Rodríguez Simón Carreño.

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Continúa con Bolívar, acompañando al héroe en su gira triunfal y rodeado él mismo de toda clase de consideracinoes. En Chuquisaca, funda su Escuela Modelo. Pero ni el pueblo ni las autoridades comprenden el sistema de Rodríguez. Los padres de familia querían que sus hijos fueran literatos, doctores, tribunos, oradores, y un estrafalario pedagogo había venido con la pretensión de enseñarles artes, oficios, ocupaciones manuales y prácticas, apretexto de que con semejante preparación se podría lograr en el futuro el bienestar, la felicidad y el progreso de la Patria. Le hostilizan los padres de familia, el clero y hasta el mismo gobierno que preside el Mariscal Sucre. Se traslada a Cochabamba y mientras estudia las posibilidades de establecer nuevas escuelas, la de Chuquisaca es clausurada por un abogado indecente. Don Simón no puede soportar el golpe que echa por tierra sus proyectos, los proyectos que ha acariciado durante toda su vida, y dimite el cargo. Desengañado una vez más, regresa a Arequipa, en donde establece una pequeña fábrica de velas y junto a ella una escuela, al propio tiempo que se dedicara a estudiar la geología de la localidad, porque ya ha concebido nuevos proyectos, que tampoco se realizarán. En la ciudad de Lima recibe propuestas para trasladarse a Concepción, con el objeto de que se haga cargo de la Rectoría de un Colegio de la Capital. “llegó a Concepción anota un escritor y habiéndose hecho cargo del estado de la enseñanza, persuadió al Intendente de que abandonara la idea de hacerlo Rector del Colegio, y lo dejara consagrarse a la instrucción primaria… Arregló su escuela, rodeado de un salón de escritorios cómodos para niños, con tableros y útiles en que se ejercitaban en contar, leer y escribir”. En Valparaíso se dedica nuevamente a la industria de velas y, anexa a la fábrica, funda también una escuela.

Pasa al Ecuador y se establece en Latacunga, donde es muy bien acogido, al par que se lo rodea de consideraciones, “aquí redacta los estatutos del Colegio Nacional, y es nombrado profesor de Botánica y Agricultura del mismo Instituto. Fundó también una fábrica de pólvora, y concibió un proyecto para la fabricación de armas. Sin embargo, como no le gusta echar raíces en ninguna parte, como le gusta parecerse “al viento, al agua, al sol, a todo lo que marcha sin cesar …, se dirige a Quito, en donde presenta al Gobierno un proyecto para la colonización de nuestro Oriente. ¿Alentaba por ventura el proyecto de fundar alguna Escuela de Robinsones?. Pero ya está en Ibarra. Allí funda una sociedad de Socorros Mutuos. Se traslada luego a Tulcán y pasa, en seguida, a Túquerres, en Colombia. Por la postrera vez dirige allí una escuela primaria. Y nuevamente al Perú. Se establece en Piura y sigue a Paita, en donde se encuentra con Manuelita Sáenz. Pronto se marcha de allí. La manía deambulatoria lo toma en sus brazos y a poco se lo encuentra en Azángaro, pueblecillo indígena de las inmediaciones del Lago Titicaca, donde hace una vida de lo más miserable que puede imaginarse, alojado en una choza, sin vestidos casi, pero con el espíritu en toda su plenitud. Finalmente, se establece en San Nicolás de Amotape y se resuelve a acabar sus días, como él mismo lo dice, “en una tranquilidad profunda, a ejemplo de los ríos de esta América, que van sin saber a dónde y dejan a la providencia guiarlos”.. Hace justamente un siglo, el día 28 de Febrero de 1854, a los 83 años de edad, el asenderado Don Simón Rodríguez, concluyó los días de su largo peregrinaje sobre la tierra y entró a gozar del reposo final.

(H8).