MUÑOZ VEGA PABLO

ARZOBISPO DE QUITO.- Nació en la población fronteriza de Mira, Provincia del Carchi, el 22 de mayo de 1903, Hijo legítimo de Antonio Muñoz Carrera, pequeño agricultor y Teniente político del lugar y de Josefina Vega, indios mestizos oriundos de Mira y muy cristianos. Los Muñoz son de Popayán, descendientes del Capitán Pedro Muñoz de Ayala, de los conquistadores de Pasto en el siglo XVI y los Vega de Cuenca. Fue el cuarto y último hijo. Siendo el único varón.

Recibió las primeras letras de su padre y luego asistió a la escuelita de Mira. Desde pequeño había tenido vocación por el sacerdocio y en quinto grado y sin terminar la primaria, en junio de 1914, ingresó a la Escuela Apostólica de Cotocollao que dirigía el padre José Jouanen, S.J. y fue admitido al noviciado de los jesuitas pues demostró tener inteligencia y una feliz memoria. Como anécdota cabe indicar que al principio no querían recibirlo porque lo vieron pequeñito y enfermizo pero cuando le dieron una de las Eglogas de Virgilio y se la aprendió de memoria, cambiaron de opinión, siendo dirigido por el rector Julio Pierregrosse.

En 1918 ingresó a la Compañía de Jesús. El 21 formuló los primeros votos religiosos y comenzó a estudiar Humanidades y Retórica pero prefería la botánica y el latín y ayudaba en sus ratos de ocio a acarrear adobes para la ampliación del edificio Su padre enviaba víveres al Noviciado, alverjón, papas, panela, pues eran pobres y no podían ayudar de otra forma.

En 1923 comenzó a estudiar Filosofía. En 1924 realizó expediciones paleontológicas por los alrededores de Nayón y encontró varios esqueletos. En 1926 sostuvo en el Colegio San Gabriel un brillante acto literario de “Disertación religiosa” en latín, que salió publicado en el Boletín de la Biblioteca Nacional de Quito. Después explicó las clases de Lógica e Inglés en el Colegio de Cotocollao donde también fue Director de la Biblioteca. En 1927 dictó Psicología y el 28 viajó a dirigir el Colegio San Felipe Neri de los jesuitas de Riobamba, en reemplazo del padre José Félix Heredia, que había pasado al Seminario Arquidiocesano; allí realizó una vasta labor en pro del mejoramiento de la enseñanza en Riobamba y editó la revista “Ideales”.

En 1930 se le presentó una gran oportunidad de surgir en la vida cuando fue escogido para proseguir su carrera en el Colegio Máximo de Oña en Burgos, donde en Febrero de 1931 actuó como defensor de la tesis del “Tratado de Ecclesia” y en septiembre de 1932, dados los difíciles tiempos que se vivían en la región de Castilla a causa de las disposiciones dictadas por las autoridades laicas de la República española en contra de la Compañía de Jesús, fue enviado a la célebre Universidad Gregoriana de Roma, ordenándose de Diácono el 23 de julio de 1933 y de Sacerdote el día 25 en la Iglesia de San Ignacio. El 26 celebró su primera misa en uno de los altares laterales de la Basílica de San Pedro.

Mientras tanto seguía asistiendo a los cursos de la Gregoriana, siempre con notable aprovechamiento y obteniendo las más altas calificaciones. En marzo de 1934, en solemnísimo acto público y ante varios Cardenales, sustentó la tesis Christo Redemptore exponiendo en latín “las grandes concepciones teológicas en torno al sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo” frente al afamado maestro dominicano Garrigan La Grange y parece que no quedó mal pues era un “voraz come libros”, un scholar dedicado por entero al humanismo eclesial dentro de la línea tradicional de la iglesia, que había quedado atrasada con relación al desarrollo de las ideas social en Europa.

Se vivía en Roma un ambiente marginal alejado de las realidades inmediatas, un trasnochado humanismo clásico florecía a la sombra del fascismo; por eso, sus profesores, conscientes de tamaña falla, queriendo que tenga contacto directo con la vida, lo enviaron de vacaciones a París y trabajó un mes en las labores de “Action Populaire” y a Bruselas, donde asistió al Congreso de la “Juventud Internacional Obrera” en el que participaron más de cien mil personas.

