MOLINA Y AYALA MERCEDES

FUNDADORA DEL INSTITUTO MARIANA DE JESUS.- Nació en la hacienda “El Guayabo” de propiedad de sus padres, jurisdicción del Cantón Baba, cuando ésta población formaba parte de la provincia de Guayaquil, posiblemente el 20 de Febrero de 1828 y fue bautizada el día 5 de Marzo siguiente. Hija legítima de José Miguel de Molina y Arbeláez y de Rosa de Ayala y Aguilar, propietarios cacaoteros de esa zona.

Huérfana de padre en 1830, su madre le enseñó las primeras letras, a rezar y la doctrina cristiana; después aprendería las variadas manualidades a las que fue tan asidua. Era una niña alegre, comprensiva y de fuerte personalidad. En 1841 murió su madre y Mercedes heredó una huerta de cacao, veinte mil pesos y una casa en Guayaquil, siendo cortejada por un pariente al que no correspondió. Su hermana María le reclamó y Mercedes decidió marcharse a Guayaquil a vivir con su parienta Rosalía Aguirre de Olmos, quien no tenía hijos y la trataba con cariño y delicadeza.

En 1850 arribaron los jesuitas y fue de las primeras en frecuentarlos tomando por confesor al padre Luis Segura y cuando dos años después salieron para el destierro, los ayudó y sintió gran tristeza; después supo que otra partida de jesuitas viajaba de Cuenca a Naranjal y fue a su encuentro, abrazándolos en la cuesta de Chalapud, donde el padre Pablo de Blas le dio su bendición y derramó lágrimas de gratitud por la despedida. Ya para entonces Mercedes demostraba una fuerza de carácter poco común para su sexo.

En 1857 su hermana María, casada con Ramón Vergara se instaló en Guayaquil con sus hijos Virginia, Francisco, José y Rita, en una casa adquirida en la esquina de las calles Caridad y Cárcel, donde hoy se levanta el edificio del hotel Continental y Mercedes decidió acompañarlos. Tenía casi treinta años y adoraba a sus sobrinos, especialmente a Virginia, con quien se llevaba bien en todo. Su hermana María era rumbosa y espléndida, estaba separada de su esposo que murió en 1859 y gustaba recibir en casa. Mercedes, casi sin darse cuenta, empezó a imitarla, vistiendo con cierta elegancia. Su confesor era el padre Pedro Pablo Carbó y la trataba como a señorita, con muchas consideraciones.

María acababa de adquirir la hacienda “El Balsillar” en Balao y allí se dieron hermosos paseos campestres de los que participó Mercedes; en uno de ellos tropezó su caballo y ella cayó al suelo, sufriendo la rotura de un brazo e intensos dolores. Durante la convalecencia leyó la vida de Mariana de Jesús del padre Jacinto Morán de Buitrón y un día se “quedó mirando fijamente al Crucifijo que tenía sobre el velador de su cama y era herencia de sus padres y le pareció que el Cristo hubiera estado esperando desde hacía mucho tiempo su mirada de amor y de ternura”.

Este fue el comienzo de su conversión, a los treinta y un años de edad según lo asegura el padre Hugo Vásquez y Almazán; entonces ofreció vestir el hábito mercedario y llevar una vida recogida y sinceramente piadosa, distribuyendo las horas del día en acciones espirituales especiales y haciendo ayuno y abstinencia; pero, al poco tiempo, un caballero empezó a cortejarla y con tanta insistencia que Mercedes terminó por aceptarlo y ya se rumoraba matrimonio hasta que otra vez le entraron escrúpulos y sintió que su destino era entregarse por entero a Dios, de manera que cortó esa relación para siempre, cambiándose a una pieza que existía al fondo de la casa y la más pobre de todas, donde vivió apartada del mundo, dedicada a la oración desde las tres de la mañana hasta las nueve de la noche, con ligeros intervalos para oír misa, comulgar, hablar con su confesor, hacer labores de mano, examen de conciencia, rezar el rosario y cenar, imitando a Mariana de Jesús hasta en las absurdas y masoquistas exageraciones de castigar su cuerpo con disciplinas propias del tenebrismo imperante en el siglo XVI cuando el Concilio de Trento de 1563 y la contra reforma, donde todo se veía como pecado y el negro era el único color aceptable en sociedad; sin embargo, su confesor, el Padre Carbó, sólo lo permitía esto de las disciplinas como excepción, de vez en cuando, pues los continuos ayunos la habían debilitado tanto que permanecía como anonadada.

