RENDON SEMINARIO MANUEL

PINTOR.- Nació en París el 2 de Diciembre de 1894 en uno de los elegantes entrepisos, que eran los más caros en los edificios, frente al parque Monceau, donde residían sus padres el Dr. Víctor Manuel Rendón Pérez, médico, literato, músico, compositor y poeta cuya biografía puede verse en este Diccionario y María Seminario Marticorena, idealizada por su esposo como Elena en la novela “Lorenzo Cilda”, mujer de obstinada fe religiosa – una fanática tranquila – que dedicó su vida a cuidar a su esposo, logró sacar dos monjas de sus tres hijas y al final dedicó “al Señor” sus trementos dolores producidos por un cáncer al seno, no dejandose medicar.
En el bautizo recibió el nombre de Manuel Antonio, fue el segundo de cinco hijos, nació feucho y siempre lo fue. Esto me viene por Seminario porque no hay Seminario guapo, decía con mucha gracia, y es verdad.
Su padre era un diplomático ecuatoriano residente en París, que vivía con mucho desahogo del producto de las cosechas de cacao de sus propiedades en la zona de Balzar, pasaban las vacaciones de verano en Biarritz y tenía por costumbre obsequiar todas las navidades juguetes muy finos a sus hijos, adquiridos en las afamadas Galerías Lafayette, con la condición que los regalos del año anterior debían ser entregados a los niños pobres en perfecto estado de conservación. Con esta costumbre creó en sus hijos el hábito de la generosidad y la disciplina del cuidado de las cosas. Manuel me refería que su mayor orgullo consistía en devolverlos a fin de año buenos y sanos ¡Jamás los entregué dañados! Por eso se ha dicho que no amaba el mundo de los objetos y hasta se cuenta que cuando vivía en una casita de caña de una sola pieza ubicada frente a la playa, a dos kilómetros del pueblito de pescadores de San Pablo, cada vez que leía una obra la arrojaba al mar o la obsequiaba a cualquiera para que también la lea y la aproveche.
En Paris vivía la extensa familia Seminario formada por su abuela, numerosos tios y primos. Siguió las primeras letras en una escuela particular. En 1901 la familia Rendón Seminario se trasladó a España y pasaron una larga temporada en Madrid. Por las tardes paseaban por el parque del Retiro, su padre le escribió este poema: Manuel.- // Mi buen Manuel, tierno y sensible niño / con lágrimas tu alegre humor terminas / si una lección no entiendes, si imaginas / que menos te querré porque te riño // Tus grandes ojos negros escudriño; / formal y dócil, tu alma al Bien inclinas; / buenos frutos esperan mis doctrinas / de tu ingenio precoz, de tu cariño, // Cuando salimos juntos de paseo; / tu mejor guía en mí buscas ufano. // conserva siempre ese filial deseo / y, del honor por el camino llano, / tendrás, con la virtud, lauro y trofeo//.
En ocasiones y por las tardes su madre le llevaba al parque del Retiro, y a menudo concurrían al Museo del Prado donde el niño pasaba horas tratando de copiar las obras maestras bajo la mirada divertida del guardia.
De nuevo en Paris practicó la escultura en la Academia del Profesor Raoul Eugene Lamourdedieu (1869) cuyo hermano Charles Lamourdedieu trabajaba en la legación ecuatoriana y expuso un hermoso busto en la Bienal Nacional de Francia con dictamen favorable de la crítica. También se conoce un pequeño personaje, que por ser su primer trabajo, había obsequiado a su madre y en 1944 cedió a la enfermera que la cuidó en el pensionado del Hospital General de Guayaquil durante su última y dolorosa enfermedad.
De quince años apenas, en 1911, exhibió varios óleos en el célebre Café de la Rotonda, cuyo curador Henry Matisse (1869) era su amigo. Más que trabajos fueron simples estudios con naturalezas muertas, bodegones, paisajes y desnudos, mientras tanto seguía la secundaria en el afamado Liceo Carnot donde se graduó en 1912 de Bachiller en Filosofía con excelentes calificaciones pues tenía la inteligencia abstracta, le agradaban las matemáticas y era muy concentrado y estudioso.
Entonces, de dieciocho años años, atraído por la pintura dejó para siempre la escultura y apoyado por su madre ingresó por las tardes – de dos a siete – a la Academia Libre de la “Grande Chaumiere”(Academia de la gran casa con techo de paja) fundada por la artista de nacionalidad suiza Marthe Stettler donde pagaba la suma de dos francos diarios y podía bocetar modelos desnudas, así comenzó su amistad con varios pintores mayores en edad: Friesz, Warroquier y Dufresne.
Su padre le tenía por una especie de muchacho que había cambiado a rebelde y voluntarioso, de conducta contestataria, cuyos caprichos consistían en pintar y reunirse con artistas bohemios, en otras palabras, llevar una vida irregular y sentíase traicionado en sus aspiraciones. Por eso las relaciones entre ambos se irían tornando cada vez más difíciles,
En 1913 se produjo el rompimiento con su padre, quien deseaba lo mejor para su hijo y le tenía reservado un promisorio futuro en la diplomacia ecuatoriana, decisión que Manuel rechazó por odvias razones, pues ya había decidido que su vocación era ser artista y pintor, lo cual equivalía a ser considerado como un simple artesano, al criterio imperante en el círculo selecto donde se movía su familia.
Pintar era aceptado como una diletancia, algo así como una simple distracción, en la alta clase parisina, así había expuesto en 1878 su abuela paterna Delfina Pérez Antepara de Rendón, una de cuyas pinturas fué premiada post mortem con Mención de honor en la Exposición Universal de París de 1900; sin embargo, era muy distinto subsistir de la venta de cuadros. Su tío Achilles Darnis, Coronel de Húsares del Segundo Imperio que había peleado en la batalla de Sedán en 1870, le preguntó durante un almuerzo familiar si firmaría sus cuadros y al ser respondido que si, exclamó atusandose los largos bigotes ¡Qué horror!
Durante la Gran Guerra (1914 – 18) escapó de concurrir al frente de batalla por su condición de ciudadano ecuatoriano y vivió muy pobremente arrendando un modesto estudio en una buhardilla alta ubicada en el galpón de tres pisos del patio central, en el No. 17 de la rue Notre Dame des Champs, Distrito VI de París, barrio bohemio de Montparnasse, disgustado con su padre y sin su ayuda económica. En tan precarias condiciones instaló su taller y vivienda en una de las tres piezas independientes que allí existen todavía, sin calefacción ni agua corriente, muy fría en invierno y calurosísima en verano, pasó hambre y todo género de penurias por comprar cartulinas, telas, bastidores, óleos, crayones y acuarelas a fin de continuar pintando, así como los materiales para sus esculturas. De estos años de miseria queda una naturaleza muerta con peras y guitarra al óleo (1916) Sus colegas le decían le poulet (el pollo) cuando le veían en los café como el Nadar y el célebre de la Rotonda. Conoció y trató de cerca a Modigliani y Soutine
En 1916 presentó dos obras en el salón de la Societe Nationale des Beaux Arts pero a fines de 1917 el Museo de Grenoble adquirió una de sus obras en la Exposición que organizó el gobierno para obtener fondos para los heridos de guerra ¡Ya era alguien en la pintura de Francia¡ Este premio le sirvió para congraciarse con su padre, a quien había dejado de visitar durante meses, este gesto de ambos causó una gran alegría a su madre, mujer buenísima y de gran religiosidad, que dedicaba sus cuitas a Dios.
Ese año concurrió a las exposiciones de obras (manifestaciones vanguardistas las llamaban) que realizaba en las calles el grupo de la Horde (La Horda) que como su nombre lo indica pretendía terminar con todo a su paso y siguió exponiendo en los salones Autonme, National y Surindependants. Fueron años difíciles y de guerra, prestó servicios voluntarios civiles, existían restricciones, nadie interesaba cuadros porque la gente ahorraba y temía que París pudiera caer en poder de los alemanes.
En 1918 pintó un desnudo en azul “También quedan dos dibujos de desnudos femeninos que reflejan el espíritu de la era que entraba en los rugientes años veinte y donde se hace notoria la influencia de su maestro Lamordedieu, cuyos bronces se encuadraban totalmente con el elegante estilo art decó, con esculturas donde se combina el drapeado geométrico del vestido con las suaves líneas de la figura desnuda” y se unió con otros jóvenes filocomunistas del grupo Clarité que comandaba Henri Barbusse en apoyo a la revolución bolchevique en Rusia y que deseaban algo igual para Francia.
Esto volvió a escandalizar a su padre, quien gustaba de las artes pero tenía aversión hacia la juventud bohemia, especialmente a la comunista, pues poco antes había ocurrido el feroz asesinato a la familia del Zar, sin respetar mujeres ni a niños. I en cuanto a los amigotes de Manuel, los pintores bohemios Soutine y Modigliani, por sus contínuas francachelas con licores y mujeres eran vistos como parias por don Víctor Manuel, hombre rectísimo y de costumbres francamente victorianas.
La época de la guerra había sido difícil para el arte. El Cubismo, perdido a su principal marchante en París, el alemán Kahnweiler, que por su ciudadanía había emigrado de Francia, adolecía de falta de mercado. Los Dadaístas y Surrealistas estaban divididos por sus ideas políticas en leninistas con Aragón, Bretón y Eluard, otros seguían al arte por el arte desligándole de la política, como Tristán Tzara y los redactores de la revista parisina “Littérature” que originó el Surealismo. Era un caos, pero con el Armisticio, mejoraron las cosas pues volvió la paz.
