RODRIGUEZ CARREÑO SIMON

HUMANISTA Y PROCER.- Nació en Caracas en 1.771 y fueron sus padres Alejandro Carreño, sacerdote y músico de la Catedral, y Rosalía Rodríguez Alvarez, dueña de unos terrenos en la región del río Guárico, hija de un hacendado ganadero que descend{ia de familias oriundas de las Islas Canarias. En el Censo de 1.775 el niño Simón figuró como hijo expósito para ocultar la paternidad del sacerdote. Su hermano entero – cuatro años menor – José Cayetano Carreño, que figura en la historia venezolana como notable músico.

Hay noticias de que tuvo desde pequeño un carácter díscolo, voluntarioso, irascible, amante de la soledad, refractario al trabajo con la gente, amigo de reírse de los frailes y burlarse de las mojigaterías, lo que le atrajo disgustos. Discutiendo un día con su hermano Cayetano, que era músico y santurrón, le dijo: Ni tu tendrás que avergonzarte de mi incredulidad, ni yo de tu fanatismo porque me quitaré el apellido y de hoy en adelante me llamaré Rodríguez a secas… pero lo asombroso del caso no fue ese cambio sino que se convirtiera en un prodigio de saber; de ilustración y de ciencia, en un medio tan estrecho y pacato como el que existía en la ciudad de Caracas, sólo explicable debido a su portentosa inteligencia y al hecho de que en su casa vivía el joven pedagogo Guillermo Pelgron, preceptor de latinidad y elocuencia, quien dirigió sus lecturas.

Solía estudiar todo libro que caía en sus manos sin despreciar por ello las enseñanzas de la naturaleza del valle de Caracas, combinando las teorías con sus prácticas experimentales. Solía viajar sin cesar pues jamás se acostumbraba a un mismo sitio. La manía deambulatoria pronto dominó su existencia.

Amaba el “Emilio” de Juan Jacobo Rousseau de quien también había leído El Contrato Social, la Nueva Eloísa y Mis Confesiones, creía por tanto en la bondad ingénita del hombre y su corrupción en sociedad.

En el Censo de 1.790 apareció con sus hermanos Antonia, María, Josefa, Tomasa y José Cayetano como vecinos de la parroquia de Altagracia donde su madre había adquirido una casa. Ese año fundó una Escuela, presentó al Ayuntamiento su trabajo «Reflexiones sobre el estado actual de la enseñanza» y fue designado por el Cabildo de Caracas para preceptor de la Escuela de Lecturqa y Escritura par niños.

A raíz de ello le llevaron como preceptor del joven huérfano Simón Bolívar, que sólo tenía siete años, nieto del Marqués de Bolívar y poseedor de una fortuna en casas, haciendas y ganado, así como de las minas de oro de Aragua en los llanos orientales de la Capitanía de Venezuela.

Maestro y alumno congeniaron inmediatamente. Rodríguez encontró en el joven Bolívar un alma que formar y éste halló en su maestro al mejor pedagogo de Caracas, conforme lo había reconocido públicamente el Ayuntamiento y con el paso de los años diría «El es un preceptor que enseña divirtiendo. Alma grande, espíritu hermoso, hecho para la libertad.»

Lo primero que hicieron fue viajar desde la hacienda San Mateo propiedad de los Bolívar hacia los pueblos, lagos, ríos y campiñas vecinas, endureciendo el cuerpo con ejercicios gimnásticos y conversando sobre las plantas y las flores, los animales y los hombres, los mejores sistemas de gobierno,

las injusticias de la sociedad y sobre todo, acerca de la libertad, fin último y más hermoso del hombre.

El 92 volvieron a Caracas, Rodríguez instaló otra vez una escuela para niños de primaria que pronto se llenó de alumnos. Por esos días contrajo matrimonio con Maria de los Santos Ronco, no tuvieron hijos y a los cuatro años la abandonó.

El 94 escribió un ensayo formulando proposiciones para la

transformación de la educación en Caracas que tituló “Reflexiones sobre los

defectos que vician la Escuela de Primeras Letras de Caracas y medio de lograr su reforma por medio de un nuevo establecimiento” desarrollando un modelo educativo libre de dogmatismos y del método memorístico, por el que luchará toda su vida.

En 1.797 comenzó a conspirar inspirado por el pedagogo mallorquin Juan Bautista Picornell, con la complicidad de Manuel Gual y José María España, pero las autoridades dispusieron su inmediata captura, tuvo que huir a Kingston, capital de Jamaica, donde adoptó el nombre de Samuel Robinson en recuerdo del viajero Robinson Crusoe. Recorrió las aguas del Caribe, reputado el mar más bello del mundo, en 1.800 siguió a los Estados Unidos, durante tres años trabajó de cajista en una imprenta de Baltimore y con los ahorros se fue a Europa hablando inglés y francés a la perfección.

