NEUMANE MARNO ANTONIO

MUSICO.- Nació en la Isla de Córcega el 13 de Julio de 1810. Hijo de Serafín Neumane y de Margarita Marno, alemanes. Destinado a la carrera de medicina la abandonó y entró a la música viajando a Viena a estudiar, no sin antes discutir con su padre quien le gritó “Lárgate y hazte músico.” En 1830 y de escasos veinte años estuvo en las barricadas de la revolución liberal, ya era masón. 1834 trabajó en Milán como profesor de una Academia. En 1837 nuevamente residió en Viena, contrajo matrimonio y obtuvo una condecoración de manos del emperador Fernando de Austria. Meses después enviudó, se instaló a trabajar en Turín, allí casó con Idálide Turri y nació su hija Nina. En 1838 ingresó a la Compañía de Opera “Malibrán” como arreglista musical y viajó a Sudamérica con su familia. Estrenaron en Buenos Aires con éxito rotundo, siguió a Santiago y se instaló como director de Bandas de Música. En una función de beneficencia dirigió a seis bandas de ejército al mismo tiempo y todas tocaron a la perfección. El gobierno chileno lo premió el 39 con el nombramiento de director del Conservatorio Nacional de Música. En 1841 vino a Guayaquil con su esposa y demás miembros de la compañía de Operas que acababa de formar y como no había teatro actuó durante nueve funciones en una casa particular de la esquina de Pichincha e Illingworth, presentando diversas operas tales como Marina, Elisir D’Amore, Sorrámbula, el barbero de sevilla, entre otras. La compañía de Operas estaba formada de la siguiente manera: Zambiatti tenor, Ferretti bajo, Gastaldi bufo, Amina y Teresa Rossi tiples, Idálide Turri de Neumane contralto, Irene Turri, hermana de la anterior, soprano, Grandi barítono, Rizzoli tenor de coros y Neumane dirigía la orquesta. La señora Turri cantó en Guayaquil como Irene en la ópera Belisario y como Adalgisa en Norma, “con voz firme, llena, dulce a la vez y al mismo tiempo fuerte y sonora y de su acreditado gusto, poseía las mas bellas aptitudes para aspirar al triunfo que acuerdan el estudio y el ejercicio del arte”, según opinión de un crítico artístico de “El Correo”.En cambio “El Correo Semanal de Guayaquil” calificó la voz del tenor Zambiati de trueno olivino en celestial torrente. Las damas de la ciudad le pidieron que se quedara y enseñara música. En Octubre del 42 comenzó la epidemia de fiebre amarilla y murieron tres miembros de su compañía, entre ellos el tenor Zambiatti y la compañía se disolvió. Había tantos mosquitos que las autoridades emplazaron unos cañones en San Francisco y otros en Ciudavieja y disparaban con pólvora para matar a los insectos.

Pasada la epidemia de fiebre amarilla en 1843 fue contratado como profesor de música del Batallón No. 1 de esta plaza. A principios del 45 puso música a una Canción Patriótica de Olmedo. El 51 regresó a Lima donde estableció a su familia y viajó él sólo a Europa. El 53 regresó como empresario de una gran compañía de Operas, trabajó en Santiago de Chile y volvió a dirigir varias bandas a la vez, logrando un gran éxito. En 1856 ya estaba en Guayaquil cuando se inauguró el teatro Olmedo con una obra musical dramática titulada “La Hija de las flores” de Gertrudis Gómez de Avellaneda. Neumane dirigió la orquesta.

Entonces alquilaba un departamento en la esquina de Bolívar y Malecón y cuando componía acostumbraba comer mucho pan, dejando caer las migas sobre las teclas del piano. Aquí se quedó como director de bandas del ejército y profesor particular de canto y piano, y nacieron sus hijos Ricardo y Rosa.

El 64 alquilaba la tercera casa del lado del río en el barrio de Las Peñas, dicha propiedad era del General Francisco Robles. El 65 y estando de Presidente Jerónimo Carrión, el músico argentino Juan José Allende, Director de las Bandas de los batallones acantonados en Quito, se dirigió al Congreso Nacional enviando una composición suya con letra de un “ilustre poeta ecuatoriano” cuyo nombre jamás se ha conocido, para que tan alto organismo lo declare Himno oficial de la Nación. Los Congresistas lo escucharon y no les agradó, ni la letra que fue calificada de ruin, ni la música que consideraron deficiente y decidieron desecharlo.