Miguel A. de Ycaza Gómez ha escrito que esos años fueron para Manuel de incesante búsqueda para encontrar un lenguaje propio, una forma personal y al mismo tiempo universal. Años de lucha, de privaciones, de esfuerzos y de esperanzas, en los cuales su personalidad se templó, depuró, definió y creció. Juan Castro concordó al decir que el carácter de Manuel ersa firme y no brusco, compronsivo no débil, que reflejaba lo sentido y vivio a través de una vida extensa. Que ese modelo de ser suyo tenía sin embargo espacios para el humor, para una suave ironía que subrayaba antes que anatemizar, para una comprensión crítica del entorno para distinguir y discernir sobre la importancia o no de la vida contemporánea. Su naturaleza era nada afecta a la vacuidad, al despilfarro intelectual, a ciertas expresiones de la vida social.
Entonces ingresó a la Galería Vildrac de la viuda de Charles Vildrac, donde presentó por primera ocasión sus obras; mas al poco tiempo, propiamente a mediados de 1920, su padre decidió abandonar Francia pues en Guayaquil se celebraría el centenario de la independencia con grandes festejos. Este viaje ofrecía al joven Manuel el sabor de una aventura pues no conocía la patria de sus mayores y decidió aceptar.
El traslado les duró a los Rendón Seminario, padres e hijos solteros, un mes. Se realizó por trasatlántico hasta el canal de Panamá, visitaron la ciudad, Manuel dibujó una escena interior que tituló “Burdel en Panamá” y está considerada su primera obra amricana; en el vapor Urubamba continuaron la travesía hasta arribar a la isla Puná donde fueron recibidos por prestantes funcionarios y miembros de la sociedad. Su padre tuvo frases patrióticas y de encomio para el país, de Guayaquil dijo con sentido folklorico: Vengo a Guayaquil, a vestirme de dril, a comer perejil…que pronto fueron repetidas en la ciudad. En vapor llegaron finalmente a uno de los muelles del puerto el día 23 de Junio de 1920 y encontraron una urbe pintoresca con un malecón empedrado, sus calles adyacentes arboladas y caliginosas aunque de noche soplaba el fresco de Chanduy que llegaba desde el sureste, poblada de casitas de madera de uno o dos pisos con aceras y zaguanes protectores del sol y la lluvia.
A su arribo al Ecuador Manuel se movía entre el cubismo apaciguado en su deformación vibrante del color del Braque de postguerra, las formas delicadas entre sensual y espiritualmente alargadas de Modigliani, ciertas aperturas a lo fantástico del superrealismo, los compases cadenciosos de movimiento cromático de masas de Delaubay y la sincronía de Mac Donald Wright que vivía por esos años en París; era, pues, un pintor culto e intelectualizado, conocedor de todo lo nuevo en su arte, pero el trópico le cambió.
A los pocos días el Presidente electo del Ecuador José Luis Tamayo le solicitó a su padre que acepte la Cancillería. Al final de Julio Don Víctor Manuel declinó la cartera por creer en las mentiras politiqueras de Enrique Baquerizo Moreno que intrigó para ello diciéndole que el nuevo gobierno se caería enseguida y que aceptar el cargo constituía un error peligroso.
Pronto escapó a los múltiples homenajes que le rendían a su padre y fué a Quito en tren, entusiasmandose con la serranía, sus gentes y volcanes, admiró las montañas, los valles, sufrió por la condición del indio y pintó numerosos lápices y aguadas, estudios de trazo certero que contrastaban con el suave costumbrismo naturalista de la escuela de Joaquín Pinto por su verismo realista muy cercano a lo que luego sería el realismo indigenista de los años treinta.
En Noviembre viajó a caballo de Quito a Ibarra, visitó allí las solitarias lagunas de Mojanda. Por el sur estuvo a lomo de mula en Huigra, llegó a Cuenca pero antes al salir del páramo y contemplar a sus pies la llanura del Cañar, donde el fuerte viento movía en oleadas los rubios trigales manchados de amapolas, en la soledad y el silencio imponente, la emoción le llenó los ojos de lágrimas. Definitivamente era un espíritu sensible, propio de un refinado artista.
De regreso visitó las legendarias haciendas familiares. En San Pablo a orillas del río Balzar y en contacto con la selva húmeda tropical y casi vírgen, encontró un paisaje exuberante antes no conocido, trató a la gente del campo y seducido por la forma dura en que el hombre enfrentaba a la vida, retrató tipos montubios de campesinos costeños, fijándoles parquedad en sus gestos, intimidad en su mirada, desnudez en la expresión, siendo el primer pintor ecuatoriano en abordar esta temática, totalmente nueva en el país. Por eso se ha dicho que su legado artístico montubio solo es comparable al de José de la Cuadra en la literatura campesina.
Todo le parecía tan exótico que sufrió un cambio en forma inconciente, empezó a aplicar ciertas técnicas surrealistas y rigurosamente plástica, alejada de lo onírico, de la que numerosas creaciones de esta época dan testimonio. Siempre fue un apasionado de la realidad, especialmente del hombre sujeto de su arte, tratado como forma o espíritu.
En 1922 le fué propuesta la secretaría de la legación diplomática en el Brasil, acompañando a su padre que había sido designado Ministro Plenipotenciario del Ecuador en esa nación y cuando todo estaba listo y preparado para el viaje, su padre enfermó gravemente con hemiplejia, cambiaron los planes, perdió el movimiento en uno de sus brazos – el izquierdo – y arrastró la pierna de ese mismo lado. Manuel vivió largas temporadas en las haciendas pintando, cabalgando y leyendo obras francesas. Los montubios eran sus modelos, dibujaba, recreaba el ambiente especialmente de la tropical población de Ventanas, sus fiestas, etc. fue el primer pintor en incorporar al habitante campesino costeño, siendo por lo tanto uno de los iniciadores del realismo socio cultural ecuatoriano en los años veinte.
A principios de 1924 regresó a la capital francesa después de más de tres años de ausencia y dibujó a lápiz, principalmente personajes circenses, pero como recuerdo de su estadía en la costa ecuatoriana llevó varios óleos pintados sobre madera de cajones, aunque muchas de ellas llegaron deshechas a París. En 1926 el marchante polaco Leopold Zborowsky le fue a visitar en su atelier, vió sus cuadros montubios, obras todas ecuatorianas, se interesó en ellas por su exotismo y regresó con el pintor Chaim Soutine, quien cargó los cuadros para llevarlos al taxi, no sin antes alinearlos en la acera para volver a contemplarlos.
El ingreso a la Galería Zborowsky en la rue de Seine hizo que su nombre corriera por todos los café de Montparnasse. Allí exhibió su primera muestra personal, compuesta de paisajes con el fondo nubloso de tintas claras en los que transitaban personajes del campo y otros misteriosos, con figuras extrañas de ermitaños meditando acurrucados, pero Zborowsky falleció casi enseguida a consecuencia de un accidente de auto. Sus amigos de entonces eran pintores pobres y el de mayor confianza Soutine, con quienes compartía una bohemia desaliñada, visitando cada mes las galerías con sus cuadros debajo del brazo como lo hacían los restantes jóvenes pintores y por sus producciones surrealistas de esta época está considerado el primer surrealista sudamericano.
La elegante Galería de Leonce Rosemberg llamada “L´ Effort Moderne” era una de las mejores de Paris. Manuel trató de hablar con su propietario y cada vez que tocaba la puerta de la casa salía un mayordomo de frac y le negaba, hasta que un día salió Rosemberg en persona. Es un hombre esbelto y elegante y a la pregunta de quien le envía contestó ¡Nadie¡ — Divertido, viéndole tan trigueñito y esmirriado, le hizo entrar y mirando sus lienzos lo citó en su atelier de la rue de Notre Dame des Champs, donde escogió tres cuadros que se vendieron enseguida. Dos meses después firmaban un contrato de exclusividad.
En “L´Effort Moderne” exponían las primeras luminarias de la llamada pintura moderna. Era la mejor y más elegante Galería de Pintura de Francia, Manuel gozó de una sala exclusiva y permanente desde 1926, como también las tenían otros maestros consagrados que formaban la llamada “Ecole de París” que dio tanta grandeza al arte del siglo XX.
Leonce Rosenberg gozó de fama en los años entre las dos guerras mundiales (1918-1939) como promotor de nuevos valores del arte moderno. Su principal artista fue Fernand Léger, con quien mantuvo una relación de negocios por muchos años, y cuya correspondencia fue publicada por Christian Derouet.
