MARQUEZ TAPIA RICARDO

HISTORIADOR.- Nació en la hacienda trapichera “Santul” jurisdicción parroquial de Tomebamba, Cantón Paute, propiedad de su madre, donde destilaban aguardiente de caña, el 9 de Octubre de 1886. Hijo legitimo del Dr. Ezequiel Márquez y Vásquez, político conservador, Vicepresidente y luego Presidente del Concejo Cantonal de Paute y eminente historiador bolivariano y de Teolinda Tapia y Vicuña, cuencano y pauteña respectivamente (1)

Su padre le enseñó las primeras letras y en su más tierna edad fue llevado a Cuenca y matriculado en la escuela San José de los Hermanos Cristianos, finalmente cursó la secundaria en el Colegio Nacional donde hizo versos al igual que otros compañeros, recopilando los suyos en un poemario titulado “Voces Errantes”.

En 1903 terminó el bachillerato con excelente notas, ingresó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Cuenca y se graduó en 1909 de solo veinte y tres años. Por su aplicación fue llevado como profesor al Colegio Nacional y desempeñó varias materias hasta 1914 en que la Universidad le designó catedrático de Anatomía y Terapéutica. Ese año contrajo matrimonio con Rosario Moreno y Serrano, hija del ilustre poeta Miguel Moreno y tuvieron una larga familia compuesta de diez hijos, pero solo sobrevivieron cinco.

En 1911 atendió en su última enfermedad al ex- Presidente Antonio Borrero. El 15 fue director del Gabinete de Radiología de la Cruz Roja y comenzó a investigar en archivos y bibliotecas de Cuenca pues desde niño había asistido a las reuniones intelectuales que se celebraban en casa de sus padres con los Dres. Julio Matovelle, Alberto Muñoz Vernaza, Remigio Crespo Toral, Honorato Vásquez Ochoa y Alfonso María Borrero Moscoso, de suerte que inmerso en el ambiente cultural citadino y con motivo del centenario de la gloriosa batalla de Boyacá en 1919 publicó el folleto “Los Patriotas de Boyacá” y al año siguiente un bosquejo preliminar de “Bibliografía ecuatoriana”.

El mismo año 19 figuró entre los socios fundadores de la Cámara de Comercio de Cuenca. El 24 editó su primera gran obra “Batallones colombianos en Ayacucho” en 137 págs. ubicándose entre los historiadores del país, al tiempo que continuaba en su carrera profesional. El 22 había salido de la cátedra universitaria para laborar en la Asistencia Pública.

En 1924 fundó y dirigió la Gota de Leche con Nicanor Merchán Bermeo, Francisca Dávila Muñoz y las madres de la Caridad que facilitaron el local dentro de su convento en la calle Estévez de Toral entre Bolívar y Gran Colombia.

En 1928 renunció a la Asistencia Pública para dirigir el leprocomio “Mariano Estrella” donde laboró incansablemente con gran caridad y esfuerzo hasta que la penuria fiscal obligó a cerrarlo en 1936. Entonces, ayudado por el Dr. Napoleón Montesinos Moscoso trasladó a los enfermos al Asilo de Verde Cruz y se dedicó a tiempo completo a sus labores históricas (2)

En 1929 dio a la luz “Tarqui” en 329 págs. El 30 “Mes fúnebre de Bolívar” El 31 “Discurso en el centenario de la muerte del Mariscal Antonio José de Sucre” y su conferencia “Sucre, sol de sangre” en 22 págs al inaugurarse en Cuenca el monumento a Abdón Calderón sacó un raro librito interesantísimo “Estirpe gloriosa” en 137 págs que le valió el agradecimiento de los Garaicoa de Guayaquil, sobrinos bisnietos del héroe mediante un Pergamino enviado desde Guayaquil. Poco después sacó “Cuenca, ciudad eucarística” en 294 págs.

Desde hacia muchos años venia prestando su colaboración en el diario “El Mercurio” hasta que en 1930 entró de lleno a la Redacción como empleado de planta. Allí se reunía con Antonio Borrero Vega, Nicanor Merchán Bermeo, Roberto Crespo Toral, Manuel María Borrero González cuando estaba en Cuenca y Víctor Manuel Albornoz Cabanilla con quienes le unía fraterna amistad y común vocación por las cosas del pasado comarcano y nacional.