Primero residió en Cádiz, después en Bayona y en 1.803 en Paris donde hizo amistad con fray Servando Teresa María de Mier y con él enseñó castellano en el barrio latino mientras traducía la novela «Atala» de Chateaubriand que acababa de salir en francés, en sus horas libres estudiaba botánica, física y química con el Profesor Luís Nicolás Vauquelín.

A principios de 1.805 se reencontró con su antiguo discípulo Simón Bolívar convertido ya en un apuesto y elegante joven y decidieron viajar por Francia e Italia, primero estuvieron en Lyon y en Chambery., casi todo el trayecto lo hicieron a pie, luego atravesaron los Alpes y al arribar a Milán presenciaron la coronación de Napoleón como Rey de los Lombardos. En Roma se alojó Rodríguez en una posada y Bolívar en el palacio de la embajada española y cuando el Embajador le consiguió una audiencia colectiva con el Papa Pío VII, ya en la fila y viendo que todos debían besarle la cruz de la sandalia, se retiró contrariado, ocasionando sin querer un mal momento al Embajador, quien se enojó por ello y Bolívar tuvo que cambiar de domicilio.

Un día, el 15 Agosto de 1.805, ascendieron los dos Simones y Fernando de Toro a una de las siete colinas que dominan Roma, el histórico monte Aventino. Bolívar juró entonces luchar hasta morir para alcanzar la libertad de América. El juramento, conservado por Rodríguez, dice así: Juro delante de Ud. Juro por el Dios de mis padres, juro por ellos, juro por mi y juro por mi Patria, que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que halla roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español.

Semanas después escalaron el Vesubio con el naturalista Alejandro von Humboldt y con el físico Gay Lusac. Otra vez en París, Bolívar regresó a trabajar por la independencia de Venezuela y Rodríguez -que no ignoraba que le esperaba la cárcel en Caracas- tuvo que continuar sin rumbo fijo, vagando por el resto de Europa.

Primero recorrió algunos países cercanos a Francia, conoció gentes, aprendió lenguas. Estuvo en Italia, Alemania, Prusia, Polonia y Rusia. En Viena trabajó en el laboratorio de un químico alemán. Finalmente llegó a Rusia, puso una escuela de aldea, ganó la vida honestamente y como era un hombre infatigable siguió el recorrido. En Londres mantuvo de compañera a una francesita que llamaba su esposa y así durante diecisiete años hasta que en 1.823 amistó con Andrés Bello, quien le recomendó volver a la América.

Arribó por Cartagena de Indias sabedor de la independencia de Colombia y deseoso de reformar la educación. Retomó su antiguo nombre, pero el general Santander no quiso nada con él. Desde Pativilca el Libertador le envió el 19 de Enero de l.824 una magnífica Carta de bienvenida, considerada un manuscrito literario modelo en su género.// Ud. formó mi corazón para la libertad, para la justicia, para lo grande, para lo hermoso. Yo he seguido el sendero que Ud. me señaló No puede Ud. figurarse cuan hondamente se han grabado en mi corazón las lecciones que Ud. me inculcó. No he podido jamás borrar siquiera una coma de las grandes sentencias que Ud. me ha regalado.

Rodríguez siguió al Perú, vía Panamá, en calidad de Comisario de la II División Auxiliar y tras una tormenta que le arrojó a Guayaquil, llegó finalmente a Lima en 1.825, fue agregado a la comitiva del Libertador y poco después le nombraron Director e Inspector General de Instrucción Pública y de Beneficencia de Bolivia, nación que recién se acababa de fundar.

En Arequipa creó su primera escuela, en el Cusco estableció un Colegio para varones, otro para mujeres y un hospicio para huérfanos y desvalidos. En 1.828 editó “Sociedades americanas, como serán y cómo podrán ser en los siglos venideros” abordando temas de interés general como el de “la educación que debía ser pública y no privada y dirigida a la niñez pobre, específicamente hacia los indígenas. También abogó por orientarla más al campo que a las ciudades, porque los centros educativos fueran unidades de experimentación y producción y porque se crearan colonias de educación para adultos. A estos geniales planteamientos supo unir los aspectos metodológicos o didácticos, capaces de dar viabilidad a su propuesta.”

En esta etapa de su vida como maestro, Simón Rodríguez cierra en Hispanoamérica el proyecto educacional de la ilustración que había sustentado hasta entonces, basado en la bondad ingénita de la humanidad dentro de la naturaleza para proyectarse hacia una educación nueva por eminentemente social, pues fue el primero en advertir el despertar de las conciencias de las masas oprimidas, hartas del maltrato en nombre de Dios, del Rey o de la Patria, de suerte que quierían vivir dueñas de sus personas, sin amos ni tutores.

