Rodríguez Simón.

Era un personaje eminentemente curioso, el antiguo preceptor de Bolívar. En las atenciones que le dio Bourcier, para presentarle, fue fácil reconocer que éste era el momento culminante de la reunión y se esperaba producir en nosotros una fuerte impresión … El viejo Rodríguez es ciertamente lo que los ingleses llaman ” a character”. Ha vivido en Europa, ha asistido, si hay que darle crédito, a todas las fases de la Revolución de 1789 y del Imperio; ha seguido nuestro ejército a Moscú y allí ha permanecido dos o tres años. Preceptor de Bolívar en su infancia, le siguió después en toda su histórica carrera y ante él, el héroe pronunció su famoso juramento de Roma, Espíritu atrevido y paradójico, absorbió el fárrago filosófico del siglo XVIII y se desquició totalmente en el contacto con nuestros revolucionarios, llegando a apropiarse su “pathos” envenenado y dándole impudentemente como el producto de su cerebro … Aquella noche, el viejo cínico había encontrado un auditorio. La ocasión era hermosa y ostentó delante de nosotros los tesoros de sus utopías, en las que él creía, tal vez de buena fé, sazonándolas con crudezas licenciosas, chocantes en boca de un anciano.