En 1934 publicó “Simón Bolívar y Fray Vicente Solano” en 27 págs. y “Sol de Gloria” sobre la familia Calderón Garaycoa en 151 págs. Poco después falleció su esposa a causa de varias hemorragias y se sumió en la melancolía. De esta época son sus poemas “Sepulcrales”, calificados de tristes y sonoros lamentos que recogió en un parvo volumen.

Sus amigos le convencieron que debía ahogar su dolor en el trabajo, redoblando horas de investigación. I siguiendo el consejo comenzó a salir muy temprano para oír misa, luego leía, tomaba notas en la Biblioteca, cinas de El Mercurio, atendía a las once de la mañana la consulta y solo regresaba a su casa al caer de la tarde. Por las noches escribía en la cama, corregía pruebas, recortaba y pegaba artículos de prensa y cuando le hablaban de contraer un nuevo matrimonio se excusaba con mucha gracia diciendo que en su cama había tal desorden de papeles, gomas y tijeras que ya no entraba nada más y era verdad.

Dedicado por entero a las letras corrieron desde entonces los años de su vida. Los más intensos fueron los de las décadas de 1935 al 65 cuando popularizó el relato histórico en la prensa nacional colaborando en casi todos los periódicos de la República con útiles y valiosas crónicas, nunca pagadas como hasta hoy es costumbre, pero a él no le importaba pues así daba rienda suelta a su irrenunciable vocación, a su patriotismo; mientras en El Mercurio alternaba con intelectuales de la talla del Dr. César Andrade y Cordero, Luis Moscoso Vega, Vicente Moreno Mora y los hermanos José y Luis Sarmiento.

En Enero del 36 dictó una conferencia en la Sociedad Bolivariana de Quito y dio a la imprenta la biografía del general Antonio Farfán en 40 págs.

Al amigo y llamó a declamar a su nietecito Juan Tama Márquez de quien se sentía muy orgulloso porque sabía recitar, pero el chiquillo se negó a hacerlo aduciendo que había sido partidario del Coronel Estrella, candidato perdedor a la alcaldía. Un peñiscón recibido de su abuelo le hizo comprender – tardíamente – que había metido la pata.

El 60 y por encargo expreso de la Academia Nacional de Historia, se dedicó a rehabilitar la memoria de Mariana Carcelen Larrea. Marquesa de Solanda, atacada por el historiador venezolano Ángel Grisanti.

El mucho fumar le mantenía enfermo con asma bronquial. Fumaba hasta tres cajetillas diarias de esos cigarrillos antiguos de envolver conocidos como dorados porque venían en papelitos amarillos desde Guayaquil, elaborados por la Fábrica de Cigarrillos El Progreso, después cambiarían de nombre por Full Speed (en español a todo vapor) eran envueltos en papel blanco y las cajetillas tenían el dibujo de un trasatlántico con dos chimeneas que botaban mucho humo. Su trabajo de revisar papeles polvosos en los archivos y libros antiguos en las bibliotecas le afectaba aún más y encima el clima frío de Cuenca, de suerte que el gasto mensual en medicinas se fue incrementando en desmedro de su paupérrima economía, ya que a su amparo vivían su hija Inesita quien era poetisa en ratos perdidos y su nieto el Juan Tama a quien adoraba.

El 64 editó un raro vademécum de 161 págs sobre la vida del médico guayaquileño José María Ala – Vedra y Tama y otros tópicos varios pues mantenía con él un parentesco político a través del ex esposo de su hija Inesita padre del Juanito Tama Márquez, su nieto.

En 1965 sacó “Cuenca ciudad colonial” en 204 págs. y el 13 de Noviembre, en solemne ceremonia recibió la Presea Municipal Fray Vicente Solano En 1967 “Auto bibliografía”. El 68 “La Safo ecuatoriana Dolores Veintimilla de Galindo” en 268 págs. que había terminado veinticinco años atrás, en 1943, para un Concurso Nacional de biografías, donde obtuvo el Primer Premio, pero era tal la pobreza del país que la obra no había podido salir. Incesante en sus trabajos, escribía casi todo el día sin descuidar su correspondencia nutrisidísima pues de todas partes del país le consultaban. Vivía en su casa antigua de la calle Gran Colombia No. 1.264 casi en ruinas

pero limpia. La casa era propia, con los muebles indispensables, se veía pobreza, pero ello no le importaba una higa porque su ideal era superior y sus metas elevadas por intelectuales.