Rosenberg pertenecía a una familia judía francesa tan culta como rica. Su hermano Paul fue uno de los promotores de Picasso y su negocio involucraba grandes sumas de dinero y por ende, personas de las más altas esferas del poder. En cambio, Leonce estaba principalmente interesado en artistas emergentes y a cumplir una función en el mundo de la difusión cultural, por ello quizá su fortuna no se incrementó a través de los años como la de su hermano, aunque dirigía L´Effort Moderne (El Esfuerzo Moderno) empresa con todas las características de un movimiento pues contaba con una galería, un boletín y una editorial de arte. Su célebre local se encontraba en el 19 de la rue Baume, VIII distrito de París. Desde la aparición del primer número del Bulletin de L’Effort Moderne en enero de 1924 con carátula ilustrada por Georges Valmier, se mencionan los grandes sucesos de Rosenberg, quien tenía para entonces en exposición permanente en su galería a Georges Braque, Csaky, Juan Gris, Auguste Herbin, Irene Lagut, Henri Laurens, Fernand Léger, Jean Metzinger, Pablo Picasso, Gino Severini, Survage, Georges Valmier y Albert Gleizes. A estos nombres se sumará Manuel Rendón entre otros artistas consagrados. En el boletín No. 29 de noviembre de 1926 Rendón ya es un artista de L´Effort Moderne y en dicha publicación se ilustra su obra Le Scaphandrier (El Buzo) En el No. 31 de 1927 se publica su poesía Dispersión, a la que seguirán otras más hasta 1930. Nunca antes en la historia del Ecuador un artista moderno había llegado a formar parte de un grupo cuya fama haya trascendido tan rotundamente en el arte moderno. Las obras de Rendón se descubrieron en Francia y figuraron en varios remates, así la Galería daba a conocer a sus artistas. Rosenberg siempre estuvo seguro del valor de Rendón, como lo evidencia el publicar en el Bulletin tanto sus cuadros como sus poesías. Es más, cuando contestó a un abonado mal asesorado, que se había perdido de comprar obras de Gris, Léger, de Chirico y Metzinger, le indicó Rosemberg no cometer el mismo error con Herbin, Ozenfant, Valmier, Viollier y Rendón.
Como también era poeta y escritor en ratos de ocio y en lengua francesa, reveladores de una religiosidad interior, sus traductores han conservado la esencia aunque quizá no la belleza de la expresión “Composición No. 4” con cilindro central. // Bajo tu puño / es el duro pómulo del cráneo que sostienes / arcada clausurada / donde la imagen que sometes / es la cadencia de sacudidas conmovedoras…..// texto que acompaña al lienzo.
Esa fue su mejor época pues figuraba en la primera plana de la pintura mundial. Sus obras son de excelente factura: Retrato de Paulette, Los llorones, El Jinete, la Negra joven, El guerrero Inca, hombre en un paisaje, cabeza de mujer, cabeza de negro, “en las que hay resonancias de su reciente estadía en América.”
En 1929 la crisis golpeó terriblemente a los Estados Unidos y Europa. Rosenberg pudo sostenerse algún tiempo. Rendón siguió trabajando para él y exponiendo en los Salones de los Superindependientes con su permiso pues Rosenberg generalmente prohibía a sus artistas participar en Salones. En el de 1931 figuró con gran éxito, siendo considerado el único pintor destacado, su arte no se podía comparar con ninguna tendencia conocida, con ninguna escuela, era propio y especial. En el periódico “Dinstag” el crítico holandés Van Beuningen escribió: Se lo cita – a Rendón – junto a sus contemporéneos: Braque, Léger y Picasso, aunque no encuentro ningún punto de compración. No se puede encerrar a Rendón en ninguna escuela, porque su obra no recueda ninguna tendencia conocida.
Su contrato terminaría en 1932 junto al de los diecinueve pintores de Rosemberg, pero no por ello se conmovió pues era constante su desprecio a las riquezas y comodidades del mundo. “Siempre había gustado del placer de la sobriedad y la pobreza no me asustaba”, diría años después en su retiro de San Pablo, a la par que jamás usó joyas, viajó en primera clase, ni tuvo automóvil propio.
Ese año casó con Paulette Everard Kieffer (1902- 1983). El tenía treinta y ocho años y ella treinta. Manuel la conoció de modelo en una Academia de Arte dos años antes. Hermosa, morena, alta, delgada, erguida, escritora, divorciada, sencilla, descomplicada, austera, de pensamiento libre sin ser libertina y escritora.
Paulette provenía de una familia de estracción campesina de la región de las Ardenas en el norte de Francia, hija de una actriz, su carácter fuerte salvó a Manuel que abandonó la bohemia absurda de cafes y cabarets en Montparnasse y que posiblemente le hubiera ocasionado daño a su salud y le forzó constantemente a huir de la civilización buscando sitios despoblados. Era culta, de sensibilidad exquisita y de una generosidad y desprendimiento increíbles. Manuel tímido y casi huraño se acopló a los gustos de Paulette y f ueron dos espíritus afines unidos por el amor al arte y a la humanidad. Juntos emprenderían la aventura de viajar sin rumbo a través de los riachuelos que corren por la campiña francesa y el litoral atlántico alrededor de Ile-d´Aix, cerca del Poitou – Charentes, departamento de Charente Maritime, distrito de Rochefort. La vida libre y de campo en la Turenne, pintando, escribiendo, leyendo buenos libros, viviendo en una vieja casona del siglo XIII frente al rio Cher, coronada de una torrecilla por la cual una escalera circular llevaba a una sala muy grande adornada de una enorme chimenea de piedra y gruesas vigas de encina, dependencia que fuera de un viejo monasterio desaparecido, a la que Manuel dedicó un poema y navegando por sus afluentes a bordo de un pequeñito velero llamado San Bonaventura, en entera y total libertad durante dos años, les dió ánimos para sobrellevar los negros nubarrones de odio que se cernían sobre Europa, de manera que ella le salvó en todo sentido, abriéndole hacia amplios horizontes. I nuevas amistades le aumentaron su autoestima. La condesa de Grandseignes, tenía una casa de veraneo en la isla de Aix gustaba adquirir cuadros de Rendón pues era una coleccionista de fina sensibilidad. En su casa recibía a Manuel y Paulette, así como a Antoine de Saint Exupery y a su esposa la salvadoreña Consuelo Sunchin entre otras personas amigas.
De estos tiempos en la Turena fueron sus contactos en la técnica del Suprematismo de Malévich, geometrizando aún más por el rigor de la escuela vienesa de Bauhaus, sin perder los aportes no convencionales de Klee o Duchamp. La vida natural les llena y entusiasma. En el invierno la casona desaparecía entre la niebla y era preciso romper el hielo del río con un martillo para recoger agua.
En cierta ocasión me refirió Paulette en su departamento de Las Peñas que desde 1914, al inicio de la Gran Guerra, su padre la mantuvo la mayor parte del tiempo escondida en un sótano oscuro de la granja familiar para evitar que los soldados de ambos lados Ia violen pues ya estaba desarrollada a pesar de sus escasos doce años. Desde ese escondite incómodo y hasta tenebroso escuchaba el paso de las tropas francesas y alemanas y se aterrorizaba cuando las marchas eran nocturnas. Solamente al final de la contienda y pasado el peligro fué liberada de su encierro, viajó a París y encontró trabajo en Montparnase como modelo de una Academia de Arte. Vivía con amigas, era una trigueña escultural. Casó con el poeta francés Philippe Chabaneix que tenía una librería en la plaza de la iglesia de San Germán des Pres llamada “El Diván” que se transformó en sitio de reunión de pintores y poetas jóvenes, después abrió una Librería y Galería en la rue de Beaux Arts frecuentada por los escritores Francis Carco, Max Jacob, P. J. Toulet que formaron el grupo conocido como la “Poesía Caprichosa” y nació su hija Helena, criada en casa de sus abuelos paternos en La Rochele, que fallecería de tuberculosis a los catorce años. El carácter fuerte de ambos terminó con el matrimonio. En 1932 – ya divorciada – conoció a Manuel a través del mejor amigo de él, el grabador, ilustrador, escritor y fotógrafo Louis Caullaud, quien fue el que los presentó, convirtiéndose en su modelo preferida, en su asesora, en la compañera de fino gusto y amplia sensibilidad. Severa como crítica pues conocía de arte, nunca ambiciosa, de carácter primario y abierta con todos. Se casaron y fueron muy felices aunque sin hijos. En sus últimos años se le complicó una antigua asma bronquial, huía de las alfombras y cortinas, de los animales de pelaje largo. Se asfixiaba por las noches y buscando climas secos se instaló con Manuel en las costas semidesérticas de San Pablo frente al mar, luego de muchos años siguieron al caserío marítimo de pescadores de Albufeira y finalmente a Vila Vicosa en los Algarbes portugueses, también de clima seco pero algo alejada del mar. Su última estancia fue en Berja, pueblito español cercano también al mar, donde falleció Manuel.
A fines del 36, ante el temor de que la Guerra Civil española genere otra mayor en Europa y sabiendo que Alemania se estaba armando para tomar desquite del Tratado de Versalles, Manuel decidió regresar a Guayaquil bajo el pretexto de acompañar a su padre que continuaba mejorando de su hemiplegia.
Llegó a principios del 37 con su esposa Paulette habitó el segundo piso de la casona paterna, de cemento, frente al parque Seminario, pero de inmediato comenzaron nuevamente las confrontaciones familiares. Fueron años incómodos por los contínuos roces con su padre.
Después de varios meses en el puerto donde conocieron a Miguel Angel de Icaza Gómez que se transformó en el mejor amigo de ambos para toda la vida y tras exponer colectivamente ese año con sus obras naturalistas en la Sociedad Alere Flamma, en un patio interior en casa de la familia cabezas que antes había sido de los del Pozo frente al Palacio de la Zona Militar, y cuando se dividió Alere Flamma a consecuencia de la divergencia de criterios entre sus miembros sobre la Guerra Civil Española, pasó a formar parte de la Sociedad de Artistas y Escritores Independientes que apoyaban a la España leal y republicana y presentó sus óleos en el local abandonado del antiguo Correo situado en P. Ycaza y Pedro Carbo.