En 1935 siguió un bienio de estudios de Filosofía Social en la Gregoriana y realizó trabajos en seminarios de temas sociales con el Padre Gustavo Gundlach. El 15 de agosto del 36 hizo el cuarto voto en la Compañía de Jesús. El 37 obtuvo el grado de Doctor con su tesis “Introducción a la Síntesis de San Agustín” sobre la psicología de su conversión, tema que había sido de su predilección desde los años en que estuvo en el Colegio de Oña, de discípulo de los padres jesuitas Leturia y Sameza. Trabajo erudito y de recopilación pero que al decir de Juan David García Bacca no aportó nada nuevo al conocimiento del pensamiento agustiniano pues Muñoz Vega jamás llego a ser un creador.

Entonces le fue ofrecida la cátedra de “Filosofía de las Ciencias” en la U. Gregoriana por sus méritos propios y por cuanto debido a su nacionalidad y origen sudamericano podía ser considerado un individuo neutral en el conflicto que se avecinaba.

La II Guerra Mundial, declarada en 1939 le prolongó la estadía en Roma y continuó en su cátedra. El 44 promovió la fundación de la “Acción por la Unidad Católica de América latina” (Aucal) quizá el mayor logro de su vida, pues fue un movimiento cultural para obtener la fundación de Universidades y colegios en esta área de Latinoamérica. Los últimos días de la resistencia alemana en Roma (1945) no lo tomaron por sorpresa, pero tampoco alteraron sus actividades docentes. Era un sujeto comprometido con la Universidad, bajito hasta parecer casi insignificante, de reacciones lentas y secundarias, enemigo de las confrontaciones y por eso se abstenía casi siempre de pronunciar opiniones. De allí le nació su fama de persona callada.

En septiembre murió su madre en Mira a quien no veía desde 1930. En 1946 presidió el Congreso europeo de Filosofía celebrado en Milán. Su cátedra en la U. Gregoriana le había hecho conocido   entre   profesores y alumnos permitiéndole entablar lazos de amistad con las principales figuras de la iglesia, especialmente con monseñor Juan Bautista Montini, influyente miembro de la curia, elevado al pontificado en 1964.

En abril de 1948 regresó al Ecuador como Visitador de la Compañía de Jesús, fundó en Quito la Facultad Pontificia de filosofía de San Gregorio que luego anexaría a la U. Católica, trabajó en la canonización de Mariana de Jesús y para septiembre, terminada su visita, se reintegró a su cátedra. Este fue el primer contado de Muñoz Vega con la realidad de la iglesia ecuatoriana.

En 1949 fue designado “Visitador del Colegio Pío Latinoamericano”, estuvo en Quito y fundó el “Consorcio de Abogados Católicos” como parte del plan de trabajo de Acción Católica.

Nuevamente en Roma, el 51 retomó la cátedra en la Gregoriana, donde el 54 dictó un ciclo de conferencias sobre Derecho cristiano y en Quito se editó su obra “Introducción a la Síntesis de San Agustín”, cuya segunda edición apareció en 1963. El libro no aporta ninguna novedad al conocimiento del pensamiento agustiniano o a la teología Cristiana, fue escrito a destiempo, con mentalidad decimonónica, incluso superada en Roma en la década de los 40 al 50; pues, para el concilio Vaticano II, ya estaba obsoleto. Total, un esfuerzo mal dirigido pues adecuaba el pensamiento agustiniano a la conveniencia de la ortodoxia oficial imperante en el pontificado largo y conservador de Pío XII.

En 1955 su amigo y protector Monseñor Montini luego Pablo VI lo hizo designar rector del Colegio Pío Latinoamericano de Roma y la Compañía le nombró Visitador de todos los colegios pontificios jesuitas del mundo. En 1956 disertó en Roma sobre las “Orientaciones teológicas de Pío XII para el sacerdocio” y un año después dicho pontífice lo eligió para Rector Magnífico de la U. Gregoriana.

Muerto Pío XII fue sucedido por Juan XXIII que convocó al Concilio Vaticano II. Allí actuó Muñoz Vega en algunas de las deliberaciones formando parte del grupo tradicional u ortodoxo. En 1964 ascendió a la silla de San Pedro el Cardenal Montini con el nombre de Pablo VI y entre sus primeras designaciones estuvo la de promover a Muñoz Vega a Obispo coadjutor del Arzobispado de Quito, tomando posesión recién en septiembre de 1967 por renuncia del Cardenal Carlos María de la Torre que desde hacía algún tiempo había perdido la conciencia de sus actos por causa de su avanzada edad. Inició, pues, su gobierno, al frente de los destinos de la iglesia ecuatoriana a los 64 años de edad.