En 1862 comenzó a perder los sentidos cuando oraba y hasta entraba en éxtasis después de comulgar. Un día vio que se despeñaba y que un sacerdote corría en su ayuda reconociendo al Canónigo Vicente Pástor de la Torres, al que hizo su confesor, por cortos meses. El tuvo la torpeza o la mala idea de permitirle el uso indiscriminado de disciplinas. Mercedes empeoró.

En 1863 vivía como fuera de sí y su fama de beata se extendió por toda la ciudad ocasionando los más variados comentarios. Guayaquil no había sido proclive a ese tipo de conductas por su clima caluroso y por la idiosincrasia de sus pobladores que pasaban por ser los más liberales del país al punto que jamás habíamos tenido conventos de monjas; sin embargo, desde la llegada de los jesuitas había como un resurgir de la piedad y la beatería proclive a absurdas ridiculeces y hasta estos extremos.

Mercedes vestía de negro y de rodillas atravesaba la plaza de la Catedral diariamente, bien es verdad que esto lo hacía muy de madrugada para ir a la primera misa cuando poquísimas personas transitaban por el lugar, pero como la ciudad era pequeña y todo el vecindario se conocía, sus rarezas pronto fueron materia de mil comentarios.

Ese año pasó a ser dirigida por el presbítero Amadeo Millán y de la Cuadra, quien gozaba de una merecida fama de santidad. Por su intermedio conoció a Narcisa Martillo Morán y quizá también a Jesús Caballero, con quienes compartió su casa, “ayudándose mutuamente en el camino de la cruz, pues llevaban sus cuerpos cubiertos de instrumentos de penitencia y en tiempos de la oración aumentaban todavía más sus mortificaciones”, aunque esto no los sabían sino ellas y sus confesores, mostrándose al mundo casi en forma normal.

La casa de Mercedes fue llamada “casa de las beatas” o “de las santas” por el vulgo, pero ella no hacía caso de habladurías y cuidaba a sus sobrinos, especialmente a Virginia Vergara Molina, a quien modeló hasta hacer que renuncie al mundo entrando al Convenio de la Asunción de las Carmelitas descalzas de Cuenca donde profesó de monja del velo negro.

Poco después el padre Millán viajó por razones de salud a Babahoyo y luego a Cuenca. Sus múltiples ayunos lo habían conducido a la tuberculosis bien es verdad que siempre había sido delgadito y Mercedes pasó a ser dirigida por el padre Domingo Bovo García, S.J. al que entregó la mayor parte de su dinero para la construcción de la iglesia de San José repartiendo el resto entre los pobres. Esto de Bovo García tiene su explicación pues siendo italiano el apellido Bovo causaba risa. García Moreno le instó a cambiarlo y el padrecito pidió un tiempo para pensarlo. Vencido el plazo se presentó ante el Presidente y le espetó cómo quería llamarse, puesto que no deseaba perder su apellido lo unía al del feroz dictador a quien todos temían, para que nadie se burle en el futuro. Parece que García Moreno puso mala cara y no quedó muy a gusto pero no dijo nada y desde entonces el padre pasó a ser conocido como Bovo Garcia.

Por ésta época realizó los tres votos de pobreza, obediencia y castidad, dejó sus vestidos y peinados definitivamente por una sencilla polka negra. Tenía solo treinta y tres años de edad.

A principios de 1867 su hermana María acababa de enviudar de su segundo esposo el capitán de navío Francisco Javier del Castillo y comenzó a mantener relaciones con el Dr. Juan de Dios Castro, con quien contrajo matrimonio in extremis de él muchos años después.

Mercedes no convenía con esta situación socialmente irregular, decidió cambiarse de casa y fue a vivir con las recogidas de su tía Juana Marín Vda. de Molina, en un orfanatorio que dicha benefactora mantenía en el centro de la ciudad. Allí dispuso del gallinero como dormitorio sin considerar la falta de higiene y ayudó a cuidar a los huérfanos con cariño; quienes años más tarde aún le recordarían por sus bondades.

En Octubre le tocó reemplazar a la señora Marín en la dirección de la casa y la empezaron a ocurrir cosas portentosas pues estaba deshidratada. Un día “vio” a Jesús vestido de túnica morada y cargando la cruz por una cuesta que la convidaba a seguirle y desde entonces sólo quiso caminar rumbo al calvario; más, a fines de año, empezó a “ver horribles figuras obscenas de hombres y mujeres, se soltaba su lengua en blasfemias y no podía abrir la boca al momento de la comunión” todo lo cual atribuía al demonio y solo eran signos propios de histeria y para escapar de toda tentación diabólica se hizo gravar en el pecho con una aguja calentada al rojo, el sello de la Compañía de Jesús. Esto se lo realizó una huérfana para darle gusto y durante el tatuaje Mercedes no dio signos de dolor. Desde entonces quedó “curada” a causa de tan doloroso y dramático tratamiento pues todo era mental.