Ese año se tomaron los Rendón una fotografía familiar con motivo de cumplirse los cuarenta y seis años de matrimonio de sus padres en las que aparecen los homenajeados con sus hijos Manuel y María Teresa, sus hijos políticos Paulette Everard Kieffer y Eduardo Seminario (Albertini-de la Banda) y de la Cerda, sus nietos Eduardo y Mercedes Seminario de la Cerda y Rendón, y Maria Albertini de la Banda y de la Cerda vda. de Seminario que por entonces vivía con ellos. Fue una reunión íntima pero inolvidable, pues al poco tiempo su hija Maria Teresa Rendón, su esposo, suegra e hijos viajaron a Francia y no se vieron más. Ese año recibieron un telegrama con la infausta noticia de la muerte por tubeculosis de la joven Helena. Manuel le mintió a su padre, diciéndole que era la abuela de Paulette pero como ésta se afectó muchísimo, agravado el asunto porque los viajes habían puesto distancia entre ambas, gritaba desesperadamente, ante lo cual el Dr. Rendón, que vivía en el primer piso, se preguntaba alarmado ¿Porqué tanto escándalo por la abuela, si es natural que los viejos mueran? Pues ignoraba la verdad del suceso, ya que a él jamás se habían atrevido a contarle que Paulette era divorciada lo que constituía un crímen social en la época y para colmos tenía una hija, a la que había abandonado en Francia y estaba siendo criada por sus abuelos paternos en La Rochele, pues sus austeras estructuras mentales impedido de aceptar la unión de su hijo con Paulette. I quizá, para mitigar el golpe moral, Paulette y Manuel viajaron el 19 de Enero de 1938 a las Islas Galápagos, a bordo del vapor San Cristóbal, más bien como un alejamiento – una evasión – del medio urbano que se había vuelto asfixiante, para adentrarse en la naturaleza misteriosa por brumosa, pura, libren y vírgen, de esas desconocidas soledades, situadas en mitad de un mar desconectado de todo y arribaron a la isla San Cristóbal el 25 de Enero.
Ir al archipiélgo era una verdadera aventura, no había hoteles ni restaurantes, ni siquiera colonos. El único pintor que las había visitado era el catalán José María Roura Oxandaberro, pero todo lo soportaron con alegría pues estaban acostumbrados a las incomodidades. El paisaje los conmovió, el mar verde y claro tiene la transparencia de un acuario, pero la playa de arena blanca está rodeada de bloques de lava basáltica negra como el carbón, agujereada, rugosa, brillante, filuda, cortante y peligrosa. Todo en la más absoluta soledad pues por esos días el archipiélago estaba poquísimamente poblado. Y para colmos lo rodeaba un hálito de maligno misterio, pues acababan de perecer en él la llamada baronesa Eloísa Wagner de Bousquet, el doctor Ritter y otros migrantes europeos.
Instalados en la isla Floreana, que por su pequeña extensión les permitiría recorrerla toda, en una tienda de campaña y con lo mínimo necesario para subsistir, teniendo de vecinos a tres familias, unicos habitantes de la isla, los Zavala ecuatorianos, los Wittmer alemanes y los Conway norteamericanos. Manuel realizaba docenas de dibujos a lápiz, pastel y crayón, mientras Paulette tomaba fotografías y escribía un Diario de Viaje que aparecería en francés en Faro, Portugal, 1965 y traducido al español por Miguel Angel de Icaza Gómez bajo el título de “Galápagos. Las últimas Islas Encantadas” en Guayaquil, obra de carácter naturalista e intimista, aunque con hermosas descripciones de los paisajes y las gentes.
En Galápagos vivieron felices hasta el 20 de Julio que arribaron al medio día a Guayaquil tras casi siete meses de ausencia, a residir en la casa familiar de la calle Clemente Ballén frente al parque Seminario y volvieron a sucederse varios impases por las diferencias de costumbres con sus progenitores. Manuel estaba pintando a una niña de seis años, apodada la cholita Panchita, hija de la cocinera de sus padres, a quien había sentado sobre una mesa, cuando don Víctor Manuel subió al segundo piso y le encontró en mitad de esta faena, disgustándose muchísimo porque su hijo “perdiera el tiempo” en asunto tan baladí, tan carente de grandiosidad, lo cual sirvió para otra discusión entre ellos pues le quería pintor de retratos de personajes de la alta sociedad. De este incidente ha quedado un estupendo óleo “La cholita Panchita” con reminiscencias cubistas y rasgos precolombinos.
A finales de Octubre expusieron Manuel y Paulette 42 dibujos al crayón y 56 fotografías bajo el título de “Paisajes de las Galápagos” en el antiguo edificio del Correo en P. Ycaza y Pichincha. La crítica Leonor Rosales Pareja escribió en El Universo: “Lo novedoso de esta exposición es que las obras tienen la frescura de una primera visión, originales, irremplazables y ejecutadas con un análisis amplio de estudio.” Esta Exposición le valió a ambos el reconocimiento de la ciudad de Guayaquil donde solamente se habían visto obras aisladas del pintor.
Don Víctor Manuel se sintió muy emocionado por este triunfo del hijo pródigo que regresaba exitosamente aunque pronto recomenzaron los roces por la diversidad de costumbres. Manuel y Paulette eran vegetarianos, cocinaban en una pequeña hornilla, servíanse los alimentos en vulgares platos de hierro enlozado y tenían un gato al que también hicieron vegetariano (pobre gato) mientras en los bajos sus padres usaban a diario manteles bordados, vajilla fina de porcelana de Limoges, cubiertos de plata de 925 gramos y con monograma, copas de finísimo cristal tallado San Luis.
De esta época son algunas obras pictóricas de gran originalidad pues volvió a la figuración, que son manifestaciones de lo mejor de la plástica europea junto con el frescor del equinoccio tales como “El Mayordomo” óleo de 1940, donde las fuerzas telúricas sirven de fondo a la recia figura de los personajes retratados.
Tras el fallecimiento de su padre el 9 de Octubre de ese año 40 se deshizo el hogar. Su hija Teresa, su esposo y primo, sus dos hijos y suegra habían vuelto a Europa y pasaban las inclemencias y restricciones propias de la II Guerra Mundial en Niza. Sus dos hijas monjas estaban fuera del país desde finales de los años veinte, su hijo Miguel jamás vino al Ecuador y vivía casado y sin hijos en París, dedicado a las “letras” como decía su tarjeta de presentación, las dos monjas no se molestaron en visitar a los suyos en Guayaquil, de manera que viuda María Seminario optó por abandonar el departamento y se asiló en el pensionado para ojos del Hospital General de Guayaquil, por entonces en plena construcción, que funcionaba en la planta baja con el nombre del donante José Pantaleón de Ycaza Paredes y pronto se hizo querer por las monjas de la Caridad, pues era sumamente bondadosa y una de sus hijas pertenecía a esa Congregación. Las haciendas fueron vendidas a bajo precio al primo Manuel Rendón Henry, conforme lo había dispuesto don Víctor Manuel antes de su muerte pues ninguno de sus descendientes se interesaban en ellas. Estas haciendas habían sido administradas los últimos años, posiblemente desde la enfermedad de su propietario, por el primo Bernardo Izquieta Pérez, que no era propiamente un agricultor de oficio ni tenía conocimientos en la materia, pero era un sujeto simpaticó, honestisimo y querendón.
Manuel y Paulette nunca habían sido realmente una compañía para ella y llevados por su espíritu trashumante se ausentaron a Cuenca donde vivieron los primeros tiempos de 1941 en una simple carpa como si fueran gitanos. Su pariente más cercana María Luisa Seminario Aninat de Crespo no podía creerlo y aunque poseía una villita con frente al rio, no se le ocurrió darles posada.
Manuel empezó a pintar y a componer versos hasta que pensando en su padre fallecido, quizá como expiación por pecadillos cometidos (llevarle la contraria en todo) le dió por pagar esas deudas realizando una extensa investigación de los orígenes del linaje paterno en los archivos parroquiales y en las escribanías de Cuenca y Loja, localizando al Capitán Gil Vela Rendón de Aragón, el más antiguo sujeto conocido del linaje, oriundo de Chiclana de la Frontera en el siglo XVII.
En 1941 expuso por primera ocasión en Quito varios cuadros abstractos pero la crítica no se preocupó mayormente de él, creyéndole un pintor afrancesado como otros que había en el país.
De nuevo en la capital azuaya compró una casa semidestruida sobre una pequeña loma en la parroquia Chaullabamba (Ricaurte) utilizando la estructura de un galpón, a la que llamarán La Quinta Yupana, que Paulette sin más ayuda que sus manos levantó hasta transformarla en una villita y tuvieron una vaca, una cabra y un perro aunque después fueron dos y llamaron Clavel y Perico. El río Machágara le subministraba el agua para beber y otros menesteres. Por las mañanas realizaban los oficios cotidianos, Manuel pintaba, Paulette escribía. Las tardes siempre son tristes en los Andes y preferían no salir. Paulette se mimetizó usando polleras – anacos de bayeta – telas dura por cruda que la protegía del viento.
En el país se vivía un marcado indigenismo, que en pintura era expresionista y hasta deformante de la figura. Manuel asimiló estas técnicas pero al poco tiempo se deslindó por completo de dichos atavismos, empezó a pintar segmentos superpuestos de coloraciones claras en las acuarelas y y pálidos en los óleos y volvió a lo figurativo, que como fue una motivación reiterativa en Rendón.
En el austro había surgido su nueva pintura, concentrada en el análisis esquemático de la figura humana y de las posibilidades en la superposición de los colores. Con ello el arte en el Ecuador dio un giro a una modernidad antes no conocida, que le deslindaba de los avances de la pintura expresionista de temas sociales que se conocía como Indigenismo.
