QUEBRADA SECA : El árbol del ahorcado


SUCEDIÓ EN QUEBRADA SECA
EL ARBOL DEL AHORCADO

Juan Cajiao era hijo del boticario del poblado, pero mozo tan torpe y perezoso que difícilmente podría pensarse que llegaría a ser alguien en la vida. Sin embargo Juan se las traía consigo porque era ambicioso y sólo deseaba enriquecerse fácil y rápidamente. En Chimbo se le tenia por pendenciero y raro y muy poca gente lo estimaba, por eso su padre decidió enviarlo a una hacienda familiar que estaba situada en Quebrada Seca al filo de la frontera con el Perú bastante lejos de Loja y hasta allá fue con el fin de iniciar desmontes y sembríos de maíz. Juan aceptó contento pues veía riquezas, mas no se imaginó que solo le esperaban trabajos. Corría el año 41 y nada indicaba que el Perú nos invadiría. A duras penas unas cuantas divisiones del Norte, concentradas a la altura de Piura, Paita y Talara, hacían ejercicios de rutina, pero desde marzo comenzaron a agruparse y poco después se movilizaron con prisa y en Julio comenzó la invasión. Juan se vio tomado entre los fuegos y sólo atinó a regresar a Chimbo lo más pronto posible. 

Entretanto los peruanos se posesionaban de las haciendas de los contornos, que ni eran muchas ni muy ricas, quemando todo lo que no podían robar. Porque para ladrones, los soldados peruanos el 41. 

Ya en Chimbo se sintió más tranquilo y esperó que pasaran los meses para regresar a Quebrada Seca, que fue desocupa en virtud de los tratados internacionales celebrados al final de la campaña. El 42 estaba nuevamente nuestro héroe en la hacienda, queriendo comenzar de nuevo, pues de la casa sólo quedaba el armazón y unas cuantas tablas. 

Entonces conoció a María Luisa, la joven hija de don Filemón Ortega, vecino del sector, que se le quedó prendida al corazón como amor a primera vista. Juntos pasearon las tardes de sol tomados de las manos y planearon un futuro mejor en Chimbo, cuando de improviso la joven Luisa enfermó de fiebre tifoidea y murió en menos de cuatro días, dejando a su enamorado inconsolable. 

Desde entonces Juan cambió aún más de lo que puede una persona imaginar y díscolo y pendenciero pasó a un estado de religiosidad y arrobamiento que lo puso al borde de la locura. Por las tardes se le veía caminar solo y meditabundo, hablando entre dientes, mascullando por mejor decir. De noche salía a la solana de la casa a mirar la luna como embobado y así pasaron varios meses. 

Una tarde se encontró su cadáver colgado de un palo prieto. La gente dio en murmurar que la soledad, más que el pesar, lo había matado y el árbol, situado a la vera del camino que va a Zosoranga,  fue mudo testigo de su drama. Los vecinos temen pasar por allí en noches sin luna porque una sombra se ve por los contornos en actitud amenazante. Es el árbol, porque allí se ahorcó el chico afuereño de Chimbo, dicen los que aún recuerdan el incidente a pesar de los años transcurridos y eso que por esa zona son pocas las personas que acostumbran guardar recuerdos.