El 29 de marzo de 1969 fue elevado a Cardenal de la Iglesia y recibió el Capelo el 30 de abril. Todos esperaban grandes realizaciones de él sin embargo pronto defraudó a la opinión nacional porque de allí en adelante sus actuaciones estuvieron encaminadas a no hacerse sentir, de suerte que prolongó su gobierno más allá del límite de los ochenta años fijado por Roma para los obispos del orbe. Esta política ha sido calificada de fría e impersonal.

En 1975 y estando por cumplirse los cien años del asesinato de García Moreno, como se desconocía el lugar donde estaban escondidos sus restos, designó a Francisco Salazar Alvarado y a Juan Larrea Holguín para que lo averiguaran con los familiares y los descendientes de la servidumbre doméstica, de todo ello se sacó en claro que tras la victoria liberal en Gatazo los restos fueron retirados subrepticiamente de la Catedral de Quito y trasladados a otro lugar. Se sospechó de la cripta de la iglesia de San Francisco, de la Compañía de Jesús o del Buen Pastor en la Recoleta. En esta última se encontraron depositados en sendos frascos los corazones de Checa y Barba y de García Moreno y cartas de autenticidad de González Suarez. Finalmente, tras muchas gestiones, fueron hallados los restos de García Moreno en un recoveco de una puerta hacia la calle Flores, dentro del convento de Santa Catalina de Siena, en dos cajas, una larga de zinc y dentro de ella otra de madera con las iniciales G.M. tras lo cual se dio la noticia a la prensa, sacaron fotografías y en solemne ceremonia presidida por el dictador Guillermo Rodríguez Lara fueron conducidos al interior de la Basílica del Voto Nacional.

En lo concerniente a la vida institucional y democrática del Ecuador el Cardenal Muñoz Vega actuó en 1979 como miembro de la comisión de notables que intercedieron ante el Presidente Jaime Roldós y el líder Assad Bucaram durante la pugna de poderes, sin resultados. Posteriormente formó parte del grupo “Unidos somos más” con ocasión de las inundaciones de 1983.

En ambas ocasiones se prestó para tratar de superar problemas vitales, pero, fiel a su política de siempre, ni emitió claramente su opinión ni luchó por obtener resultados inmediatos. En el primer caso la comisión fracasó clamorosamente cuando pudo haber conseguido la unificación populista si realmente hubiera presionado y en el segundo sólo se repartieron víveres a ciertos grupos de damnificados.

Cuando Juan Pablo II visitó el Ecuador hizo numerosas referencias en público a su baja estatura – fueron unos chistes de muy mal gusto – pero no dijo nada de su piel cobriza, ojos negros y vivaces, nariz grande y calvicie incipiente.

En 1984 renunció el Arzobispado por límite de edad y vivió retirado en la casa misional del Corazón de Jesús en la capital, haciendo declaraciones cada cierto tiempo sobre temas no trascendentes, mientras el tercer mundo se convulsionaba ante las crisis políticas de Centroamérica y del Cono sur y se debatía en la miseria, el desempleo, el terrorismo y la violencia.

“Supo guiar a la Iglesia ecuatoriana sin ceder a las presiones de la derecha y de la izquierda, pese a que su naturaleza era conservadora y su corazón tendía a las clases altas. Gracias a su gestión la iglesia ecuatoriana alcanzó un status de aurea mediocritas, que cuadraba con el espíritu de esos tiempos”.

En 1993 enfermó de cáncer. El jueves 2 de junio de 1994 se levantó, dio misa, se volvió a acostar y falleció a la mañana siguiente, tranquilamente, tras pronunciar unas frases ininteligibles, de noventa y un años de edad.

A su sepelio concurrió el gobierno, las autoridades, el ex presidente Oswaldo Hurtado Larrea y el ex dictador Guillermo Rodríguez Lara, ambos habían sido sus amigos personales, de toda su confianza.

Parco en todo, para hablar, actuar y hacerse querer, no fue demostrativo ni natural; pero pasaba por una de las más lúcidas inteligencias de la iglesia latinoamericana y fue un fiel exponente del humanismo intelectual que el Concilio de Juan XXIII transformo en praxis social a favor de los pobres y que la política de Pablo VI trató de frenar en parte, al igual que sus sucesores que han vuelto en todo lo posible a la inconmovible ortodoxia de Pío XII.

Erudito políglota que hizo conocer el nombre de la Patria en el extranjero y si de algo fue acusado, justamente es de haber sido más maestro que pastor y de no haber roto lanzas por nada ni por nadie, al revés de Carlos María de la Torre que siempre fue un luchador nato y hasta fanatizado y que también tuvo vocación intelectual. Allí radicó la diferencia entre ambos, pues frente a la cómoda actuación de Muñoz Vega hay que reconocer la siempre constante y viril de De la Torre.