sabéis de lo imperial, joven emperatriz, / hermana de la música de Wagner y de Listz. // Sabéis del arte clásico que del Olimpo brota / diosa del pentagrama, mujer cambiada en nota. // Cuando acaricias, regia, las teclas del piano / quisiera ser las teclas y besaros la mano. // I con cortesanía de rito provenzal / deshojaros la gracia mayor del madrigal… // Soy poesía, princesa, ponedme de escabel / os doy en son de ofrenda, todo el sacro laurel. / que obtuve de las manos de Apolo vencedor / y con el amplio gesto del que es bardo y señor, / os dejo unos instantes, joven emperatriz / a que os hagan la corte Wagner, Schubert y Listz. //
Fue llamada “Mireya” por la heroína del gran poema largo, de ese nombre, de Federico Mistral (1830-1914) literato francés que obtuvo el Premio Nobel de literatura en 1904.
La menor de tres hermanos, pero como el mayor Remigio falleció casi enseguida, solo quedó su hermana Coya y al ocurrir la separación de sus padres, las dos niñas y su madre pasaron a Guayaquil, a habitar en la gran casa de madera de los abuelos adoptivos Plaza Cordero en Rocafuerte No. 715 y Orellana y tuvieron una infancia feliz, llena de afectuosos momentos aunque no pudo gozar de la presencia e influjo de su padre quien viajó a Quito.
Su niñera, la doméstica indígena adolescente Rosa Pañora, que era muy inteligente, le enseñó desde los tres años a leer y escribir, así como a sumar y a restar y la consideraron una niña prodigio porque hablaba casi en verso. Ese año 32 falleció su abuelo Alfredo pero nada cambió. En las vacaciones viajaban a la Hacienda San Ignacio frente a Mocache en el cantón Quevedo y una noche que se apagó una bujía la niña Mireya se subió a una mesa y gritó emocionada “Luz, más luz” como exclamó Goethe antes de morir.
En 1935 salió el divorcio de sus padres, entró al Colegio de las madres salesianas de Maria Auxiliadora y pronto fue la alumna preferida de sor Dominga Bocca, pues era la más distinguida estudiante del plantel, deslumbrando a todos con sus conocimientos especialmente en matemáticas y literatura. También seguía clases de piano y violín con los profesores José González y José Barniol respectivamente.
En 1939 su madre contrajo segundas nupcias con el abogado chileno Jorge Zuasnavar Wormand y se trasladaron a San Fernando, pequeña población rural, capital de la provincia de Colchagua, a hora y media de Santiago, donde no gozaron de tantas comodidades como en Guayaquil pero disfrutaron de los beneficios de un ambiente cultural superior y fue matriculada en un Colegio de monjas alemanas que el 40 tuvieron que salir a causa de la Guerra Mundial.
Mireya tenía facultades parasicológicas que ha conservado hasta ahora. “Sentía ciertas presencias astrales llegando hasta el desdoblamiento” pero como no le agradaba ese tipo de experiencias, jamás llegó a ser propiamente una Médium.
El 41 ingresó al Liceo de San Fernando. Era romántica, hacía largas caminatas por las riberas del río Tinguiririca, escribía poesías en hojas de colegiala. Su rostro blanco, pelo rubio, ojos celestes plomizos y un cuerpo esbelto y escultural le daban una bella y femenina presencia, por eso era admirada y hasta románticamente cortejada por los muchachos del vecindario, sin que ninguno se atreviera a más.
En 1946, faltándole dos años para terminar el bachillerato, decidió separarse amigablemente de su madre; su padrastro era buena persona pero neurótico, y se fue a Santiago. Vivió en casa de una señora ecuatoriana y le consiguieron el puesto de secretaria en el estudio profesional del Ab. Jorge Téllez.
El 47, durante unas cortas vacaciones en San Fernando, conoció al Abogado Francisco Guzmán Sánchez, con quien contrajo matrimonio de dieciocho años, en 1949, pero solo fueron felices cuatro meses pues él fue aquejado de una súbita leucemia que le llevó al sepulcro el 28 de Diciembre de ese año. Entonces Mireya volvió a su antiguo trabajo donde el Dr. Téllez y para disipar un poco la mente tomó un curso de enfermería y asistió como oyente a ciertas clases de la Facultad de Medicina pues siempre se había sentido atraída por esa profesión.
