MARTILLO MORÁN NARCISA DE JESÚS

SANTA. – Nació en la hacienda San José, cerca de Nobol, Cantón Daule, el 29 de Octubre de 1832, día de San Narciso, mártir romano del siglo II. Hija legitima de Pedro Martillo Mosquera nacido hacia 1794, Teniente de Corregidor de Nobol en 1835, dueño de una lechería en el sitio Cerro Pelado con terreno, casa y corral y de Josefa Morán Salas que aportó al matrimonio en 1818 la pequeña finca “San José”. Ambos campesinos dauleños e iletrados que habían casado, el de 24 años y ella de 14 y con el tiempo lograron adquirir los sitios “Bijagual” y “San Sebastián”, todo en pequeñas extenciones.

Fue la séxta de nueve hermanos y muy tierna fue llevada al pueblo de Soledad por su madrina Josefa Campuzano pero a los seis años la regresaron a Nobol porque enfermó su madre, que murió poco después, posiblemente de tuberculosis. Desde entonces corrió su crianza a cargo de su hermana mayor María del Tránsito Martillo, fue confirmada por el Obispo de Gayaquil monseñor Garaycoa el 16 de Septiembre de 1839 y aprendió a leer y a escribir en la escuelita que mantenía el Preceptor peruano Juan de Dios Ritcher pero nada más, de donde se puede afirmar que fue una mujer simple y sin mayor cultura, pero de fe inquebrantable.

A los nueve años, en 1841, realizó su Primera Comunión en la iglesia de Daule. “Se impuso imitar la vida de Mariana de Jesús para lo cual aborreció los placeres del mundo y abrazó la Cruz del Salvador para santificar su alma, martirizando su cuerpo. Usaba ásperos cilicios y hasta se punzaba con filudos vidrios. La sábana de su cama amanecía salpicada de sangre y ocultaba su sufrimiento aduciendo que las manchas eran las picadas de pulgas que no la dejaban dormir”. Sus familiares pronto se dieron cuenta de la verdad pues su vocación de víctima le hacía caer en ridículas exageraciones.

“Una noche el vecindario celebraba el carnaval con agua, bailes y licores. Narcisa corrió a un guayabo agrio donde diariamente solía orar y se dio de latigazos todo el tiempo que duró la fiesta en una infinita ansia de reparación pues creía que toda diversión era mala, ya que así se había perdido su hermana María, bebiendo y bailando” La verdad es que su hermana se había ido con un marido a vivir a otro lado de la comarca y luego, al ser abandonada, tomó sucesivamente otros dos maridos con los cuales acostumbraba bailar y beber en las fiestas, de donde proceden las familias González Martillo, Murillo Martillo y Hernández Martillo. Eso se llamaba entonces “perderse”, entre las gentes simples del campo, pues no era considerado una vida digna. Ahora Maria hubiera sido considerada una real hembra.

Con el tiempo aprendió a coser y a bordar y un viejo maestro de la región llamado Manuel Navarrete le dió clases de canto y guitarra. En horas libres ayudaba a la crianza de su sobrina Chepita Hernández Martillo a quien tomó a cargo para enseñar a coser, el resto del tiempo pasaba distraída en oración.

Era una mestiza entre india y blanca, más bien alta y de contextura proporcionada, piel canela, dentadura de notable belleza, cabellera sedosa y abundante, dividida en dos largas trenzas partidas en bando por una raya en medio, sin embargo, al final de su vida terminó hinchándose por retención de líquidos debido a que, como no se alimentaba bien – ni siquiera lo suficiente – empezó a sufrir de una desproteinización.

En 1851 vivía impartiendo clases de catecismo y religión a los niños de las haciendas vecinas y meses después, al fallecer su padre, sin preocuparse de reclamar la magra herencia que abandonó en provecho de sus hermanos, visitó a Silvanía Gellibert Marcos esposa del marino mexicano Ignacio Negrete y González – Corral, y le solicitó que a su sobrina Chepita y a ella las lleve a su casa de Guayaquil.