Entonces el Dr. Nicolás Espinosa Rivadeneira, Presidente del Senado, requirió a Juan León Mera para que escriba la letra de una Canción Nacional. Mera tenía sólo treinta y tres años pero supo cumplir fielmente el encargo, leyó la letra de la Canción Patria de Olmedo y con base a ella se inspiró y escribió unos versos bastante parecidos, que los entregó a las pocas horas y fueron remitidos a Guayaquil para que el Comandante del Distrito, Gen. Secundino Darquea, los entregue al profesor Antonio Neumane Marno, quien habitaba la tercera casa con vista al río en las Peñas, con la consigna de componer la música.

Neumane se excusó al principio aduciendo motivos de delicadeza personal fundados en su calidad de extranjero, pero Darquea insistió cariñosamente y hasta le puso centinela en la puerta de calle. El maestro meditó un rato, luego pidió pliegos de papel pautado a su hija Rosa, un vaso de agua y tres panecillos, signo indiscutible que iba a trabajar pues era muy afecto a comer algo mientras componía y casi de un tirón tuvo la música que le requerían. Fue en el mes de Julio y para mayores detalles era noche de luna y estaba frente al ventanal abierto que daba al río. Queda de recuerdo la placa de bronce que aún se conserva en el sitió donde estuvo la casa del ilustre músico en las Peñas, que se quemó el 6 de Octubre de 1896 durante el Incendio Grande.

Juan León Mera en carta a su tío el Dr. Nicolás Martínez Vásconez del 18 de Abril de 1866 le dice: Tengo ya la música de Neumane puesta a mi Himno y distribuida por él mismo para una banda de once instrumentos. Es la que se toca en Guayaquil, Lima y Chile. Le remitiré luego que aquí saquen una copia y haciéndole poner también para piano. El Himno se estrenó en Quito la noche del 10 de Agosto del 66, tocado y cantado por los miembros de la Compañía de Operas de Pablo Ferretti que estaba de paso por la capital y comenzó su programa de arte con las notas del nuevo Himno.

En 1870 García Moreno llamó a Neumane a Quito para dirigir el Conservatorio Nacional de Música aunque eran de ideologías diferentes pero conservaban buenas relaciones de amistad, al punto que Neumane le solicitó al presidente la libertad de un pariente del esposo de su hija Rosa.

En dicho empleo lo sorprendió la Muerte el 3 de marzo de 1871, de sólo cincuenta y tres años de edad. a consecuencia de un infarto. Fue enterrado en el Cementerio del Tejar de la Merced, pero al poco tiempo su hijo Ricardo Neumane Turri trajo los restos a Guayaquil y fueron sepultados en el templo de San Francisco que desapareció en la madrugada del 6 de Octubre de 1896 para el Incendio Grande.

Cumplido caballero de maneras cultas y conversación sabrosa. En sus rasgos físicos alto, delgado, blanco, ojos hundidos, ojeras pronunciadas, pelo negro y usaba bastón. Apreciadísimo

entre sus amigos, chistoso y hasta ocurrido, hablaba con acento italiano. En su juventud había sido aventurero y hasta libre pensador, luego fue hombre reposado. ¡La música constituyó su mayor pasión!

Su viuda le sobrevivió siete años pues murió en Guayaquil en 1878. Cuando años después su hija Rosa Neumane de Maruri fue requerida para que diera datos sobre su padre, dijo: ¡Cómo era de apuesto mi padre! ¡Con razón era tan querido de todos!

Para el Incendio del Carmen de 1902 se quemaron varios cajones con todos sus papeles de música en casa de sus nietos los Maruri Neumane. Había composiciones propias, otras copiadas a los grandes maestros universales y no pocos documentos personales.

Dejó dos hijos que no llevaron su apellido, habidos en una dama casada cuyo esposo estaba desterrado en Lima, llamados Francisco Paredes Icaza que fué Canónigo de Guayaquil y no llegó a Obispo en razón de su nacimiento, músico, organista y Maestro de Capilla de la iglesia Catedral por muchos años y miembro de su Coro catedralicio y María Naglé entregada al nacer a la monja francesa de ese nombre, que adoptó para sí, Superiora del Colegio de los Sagrados Corazones que se quemó al norte de Guayaquil durante el Incendio Grande. Fue profesora de piano y vivió soltera en un chalet de madera en el callejón de los Trapitos, hoy Calle Escobedo entre las de Ballén y Aguirre, a media cuadra de la Catedral, junto a su hermano.