A mediados del 50 su abuela Plaza le mandó el pasaje de regreso a Guayaquil en el vapor inglés “Reina del Pacífico”. Creía que una viuda joven corría peligro en un país extraño. Arribó el 24 de Agosto a la Libertad tras once años de ausencia y fue recibida por numerosos tíos y primos. En su casa la visitó la parentela materna de la que había estado totalmente alejada y conoció a su primo segundo Vicente Bravo – Malo Cordero, intelectual sin profesión que la convenció y se casaron en ocho días, instalándose en Quito, donde le fue presentado su padre, que se puso muy nervioso al verla.
Entonces comenzó una vida de viajes a Pasto, Cali y otras ciudades de Colombia y del país, ofreciendo recitales de sus poesías mientras su esposo dictaba conferencias sobre diversos aspectos culturales y especialmente sobre la creación de la Universidad de San Francisco, que nunca pudo hacer realidad.
Entre 1951 y el 57 tuvo tres hijos que fallecieron por incompatibilidad sanguínea a muy corta edad, drama que supo sobrellevar con gran entereza de ánimo, ayudándose con el cultivo de las bellas letras, su hobby de siempre. Por eso escribió con sentido feminista “La Pena fuimos nosotras”, novela que apareció en 139 págs en 1952 cuando frisaba los 23 años. La edición se vendió exitosamente. El crítico norteamericano Michael Handelsman en “Amazonas y Artistas” ha dicho que es una obra que ataca repetidas veces la explotación sexual que las mujeres tradicionalmente han sufrido en el Ecuador. La protagonista lamenta que se las haya rebajado a meros objetos, aunque su desesperado estado de ánimo y su necesidad urgente por el amor la hacen vulnerable. La obra no es propiamente autobiográfica pero revela en muchas partes el estado de la psiquis de su autora y un criterio mucho más moderno que el imperante por entonces en el Ecuador sobre la situación de la mujer en sociedad, criterio formado en un país tan adelantado como Chile supongo. En este sentido Mireya se ubicó en la cúspide del feminismo ecuatoriano en su tiempo y abrió ancho cauce a nuevos planteamientos revolucionarios para las mujeres, aunque sin salirse plenamente de la línea Mariana de la iglesia, que preconizaba la maternidad como fin precioso para toda mujer. La novela se republicó por entregas en el vespertino “La Prensa” con gran publicidad y fue leída por muchas mujeres como el desahogo lírico de una generación frustrada pues solo se tenía a la mujer como un objeto para hacer hijos y para lucir y si era de clase media baja para lavar y cocinar.
Esta fue su mejor época, se hizo conocer en el ambiente cultural guayaquileño por sus continuos recitales de versos propios y ajenos, especialmente de su padre que aún vivía y gozaba de una merecida fama en el país. A veces Mireya se presentaba bajo el pseudónimo de “Marga del Río” tratando de hacerse una imagen independiente, en otras asistía a los programas radiales de “Vida Porteña” en radio Atalaya, solo como declamadora, junto a otras poetisas y declamadoras.
El poeta y periodista Elías Candel a) Adel Celinas, le dedicó una de sus hermosas coplas en el diario “El Universo” que comienza así // Al recibir su visita / que honróme en grado notorio, / llenó de luz mi escritorio / con su beldad exquisita. // Una sutil margarita / de un valle andino es Mireya (la creían cuencana por su padre y su esposo) / y hay en el ámbito que ella / con su alba gracia saluda / creciente y viva, la duda / de si es Jazmín o es Estrella. // Hija de un bardo, el primero / de los líridas actuales / cultiva ya sus rosales / con fino gusto y esmero. / / Halló el arte el sendero / su planta rósea y sumaria; / y, como azul luminaria / su primigenio relato / es de heraldo -y muy grato- / de su aptitud literaria! //
