MEJÍA LEQUERICA JOSÉ

DIPUTADO A LAS CORTES DE CADIZ.- Nació en Quito el 24 de Mayo de 1775 “en la casa que su madre poseía en la calle Guayaquil frente a la actual capilla del colegio de los Sagrados Corazones del Centro, en la parroquia del Sagrario”. Hijo de un espíritu singular y noble, el Dr. José Mexía del Valle y Moreto, abogado quiteño, de condición económica desahogada pues ejercía el comercio exitosamente en la costa, dueño de una de las mejores bibliotecas de esa ciudad. Doctor y teólogo, muy versado en Humanidades y de bello gusto. Teniente de Gobernador de Yaguachi en 1778; Teniente de Gobernador, Auditor de Guerra y Asesor de Gobierno de Guayaquil el 80, Juez Mayor y General de Bienes de Difuntos el 82, separado de sus cargos el 90 regresó a Quito y murió el 97; y de Manuela de Lequerica y Barrioleta, quiteña, vecina muy bella del barrio de San Marcos, también de condición económica desahogada, distanciada de su esposo Antonio Cerrajería, razón por la cual no pudo casarse con el doctor Mejía.

Sobre su padre escribirá años más tarde el propio Mejía los siguientes versos poniendo su nombre a lado de los principales talentos de la quiteñidad (Pedro Vicente Maldonado, Miguel de Jijón y León, Eugenio Espejo, etc.) / / Vos, padre docto, vos prudente, fino; / vos que a Mercurio con Astrea enlazas / dí, de tu ciencia, pluma y bello gusto / ¿Qué sucesores? / en la amada Patria me dexaste dignos? // de este elogioso comentario se desprende que su relación con su padre siempre debió ser buena y que no hubo matrimonio entre sus padres por la condición de mujer casada de ella.

Creció con su madre y fue muchacho díscolo, inquieto, desobediente pero de gran inteligencia y “de memoria tan feliz que podía citar un discurso a la primera vez que lo escuchaba en la escuela de su barrio.” El Dr. Luís de Saa opinó: aprende sin trabajo alguno y vuela por el conocimiento de las letras. Años después el propio Mejía confesaría con lógica y al mismo tiempo con rabia: Sé muy bien que son cosas diferentes la legitimidad y la nobleza; y que hay mucha distancia en un hijo natural de buenos padres, a los bastardos, a los sacrílegos y aún a los mismos partos legítimos de la gente ruin… para agregar a continuación: habiendo empezado yo mi carrera de letras desde mis más tiernos años….”

Sus padres no escatimaban sacrificios y lo dedicaron al aprendizaje de gramática latina por tres años con fray Ignacio González en el Colegio dominicano de San Fernando. Luego siguió el curso de filosofía con fray Mariano Egas también de tres años de duración, donde conoció materias tan diversas como el álgebra, la geometría, la trigonometría. Allí le conoció y trató el Dr. Eugenio Espejo, al que Mejía calificaría de “omniscio,” quien le dijo: Escucha mis lecciones. Yo te guiaré por el camino de la verdad y empezó a dirigir su formación, prestandole libros, moldeando su carácter y aconsejandolo dentro de los nuevos cánones de la ilustración.

En Febrero de 1792 fue Bachiller previa exoneración de los derechos de grado por su pobreza y méritos, en Diciembre del 94 Maestro en Artes en el Colegio dominicano de San Fernando y con una beca pasó a estudiar teología en el Colegio Seminario de San Luis, “dedicándose después de su trabajo cotidiano al arreglo de la capilla” y con tanta pobreza que “en muchas ocasiones se entregaba a la lectura y meditación científica sin tomar alimento alguno desde la mañana hasta que se ocultaba el sol bajo el horizonte” por eso, para ayudarse, concursó a la cátedra de latinidad de menores o gramática de mínimos en el Colegio de San Luis, triunfó y empezó a dictarla con cuatrocientos pesos anuales de sueldo. El 18 de Diciembre de 1784 recibió el grado de Doctor en Teología sin la más mínima pensión o gasto dada su penuria económica.