I en esas andaba cuando decidió proseguir al Alto Perú (Bolivia) En Chuquisaca escribió «El Libertador del mediodía de América» que se imprimió en 1.829 en Arequipa, explicando la necesidad de la emancipación mental, que apuntaba a completar la emancipación política a través de la liberación en otras áreas que aún no habían sido rescatadas, bajo la mediación de la paz y la égida de la razón, pero no de la ilustrada sino de la romántica, pues el simple constitucionalismo no es suficiente para establecer la equidad entre los hombres y fundó una escuela de Artes y Oficios, pero los padres de familia protestaron porque preferían a sus hijos doctores y porque enseñaba anatomía a sus alumnos primarios desnudándose en clase. Le gustaba que todo fuera gráfico, directo, natural. Así de claro era su método pedagógico, pero el Mariscal Sucre no aprobó

el sistema y al verse desautorizado pidió su pasaporte y se fue de regreso a Arequipa.

Allí estableció una fábrica de velas para poder subsistir con honor y a petición de los padres de familia dictó clases un año. Mientras tanto había editado “Observaciones sobre el terreno de Vincocaya” con ideas conservacionistas muy modernas para su tiempo. El 30 volvió a Lima, luego vivió en Huacho y rechazó algunas posiciones públicas. El 31 casó con Manuela González, tuvo un hijo llamado José, que le sobrevivió. Entre el 32 y el 39 vivió en Concepción como profesor, el 34 editó “Luces y Virtudes sociales” y “El Informe sobre Concepción después del terremoto de febrero de 1.835” finalmente estuvo en Valparaíso y fundó una fábrica de velas y otra escuela pero no aceptó que le nombraran Director. En la fábrica escribió el siguiente anuncio «Luces y virtudes americanas, esto es, velas de cebo, paciencia, jabón, cola fuerte, amor al trabajo. Entonces reeditó su libro “Luces y virtudes sociales” y publicó en el periódico “El Mercurio” exponiendo diversos criterios sobre la educación.

Pasó en 1.836 a Monte Blanco, el 37 a Tucapel y luego a Santiago donde halló a su amigo y paisano Andrés Bello. El 42 reeditó en Lima, ampliando considerablemente, su libro “Sociedades americanas”. Andariego como él solo, siguió hacia el norte y estuvo en Paita donde encontró a Manuela Sáenz anciana y próxima a morir, la entrevista de ambos fue muy significativa. El 43 vino al Ecuador desesperado de la incomprensión que hallaba en todas partes a su labor pedagógica, estuvo en Guayaquil y en Quito, pasó a Latacunga y redactó los Estatutos del Colegio nacional de esa ciudad, que tan brillantes servicios prestaría a la cultura nacional y dictó las cátedras de botánica y agricultura, dirigiendo él mismo la fábrica de pólvora. El 45, a solicitud de Rafael Quevedo, Rector del Colegio, escribió sus famosos «Consejos de amigo dados al Colegio de Latacunga» que permaneció inédito hasta 1.954 y contiene un proyecto pedagógico específico donde presenta al Estado como educador que ha reemplazado al clero y ordenes religiosas en este cometido que debe ser sagrado, pues va dirigido preferentemente a la niñez pobre y desvalida en comunidades experimentales para fabricar a los hombres del mañana, una utopía a lo Tomás Moro, muy romántica por cierto.

Para don Simón el instruir no era educar, que es lo verdaderamente importante. El proceso del aprendizaje está forjado en tres momentos vitales: La observación que consiste en poner al alumno delante de un objeto. La reflexión que es el reflejo de la imagen entre el objeto que la da y el sujeto reflexivo, la Meditación que equivale a ponerse en medio de las imágenes para compararlas.

Por eso se mostró enemigo de la escuela lancasteriana de instrucción mutua a través de monitores, así como de la enseñanza memorística, pues su ideal siempre se cifró en el aprendizaje comprensivo que se obtiene a base de la experiencia del estudiante en contacto con la naturaleza.

En Quito intentó la colonización de la región oriental a base de Robinsones caminantes como él. En Ibarra fundó una Asociación de Ayuda Mutua. En Túquerres dirigió una escuela primaria.

En 1.849 sacó su “Educación republicana” y nuevamente en Guayaquil en 1.853 perdió buena parte de su obra en un incendio ocurrido en la posada donde se hospedaba. En Lima vivió con su hijo José y con Juan Gómez compañero de éste, quien le asistirá en sus momentos finales, dictó conferencias sobre ciertas utopías en las que creía de buena fe, «sazonándolas con crudezas

licenciosas chocantes en boca de un anciano» según testimonio de un cándido y mojigato interlocutor, buscó un nuevo Bolívar que formar pero no lo encontró y un país en donde poner en práctica sus ideas, brillantísimas si, pero inaplicables en esos atrasados días.

