PLAYAS : La carcajada del diablo

SUCEDIÓ EN PLAYAS
LA CARCAJADA DEL DIABLO

Cuando los moradores del Morro decidieron poblar unas hermosas playas cercanas, no se imaginaron que estaban fundando la actual población de Playas del Morro o General Villamil, pujante parroquia del cantón Guayaquil, a donde se trasladan a invernar numerosas familias en busca del frescor de sus olas marinas y de la paz que brindan sus contornos. 

Para 1.901 el poeta y médico César Borja Lavayen espectó en Playas un partido de fútbol americano, jugado por los empleados y funcionarios del Anglo y del Cable, empresas que tenían oficinas cercanas a esos lugares. 

Posteriormente Playas fue creciendo en importancia y las casitas aumentando año tras año. La familia Pareja tenían una hermosa quinta con árboles frutales donde se colgaban hamacas y tocaba la guitarra doña Manuela Coronel. La cercana hacienda Ayalan servía admirablemente para la provisión de mariscos y todo era por lo común más barato y mejor que en Guayaquil. Sin embargo se decía que por las noches la Viuda del Tamarindo rondaba las calles y los pocos farolitos con sus luces mortecinas aumentaban los temores de los pobladores. 

Por eso, cuando los Arriaga, arribaron de Cuenca y alquilaron la casita de los Pareja, no faltó alguien que les advirtiera de no salir solos después de las siete y media, por aquello de que la viuda o algún otro peligroso ser del más allá pudiera estarlos acechando, pero los Arriaga no hicieron caso y salían cuando les placía para ir a la tienda del Sr. Villao o para concurrir a la fritanguería de Mamá Plácida Tumbaco, que preparaba un sabroso caldo y los deliciosos mondongos, justamente al anochecer. 

Cierta tarde la señora Francisca Arriaga decidió visitar a una vecina y acompañándose de dos de sus cuatro hijas, chicas quinceañeras y hermosas, primero tomaron por el vecindario y luego visitó a cuerpo de rey, pues les brindaron colaciones y mermeladas así como aguas de distintos sabores, heladas y azucaradas, como se gustaba antaño; mas, a eso de las diez, se acordó que ya era tarde y tomando su mantilla bajó con las chicas, no sin antes despedirse y mandar saludos a varios amigos comunes y ya en la calle apuraron el paso las tres mujeres para ganar rápidamente la esquina y salir al farol; que con poca luz, algo alumbraba. Entonces ocurrió el suceso del siglo, algo espantoso, pues se toparon con dos enmascarados que portaban filudos puñales y tomándola de las manos les exigieron los aretes, anillos y collares de oro que portaban y que habían sido adquiridos en Cuenca y Chordeleg a precios relativamente caros. 

Todo fue tan imprevisto que doña Panchita olvidó desmayarse, como usualmente lo hacía cada vez que sufría una impresión, así es que mientras se quitaban las joyas, trató de divisar la cara de uno de los encapuchados, pero no pudo verla por falta de luz y rezando para que las dejaran ir se atrevió a preguntar  ¿podemos marcharnos? I entonces se escuchó una carcajada cavernosa y grotesca que se escapaba del aire y los dos enmascarados huyeron despavoridos, dejando tiradas en el suelo las joyas. 

Doña Francisca quiso desmayarse nuevamente pero fue sujetada fuertemente por sus hijas, que también estaban aterrorizadas. Luego recogieron del suelo sus prendas y escaparon tomadas de las manos, llegando sin otro resultado a su domicilio donde quisieron explicar lo ocurrido, pero no pudieron hacer sino después de algunos minutos, cuando más tranquilas y confortadas con café caliente, volvieron a la cordura de siempre. 

¿Quién lanzó tan infernal carcajada? fue la pregunta que anduvo en boca de los pobladores al día siguiente, pregunta que aún hoy después de tantos años nadie ha podido responder. Mas, desde entonces, la esquina del farolito fue conocida con el nombre de “la esquina del Diablo”, que aún conservaba hasta hace pocos años que transité por el sector.   

Las Arriaga apuraron sus vacaciones y muy asustadas regresaron a Guayaquil a bordo de la motonave “El Valeroso” que hacia de servicio de carga y transporte una vez a la semana. Creo que aún vive en Cuenca la última de las chicas, venerable abuelita que no me dejará mentir.