Frecuentaba diariamente la casa de Espejo, lugar de reunión de muchos quiteños inquietos por los asuntos del pensamiento y del saber. Allí conoció a Juan Pío Montufar entre otros; sin embargo, por causas políticas, el 30 de enero de 1795 fue apresado Espejo y murió el 27 de diciembre. El golpe fue atroz para el joven Mejía que solo tenía veinte años pues trastocó su mundo y lo volvió a convertir en un ser desamparado. Su padre había regresado a Quito pero no lo ayudaba, de suerte que a los pocos meses, el 29 de Junio del 96, contrajo nupcias con Manuela Espejo, hermana de su maestro, que le ganaba con veinte y dos años, pues tenía cuarenta y cuatro de edad y era “algo desengañada físicamente, de templado y recio carácter, aunque de maneras suaves, instruida, conocedora de medicina y de miseria,” pero propietaria de la riquísima biblioteca de su hermano. Fue un matrimonio de conveniencia y por ello escandalizó al vecindario.

“Era un joven profesor de continente delicado y atrayente, de rizado cabello, de grandes ojos, dulces de ordinario, brillantes de malicia, pletóricos de interrogantes. Cráneo ancho y grande en su parte superior, de frente elevada y algo ovalado su rostro. tronco y miembros delicados, tipo cerebral”.

Su matrimonio se deslizó feliz y tranquilo. Mejía era cariñoso pero no apasionado, vivía dedicado al estudio y a las ciencias. En octubre pidió al claustro que se le permita estudiar leyes dispensando su asistencia a ciertas clases, dictadas a las mismas horas que él enseñaba latinidad.

Ese año de 1797 murió su padre no sin antes obsequiarle numerosos y muy valiosos volúmenes de su biblioteca, que tras esa muerte fue colocada en cuarenta y ocho cajones y subastada en público remate, pues en dichos atrasados tiempos los hijos naturales no heredaban a la muerte de sus padres.

El 98 se presentó a la cuestión teológica que precedía al grado en Sagrada Teología y aprobó con éxito comenzando sus estudios de Derecho Civil y Canónico; mas, en Febrero de 1800, con motivo de la vacancia que se produjo en la cátedra de filosofía del Colegio Seminario de San Luis, pidió que le recibieran el grado de licenciado en Teología, que se lo negó la Universidad de Santo Tomás por estar casado. Mejía apeló de este atropello que cerraba el paso a esa cátedra y el asunto pasó a consulta en Lima; por eso, en la terna que se formó, ocupó el tercer lugar detrás del Dr. Nicolás Carrión y Velasco pero el Presidente de la Audiencia, Barón de Carondelet, prefirió a Mejía, acatando la voz pública desapasionada, de manera que Mejía obtuvo la designación “con grave escándalo del claustro universitario que se sintió ofendido porque se había preferido a un hijo natural y esposo de una mujer de baja condición”.

El 8 de noviembre se juramentó en sus nuevas funciones con quinientos pesos anuales, la obligación de dictar varias horas de clase al día y presentar sabatinas y conclusiones; pero se había enajenado la voluntad de los profesores que no toleraban su intromisión en todos los órdenes, ni su asombrosa capacidad de estudio. El genio despertaba resistencia entre los envidiosos que se unieron para combatirlo, iniciando su cátedra con una disertación en exámetros latinos y un estudio sobre el Libro de los Macabeos.

En 1802 regresó – como siempre a destiempo – la famosa consulta de Lima. “El matrimonio en nada se oponía a los fundamentos teológicos, menos aún a la prohibición de grados o ejercicios de las cátedras de Teología, más aún en el caso de Mejía, que no iba para hacerse sacerdote.” El 31 de Octubre defendió la tesis de la indisolubilidad del matrimonio eclesiástico y “cuando se encontraba próximo a rendir la tentativa de Bachiller en Cánones,” última prueba para lograr el grado de ambos Derechos, sus enemigos le exigieron que certifique sus natales (nacimiento y nobleza) y el asunto pasó a conocimiento de la Audiencia, sin resultados favorables.

Por esa época le dio por estudiar las Ciencias Naturales, herborizaba en los alrededores de Quito, en las tierras bajas de Santo Domingo y en las costeras de Atacames, en compañía de su amigo y maestro el español Dr. Anastasio de Guzmán y Abreu a quien mantenía en su casa. De estos viajes ha quedado un manuscrito titulado “Plantas Quiteñas” con descripciones científicas de la flora equinoccial, siguiendo la clasificación de Linneo, con aportaciones a la identificación y descripción de nuevos géneros y especies y estudiando la importancia y utilidad médica de estos vegetales, texto que menciona Celiano Monge y hoy está posiblemente perdido; así como varias cartas dirigidas al Dr. José Celestino Mutis en Bogotá, a quien Mejía envió el material colectado. Por estos achaques desde 1801 amistó con Francisco José de Caldas, miembro de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada que se encontraba en Quito preparando una salida al oriente.