En cambio volvió al uso de las acuarelas en las que alcanzó un tecnicismo y perfección únicos. “Delicadas, exquisitas, trasparentes, la sutilidad sensitiva del trazo llegan a lo increíble.” Por entonces Paulette ya era ampliamente conocida en lcas lles de Cuenca como la francesa que vestía como india de manera que Marie Louise Ingold de Jaramillo al verla en la calle se le acerc´´o a conversar y quedaron de amigas para siempre.
En 1944, agobiado por la barbarie que vivía Europa compuso su célebre poema en francés sobre la destrucción de la Abadía de Montecasino bombardeada por los aliados para hacerla desocupar de los alemanes atrincherados en su interior, leía mucha filosofía y su espíritu se encontraba estremecido por la lectura de los crímenes de lesa humanidad que se cometían en el mundo. Ycaza Gómez al comentar estos versos expresó que eran una ardiente profesión de fe latina y mediterránea. Fragmento: /// No busquéis más, / sombras latinas, / el camino de vuestro pasado / sobre las viejas colinas, / de donde las armas lo han borrado…/
Ese Año 44 falleció su madre cuidada por una enfermera particular y en el pabellón de ojos del Hospital General de Guayaquil.
Nunca aceptó sedantes pues desde que se enteró de su enfermedad le dedicó sus dolores a Jesús, como expiación de sus pecados y los dolores fueron muchos y largos pero ella jamás se quejó Manuel y Paulette la acompañaron en los últimos momentos.
Ese año pintó “Madre India” simplificando su línea con sostenido trazo cursivo. Hernán Rodríguez Castelo ha calificado a esta etapa de su pintura como criollista aunque su riollismo data, como ya hemos visto, de 1922 en adelante. De ésta década son sus óleos “muchacha soñando”, “Descendimiento”, “El relato”, “El pájaro vencedor”. En el I Salón Nacional de Bellas Artes realizado por la Casa de la Cultura Ecuatoriana en Quito en 1945, expuso su óleo “Mayordomo” y alcanzó una de las cuatro recomendaciones del público con una tabla titulada “Cabeza de mujer” que enriqueció el incipiente Museo Nacional en Quito. José Enrique Guerrero destacó el alto valor plástico de los cuadros, su pura arquitectura de formas, rico y sugerente colorido pero el Jurado no se atrevió a premiarlo.
En la revista “Letras del Ecuador” que publicaba la Casa de la Cultura Ecuatoriana en Quito, apareció por entregas entre el 45 y el 47 la traducción al castellano de Miguel A. de Ycaza Gómez de “Galápagos, las últimas islas encantadas” que escribiera Paulette en francés durante su visita al archipiélago, así como numerosas fotografías tomadas por ella, incluyendo su autoretrato de 1936 donde se la ve joven, muy francesa por cierto.
El 48 volvió a Guayaquil y presentó una muestra abstracto -figurativa en la Casa de la Cultura con cuadros postcubistas realizados en Cuenca, llenos de meandros mágicos y transparencias poéticas y al Núcleo del Guayas obsequió su obra “Bailarinas descansando”. Tamnién se retrató plantado en medio de dos paisajes, el europeo y el americano.
Entonces adquirió varios terrenos en la zona aledaña al balneario marítimo de San Pablo cerca de Santa Elena y Salinas pues pensó radicar definitivamente en esas soledades; mas, fue el caso, que reanudó su correspondencia con Rosenberg en París y llamado por éste viajó nuevamente a Europa. Se ha dicho que tal era su ahorro que los viajes hacían en barco llevando varios quintales de arroz, cacao, café, granos y otros productos agrícolas. Genialidades que nadie comprendía.
En 1949 entontró un ambiente artístico distinto, ya París no era el centro cultural del mundo, ahora trasladado a la babilónica New York; sin embargo su producción realizada en la soledad del Austro pudo empatarse con las propuestas de artistas pensadores como Auguste Herbin y Michel Seuphor dentro de la abstracción geométrica y expuso en la Galerie D´Art du Fauburg en el 47 de la rue Fauburg St. Honoré tras doce años de ausencia de Europa y en la Galería Ariel de la rue de Messine en 1950.
Ese año el crítico Goldschmied escribió: La pintura de Rendón no es abstracta en el sentido de un desprendimiento absoluto de formas y colores de la realidad. Ha sabido crear en sus lienzos un mundo suyo, propio, cuya concepción está libre de toda influencia, y del que se desprende el ritmo espiritual de una personalidad fuertemente equilibrada e independiente, detrás de la cual se siente el espíritu de una generación que fue la última en poder aprovechar el soplo creador de la gran trormenta artística de antes de 1914, que precedió al actual crepúsculo de la pintura de caballete.
El periódico “Arts” dijo: La evolución del pintor ecuatoriano Manuel Rendón, que no habíamos visto en París en muchos años, parece ser una de las más lógicas que se haya visto en estos tiempos, aislado en los Andes, Rendón conservando siempre esa preocupación tan moderna de organizar su lienzo como se construye un muro, ha abandonado poco a poco la búsqueda del volumen para llegar a un estilo semejante a lacerías de líneas y de superficies coloreaqdas.
En Junio del 51 expuso en la Galería Ariel de la Avenida de Messine sus obras reciente. El crítico de arte Robert Vrinat publicó la primera monografía sobre su vida artística titulada “Rendón” indicando que la materialidad de los cuerpos ha cedido el lugar a la densidad uniforme de un mundo puramente espiritual, donde el espacio y el tiempo pierden todo carácter accidental y se encuentran unidos en un mundo eterno de creación. Lejos de todo sabor literario, la obra de Manuel Rendón se afirma por una certeza plástica absoluta. Es justamente este valor específicamente artístico que le permite expresar en toda plenitud su inspiración esencialmenre religiosa, en el sentido más extenso, que podría calificarse de mística y humanística.
Ese año ganó la I Bienal de Arte Hispanoamericano de Madrid, premio internacional que le volvió a situar en el primer lugar de la pintura mundial y compitió aunque sin éxito en el concurso de Murales abierto para la Basílica de Aranzazu donde presentó un boceto al óleo sobre lino de 189 x 110 cmtrs. Parte de una composición mayor, con la ceremonia de una procesión de seis frailes. Las tres figuras principales son casi inexpresivas, reflejando la la devoción y circunspección que corresponde al ritual. Un fraile aparece en un primer plano con la cabeza inclinada, ligeros toques de azul contrastan con la bicromía de la obra.
En Paris habían sido huéspedes de sus amigos los cónyuges Luís Enrique Jaramillo Montesinos y María Louisa Ingold. Su mundo, suyo y propio, fue admirado y le reconoció la crítica el soplo creador de la gran tormenta artística de antes de 1914 que precedió al actual crepúsculo de la pintura de caballete. “Aislado en los Andes, conservando siempre esa preocupación tan moderna de organizar su lienzo como se construye un muro, ha abandonado la búsqueda del volumen para llegar a un estilo semejante a lacerías de líneas y de superficies coloreadas”, pero la muerte de Rosenberg y los cambios sufridos por la guerra le desilusionaron sobremanera. Pensó y sintió que París, la gran ciudad, ya no era igual. Ni podía serlo tampoco tras la debacle de la conflagración mundial.
Creemos que fue un gran error no persistir en la capital francesa donde había sido tan bien acogido y donde – a finales de cuenta – se gestaba buena parte del arte occidental, aunque desde entonces comenzó a exponer incansablemente por el mundo, utilizando los servicios de la aviación se trasladaba con Paulette a ciudades tan distantes como Sao Paulo (Muestra de Arte Religioso latinoamericano) y Madrid, con el éxito de siempre, pero sus costumbres no cambiaron por ello, siguió siendo un hombre seco, serio y austero. El Museo de Arte Moderno de París adquirió uno de sus cuadros, al tiempo que vendía en Guayaquil a precios módicos explicando a los compradores que no perseguía ganar dinero sino la paz interior y que era totalmente feliz ¡Tal la filosofía de su vida!
En 1952 su nombre apareció en la serie “Peinares et sculteurs contemporains” de la Editorial Gizard de Paris. Poco después regresaron a Guayaquil a causa de la afección bronquial de Paulette y con la ayuda de los “cholitos” amigos y vecinos suyos, construyó en las cercanías de dicho villorio marítimo una pequeña choza de caña y techo de hojas de bijao trenzadas por esas manos amigas, invirtiendo el dinero que recibió por la venta de su casa en Cuenca.
En 1953 expuso en el Club Salic. de Guayaquil, después lo hizo en Quito, el 54 en la Bienal de La Habana, sin embargo parecería que su hora como el gran pintor mundial – de la Ecole de París – había pasado, a causa de esta nueva huida de Francia. Ese año también expuso en la Casa de la Cultura Ecuatoriana y en el Club Femenino de Cultura en Quito diez grandes lienzos en su nueva modalidad abstracta, que representa otro momento culminante de su obra pues lo figurativo se simplifica y convierte en esquema y signo para servir a la expresión de realidades no tangibles de orden espiritual metafísico, según opinión de Miguel Angel de Ycaza Gómez.
Vivía en la cercanía de San Pablo, sacando agua del pozo, sin luz eléctrica, en una cabaña de una sola pieza, cubierta de hojas entrelazadas con dos ventanas que miran al mar.
