PROGRESO : La poza de la culebra

SUCEDIÓ EN PROGRESO
LA POZA DE LA CULEBRA

El antiguo poblado de San José de Amén vivía inmerso en la tranquilidad de los siglos igual que en la colonia, cuando sus campos eran más fértiles y estaban poblados de una vegetación ardorosa que casi los cubría por entero. Aún se usaban los magníficos pozos de agua dulce que habían mandado a trabajar don Gaspar Ruiz-Cano, antiguo señor de los contornos, hasta que la Comuna de indígenas del Morro los había adquirido a fines del siglo XVIII, conforme rezan las antiguas escrituras que don Carlos Alberto Flores tuvo oportunidad de leer para escribir su libro: “Pueblos y paisajes del Morro”. 

Corría el año 1.927 y la primera locomotora a vapor del ferrocarril a la costa se fue abriendo trabajosamente camino por la floresta, dando vida a los contornos, pero no pasaría por San José de Amén, que ya para entonces llamada Progreso, sino muy cerca de ella, así es que de todas maneras sus pobladores se alegraron con las novedades del progreso y siguieron viviendo pacíficamente. 

Para 1.934 las autoridades comenzaron a anchar la vía de verano que iba de Guayaquil al mar, trocha más que vía polvorienta y sucia, que había servido para  transito de las bestias de carga hacia Guayaquil, cargando víveres para las gentes y brea para la carena de los cascos de las naves que se construían en los astilleros de Guayaquil. 
José Quimí era oriundo del vecino puerto de San Miguelito, tenía el oficio de arriero y contaba con una recua de seis acémilas que cambiaba en el tambo de San Isidro, por otras descansadas de su compadre Filiberto Alejandro. Desde siempre los Quimí y los Alejandro habían sido amigos, bien es ve dad que antiguos parentescos los habían hermanados, pero ya nadie recordaba ni cómo ni cuando habían sido esos cruces genéticos. Eran como dos tribus, grandes y desperdigadas por las sabanas y solo la raza revelaba un origen igual. 

Quimí sabía que sus mulas algún día serían suplantadas por los automóviles, que según le contaban otros vecinos más curiosos, corrían más y mejor por las calles del puerto, pero él no había tenido oportunidad de verlos y sufría la intensa curiosidad de descubrir la novedad. 

En esas cosas pensaba cuando pasó por una poza y una de sus bestias empezó a rebuznar y las otras se pusieron nerviosas, sería como las tres de la tarde y el cielo estaba oscuro pero no había brisa ni sonido alguno. José acomodó la carga, vio hacia los contornos y continuó su camino hasta Chongón, a donde tenía que llegar a la seis, para entregar. Mas, de improviso, vio a una gran culebra que se cruzó por la trocha como a dos metros de distancia, haciendo que las mulas salieran en estampida. Era una culebra descomunal, nada común, pues desde su color anaranjado con líneas negras la hubiera diferenciado de cualquiera otra parecida en tamaño y velocidad. José Quimí casi no pudo apreciarla, pues todo fue muy rápido, pero su reacción tampoco se dejó esperar y correteó a las mulas hasta que las amarró a un guasango y esperó que se tranquilizaran. Pero no se tranquilizaban. 

De pronto emergió por otro sector la culebra y se enriscó como en posición de ataque. Era un animal hermoso en su horripilante fealdad y como que quisiera hipnotizar, clavó sus verdosas miradas y abrió sus fauces, pero no atacó. 
Nuestro campesino, arriero más que agricultor, sacó su machete y cruzó el aire en cruz varias veces, pero la culebra pareció no interesarse. Era la contra de la que había oído hablar desde chico para el demonio o las víboras venenosas. Entonces ocurrió que el bicho se volteó y siguió su camino, perdiéndose de vista hasta la punta final de su colasin que jamás volviera a presentarse. 

Días después Quimí ofreció un ex voto de acción  de gracias en la Iglesia de San Jerónimo a la que era muy devoto y en el sitio de la aparición existió hasta hace pocos años una inscripción, de donde se conoció al lugar con el nombre de “Poza de la culebra” que tuvo hasta la década de 1.960 cuando una compañía anónima adquirió esos terrenos y los dedicó a pastizales veraniegos. Hoy ya no se podría decir dónde estuvo la poza, ni cual fue el guasango de Quimí que le sirvió de protección en tan malos momentos, pero ha quedado la conseja o leyenda que no olvida, para fruición y alegría de quienes saben contar historias en la sabana cercana a Chongón, que comenzando en San Isidro termina en Progreso o lo que es lo mismo, en el antiguo San  José de Amén.