A principios de Junio de 1803 dedicó al sabio Mutis unas demostraciones científicas, expuestas por sus alumnos de Filosofía en el Seminario de San Luís, elogiando sus intentos por introducir y propagar las ciencias útiles y exactas para conocer y observar la naturaleza, manejar el cálculo, el compás y la regla y beneficiar las ingentes riquezas del reino aún no suficientemente explotadas. En el elogio que se hizo de la botánica, sus alumnos expresaron “este ramo encantador de la historia natural derrama a manos llenas sus beneficios sobre las artes, la medicina y el comercio”. De estas conclusiones ha quedado el discurso impreso del joven Manuel Espinosa Ponce discípulo de Mejía, que éste envió a Mutis y ahora se conserva en el archivo del Jardín Botánico de Madrid.

El 4 de Junio Mejía invitó al joven Caldas a brindar una conferencia en la Universidad relativa a la botánica moderna. Asistieron los miembros del claustro, las Ordenes religiosas y distinguidas personalidades   de la ciudad. Caldas trató sobre los beneficios de la Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada con sede en Bogotá bajo la dirección del sabio español fray Celestino Mutis y en su réplica hizo el elogio de Mejía, a quien calificó de alma grande y emprendedora, de espíritu vasto y atrevido, presentándolo como un alumno de Mutis y poniendo a éste con los más grandes investigadores botánicos tales como Tournefort, Linneo (quienes habían incorporado a la botánica dentro de los estudios de la filosofía) Bergmann, Buffon, Jussieu, Loeffling, Plumier y Humboldt, que recién se había ausentado de Quito un año antes sin haber sido invitado a hablar por la Universidad.

A finales de año el Presidente de la Audiencia, Barón de Carondelet, motivado por causas económicas, permitió que los atrasados sacerdotes dominicanos retomaran las cátedras de filosofía en la Universidad de Santo Tomás puesto que no cobraban estipendio alguno, lo cual hizo que los profesores laicos se quedaran sin ellas, entre ellos Mejía, que pasó desde ese momento, el 11 de Noviembre de 1802, gran pobreza.

Caldas escribió a Mutis: Mejía es un joven de luces, de talento basto y propio para las ciencias naturales….lo han arruinado y reducido a la miseria quitándole su cátedra y alegando que ha echado a perder el tiempo de los jóvenes haciendo que conozcan la col, el apio, el orégano y olvidando el ergo, el ente de razón y las categorías. de manera que debemos entender que Mejía tenía en Quito algunos discípulos que le seguían en materia tan importante como las Ciencias Naturales.

En 1805 rindió su última prueba para el grado de Bachiller en Medicina y obtuvo tres A. El Cabildo quiso crear una cátedra de Medicina con quinientos pesos anuales pero los directivos de la Universidad se negaron en Octubre, alegando “que no podía apartarse de las constituciones que previenen el método y orden con que debían proveerse las cátedras, lo que dicho en otras palabras consistía en exigir a los candidatos la presentación del expediente de calidad de nacimiento legítimo y la limpieza de sangre”.

Su amistad con Caldas había sufrido menoscabo por ridículas emulaciones, se encontraba pobre y sin empleo pero su buena suerte hizo que desde Bogotá el sabio   Mutis le ofreciera un trabajo en la Expedición, sin embargo, como el asunto demoraría, terminó por aceptar la oferta de su amigo Juan José Matheu y Herrera, Conde de Puñoenrostro, ochos años menor, quien le invitó a visitar España “para estudiar los monumentos de la antigüedad y los progresos de la civilización en el viejo mundo”. Una oferta tan generosa no podía dejarla pasar, de manera que Mejía se despidió de su esposa y contertulios (1) y en Enero de 1806 ambos amigos emprendieron viaje a Guayaquil y Lima, alternando en dicha capital con los profesores de la Universidad de San Marcos y publicó en “El Mercurio Peruano” un artículo sobre el estado de adelanto de la instrucción en la Audiencia de Quito, Luego pasaron a Madrid donde Matheu usó influencias y le consiguió un modesto empleo en el Hospital General.

Al poco tiempo se produjo la invasión francesa a la península ibérica y el ascenso al trono de José I, hermano del Emperador Napoleón Bonaparte, acontecimiento político y militar de gravísimas consecuencias para España y sus colonias americanas. La reacción nacionalista no se hizo esperar y el 2 de Mayo de 1808 se levantó en armas el pueblo de Madrid contra sus opresores extranjeros. Mejía ya había recibido de Quito su título de Médico, se alistó en el cuerpo de Voluntarios e intervino durante el sitio de Madrid peleando en una trinchera hasta que las tropas francesas abandonaron la capital española.