A principios de 1852 habitaron en la casa de doña Silvanía en Chile entre Ballén y Diez de Agosto (Caridad entre Colegio y Cárcel) conocida como la casa del limeñito por una fonda que funcionaba en los bajos. Narcisa y su sobrina despreciaron una habitación cómoda que les fue ofrecida prefiriendo un altillo muy humilde y pequeño que servía de bodega de trastos viejos. De esa época son sus primeros éxtasis y arrobamientos y su sobrina tenia que remecerla para que volviera en si, según referencias que hizo a su confesor el presbítero Luis de Tola y Avilés a quien conocía desde Daule y Nobol y cuyos consejos siguió largos años haciendo sólidos progresos en el camino de la virtud. De todos sus Directores espirituales Tola fue el más allegado y el que más influyó en su ascetismo.

Usualmente acostumbraba azotarse y como único alimento probaba una esencia de café que siempre tenía en una botellita. Comía tres panes fríos del día anterior y bebía agua bendita que recibía del Colegio Seminario. Cuando comulgaba se le transfiguraba el rostro y después quedaba en un silencio profundo y prolongado, perdía el sentido, la tocaban y no se movía, por eso la gente comenzó a hablar de ella. No temía al trabajo ni era enfermiza, cosía, zurcía, lavaba, planchaba, cocinaba y barría con suma alegría, pues no le gustaban tristezas ni los desabrimientos. Tal su carácter.

En 1858, luego de seis años en casa de doña Silvanía y a pesar de los ruegos de ésta para que se quede porque la había llegado a apreciar mucho, abandonó el altillo con suma delicadeza por que ella la consentía mucho y habitó en un cuartito debajo de la escalera de la casa de la señora Carmen Uranga de Landín en la esquina de 9 de Octubre y General Córdova (San Francisco y la Gallera) frente a la iglesia de San Francisco, donde permaneció cosiendo hasta el 60.

“Entre sus excentricidades vale anotar que se sentía perseguida por el demonio que no la dejó en paz por el resto de su vida al punto que la fastidió hasta en Lima” según cuenta uno de sus biógrafos con bastante ingenuidad pues lo que ella creía persecuciones solo se trataba de neurosis producto de su constante histerismo religioso.

La Parasicología atribuye estos fenómenos a expresiones de energía mental pero ella todo soportaba con resignación para vivir una vida perfecta, estricta y ascética. Un día convenció al negro Rabasco, antiguo esclavo que había pasado a ser liberto y trabajaba de doméstico donde los Landín, para que le arme una cruz de madera formada por dos tablas erizadas de púas y clavos sobre la que diariamente se acostaba. Mientras tanto su confesor, el Presbítero Tola, enfermó y tuvo que ausentarse a Lima, no sin antes recomendarla al Dr. José Tomás de Aguirre Ánzoátegui, varón prudente que la guió con sabios consejos hasta el 61 que fue consagrado Obispo de la Diócesis y ya no pudo seguirla asistiendo, entonces tomó por confesor a su vecino el franciscano Antonio de Pértiga.

Por esos días la servidumbre de la familia Landín empezó a relatar por el barrio los sacrificios que realizaba la ^ señorita Narcisa y todos comenzaron a hacerse lenguas de su vida, obligándole por humildad a cambiarse a un cuartito ubicado en la casa de Jesús Marín Vda. de Antepara en Chimborazo y Aguirre (Calles del peso viejo y del Teatro) cerca de la Catedral, donde cosía por paga que repartía entre cinco pobres de la urbe y allí conoció al Presbítero Amadeo Millán y de la Cuadra, religioso emparentado con la dueña de la casa. Además, como diariamente oía misa en la Catedral, empezó a tratar al Presbítero Pedro Pinto Borja, quien, admirado de sus raras virtudes, fue su confesor y terminó por solicitarle que sea el ama de llaves de su casa ubicada a la vuelta de la Catedral, sobre la calle Diez de Agosto. Ya Narcisa conocía a otra vecina del barrio, Mercedes de Jesús Molina y Ayala, hija de confesión del Presbítero Millán y se hicieron “amigas de misas”.