En 1966 se agravó su condición por un enfisema declarado y empezó a salir menos y a trabajar más sus asuntos pues avizoraba un próximo fin. Una mañana del 68 le fui a visitar con mi esposa, lo hallamos en su cama, nos recibió alegremente y conversamos largo. Estaba lúcido y optimista y me regaló su Dolores Veintimilla pidiéndome prestada una pluma fuente para dedicar su trabajo. En consecuencia le obsequié la pluma que llevaba, de oro y regalo de un cliente guayaquileño, el famoso “Ladrón de Levita”, pero esa es otra historia. Mi gesto le llenó de alegría pues siempre había sido como un muchacho fácil para los afectos y a mi me tenía como un colega en ciernes. Aún conservo su obra entre los recuerdos más preciados de mi Biblioteca pues me la dio con amable generosidad, tratándome de igual, siendo yo un recién iniciado y él una figura consagrada a nivel nacional, pero así era de bondadoso.

En Junio de 1.970 sufrió una intoxicación por remedios que le produjo infección renal agravada con pleuresía, pero mejoró y hasta llegó a dictar a su hija un artículo para la prensa. El día 18 le subió la urea y el sábado 20, justo el día en que la República se enteraba conmovida que el Presidente Velasco Ibarra proclamaba su dictadura civil, murió en su casa a las cinco y media de la tarde, atendido por el Dr. Leoncio Cordero Jaramillo. Tenía ochenta y tres años de edad.

Su esposa había sido adinerada pero él no supo conservar la fortuna porque vivía inmerso en un mundo de papeles y documentos. Por muchos años fue corresponsal de los principales diarios de la República.

Su estatura mediana, piel blanca aunque curtida por el sol, facciones regulares, conversación fácil y sutil. Pronto para la risa, bondadosísimo, Gustaba ayudar, sobre todo a los jóvenes, se ilusionaba sanamente cuando advertía alguna vocación por la historia. Era como si sintiese que algo fluía de él en una continuidad infinita.

Pocos autores tan prolíficos han tenido esta ciencia en el país. Su producción periodística consta de treinta y un volúmenes de cien paginas cada uno, de los cuales veintisiete son propiamente de asuntos relativos a la por caídas de altillos. El temor de ir a la escuela y no saber las tablas de multiplicar, peor las de dividir. Las historias que contaba mi padre de viajes y peripecias. La ficción verbal suya pues todo era un bellísimo invento que le sacaba la lengua a la realidad. Recuerdo mi afición al cine, pues mi padre me daba pases libres y entraba a cualquiera. Los juegos solitarios ya que no tenía ningún hermano con quien jugar. Por eso creo firmemente que en esos años se fue formando el escritor que ahora soy. Sobre todo después en tardes de lecturas en el altillo del abuelo, meciéndome en una grata hamaca de mocora o en la crujiente mecedora antigua, allí leí lo que Norte América exportaba en español: Life y Selecciones. Luego fueron entrándome Verne y Dostoievsky, embriones entre fantasiosos y malignos, y casi enseguida la escuela dejó de ser una tortura para convertirse en el punto de reunión de primeros amigos y juegos de indor y fútbol. Por eso mi infancia pasó tímida como una criatura que bordea senderos para no ser vista por la calle principal. Es esa huidiza, solitaria y silenciosa sensación de vida, la única que puede, luego, arrastrar a una persona, a querer expresar sus sensaciones, los de los demás o los humores que emana una ciudad bulliciosa, pero, a veces, incapaz de articular una frase coherente”.

“Todas mis escuelas fueron católicas: Domingo Savio, Perpetuo Socorro, nombres que no dejan entrever el sentido ruin de Dios. Mas. en la secundaria, en 1969, el Colegio Nacional Eloy Alfaro me acogió en sus aulas por seis largos años, aunque al terminar el Ciclo Básico quise cambiarme a un Colegio Técnico como no aprobé los exámenes de Matemáticas, Trigonometría y Geometría, me sentí abocado hacia una práctica que siempre había llevado escondida: el dibujo, seguramente influenciado por una tía pintora – María Eugenia Martillo V. – pero llegué tarde al Colegio Municipal de Bellas Artes y tuve que volver al Alfaro”.

