MATAMOROS SOTOMAYOR NELSON

CIENTÍFICO.- Hágase el más callado y respetuoso de los silencios que voy a hablar de un ecuatoriano forjado por èl mismo y al que el Gobierno Nacional ha condecorado al Mérito Científico. I aquí estoy yo sin otro título que el de biógrafo, para hablar de un hombre superior en un país donde no abundan.

¿Qué admiración es ésta, qué respeto éste, que une al paciente agradecido con su médico? El doliente, toda criatura humana, requiere de comprensión que nos ayude a vivir los momentos de dolor y de esperanza. El médico debe poseer carismas para dulcificar con gestos, actos o palabras las dificultades propias de toda enfermedad.

Viene a mi memoria, aun recuerdo, la primera ocasión que concurrí angustiado a su consultorio. No le conocía, me enviaba un amigo y entregué mis ojos a este personaje, sabiendo que de él dependería mi futuro. Años atrás, para restaurar una retina había que trasladarse a Panamá, los Estados Unidos o Colombia. Mas, en esos momentos, la nueva escuela en materia de operaciones oftalmológicas de las partes interna y posterior del ojo había llegado al Ecuador y aquí entran aspectos de la vida del Dr. Nelson Matamoros Sotomayor, cuyo ciclo se divide en dos partes. Antes y después de la beca que le concedió el gobierno de Israel para estudios en la Universidad Hebrea y prácticar en el Hospital Hadassah.

Nacido en 1959 en Santa Rosa, provincia de El Oro, en 1984 era un médico recién graduado de 25 años de edad, que había realizado el año de la Rural en un poblado del oriente. Alto, fuerte, señero, arribó   esperanzadamente a Jerusalem donde aún se vivían los difíciles y asendereados años del conflicto palestino que todavía mantiene a Israel en permanente estado de guerra. Llegaba a una ciudad en llamas pero en orden y disciplina, con poco dinero como todo estudiante, hablando solamente el español y el inglés aunque dispuesto a aprender el hebreo y quizá hasta el árabe, en fin, a superar cualquier obstáculo con ánimo firme pues era poseedor de un tesoro de energías frescas y optimistas.

Su padre, uno de los más importantes sociólogos del país, declarado el Mejor Ciudadano de Santa Rosa, profesor en la Universidad de Machala y su madre una mujer trabajadora a tiempo completo, propietaria de uno de los principales gabinetes de belleza de El Oro, le habían dado el apoyo necesario para culminar su carrera médica, pero faltaba la especialización.

No encontró un buen trato, no iba como turista, por el contrario, le esperaban múltiples trabajos y dificultades. La ciudad aún no solucionaba los efectos de su división en dos, la residencia universitaria estaba situada al otro extremo de la Universidad. Debía levantarse a las 4 y 30 de la mañana y hacer cambio de buses pues las clases comenzaban a las 6 y 30. Por las tardes acudía al hospital y de noche, en muchas ocasiones, tenía guardia. Con el paso de los meses se dedicó a las prácticas pero el panorama no varió pues debía estar en el Hospital antes que el profesor, a fin de tenerle listo el historial de los paciente y bien informado de las novedades de cada uno de ellos.

Esforzadamente ganó la confianza de los maestros Hannan Zabermann y David Ben Ezra, de orígen argentino el primero y francés el segundo, quienes le llegaron a tomar tanto afecto que terminaron por ofrecerle la calidad de médico residente. Cabe anotar que entre sus pacientes estuvo el célebre Dr. David Leví, Ministro del Interior de Israel, a quien operó de urgencia por desprendimiento de retina.

En Jerusalem comprendió que la ciencia no es un montón de retazos sin conexión alguna, que los conocimientos se adquieren de las generaciones anteriores a través de las personas que en su momento se dedicaron al estudio y a la investigación, por eso los maestros no se van, se quedan con sus discípulos y la llama del saber científico se acrecienta siempre.

Su labor en Israel fue exitosa, desde el 84 hasta el 87 operó a miles de enfermos, había ocasiones que intervenía hasta 5 y más veces al día, sin contar sus trabajos en el laboratorio realizados con gatos, a los que inducía el cristalino para tornarlo opaco. Estas experimentaciones le proporcionaron la agilidad y el dominio necesarios para realizar complicadas intervenciones quirúrgicas en sus pacientes.

El 88 finalizó su beca y pasó a trabajar en el Rand Eye Institute de Pompano Beach, Estados Unidos, en la aplicación del sistema de ultrasonido en operaciones de cataratas y a finales de años regresó al Ecuador convertido en un científico, casado con su novia ecuatoriana e imbuído de una sincera pasión de servicio. Sonriente sin dejar de ser grave, enérgico sin dejar de ser dulce, y con fulgores de sapiencia, fue pionero en cirugías complicadas de vítreo y retina y en la aplicación de las citadas técnicas de ultrasonido e implantes de lentes intraoculares plegables, practicando su ciencia en el consultorio gratuito de las damas del cuerpo consular y en el propio de la clínica Kennedy.

Desde entonces es asiduo concurrente Congresos y Simposios internacionales de Oftalmología y ha recorrido casi todo el mundo con este objeto, son sus momentos de relax porque la vida del Cirujano es metódica y más si se trata de un espíritu de selección porque ama la soledad de la lectura y el estudio; mas, en el silencio de la consulta o frente al ¿Cuanta satisfacción, cuanta alegría, cuanta emoción al restaurar la vista a los pacientes; sin embargo, cosas del destino, esta fructífera existencia no ha estado exenta de dolorosas situaciones: la ceguera y pérdida del padre, la viudez.

Dr. Nelson Matamoros Sotomayor, ecuatoriano de bien, cirujano ilustre por derecho propio, con la ayuda de la ciencia y las enseñanzas de vuestros sabios maestros de Israel estáis haciendo un gran bien. Sois pues, un hombre providencial. La Patria al premiar vuestros servicios se ha honrado y nosotros alborozadamente nos sumamos al homenaje.