En 1862 comenzó a usar el hábito negro de jesuíta debajo de su vestido aparentando por eso una cierta robustes que nunca tuvo, como se puede apreciar de la única fotografía que se conserva de ella, aunque existe otra en la que aparece en el ataúd. Ambas fotografías constan en una de las vitrinas del Museo Municipal y fueron enviadas al Dr. Modesto Chávez Franco, Director del Museo.

Para enero del 67 la enfermedad del Presbítero Millán hizo crisis con vómitos de sangre y lo abligó a guardar cama. Los médicos le aconsejaron un viaje a la sierra a ver si mejoraba y como hacía muchos años que residía en Cuenca su tío Antonio Millán y Gracia, decidió visitarlo acompañado de Narcisa que le serviría de enfermera. Durante esa estadía en Cuenca que duró algunos meses, ella concurrió al Monasterio del Carmen donde ya era monja su amiga Virginia Vergara y trató a esa comunidad.

A mediados de año falleció Millán y el Obispo Remigio Estévez de Toral mandó a llamar a Narcisa para pedirle que profese en el nuevo monasterio contemplativo que pensaba fundar “pero no hubo argumentos ni reflexiones que la convencieran” y regresó al puerto hospedándose en la Casa de las Recogidas que dirigían sus amigas Juana Marín Rodrigo Vda. de Molina y Mercedes de Jesús Molina y Ayala en la actual calle Víctor Manuel Rendón y Boyacá ( del Bajo y Ancha) La casa era un orfelinato y al mismo tiempo servía de internado para niñas abandonadas. Narcisa empezó a hacer de todo un poco, desde las humildes labores domésticas hasta la enseñanza de costura, sin abandonar sus prácticas religiosas ni los tormentos a los que sometía su cuerpo. Después de su muerte algunas de las niñas relataron los flagelos de Narcisa y hasta detalles menores como el reguero de sangre que corría por el piso.

Diariamente frecuentaba el templo de San José y en muchas ocasiones, al cerrarse las puertas de noche, quedaba en oración ante el santísimo. Su confesor, el Padre Segura, estimaba en alto grado su espiritualidad y le brindaba este tipo de facilidades. También solía visitar a su amiga Silvanía Gellibert de Negrete que había enviudado y siempre fué su amiga leal y sincera. Allí trató a monseñor Carlos Adolfo Marriott y Saavedra y hasta lo tuvo de confesor durante un corto tiempo, pero le dejó cuando observó ciertas demostraciones de cariño que existía entre ambos (1) Entonces llegó a la ciudad el franciscano fray Pedro Gual, de paso por Guayaquil en visita a esa orden, quien le dijo “Si quieres ser santa, vete a Lima, que yo te ayudaré”.

Narcisa se vio precisada a trabajar por paga para doña Silvanía y finalmente logró reunir la cantidad necesaria como pasajera de tercera clase al Callao. Dejó en Guayaquil a su sobrina Chepita Hernández Martillo la Cruz grande de madera donde dormía, su ejemplar de la obra del Padre Rodríguez y una pequeña imagen del Niño Dios con la que solía hacer el pase del Niño cada navidad.

En Junio de 1868, sin tomarse el trabajo de conocer la ciudad de Lima, tal su simpleza de vida, del muelle pasó directamente al Beaterío de Nuestra Señora del patrocinio que las monjas dominicanas regentaban en el Paseo de las Descalzas, como simple seglar y bajo la tutela del padre Gual, quien obtuvo de una persona rica y caritativa la suma de cuatro pesos al mes para pagarle la renta. Narcisa también contribuía al sustento cosiendo a las monjas y pronto se hizo querer y hasta dicen que aprendió a leer en latín, cosa que lo dudo.