Pintaba sobre grandes hojas de cartulina blanca fijadas con tachuelas a una plancha de madera aglomerada de plywood, utilizando crayones de cera, tizas de colores, lápices de colores, carboncillos. Estos cuadros no tenían nombre, era, simplemente composiciones como Manuel los llamaba, pero ninguna era igual aunque podían ser parecidas, pues constituían disgregaciones de su vida interior. Se conoce pocos óleos de esta etapa.
En 1955 el crítico de arte José Gómez Sicre le invitó a la Galería Panamericana de la OEA en Washington y escribió una hermosa descripción de su arte, valorando sus exigencias, siendo el primer pintor ecuatoriano en expone en la OEA..
En 1957 una de sus obras exhibidas en la Galería de Berri en Paris figuró en el Diccionaire d´Art Abstracte editado en esa capital por Michael Seuhpor. Otras vez en París expuso en los Salones de la Realités Nouvelles y dos veces en la Galería Berri. El crítico Michael Seuphor escribió en “Art Aujourd´hui” No solamente cantan sus colores. En Rendón los colores son fuerzas que se neutralizan unas a otra. El hace acordes en cada espacio, oponiéndolos y sobreimponiendolos y luego jugando con las delicadas relaciones de transparencias, pero nunca alternandolos.
El 58 expuso en la Galería Roland de Aenlle de New York y en la Gres de Washington D. C. La nueva obra es más vigorosa y activa, los planos de colores se han vuelto pequeños puntos y cuadrados que juegan en una composición rítmica y más cercana a Mondrián, pero con nada de su frio intelectualismo.
El color de Rendón sigue cálidamente sensual y las rígidas geometrías son cuidadosamente rotas y variadas, es un estudio de colores que se mueven y progresan en una composición vibrante, stacato, con una luminosidad fantástica.
El 59 estuvo nuevamente en el balneario de San Pablo, en Julio participó en el Salón Fundación de Guayaquil y realizó cuatro dibujos para graficar el poemario “Nivel de sueño” editado el 60, de la autoría de su amigo el filólogo español Ezequiel González Mas quien escribió en El Comercio, de Quito: En él, en su obra, más que en nadie, es posible ejemplarizar la teoría de Bernard Berenson acerca del momento estético, ese instante fugaz y tan breve hasta ser casi sin tiempo, cuando el espectador es un todo con la obra de arte que está contemplando, o con la realidad de cualquier género que el espectador mismo ve en términos de arte, como son la forma y el color.
Ese año partió a Paris pero por la enfermedad de Paulette estuvieron solamente una corta temporada en casa de los Jaramillo, sus amigos cuencanos; siguieron a Portugal y se establecieron en Albufeira, región seca de la costa semidesértica del sur de los Algarves, pueblo casi morisco donde tuvo taller frente a las blancas casas de los pescadores, pero casi enseguida se alejaron del mar para morar la pequeña y señorial Vila Vicosa en el Alentejo portugues, dibujando a tinta y a lápiz figuras donde el color no existe. Y una serie de dibujos y pocos óleos figurativos con personajes alargados muy parecidos a las esculturas de Alberto Giacometti.
I más como distracción realizó otra pesquisa genealógica en la vecina población española de Chiclana de la Frontera hasta hallar los orígenes familiares en el caballero Gil Vela Rendón de Aragón ascendiente más antiguo conocido en esa ciudad. Su pariente por Treviño, el genealogista Pedro Robles y Chambers, calificó el trabajo de magnífico. Los originales en tres tomitos empastados en percalina se guardaban en el archivo del Instituto Genealógico de Guayaquil en espera que una mano amiga los publicara algún día, hasta que el 2004 el archivo fue vendido a la Municipalidad y se encuentran en la sala de Genealogías.
La vida en Vila Vicosa era simple, los domingo asistían a misa, tenían amigos y conocidos, pocos eso sí, pues nunca fueron personalidades sociales debido a la permanente introspección de Manuel. El 61 expuso en la Galería Urbis de Madrid, el 62 en la Diario de Noticias de Lisboa sus térmperas y dibujos en tinta. Entre el 63 y el 64 comenzó una nueva serie de lienzos en los cuales la delicadeza de su línea reaparece en estructuras curvas y fluídas, algunas sugieren formas femeninas. Empezó en una técnica puntillista pero sin ninguno de los rigores mecánicos de Seurat.
En 1964 publicó su libro de poemas en francés titulado “Spirales” con 59 trabajos y una dedicatoria a Paulette, que traducida al castellano dice.
Fragmento.- // Oh mujer que lloras la nostalgia / del punto del cual el número surgió, / ¡Cómo para ti resucitar / la unidad en lo múltiple, / I revelar en la cadencia / del corazón, una inmutable esencia¡ // Paulette también escribía pero sus obras se manteníen inéditas.
El 65 volvió a Madrid y expuso en la Sala Santa Catalina del Ateneo, especialmente su obra portuguesa que él llamó simplemente Composiciones. El 67 expuso en la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas. Y en el VIII Salón de Julio Fundación de Guayaquil y alquiló un departamento en la villa de la familia Henríques, calle Numa Pompilio Llona No. 127, barrio de las Peñas, frente al río, que habitaban cuando venían a Guayaquil pues trasladó su residencia a San Pablo donde pasó varios años sin exponer, mientras Paulette recogía pequeñas muestras arqueológicas que donaría al Museo de Cuenca.
Nunca se preocuparon de adquirir muebles de suerte que el departamento de Guayaquil permanecía casi siempre cerrado y como abandonado. Una cama, un ropero, dos veladores, una mesa, una cocina y cuatro sillas de palo, una cocineta, varios trastos de uso corriente, nada más. Por las tardes Manuel y Paulelle se sentaban a contemplar desde una ventana el lento paso de los jacintos color lila, llamados del río, que llegaban enredados en las malezas de la correntada, y hasta le pidieron a su amigo Rafael Díaz Icaza que escriba una crónica sobre ellos.
Sentía cada vez más la vena religiosa de su madre, leía, meditaba, pintaba obras abstractas buscando alcanzar las tres dimensiones y quiza hasta la profundidad de Dios, parecían vitrales de antiguas catedrales iluminados por el color. Paulette era más práctica pues realizaba las tareas de la casa, conversaba con el vecindario, amaba a los niños, era lo que se dice, una activista local. La Revista “Semana” del Núcleo del Guayas de la CCE editó cinco poemas de su autoría. Pájaros de Nácar.- // Si nadie se atreve a recoger las aguas / ociosidades de los placeres contenidos, / ¿Porqué estos múltiples simulacros / de las islas desnudas? / Donde los pájaros con vellos de nácara / bajan para prestarse a las fiestas ingenuas / de mulatos cuyas manos rosadas consagran / estas cosas minuciosas de las nubes. / En el altar de los minutos sin tiempo / hacen las ociosidades el Silencio atronador / el sacrificio de las aves blancas / Que, como espíritus del ala saqueada / se agazapan encerrados / en las palmas claras de islas devotas. //
De esta época – los años sesenta – quedan hermosas telas con manchas de colores obscuros sabiamente distribuidas, a veces eran cruces disimuladas – siempre la religión presente – aunque no concientemente pues nunca fue practicante.
Eso si, creía profundamente en Dios y experimentó una multiplicidad de resoluciones abstractas en entramados compactos. Colores dispuestos en rejillas como trabajados al desgaire, malabarismos lúdicos y lúcidos, En otras ocasiones líneas suaves y ondulantes llenas de afinamientos y cadencias y el puntillismo de colores siempre.
En 1968 se inauguró la Sala Manuel Rendón en el edificio de la Casa de la Cultura Núcleo del Guayas. Manuel se emocionó, recordó a sus viejos amigos de los tiempos de Alere Flamma y de la Asociación de Artistas y Escritores Independientes, aceptando que en 1937 ni la ciudad ni el país estaban preparados para reconocer el arte que recién comenzó a ser comercializado tras la inauguración del I Salón de Pintura Fundación de Guyaquil en Julio de 1956 durante la alcaldía de Luís Robles Plaza.
Instalados la mayor parte del tiempo en la choza de caña en el sitio Cangrejo Viejo al lado del estero de San Pablo y a solo dos kilómetros de ese cacerío, rodeada de una cerca viva de espinos y convertidos en los patriarcas de la región, eran visitados con frecuencia por amigos de Guayaquil y por los cholitos de los contornos que iban a pedir ayuda o consejos. Una vez a la semana se trasladaban en un taxi conocido al mercado de la Libertad para aprovisionarse de ciertos víveres, frutas, verduras, hortalizas, pues eran casi vegetarianos.
De esta época son numerosísimas obras en cartulina o papel. Decía que primero eran sus obras un caos de elementos coloreados, después aparecían líneas y se formaban ciertos campos. Las zonas de color empezaban a originarse y el orden se establecía poco a poco en una composición de curvas, entre verticales, horizontales y diagonales, por entre las cuales emergía. Su actuación, como creador, consistía únicamente en ver nacer y en organizar las posibilidades que se ofrecían ellas mismas…
Durante esos días me confesó que cuando comenzaba a pintar pensaba mucho y hasta vacilaba. En ocasiones demoraba en sus creaciones porque eran obras de amor. Lo más difícil, solía explicar, era concebir, crear, plasmar una emoción o un sentimiento utilizando volúmenes, luces, colores. En ello radicaba el misterio de sus creaciones, por eso eran obras más divinas que humanas, pues él “sabía” que su participación era solo como instrumento de Dios, no como creador individualista. También le dió por la ecología con un hálito de romanticismo que añoraba la forma de vida natural de la humanidad primitiva y tratando de imitarla, renunció casi totalmente a los objetos, por eso jamás acumulaba nada, de todo se deshacía o lo obsequiaba.