En junio de 1870 y atendiendo una petición del padre Bovo García viajó con dos compañeras a la Misión de Gualaquiza en el Oriente. Al pasar por Cuenca el Obispo Remigio Estévez de Toral le pidió   que   ingresara al monasterio de la Asunción, permaneciendo allí por cortos días, más para agradar al diocesano que por otra causa porque tenía resuelto ir a la Misión a trabajar en la evangelización de los indios.

Poco después reanudó el viaje y llegó a su destino, ganando la confianza y estimación de los aborígenes como enfermera y profesora. En la selva, sin más compañía que la naturaleza lujuriosa de la jungla, se dio tiempo para madurar la idea de fundar una congregación dedicada a la enseñanza de la niñez femenina y hasta escribió las Constituciones de la Orden; pero una guerra declarada entre los Jívaros (ahora se les conoce como Shuaras que es su nombre verdadero porque lo otro es algo despectivo invento de los Incas cuando nos los pudieron conquistar) y la epidemia de viruela reinante en la región, hizo que los jesuitas abandonaran al poco tiempo la Misión que con los años fue retomada por los Salesianos.

De regreso a Cuenca, con treinta libras menos de peso como se puede apreciar de una foto que existe de esta época, vivió en casa de la familia Tamariz García y casi enseguida en 1872, fundó el “Beaterio Mariana de Jesús”, que funcionó en un edificio de propiedad de Tadeo Torres para orfanato de niñas pobres. Allí trabajó hasta enero del 73 que se trasladó a Riobamba y empezó la fundación de una Congregación religiosa; pero se topó con el padre Manuel José Proaño, S.J. quien le cobró animadversión, oponiéndose a sus planes, que demoraron dos meses por esta causa.

Dicho sacerdote, que pasaba por prudente, le dio fama de “novelera” pero finalmente Mercedes obtuvo de los jesuitas una recomendación para el Obispo de Riobamba, Ignacio Ordóñez Lazo, quien la ayudó a fundar su Congregación y el gobierno de García Moreno le concedió una módica asignación inicial.

Así daba cumplimiento a una de sus múltiples visiones, la más hermosa de todas, la del rosal místico del que salían muchísimos brotes que se transformaban en flores.

El lunes de Pascua 14 de Abril de 1873 Mercedes y tres amigas llamadas Mercedes Cepeda, Angela López y Virginia Carrión dieron inicio a la obra. Mercedes procedería siempre con extrema humildad y caridad, tanto con sus hijas en religión como con los pobres y aunque al principio pasó gravísimas penurias económicas y tuvo que dedicarse al lavado y planchado de ropa para subsistir, la obra continuó.

Muerto García Moreno se acabó la ayuda estatal y empeoraron los tiempos. El impetuoso Monseñor Ordóñez amaba su obra, considerándola en parte también suya y había comprendido que las almas santas como Sor Mercedes, ese era su nuevo nombre, no son buenas ecónomas, liberándola de las mezquindades propias de la administración para dedicarse sólo a Dios y a sus novicias. La Comunidad empezó a elaborar y vender pan y Mercedes dejó la Dirección a Sor María Estatira Uquillas, haciéndose cargo de los trabajos manuales y siendo maestra de novicias, asistenta y directora de huérfanas, enfermera y portera. En dichas funciones sirvió al prójimo con amor y firmeza. “Yo sólo tengo un sí y un no”, decía, para explicar la rectitud de su conducta.

En 1879 Sor Mercedes pasó Guayaquil acompañada de la madre Uquillas y visitó a sus sobrinos. De regreso a Riobamba ya no volvió a salir de la Comunidad. El 3 de junio de 1883 amaneció con una fuerte gripe y fiebre y tras muchos sufrimientos falleció de congestión pulmonar a las nueve y media de la mañana del día 12 de ese mes, de sólo cincuenta y cinco años, aunque aparentaba muchos más por los continuos ayunos y sacrificios que practicaba y que la habían envejecido prematuramente, a punto que parecía una anciana casi decrépita. Su último confesor fue el Rendentorista padre Pedro Clam, autor de “Apuntes sobre algunas virtudes de la Sierva de Dios Mercedes Molina”.

En la actualidad el cadáver está momificado. Fue una mujer recia, hecha de fe y carácter, que ascendió a la purificación de su espíritu realizando grandes y pequeños sacrificios, renunciando al mundo y dedicándose al generoso y constante servicio a los demás. Hoy su fundación se ha extendido por América y cuenta con numerosos colegios de niñas en diversos países.