Su vida interior se intensificó grandemente al igual que sus padecimientos físicos. Usaba una corona de espinas incrustadas en la frente y disimulada por una pequeña gorrita. Cargaba una cruz sembrada de clavos, hacía cuatro horas de oraciones nocturnas, dormía en el suelo sobre puntas de acero. En cierta ocasión, tras un retiro extraordinario, cayó en éxtasis profundo y vio la aparición de Jesús que se sacó el corazón con las manos de la cavidad del pecho y se lo dió a besar; sin embargo, a pesar de todo ello, creía que el diablo la seguía mortificando con golpes y otras maldades, cuando en realidad se trataba de alucinaciones causadas, por su pésima alimentación pues casi no comía. Solo tomaba diariamente una tacita de café puro y un pan duro, seco y viejo negándose a ingerir otra clase de alimentos. El Padre Gual había tenido que regresar a España dejándola encargada al Presbítero Manuel Santiago Medina Bañón que la siguió aconsejando sin darse cuenta que en realidad la estaba matando al permitirle tales mortificaciones extremas por absurdas, ridiculas y tontas.

En Septiembre de 1869 tuvo fiebres altas y en medio de ellas un delirio o revelación profetizando que moriría pronto, lo cual no era ninguna novedad dada su postración física. Parecía una anciana aunque no tenía ni treinta y siete años. “El día de la Concepción voy a comulgar con una bata blanca, a la romana, como la que lleva aquella virgen del altar”.

A principios del mes de Diciembre, tras dos meses de dolencias menores, recayó con fiebre y la madrugada del miércoles 8 de Diciembre de 1869 – día de la Concepción de María – murió en su celda y en gran pobreza. Parece que su última enfermedad fue una infección ya que sus defensas orgánicas estaban bajísimas por la inanición y agotamiento, sin que se conozca la hora exacta pues cuando la veladora del Convento visitó su celda, estaba sin vida.

Al saberse su muerte corrió por toda Lima su fama de santidad. El entierro se efectuó tres días después, el sábado 11, en medio de la expectación general y con asistencia de las autoridades. La noticia llegó por el cable a Guayaquil. El periódico Los Andes el 12 de Enero de 1870 anunció “Un Milagro. Tenemos de venta el retrato de la beata Narcisa Martillo (natural del rio Daule) que ha muerto en Lima con forma de santa. Establecimiento de fotografía y pintura, esquina de san Agustín, Pérez Básconez y Cia.

Mientras tanto ern Lima, tras unos concurridos funerales en la iglesia del Patrocinio con asistencia de miembros de la sociedad, autoridades, pueblo y clero el cadáver había sido depositado en una bóveda del mismo convento pero al día siguiente el Prefecto de Lima Andrés Segura, quien había asistido a los funerales, llamó al padre Medina para manifestarle sus sospechas de que se trataba de un caso de muerte aparente , a juzgar por la flexibilida del cuerpo, el rosado de las manos, la soltura de la piel y otros signos reveladores de vida y pidió que varios facultativos la examinen, lo cual sirvió para alborotar a la ciudad y numeroso pueblo se arremolinó a las puertas del convento. El Dr. Rafael Benavides presenció el acto y certificó la muerte, firmando varias personas de reconocida solvencia, pero aún así siguió el cadáver seis días más en exhibición para que la viera todo el pueblo, que la proclamó santa incorrupta. Varias personalidades como el Ministro Plenipotenciario de Bolivia, el Vicepresidente del cuerpo legislativo y aún altos funcionarios del gobierno tomaron empeño en elevar a Narcisa a los altares pero como nada hicieron el asunto pasó con los años al más absoluto olvido.

En Guayaquil el joven Angel Tola y Espantoso publicó “Rasgos biográficos de la Sierva de Dios Narcisa de Jesús Martillo” folleto escrito por su tio el Obispo.

En 1926 el Arzobispo de Lima, Emilio Lissón, envió varios recuerdos de Narcisa al Museo Municipal de Guayaquil y su Director Modesto Chavez Franco le dedicaría una de sus crónicas años más tarde Desde entonces se recobró su memoria entre nosotros, pues ya se había desdibujado.