En 1956 reunió varios poemas en “Heliofanía”, que apareció en Quito en 82 pags con prólogo del gran poeta Francisco Granizo Rivadeneira y una hermosísima poesía de su padre. A Mireya. Remigio Romero y Cordero.- // Porque al darte la vida te di también del arpa / la dádiva celeste…porque es valle y es karma / de mis horas, inundadas, de música de Apolo / y porque no me dejas en los laureles solo / sino que los cosechas con mano prodigiosa / joven sacerdotisa y estrella, lira, diosa.. // Porque eres la poeta de una estirpe lírica / y porque eres mi madre que regresa a la vida / porque te das al verso, altiva ruiseñora / con garganta de sol y corazón de aurora / y sangre de fontana… // Porque de veras sabes / labrar la miel eterna de las palabras suaves, / la lámpara prender del poema exquisito, / y ser cadencia y rima, retorcimiento y grito / y ritmo y maravilla… por eso en la portada / de este libro en que estás tan bella, tan dorada, / tan vestida de Abril, tan ungida de Mayo, / soy la nave que llega a la bondad del cayo, / en un mar de agua dulce… Lira, estrella, señora / todos los ruiseñores te llaman ruiseñora… // Mereciste la grada y el tesoro del trino / la armonía gloriosa del metro alejandrino / la plenitud del arte, lirismo o epopeya / señora ruiseñora de Mistral y Mireya. // En la flauta del pan, en la atara eolia / lirio del valle lírico el lirio y la magnolia / en el laúd y el sistro, gobiernas lo sonoro / señora ruiseñora marfil y seda y oro. / / Tu hermosura del cuerpo te brilla peregrina / y cuando estás cantando se te pone divina / tu belleza interior… Ruiseñora suprema, / candente, poema del poema / de un amor que se fue por encima del nido / más allá del amor, la muerte y el olvido…//
Ese año 56 trabajó como activista en la campaña presidencial, apoyando la candidatura conservadora del Dr. Camilo Ponce Enríquez. Su esposo entró a las aduanas. En 1.957 advino el divorcio por incompatibilidad de caracteres. Mireya creía haber encontrado el padre que nunca tuvo y solo halló un intelectual poco equilibrado. La Iglesia terminó por conceder la nulidad eclesiástica por falta de la debida dispensa de consaguinidad que nunca se había presentado.
El 60 contrajo nupcias con Luis Insua Hilbron con quien tuvo una vida feliz y dos hijos, dedicada por entero a su hogar y a las letras. El 67 publicó un segundo poemario “Las Tres dimensiones del Sol” en 44 pags con metáforas sencillas y pulcras, suavidad en tono, ternura y sutileza, expresiones de su femeneidad. Fue una época tranquila, su esposo trabajaba en una hacienda bananera, hacían vida de campo y criaban a sus hijos sin problemas. Ese año falleció su padre en Quito.
En 1972 volvió a las andadas con “Yoimar”, novela en 122 pags cuyo título significa “Yo y el mar”, ambientada en el balneario de Zapallar en Chile, para presentar los amores secretos de una chica joven con un hombre maduro. La obra mantiene el interés del lector con escenas de la vida diaria, internándose en la psicología de los personajes a través de sus traumas y complejos a veces insospechables. La joven incauta y pudorosa despierta a la pasión violentamente por hallarse ávida de ternura, equilibrándose y madurando. En suma, un destino sin estridencias, contado con sutil ironía y mucha verdad. Retrato de sus dudas, anhelos y pasiones, más que autobiografía propiamente dicha. La obra fue presentada en New York por la escritora ecuatoriana Zoila María Castro.
La relación con su padre, que nunca había sido muy profunda por la distancia, ahondada a presidir en el recuerdo, la motivó en 1977, al cumplirse los diez años de su partida, al apoteósico traslado de sus restos a Cuenca, que fueron velados en solemne Capilla ardiente levantada en el interior de la Catedral. Hubo homenajes y en ellos trató a sus numerosos medios hermanos, los Romero y Cordero Peñaherrera, a algunos de los cuales ni siquiera conocía.
En Noviembre de 1992 falleció su esposo de cáncer al pulmón y agobiada por la pérdida dice: He tenido tantos golpes rudos en mi vida, tantos…pero ha vuelto a escribir, tiene versos y un comienzo de novela que promete.
No ha gustado de los grupos literarios porque detesta las obligaciones. Es demasiado libre de espíritu para ello, cree en la mujer como ser completo que puede vivir sin tutelas.
Reconoce que el hombre es el complemento. Es feminista a ultranza, habiendo cosechado a través de sus novelas el elogio de las jóvenes de esos tiempos, que recibieron sus mensajes de liberación en la década de los años 50.
Su carácter alegre, optimista. Hace bromas, fuma y bebe mucho café. Admira y practica la amistad sin ningún interés material pues cree que sobre todo asunto está la sinceridad, supremo bien del que no está dispuesta a renunciar jamás.