Sus telas comenzaron a cambiar en los años setenta y llegó a molestarle que le consideraran y asociaran su trabajo con el puntillismo francés de fines del siglo XIX a lo Seraut, pues él solo acariciaba la superficie de sus obras dejando pequeñas manchas multiformes de colores matizados, que a cierta distancia lucían como puntos luminosos o de tonalidades mates según lo precisara. Con ello lograba un sentido armónico sutilmente texturado, tal como si lo ligara a través de la música o la poesía. Realizaba composiciones sin títulos y formas sobre pastel que repetía incesantemente tratando de encontrar los cientos de variantes posibles, todas muy bellas. En otras ocasiones, cuando trabajaba sobre cartulina, mezclaba el pastel y el crayón persiguiendo la naturalidad final.
Desde 1970 concibió el dibujo de los murales del edificio del Banco Central de Guayaquil – obra que nunca llegó a ver iniciada aunque el boceto final fue entregado por el Banco a la compañía “Murales Venecianos de México S.A.” para ser ejecutado en mosaicos bizantinos y colocados en los exteriores del edificio del Banco, calles 9 de Octubre, Pedro Carbo y Panamá – y pintó un gran lienzo para el comedor de la villa en Salinas de Luis Noboa Naranjo. Su obra habíase transformado en totales abstracciones pues apenas insinuaba una que otra forma humana trazada en espirales, en una atmósfera inasible de vitrales borrosos o figuras más bien geometroides y polícromas, cuidadosamente jaspeadas, que servían de fondos.
El mismo año setenta presentó una Muestra en el Museo Municipal, que yo dirigía por entonces, auspiciado por el Centro Cultural Albert Camus. El 71 expuso en la Galería Pachacamac. El 73 en la Alianza Francesa, el 74 en la Galería Altamira de Quito. En Octubre el Banco Central le organizó una retrospectiva de ciento once obras. El 77 nuevamente lo hizo en la Casa de la Cultura.
De éste tiempo es una anécdota que nos sucedió a ambos. Le regalé los siete tomitos de la primera edición de la Historia del teatro ecuatoriano escritos por Ricardo Descalzi que le encantaron y los leyó con fruición como me lo dijo a la siguiente semana que le volví a visitar, pero no viéndoles en el único ambiente de su choza en San Pablo, le pregunté donde los tenía, recibiendo como respuesta que los había lanzado al mar, porque no era amigo del mundo de los objetos. En otra ocasión – esta vez en las Peñas – me llamó de urgencia y le encontré discutiendo con Paulette – pues en la mañana habíamos examinado las joyas de doña María Seminario, guardadas muchos años, creo que desde antes de su fallecimiento en la década de los años cuarenta, en un casillero de seguridad en el Banco Sociedad General, y Paulette se entusiasmó con un valioso anillo de esmeralda rodeado de brillantes que le pareció muy bello y lo sacaron. Ya en la villa frente al río, se hostigó pronto de la joya y la colocó en el interior de una cajita de fósforos sobre el único mueble del lugar. Manuel pasó al poco tiempo y creyendo que la caja estaba vacía la arrojó al rio por la ventana. Mi llegada fue en el momento justo en que no sabían qué hacer, de manera que bajamos los tres al lodazal de los bajos y con linternas, pues ya era casi de noche, nos pusimos a buscar la cajita, que por supuesto, no hallamos. Mas, al día siguiente, volvieron a bajar en la madrugada y con las primeras luces a revisar el cieno y encontraron en la baja marea la punta de la cajita, que sobresalía lamida por el agua, la abrieron y salió a relucir el anillo. Gran alegría, la noticia me fue comunicada por teléfono. De más está indicar que corrieron a devolver la joya al casillero del banco y quizá, quien sabe, no la volvieron a ver más.
Nuestra relación había comenzado con el parentesco que nos unía por Pérez (Manuel era primo segundo de mi papá) se estrechó cuando me dieron la defensa de una gran parte de sus terrenos, justamente los que daban a la playa, que los propietarios de la Lotización Punta Blanca disputaban, amargandoles la vida varios años, pues aunque nunca los Rendón fueron avariciosos, habían pagado por ellos mucho tiempo atrás cuando la zona estaba deshabitada. Manuel había entregado el caso a Miguel Roca Osorio que durante tres años lo mantuvo encarpetado pues no inició la acción judicial como hubiera sido del caso.
Cuando Manuel me conversó el asunto, yo escribía en el suplemento dominical de El Universo, de manera que ya me había hecho conocer del público y llevado por el impulso juvenil de toda abogado recién graduado tomé el toro por los cuernos y propuse a los propietarios de Punta Blanca un acuerdo inmediato para librarnos de la pelea que primero no iba a ser judicial ni secreta, si no escandalosa y por la prensa, pues descubrí que los títulos de propiedad de ellos no eran tan extensos como sus catastros municipales en Santa Elena, de manera que si se realizaba una investigación, perderían casi el cincuenta por ciento de sus “propiedades” y lo que era peor, debían devolver el dinero a numerosos compradores de buena fe que habían adquirido en esas zonas “extras”, de manera que tras numerosas reuniones, algunas de ellas poco amistosas, llegamos a un acuerdo final por el que desistían de sus reclamos contra Manuel, desocupaban los terrenos que habían cercado tiempo atrás, sacaban los letreros del sector Cangrejo Viejo en Punta Blanca y dejaban de fastidiarles, lo que les había perturbado emocionalmente al punto de quitarles numerosas noches el sueño. Aún más, la persecusión psicológica intensa, se volvió tan notoria que una noche varios desconocidos merodearon la cabaña de San Pablo para provocarles temor, Manuel tuvo que realizar disparos al aire. En otras ocasiones eran llamadas telefónicas amenazantes a las Galerías donde Manuel estaba exponiendo y hasta los habían motejado con el nombre del sitio, esto es, Cangrejos viejos. El arreglo fue un triunfo que les permitió liberarse definitivamente de un problema que les agobiaba y para evitar futuras desavenencias decidieron parcelar la zona de la disputa, dividiéndola en cuatro partes, una que se reservaron para ellos y que luego vendieron a Sucre Pérez Baquerizo, otra obsequiaron a Marcia Babra de Lyon, otra a Jorge Luís Rojas Silva y la última me la reconocieron como honorarios por mis gestiones.
Demás está indicar que Manuel no peleaba por tierras ni por dinero si no por el imperio de la justicia pues en otros sitios cercanos a San Pablo habían obsequiado al Ministerio de Previsión Social cuando era su titular u gil Barragón Romero, un par de solares de grandes dimensiones para sede de hogares de menores y colonias vacacionales que hasta hoy se construyen.
En 1974 viajaron a Vila Vicosa trabajando témperas y aguadas en un departamento con un patio trasero y en completa soledad. El Cura y el boticario del pueblo les visitaban. En Noviembre de 1979 regresó a Madrid y expuso en la Galería Kandinsky unos óleos de grandes dimensiones con felices juegos y alegorías en formas de espirales violentas y curvas, que anunciaban una última y final revolución interior primando en ellos una coloración verde, que como se sabe es un color difícil. Era un mundo en distensión, en ebullición, con un colorido abrillantado por amarillos, rojos y verdes hermosísimos, anotando la crítica que sobre la pintura plana y casi bidimensional de los franceses, en Rendón se daba una profundidad, una representación del espacio y la atmósfera en singular vibraciones.
Se sentía tan cercano a Dios que ambicionaba el reencuentro a través de las pinturas, que de tanto movimiento se tornaron revolucionarias y terriblemente bellas.
Nuevamente en Vilavicosa, falleció inesperadamente y sin sufrimiento a causa de un ataque cardiaco el 2 de Noviembre de 1980, de casi ochenta y seis años de edad, cerca de la histórica villa de Ebora. Toda la noche fue velado por Paulette en total soledad. En sus últimos años había sufrido de la vista pero jamás se quejó por ello, pintando casi siempre de mañana y hasta que se lo permitía el sol. Su entierro fue pobre y solemne como a él le hubiera gustado, en el cementerio vecino a la iglesia de Nuestra Señora de la Concepción. Algunos vecinos, pocas mujeres, todas de negro, Paulette, y el sacerdote del pueblo. Su tumba está cubierta por una sencilla lápida de mármol rosa bajo matas de flores lilas y amarillas, con los versos finales del poema en francés que dió título a buena parte de su inspiración y que como todo lo cuyo estuvo dedicado a Paulette.-: Spirale // Fragmento.- // I de nuevo la espiral se abrió / y como una serpiente desenrrolla / sobre la aspereza del sendero / el ciclo ignorado de su cuerpo. / ¿Será, ella, una vez nacida / el más puro de los paréntesis / de la medida de un amor / y de este nudo que se despliega / sin esfuerzo en su deslizamiento / entre las huellas del camino? / ¿Qué secreta sabiduría / al ritmo fecundo de sus anillos, / fecundará el polvo?//
Su viuda vendió los cuadros al óleo y dos libretas con numerosas páginas conteniendo dibujos a tinta, a un coleccionista de Guayaquil, Sucre Pérez Baquerizo, quien viajó especialmente para ello; y se trasladó a Berja en el sur caliente de España pues consideró que dicho clima era bueno para su asma, y donde había adquirido el departamento No. 8 en el edificio Acapulco No. 2.