“Allí me esperaban las Ciencias Sociales y toda su gama de agradables sorpresas, pero fue solamente en el quinto Curso cuando un profesor de Literatura supo despertar en mí una serie de expectativas en torno a esa materia. Ese año nos encontramos en la misma aula con Fernando Itúrburu, al año siguiente ingresamos al Taller Sicoseo donde fuimos los más jóvenes con Fernando Balseca y Raúl Vallejo. Los otros eran Hugo Salazar Tamariz, Solón y Gaitán Villavicencio, Willington

Paredes, Edwin ülloa, Héctor Alvarado, Fernando Nieto, Fernando Artieda, Raúl Vallejo y Jorge Velasco” y buscamos recuperar el habla popular guayaquileña entre otros proyectos estéticos.

“De allí en adelante las cosas se aclararon para mí. Ingresé en la Facultad de Filosofía de la Universidad Católica. Tuve mis años de intensas lecturas y también los de prácticas políticas, que fueron tiempos de luchas y esperanzas, de amores grabados en el pecho y que saltan aún entre las líneas de mis textos literarios. Allí conocimos a Mario Campaña Avilés y formamos el grupo que como triángulo esotérico tomó el nombre de “Catedral Salvaje” para editar una revista, órgano de expresión de una generación que a veces vive con cinismo e indiferencia y en otras con dolor y legitimidad.

“Al periodismo entré por las puertas de las erratas, como corrector de pruebas del semanario dominical de Expreso en Septiembre de 1985 cuando lo coordinaba Carlos Calderón Chico, quien me incitó a escribir crónicas y bajo la serie El Pulso de la Ciudad me fui interesando en ser una especie de cámara fotográfica que imprime todas las visiones que pasan desapercibidas por comunes y propias. Me interesó la marginalidad por ser la otra realidad que se cubre bajo diversos antifaces y parecería que nadie quiere ver por ser grotesca y populachera; mas para escribir crónicas es necesario además de ver, saber. Ordenar enredados signos, allí esta la poesía ya que la vida y la muerte bailan en las calles en un eterno carnaval de alegría y miseria. Sin embargo hay que interpretar lo popular, no desde el nivel del lenguaje sino en sus estratos vivenciales más íntimos. Escribir crónicas de una ciudad, ir matando a esa ciudad que nos atrapa, es ir quitándole el maquillaje a la vieja ramera, para mostrarla tal como es, antigua y al mismo tiempo naciente como el Ave Fénix”.

“Sin embargo cuando entré a Expreso, no era propiamente un novato. Había ganado algunos premios citadinos y otros no tanto. El 79 obtuve él segundo premio en el VIII Concurso Nacional de Poesía del Festival de las Artes Fundación de Guayaquil, El 80 saqué el primer Premio en el III Concurso Nacional de Literatura (Poesía) convocado por la Universidad Nacional de Loja. El 82 el segundo premio en el X Concurso Nacional de

Poesía Medardo Ángel Silva del Centro Municipal de Cultura de Guayaquil. Ese mismo año el Premio Único de Cuento de la Revista Ariel Internacional.Y recibió una Mención en el Concurso de Poesía Aurelio Espinosa Pólit de la Pontificia Universidad Católica de Quito. El 85 una Mención de Honor en el I Concurso Nacional de Poema Mural del Centro Municipal de Cultura de Guayaquil”.

En 1986 conquistó el Premio en el Concurso de Poesía del Festival de las Flores y de las Frutas convocado por la Municipalidad de Ambato y trabajó como Inspector del Colegio Nacional Aguirre Abad. Desde el 86 empezó a colaborar con la revista Diner’s y desde el 1 de Marzo del 87 escribió para la revista dominical de El Universo una serie de crónicas sobre Guayaquil.

“En 1987 la CCE de Quito publicó mi poemario “Aviso a los Navegantes” en 86 páginas, con “crepitante poesía, corre el riesgo de armar amparo para la mediocridad de la crítica. Es un poemario imposible para la audacia de la crítica. Había que recorrer al revés los caminos del corazón amante y lacerado del poeta, para medio interpretar y peor explicar esta marejada de poesía. Los versos sabios, los poéticos, son para que descubramos a tientas y a luces poderosas -como lo hizo el poeta- los valores negados y tergiversados por las mentiras convencióles” según opinión del crítico Ignacio Carvallo Collage de todos sus intereses de la época, búsqueda fresca y dispersa.

