Riera Moscoso Juan María.

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Diócesis por el Sectarismo antirreligioso, permaneció confinado en el Convento de Santo Domingo, por espacio de casi cuatro años”.

Por dicho motivo Monseñor González Suárez, “restaurador del Episcopado Ecuatoriano”, con sagacidad, prudencia y celo que le distinguían, envió el 29 de octubre de 1910 a Monseñor Riera con el honroso cargo de Visitador Apostólico de la Diócesis de Guayaquil. Dice el Dr. Navarro Jijón: “Durante los meses que permaneció en Guayaquil fue cuando cautivados todos por esa amabilidad peculiarísima suya, exclamaban: “Oh cómo fuera Obispo de Guayaquil! Quién nos diera que fuera nuestro Obispo! Dios escuchó esta plegaria y se cumplieron los votos y deseos de esta católica y culta sociedad”.

El 19 de enero de 1912 S. S. Pío X expedía en Roma las Bulas de traslación del Obispado de Portoviejo al de Guayaquil para Monseñor Riera, quien se hallaba ausente en Quito. Tomó posesión de su Diócesis por medio de su apoderado el Rvmo. Sr. Mateo R. Viñuela, nombrado Vicario General, el 29 de junio, en una solemne ceremonia verificada en la Catedral de Guayaquil, en presencia del Cabildo Diocesano, sacerdotes del clero secular y regular, Religiosas y un numeroso concurso de fieles de toda condición social.

En el mes de julio, desde Quito, dirigió a sus diocesanos su Primera Carta Pastoral. El 16 de este mes entraba triunfalmente en su Catedral guayaquilense, acompañado de los Sres. Canónigos que le fueron a ver a la ciudad de Riobamba. Monseñor Riera fue recibido en la vecina población de Durán, en donde le recibieron una representación del Cabildo Catedralicio, delegaciones de colegios y escuelas católicos y notable cantidad de personas que alborozadas vitoreaban a su Obispo, quien se alojó en el nuevo edificio del Palacio Episcopal mandado a construir gracias a la munificencia de la ilustre matrona Doña Dolores Irrazabal de Peña, sitio en las calles Diez de Agosto y Chimborazo.

SU SANTA MUERTE: Practicó dos veces la Santa Visita Pastoral a los pueblos de su Diócesis con verdadero celo y abnegación preocupándose no solo del aspecto espiritual sino también del temporal o material de sus habitantes, a quienes prodigó junto con la enseñanza religiosa los consuelos de su pastoral corazón. Después de tres años, cinco meses de árdua y proficua labor, su salud sufrió quebrantos, que fueron atenuados por sus excelentes Médicos. Más tarde, se fue acentuando la gravedad en su salud hasta que poco a poco fue conduciendo al dignísimo enfermo a los momentos de su agonía, por lo cual, con gesto verdaderamente franternal, Monseñor Andrés Machado, Obispo de Riobamba, se tarsladó a Guayaquil y se constituyó en la cabecera, quien con caridad evangélica y grande efecto “no le abandonó un instante, prodigándole toda clase de cuidados y el consuelo de su asistencia espiritual, quien en compañía del P. Racines ayudaron a bien morir y a recibir la Extrema Unción y Viático que por la mañana del 19 de noviembre de 1915 le llevaron los Rmos. Sres. Canónigos. A partir de este momento, las fuerzas de augusto enfermo iban cada vez decayendo hasta que en la madrugada del día 20 eran ya escasísimas teniéndose que de un momento a otro se produjera el sensible óbito, el mismo que aconteció a las 10 de la mañana de este día, entregando su alma al Creador con señales de un verdadero santo tal como lo había sido en su vida mortal, y como esforzado adalid que sabe entregar su existencia por el cumplimiento de sus deberes y “como Moisés en el Sinaí alzó constantemente sus razos al cielo pidiendo la Paz para el Ecuador, y olvidándose de sus propios dolores, se ofreció, tal vez como víctima expiatoria para la salvación de su Patria….”

El Deán de las Heras escribe al respecto: “… falleció llorado por todos los fieles de Guayaquil y considerado desde ya por