En 1809 la Junta Suprema de la Regencia con sede en Sevilla convocó a la representación de las colonias ante la Corte. El Cabildo de Quito eligió Diputado a su amigo Matheu y completaron la representación del virreinato de Santa Fe designando diputado suplente a Mejía por su valerosa actuación frente a los franceses. En septiembre, después de tres meses de lucha en la región de Somosierra, ante la retirada de las fuerzas españolas siguió a Toledo por caminos tortuosos, disfrazado de carbonero. Había envejecido y perdido el cabello. De allí siguió a Sevilla y tras veinticinco días de correr graves peligros finalmente arribó a su destino a principios de 1810, donde permaneció hasta su traslado a Cádiz.

El 24 de septiembre de 1810 se instalaron las Cortes sin el permiso del Consejo de la Regencia, aunque estaba solicitado. En Octubre de 1810 Mejia denunció los asesinatos cometidos en Quito, posteriormente obtuvo que se permita a los negros ingresar a las órdenes religiosas y obtener títulos académicos. En Noviembre empleó su oratoria e influencia para la designación del General Wellington como jefe supremo de los ejércitos españoles, defendió la libertad de imprenta y presentó su renuncia ante el anuncio de que sería enjuiciado por las Cortes por haber publicado en el diario de su dirección titulado “La Abeja Española”, unos documentos del General Wellington considerados reservados, pero la renuncia le fue negada.

“Desde un comienzo se vio claramente que de sus 303 miembros, 91 eran religiosos “aferrados al dogma y divinidad del derecho” y conformaban el ala mayor del partido de los ultramontanos. Los liberales estaban capitaneados por Agustín Argüelles apodado el divino por ser un maravilloso orador, la mayor parte de las veces estos diputados liberales contaban con el apoyo de los americanos entre los que sobresalía Mejía, considerado el único de talento y por eso era el director del grupo, descollando en las sesiones por su inteligencia y erudición y porque aun teniendo la voz débil sobresalía como orador, hablaba de todo, pareciendo que no le fuera extraña ninguna materia, ya que era canonista, jurisconsulto y médico y tenía gran pasión y temperamento de fuego.

Designado Oficial de la Secretaría de Estado y del despacho de Gracia y Justicia, defendió la libertad de expresión y cuando se produjo el avance de las tropas francesas y peligró la situación de los Diputados en Cádiz. Figuraba entre los diputados más populares, era el inspirador y patrocinador del revolucionario periódico “La triple Alianza” y activo propagandista de la política de avanzada en todos los centros populares del puerto y en uno de ellos conoció y le fue presentada la joven andaluza Gertrudis de Salanova y Benito, con quien mantuvo un cálido romance, sin mencionarle que estaba casado en Quito. Tenía su domicilio en la calle de Ahumada No. 18, en la plaza de la Constitución donde funcionó una de las más animadas tertulias de esa urbe.

El 20 de Diciembre de 1810 solicitó el reconocimiento de los derechos humanos para los americanos. El 18 de Enero del 11 habló de la fraternidad de los españoles y americanos y sobre el reconocimiento del principio de igualdad para todos los hombres, luego bregó por la igualdad de representación de América y España en las Cortes pronunciando un vibrante discurso que republicaría en 1913 Alfredo Flores Caamaño, el primero de sus biógrafos, siendo el segundo Neptalí Zúñiga. Igualmente luchó por la remoción de las autoridades cuando hubieren cumplido el término de sus destinos, así como por la supresión del vasallaje y los señoríos. El 25 de agosto comenzó a discutirse el articulado de la Constitución que se aprobó el 23 de enero siguiente (1812) limitando los poderes omnímodos de la monarquía. De esa época en su célebre discurso en defensa de los indios y el 12 de enero de 1813 atacó a la inquisición con pruebas irrefutables, consiguiendo que no sea restaurado tan indigno como nefasto tribunal religioso y su criminal secuela de torturas y penas infamantes, vergüenza de la Iglesia Católica para todos los tiempos. También obtuvo la terminación de los tributos y repartimientos, la derogatoria de los diezmos y primicias, la cesación de los privilegios económicos para los conventos y casi todo esto mientras llovían sobre Cádiz las bombas francesas.