El 51 siguió deambulando por Piura. En Asángaro, pueblecito ubicado al borde del lago Titicaca, casi pereció de inanición. El 52 vivió un tiempo en la más absoluta miseria, sin siquiera tener un vestido raído que ponerse y que escondiera sus desnudeces y le protegiera del frío. El 53 residió en Huayllas.

Alguien le tendió la mano y llevó a residir a San Nicolás de Amotape donde resolvió pasar sus últimos días en casa de Juana Barrientos «en una tranquilidad profunda, a ejemplo de los ríos de esta América que van sin saber a donde y dejan a la providencia el guiarlos» y murió el 28 de febrero de 1.854 de 83 años de edad, acompañado de su amigo el sacerdote colombiano Carlos Chicaiza.

Sus últimas palabras fueron filosóficas «Cuando nada se espera de la vida, algo debe esperarse de la muerte» y sus restos años después se trasladaron a Lima y desde el 28 de Febrero de l.854 descansan en el Panteón Nacional en Caracas detrás de los del Libertador. Sus Obras completas han sido publicadas en 1.975 por la Universidad que lleva su nombre en Caracas, en dos tomos, con un Estudio Introductorio del ilustre escritor ecuatoriano Alfonso Rumazo González.

Nadie le lloró ni sintió su partida pero su luz, su espíritu glorioso y su forma tan peculiar de ser, son sinónimos de la libertad que tanto ansían los pueblos en el camino a la historia.

Del viajero francés Paul Marcoy nos ha quedado la siguiente semblanza suya «Hombre de setenta años, de robusta contextura, color subido, cabello blanco como la nieve, sus facciones algo vulgares pero de benévola expresión, recordábame la del ilustre cancionero Beranguer. Hablaba seis lenguas y sus derivados, vestía con una pobreza inmediata a la miseria, llevaba la camisa sucia, su pecho era velludo y curtido por el aire».

Carlos Paladines Escudero ha manifestado que pocos modelos educativos han resaltado tanto la profunda vinculación de la educación con lo social como el de Simón Rodríguez, que fue el primero en comprender en América Latina el despertar de una conciencia de clase de parte de las masas oprimidas. En su análisis de las Sociedades Americanas indica claramente que el estado de América no es el de la independencia sino una suspensión de armas, un armisticio en la guerra que ha de decidirla.

En cuanto a sus ideas educativas, siempre pensó que instruir no era educar, ni la instrucción puede ser un equivalente de la educación, aunque instruyendo se eduque. Pensaba que el maestro debía abrir los ojos para observar, fijarlos para reflexionar y cerrarlos para meditar. Valoró igualmente el mundo de las experiencias por la dimensión personal y social que ellas suponen. Más que un educador, fue un Filósofo de la educación pues propuso nuevos modelos americanos para las generaciones del futuro con creatividad y pasión, de suerte que han quedado en la historia de la educación en América como antecedentes de importancia capital para todo lo que después se ha realizado en el vastísimo campo de la educación e ilustración.

Simón Rodríguez representa para la América hispana el despertar de una conciencia social autónoma, libre de influencias foráneas, por eso los pueblos no le comprendían, pues para llegar a esa altísima etapa de desarrollo socio político aún se requiere el paso de algunos siglos.

En Guayaquil dejó un hijo llamado José Rodríguez quien fue criado desde muy pequeño por Manuel Demetrio San Pedro y Flores, maestro de Física y Carpintería de Rivera en la Sociedad Filantrópica del Guayas, entidad benéfica que presidió entre 1.874 y el 76. En su testamento del 15 de Enero del 77 San Pedro declaró que tenía una librería (biblioteca) compuesta de más de un mil y tantos volúmenes, que una parte de ella se encuentra en cinco baúles en poder de su único y universal heredero Nicolás Fuentes. Dejó entre sus papeles unos manuscritos de don Simón Rodríguez, maestro del Libertador Bolívar. La utilidad que produzca la impresión de esos manuscritos después de sacados los gastos, dispuso que se le dé la sexta parte a José Rodríguez, el resto se destine para hacer un Cristo de un kilogramo de oro como obsequio a la Filantrópica. Alejandro Rodríguez, conocido como El Cocho Rodríguez, dueño de la Botica de la Marina en Guayaquil en 1.854, también pasaba en su tiempo como hijo de Don Simón Rodríguez, el maestro del Libertador.