El 6 de octubre del 82 hizo testamento abierto ante el Notario del Distrito de Vélez – Málaga, declaró ser hija legítima de Paul Quentin Everad y Louise Kieffer, haber nacido en Charleville, Ardennes, Francia, el 20 de Junio de 1902, divorciada de Philippe Chabaneix y vuelta a casar con Manuel Rendón Seminario, sin descendencia. Falleció en 1984 y está enterrrada junto a su esposo Manuel bajo una lápida de mármol rosa del Alentejo que dice así: Manuel Rendón Seminario, Peintre equatorien 1894-1980 et Paulette E. Rendón 1902-1984.- La Spirale.- Quelle secrete connaissance au rythme fecond des anneaux ensemencera la poussiere.-
“Rendón ilustra la grandeza de la escuela de París” y constituye el mayor y el más alto exponente de la pintura ecuatoriana del siglo XX. Honesto, no comerciante ni majadero, jamás estafó a su clientela con cuadros trabajados al apuro o por ayudantes que nunca hubiera aceptado tener. En sus obras pueden encontrarse formas y volúmenes parecidos, tal su estilo, pero no un mismo tratamiento ni una textura igual. Todos llevan su impronta y son obras maestras de paciencia y creatividad.
En lo físico era de contextura más bien musculada, estatura menos que mediana, curtido por el sol. De porte y cara siempre fue muy parecido a sus primos hermanos los Seminario Puga. De hablar lento, bajito y mesurado aunque seguro. Fácil para alegrarse con las cosas. Nunca chismoso ni agorero. En varias ocasiones que me invitó a almorzar en San Pablo, el menú fue casi frugal. Una ensalada de lechuga y tomate al natural, una tortilla de huevo muy simple y casi cruda y una fruta. Al final un pedazo de queso criollo. Su vestido invariablemente el mismo: pantalón caki y camisa blanca manga corta. Nunca más de dos mudas porque según decía nadie necesita más que eso para vivir con decencia, sobre todo, en una desértica playa al pie del mar.
De inteligencia abstracta como se puede apreciar en su poesía, que es de síntesis filosófica. En su obra se abstraía al punto que en San Pablo pintaba de espaldas al mar para no distraerse. Desprendido y hasta descuidado con lo material. Filántropo con la juventud y niñez. Generoso al extremo, regalaba con sencillez lo suyo. A mí me entregó varios recuerdos de nuestra familia salvados del Incendio Grande de 1896 porque estaban en París. Con la clientela igual, nunca cobraba caro ni negaba sus cuadros a desconocidos. Los pintores de Guayaquil fueron en cierta ocasión a visitarle para que eleve sus precios pues estaba rompiendo el mercado de arte de la ciudad. Para el año 68 cobraba solamente siete mil sucres por sus grandes cartulinas con acuarelas.
Tuvo diferencias con su padre cuando escogió la carrera de pintor porque aspiraban convertirlo en diplomático, que después se limaron llegando a ser amigos. Un día se asombró en San Pablo al recibir la Orden Nacional al Mérito en el grado infimo – el menor de todos – de caballero, que le enviaba por disposición expresa de la presidencia el mezquino Canciller Carlos Tobar Zaldumbide y la aceptó con humildad – solamente porque a su padre le habría gustado que la tuviere – como me lo confesó una mañana en San Pablo; pero cuando la intelectualidad guayaquileña se enteró que le habían nombrado Caballero, siendo un artista de categoría mundial, criticó amargamente el gesto, por absurdo y casi despreciativo, pues así no se trata a un creador, casi un genio, pero no debe admirar a nadie que nuestra Cancilleria formada por sujetos andinos por mediocres, calienta puestos con las nalgas, no pueda, no quiera o no sepa, aquilatar el mérito.
Pintó muchos óleos, pasteles, acuarelas, crayones. Sus líneas eran trazadas con rápida seguridad, le agradaba detallar la textura, también pintó al carboncillo, eran estas sus obras menores y viéndolo bien y con detenimiento, también eran obras maestras. Sufrió por la humanidad doliente, detestó la guerra y la miseria, amó al pueblo y vivió con él, sin distingos, como uno más entre ellos. Siempre fué un hombre llano, un demócrata desprejuiciado. Tuvo amigos que lo quisieron y respetaron.
Sus pocas palabras eran acatadas porque más hablaba con gestos, asentimientos y miradas, ya que siempre prefería escuchar. Así le conocí frente al río en las Peñas, en una soleada mañana que compartimos en 1968. También en las ocasiones que le fui a visitar en San Pablo. Entonces jugueteaba con mis hijos como cualquier abuelito. Nunca fue un misántropo pero le agradaba la soledad para abstraerse y crear.
Calvo y grave pero no prosaicamente serio, observador más que curioso del mundo, rehusaba asumir posturas y estridencias que hubiera menoscabado su apreciación de lo humano. Por eso llegó a decir: Toda mi vida ha sido consagrada al arte en una soledad dedicada a los trabajos diarios de la pintura, de la casa, del campo, en medio de la naturaleza, soledad que para nuestros temperamentos de artistas no son iguales y cada uno tiene su verdad propia, que trata de expresar a su manera… En su obra siempre estará presente el silencio, una constante en la última etapa. Es un silencio que respondía a su paz interior, a su conciencia reflexiva, a su desinteresada contemplación de sí mismo y de la vida.
El silencio le remitía al espacio abierto y al no menos concreto del espíritu creador, que precisa una cosmovisión y una concepción del arte, que desecha sonidos exteriores para poner los de su alma como lo había afirmado Luigi Fontana, pintor italiano – argentino, quien publicó entre 1948 y el 49 en Milán, dos Manifiestos: El Blanco y el Espiral. En este último trata sobre la Espiral como la forma teórica de captar el espacio sideral, que inspiró a Manuel a escribir lo siguiente.
SIMBOLOS PARA LA MEDITACIÓN (De Spiral)
Creo que todo artista verdadero tiene que ser solitario, en sus adentros si no lo es aparentemente, y si siente profundamente esta vocación monacal.
Bien al contrario, en la soledad, el hombre tiende a destruir en sí lo individual, lo que le hace sencillamente diferente de los demás, para abarcar la unidad de la naturaleza humana, es decir, lo que une a todos los hombres en un solo ser, que es el Hombre Universal…
Quisiera que mis cuadros sean símbolos para la meditación y el conocimiento del hombre y del universo, una llamada al amor, a la ternura, a la fraternidad, a la paz, en fin a la búsqueda de la luz, manifestación de lo desconocido, destello luminoso que nos ha dado la vida, fuego que permanece ardiendo en el centro de nuestro planeta, como en el centro de nuestros seres se esconde la llama, clave real del conocimiento, porque el espíritu en la conquista sintética del universo, no alcanzará el Todo, sino bajo el aspecto de la desintegración.
Según la ley de armonía ¿No debería el cuadro tender hacia la unidad, punto central de toda manifestación humana o cósmica, en el cual desaparece la multiplicidad ilusoria? ¿Unidad en el colorido cuando la mezcla óptica de la superficie pintada debiera reconstruir la luz del rayo solar, descompuesta en los colores del prisma? I unidad entre las dos facetas del cuadro: la forma, aspecto exterior que atrae la contemplación y que es la más importante, porque el cuadro debe ser antes de todo un conjunto bien logrado de colores y líneas, y el mensaje, manifestación de la verdad del pintor, que compone la obra de arte completa. (Manuel Rendón Seminario)
Van dos de sus poemas escritos en francés y traducidos al español por Yanna Hadatty Mora.
SOMBRA CHINA
La bujía
junto a ti al desvertirse
por su magia
preludia, estrella que vacila
la imágen,
sobre la pared,
de tu silueta desnuda.
Como una nube,
se eleva y disminuye.
Esta fiesta,
donde libre, tu cuerpo se distrae,
te refleja,
ebrio secretamente en este extraño espejo,
no veo, a pesar de la sencilla cadencia
de tu gozo,
sino una inquietante danza
¡una lucha
llena de espanto contra una luz
que te persigue!
¡Cuan rápido
acogiendo mi plegaria
este vaho
se adelgaza y luego se borra
la que yo amaba
entre tanto en la blanca superficie!
LA DURMIENTE
En un lecho ardiente de arena,
mortaja al borde de este espacio
que un suspiro mide, revelándolo,
una durmiente sepulta su gracia
en el polvo de los granos de arena
de los que se cubre la superficie dorada.
La playa atrapa los reinos
de la indolente prisionera
del sueño, y fiesta para la vista
es su reposo sobre la feliz orilla
donde todo admira a la simulatriz
pendiente de su sueño. Ella duerme
estatua fingida con venas que hincha
la savia, y que no obstante imita la muerte.
En París gozó de fama como poeta entre 1927 y el 30 escribiendo en lengua francesa, de allí que en la Exposición retrospectiva de su pintura, celebrada en los salones del MAAC en Guayaquil en Julio del 2015, titulada “Ut pictura poesis” – frase tomada del Ars Poética de Horacio y que traducida al castellano dice “como las pintura es la poesía” – ” que reunió ciento cincuenta obras, numerosos poemas y dos grandes óleos de su abuela paterna Delfina Pérez Antepara de Rendón titulados: Vendedora de naranjas a las puertas del parque Monseau y retrato (de juventud) de Víctor Manuel Rendón Pérez,” se recalcó la importancia de esta faceta, tan poco conocida de su talento, de su genialidad.