Tengo otro: Grises, y tres libros de crónicas titulados Aquellos Días, Artes y Oficios, con trabajos publicados en diferentes periódicos de la ciudad, como historias simples que revelan el rostro de un Guayaquil convulso y febril, con tipos populares muy interesantes. Últimamente el ejercicio de la prosa me ha alejado de la poesía o será acaso, ¿qué la vida me aleja del ejercicio de la ficción? Pero nada es más verdadero que la ficción…

Martillo Monserrate es el cronista actual de Guayaquil por su estilo y forma de ver la urbe, nadie como él para apreciar los vericuetos de sus calles y comprender el alma de sus personajes. En este sentido viene a ser el continuador de una largo lista de escritores que se iniciaron en este siglo con Pino Roca y Chávez Franco, continuaron con Rosa Borja de Ycaza, Carlos Saona Acebo, María

Angélica Castro de Von Buchwald, Emilio Gallegos Ortiz, Rodolfo Pérez Pimentel y Jenny Estrada. Cada época tiene su cronista que responde a las necesidades del momento, por ello la importancia de Martillo, que ha sabido captar la psicología actual de la urbe y plasmarla en intensas y vividas historias.

Su estilo es poético con cierto sabor y regusto amargo, sus metáforas amplias y profundas dan densidad al relato que se torna cinematográfico y al mismo tiempo simbólico, lamentando únicamente su poco bagaje histórico de manera que lo suyo se queda casi siempre en lo meramente literario.

La estatura menos que mediana, rostro moreno, rasgos finos, hablar rápido y con propiedad, ojos inteligentes, pelo negro.

En 1991 ganó el primer premio en el Concurso Nacional de Poesía Aurelio Espinosa Pólit con “Fragmentarium” libro que tiene que ver con la condición humana y lanzó su primer libro de crónicas titulado “Viajando por pueblos costeños” con descripciones certera de lugares, personajes y paisajes costeños. El 96 publicó su tercer poemario “Confesionarium” diario de realidades y sueños y el 97 salió su cuarto tomo denominado “Vida Póstuma”, inventario de su pertenencias personales, descripción de la vida que sus bienes van a tener en su ausencia terrenal. Casi un testamento, declaración de la lúcida locura, una declaración desgarradora de la soledad y la muerte (1)

El 99 editó “La bohemia en Guayaquil y otras historias crónicas” con cuarenta y una crónicas sobre la ciudad, escritas con referencias y observaciones propias y ajenas, en lenguaje poético y en tono popular. Su visión es sensible y sus temas son sacados de ambientes bohemios, sitios donde sus ternura se recrea en personajes de la noche o del Folklore citadino, en tono personal, testimonial.

Escribe para conmover, para transformar, porque navega hacia sí mismo. Tiene por publicar “Maremagnum” con versos lúcidos que giran en torno a la locura cotidiana.

El 2009 ganó el Premio del Ministerio de Cultura con el poemario “El amor es una cursilería que mata” en 174 págs. que contiene textos poéticos que relatan su experiencia amorosa desde

diversos puntos de vista, discursos y lenguajes. Catálogo donde lo erótico se enfrenta a la desolación y como él mismo lo ha declarado escribe para limpieza de sus riñones, para voz de sus pensamientos salvajes, para limpiar mi sangre para poder respirar y dormir aunque sea tres horas. El 2010 sacó “Guayaquil de mis desvarios” con enfoques sobre la urbe.

I habiendo arribado a los cincuenta años, edad en la cual el escritor de oficio da todo de sí, vive en un péqueño departamento de la Ciudadela Ferroviaria, en compañía de una gata regalona, escuchando música de jazz, frente a su ordenar que le vincula a la realidad mediante incesantes correos electrónicos. Sale poco, lo suficiente para aprovisionarse de alimentos y bebidas, trabaja por entregas en la revista dominical del diario “El Universo.”

Carácter afectuoso y temperamento vital, de conversación rápida y llena de giros y expresiones. Su situación económica estrecha, de escritor a contrata, le causa a veces unas rachas depresivas de las que sin embargo sabe resolverse rápidamente pues es un espíritu optimista y ama la vida.