El 30 de Abril de 1955 su sobrino nieto Miguel Martillo Ronquillo trajo de Lima sus restos por las Aerolíneas Panamá. Según recuerdos de Guillermo Guerrero Pilay, chofer que manejó el vehículo donde se trasladaron los parientes de Narcisa a Lima, al abrir su bóveda en el Beaterío del Patrocinio, encontraron lo siguiente: le quitamos las tablas y al abrir la caja – no obstante tener en ese entonces ochenta y cinco años de su fallecimiento – su cuerpo estaba intacto, como dormida. Una mujer muy hermosa de tez blanca y con dos trenzas largas, su cabello color castaño claro. Le tomé la cabeza, Napoleón Burgos de los pies y Miguel Martillo de la cintura y la colocamos sobre un manto blanco en el piso y posteriormente en otro cofre. Más de medio cuerpo de la niña Narcisa desapareció desde las rodillas hasta los hombros. Las religiosas cogieron la carcoma de la caja y dijeron que la tomaban como reliquia. Dentro del cofre encontraron un pedazo de tela, un collar y un rosario que fueron recogidos y llevados por los familiares. Como había que hacer unos trámites en Guayaquil los familiares regresaron al Ecuador para cumplirlos. De este relato se infiere que el clima seco de Lima había mantenido el cuerpo de Narcisa, que al ser movido se destruyó por lo que actualmente solo se exhibe en Nobol una mascarilla de cera y algunos huesos del esqueleto unidos para aparentar un cuerpo.

Primero estuvieron depositados quince días en la iglesia del Santísimo Sacramento en Pío Montúfar y Manabí, después pasaron a un pasadizo situado a un costado de la iglesia de los jesuítas de San José, expuestos a la veneración de los fieles en una urna de metal y cristal mandada a confeccionar ex profeso. Las partes que quedaban del esqueleto de Narcisa aparecían cubiertas con un vestido blanco de novia y la calavera por una mascarilla de cera coloreada, pero con el paso de los meses disminuyo el interés del público por que no veían una momia, como se dijo en un principio.

En 1958 el Padre Luis Mancero Villagómez S.J. editó su biografía y puso a Narcisa una vez más sobre el tapete. El Diputado Vicente Leví Castillo inició una campaña periodística para que los restos de Narcisa fueren llevados a Nobol y tanto zarandeó por la prensa que consiguió interesar a las autoridades religiosas de Guayaquil.

En 1972 se realizó su traslado secreto a Nobol y el 83 le construyeron una cripta a pocos pasos. Ese año Jorge Velasco Mackenzie publicó su gran novela “El rincón de los Justos” donde figuran dos personajes femeninos con el nombre de Narcisa. Una es la beata y otra trabaja de salonera en el salón denominado El Rincón de los Justos. La una era la fe y la otra la carne, pero ambas perseguían por diferentes caminos, un mismo fin, el perdón. El asunto no se entendió, ocasionando una temporal polvareda de protestas de los fieles seguidores de la violeta de Nobol, eufemismo con el cual se ha bautizado a la niña Narcisa.

Después han aparecido otras biografías como las de Miguel Martillo Ronquillo y las de los sacerdotes Hugo Vásquez Almazán y Roberto Pazmiño Guzmán. El arzobispo de Guayaquil, Bernardino Echeverría Ruiz también fue autor de una pequeña obra “Apunte y documentos sobre el traslado de los restos de Narcisa de Guayaquil a Nobol”.

Aprobada su causa a pesar que no existe un solo documento que acredite su existencia, ni la Fe de bautizo, ni pasajes, ni contratos, ni cartas… nada, solamente su partida de defunción en Lima, la lista de viajeros a Lima y la biografía de Tola publicada a poco de su muerte, que indiquen su existencia, fue aprobada en Roma y en la actualidad es la primera santa costeña y el santuario de Nobol se ha transformado en un centro de peregrinaje turístico.