Era su forma de ser la de un demócrata, por eso decía siempre: “desaparezcan de una vez estas odiosas expresiones de: pueblo bajo, plebe y canalla. Este pueblo bajo, esta plebe, esta canalla, es la que libertará a España si se  liberta”.En esas circunstancias el ejército francés apretó el cerco de Cádiz y los diputados trasladaron las Cortes a la isla de León donde continuaron sesionando pero Mejía ambicionaba regresar a Cádiz, ciudad convertida en un símbolo de la libertad y del constitucionalismo español y apenas cesó el cerco se ofreció como voluntario para inspeccionar unos brotes de fiebre amarilla aparecidos en dicho puerto y temerariamente mocionó en la sesión del 27 de Septiembre porque las Cortes vuelvan a sesionar en dicha ciudad “aunque me cueste la vida”.

Un amigo suyo escribió acerca de sus últimos días de la siguiente manera: “cuando los diputados se despidieron para volver a Cádiz pedí al señor Mejía que cuidase de sí mismo y fue muy notable que a los pocos días después de su regreso a Cádiz, éste fue a visitar a un amigo suyo, otro diputado de las Cortes, que se encontraba en el momento de la última etapa de la enfermedad y lo abrazó unos instantes antes de que expirara. De esta fuente adquirió la infección, fue atacado poco después de la fiebre y murió a los cinco días” cuyos primeros brotes había inspeccionado, cuando solo tenía treinta y seis años de edad y un mes y dos días de haber vuelto a habitar en la casita andaluza No. 18 de la Calle Ahumada frente a la plaza principal y al sentirse gravemente enfermo dio poder para testar a su amigo el teniente de navío José Peñaranda, designó heredera a la señorita Salanova y murió a las ocho de la noche del 27 de Octubre. El día 28 una procesión acompañó su cadáver al Cementerio de la Iglesia de San José extramuros.

El epitafio fue escrito por su amigo el Diputado guayaquileño José Joaquín de Olmedo y dice así: “‘A Dios glorificador. Aquí espera la resurrección de la carne, el polvo de D. José Mejía, Diputado a Cortes por Santa Fe de Bogotá. Poseyó todos los talentos. Amó y cultivó todas las ciencias; pero, sobre todo, amó a su Patria y defendió los derechos del pueblo español con la firmeza de la virtud, con las armas del ingenio y de la elocuencia y con toda la libertad de un representante del pueblo. Nació en Quito, murió en Cádiz en octubre de 1813. Sus paisanos y amigos escriben llorando estas letras a la posterioridad”. En 1814 fueron exhumados sus restos y llevados a la fosa general del Cementerio Municipal donde se mezclaron y perdieron. La historia le tiene entre los más ilustres ecuatorianos de todos los tiempos pues como 

periodista fue irónico, como político un agitador, como orador fluido, valiente, y durante sus años en Quito un esforzado luchador por las corrientes del pensamiento Ilustrado a través del triunfo de la lógica y la razón sobre la ignorancia y fanatismo del peripato y traspantojo aristotélico tomista de la contra reforma que aún imperaba en España y sus colonias americanas para vergüenza de la cultura occidental.

“Entendido, astuto, de extremada perspicacia, de sutil argumentación. Con una habilidad portentosa, con admirable ingenio, sabía torcer el curso de los debates y preparó la independencia”.

El Dr. Agustín Salazar conoció un escrito de Mejía sobre las diferencias entre el aspecto venenoso y saludable de las plantas por eso debe entenderse que empezó a desarrollar a la sombra de su maestro Guzmán, sus propios estudios sobre la flora quiteña, con la brillantez que le era natural.

En 1992 el hispanista norteamericano Eric Berman alertó sobre la existencia de un libro de poesías escrito por Mejía en Quito el año de 1800, cuyo original de su puño y letra se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid con el título de “Travesuras Poéticas, Primer Ensayo de Don José Mexía del Valle y Lequerica” dedicado a la esposa del Barón de Carondelet, Presidente de Quito, con poemas que corren desde Diciembre de 1799 a Enero de 1800 aunque hay poemas como la Loa para una función teatral en la bienvenida del nuevo Presidente Carondelet que debió ser compuesto en Febrero del 99. Enrique Muñoz Larrea obtuvo una copia facsimilar, que apareció incluida el 2008 con un estudio crítico de Hernán Rodríguez Castelo, dentro del volumen “Mejía, portavoz de América”, volumen aparecido con la colaboración de varios autores.

  1. (1) Se ha escrito que en el departamento de Manuela Espejo y alrededor de ella funcionaba una tertulia patriótica a la que asistían Josefa Guerrero y Manuela Cañizares y sus respectivos amantes los doctores Juan de Dios Morales y Manuel Rodríguez de Quiroga así como varios jóvenes intelectuales de ideas progresistas (Antonio Ante y Flor, José Javier de Ascázubi y Matheu, etc.)