MALDONADO VERDUGO ANTONIA LUCIA

RELIGIOSA.- Nació en Guayaquil el 12 de junio de 1646. Fue la segunda hija del matrimonio formado por Antonio Maldonado y Mendoza y María Verdugo y Gaitán, “nobles y virtuosos aunque pobres de bienes materiales” y fue bautizada en la Iglesia Mayor; poco después quedó huérfana de padre y viajó con su madre al Callao donde vivieron en extrema pobreza y tanta, que su madre la puso a hacer cigarros para poderse sustentar. Ya habían comenzado sus visiones y vivía arregladamente como si fuera una monja, haciendo oración, ayuno y penitencia; pero, su madre, queriendo su bien, y considerado que había llegado a los treinta años de edad, pactó matrimonio con un hidalgo pobre llamado Alonso de Quintanilla, quien había sido artillero en el Callao aunque para entonces se dedicaba al comercio minorista (hijo de Benito de los Santos y de Andrea Flores) y la obligó a casar el 6 de Abril de 1676; sin embargo, la noche de bodas le subió fiebre al novio que quedó como fuera de si hasta el día siguiente que despertó bueno y sano y salió a negociar. A la segunda, tercera, y cuarta noche le repitió la fiebre y a la quinta, por inspiración de Dios puso un Cristo sobre la almohada entre ambos y le dijo ¡Antonia, aquí tienes a tu esposo! renunciando a sus derechos conyugales y desde entonces vivieron como hermanos cuatro años por que el esposo falleció en 1681. Esta es la versión mágica del asunto, muy propia del siglo XVII, aunque es fácil suponer que ambos eran de temperamento religioso y que hicieron votos de castidad, lo cual no era raro por entonces.

Otra noche que estaba ella dormida se le descubrió un pie por debajo de la sábana y don Alonso se hincó a besarlo, en eso se despertó Antonia Lucía y como era muy humilde sufrió y lloró. Ambos formaban una pareja unida y viajaban por mar y tierra al centro y sur del Perú y así conoció ella siete provincias, aunque con grandes trabajos y necesidades, porque hubo ocasiones en que no tenían ni para la comida.

Hacia 1680 estaban nuevamente en el Callao y ella escogió por confesor al jesuita Antonio de Céspedes, quien la envió a pedirle dinero al Capitán Francisco Serrano para un terreno y fundar un Convento. Serrano compró un lote en el Callao, empezando a tramitar los permisos, mientras Antonia Lucía pedía limosnas para las obras y hasta cargaba tablas sobre sus débiles hombros y como el asunto llegó a los oídos de su esposo, éste le dijo: “Yo entraré de religioso en los descalzos de San Francisco y tu viste la túnica”, refiriéndose a una túnica morada que Cristo le había prometido a ella en una visión y así hicieron ambos, pero don Alonso murió el 30 de Enero de 1681 en su convento y Antonia Lucía usó desde entonces ropa de luto color morado y pasó a vivir en el Beaterio el 15 de Octubre, cuya construcción acababa de terminarse, con el nombre de Sor Antonia Lucía del Espíritu Santo, donde tuvo el agrado de recibir a su madre que llamó en religión “Hermana María de la Purificación”. También recibió a niñas y a ancianas y a otras mujeres virtuosas pero en eso el Capitán Serrano hizo ingresar a una hija suya, de escasos siete años de edad, a cuyo nombre había obtenido las dispensas y la puso a mandar y el Beaterio empezó a marchar mal.

Mientras tanto Antonia Lucía, que había cambiado de confesor en la persona de fray José de Guadalupe, fue ordenada salir del Beaterio y pasar a Lima a fundar otro, recogiéndose mientras tanto en el de “Santa Rosa de Viterbo”, en una celdilla pequeña donde sólo cabía una tarima y allí estuvo un año pasando mil penurias, por ser la celda más retirada de la casa y donde nadie se atrevía a vivir porque de noche se escuchaban grandes ruidos y se veía cosas raras, pero todo lo sobrellevó con paciencia hasta llenarse de piojos y comer comida agusanada. Después le sobrevino “un mal de hijada” (dolores a los ovarios) junto con otros achaques que la pusieron al término de no poder coger la frazada en las manos, que era todo el ajuar de su cama y con los dientes la cogía y la traía a si hasta que se abrigaba con ella. I estando una noche en oración, vio que el Señor vestido de su túnica morada, como se le había aparecido en otras ocasiones, llegaba a ella y le cortaba las trenzas, le ponía la túnica, la soga al cuello y la corona de espinas a la cabeza, diciéndole: “Mi madre ha dado su traje de pureza para hábito a otras almas y yo te doy a ti mi traje y hábito conque anduve en el mundo. Estima mucho este favor que a nadie he dado mi santa túnica” y volviendo en sí Antonia Lucía se vio vestida de Nazarena. Esto le ocurrió después de un año de andar como estática y tan abstraída que toda embargada y sin poder usar de sus sentidos perfectamente. Entonces el provisor de los franciscanos fray Pedro Villagómez oyó decir que Antonia Lucía vestía de morado y le mandó a sacar el hábito, pero al visitarla quedó tan prendado de sus virtudes que luego la iba a ver siempre al Beaterio de Viterbo y hasta le daba ocho pesos mensuales de limosna.

En 1683 tomó por confesor al Maestro fray José del Prado, de la Iglesia de San Ildefonso, y una mañana que meditaba sobre la fundación de su Convento, vio en la oración a un sujeto caritativo y comprendió que él la ayudaría. Días después recibió la sorpresiva visita del Capitán Roque Falcón, recién llegado de Chancay, que le entregó doce mil pesos para que compre una casa, pues su fama de santidad se había extendido por toda Lima y quería ayudarla.

Entonces compró un terreno en la calle de Monserrat situado al lado de esa Parroquia y redactó las “Reglas y Constituciones del Sagrado Instituto Nazareno, principiado en el Callao y transplantado a Lima”, que copió de la regla del Carmelo, según le fue ordenado en un rapto por el Espíritu Santo, que le mostró una lámina de oro grabada con las siguientes palabras: “La regla del Carmen ceñida al Instituto Nazareno, vida apostólica, sigue mi evangelio en ella”.

Este nuevo Beaterio comenzó a funcionar el 1 de Enero de 1684 con licencia del Arzobispo de Lima, Melchor de Liñán y Cisneros, contando con la presencia de cuatro Hermanas llamadas Josefa de la Providencia, Ana de Jesús Nazareno, Juana del Niño Jesús y Tomasa de la Soledad, mas el 20 de Octubre de 1687 un pavoroso terremoto destruyó Lima pero Sebastián de Antuñano y Rivas acudió en ayuda de las Hermanas y les donó un terreno nuevo y una efigie del santo cristo de los Milagros pintado en 1651 por un humilde negro angoleño, siendo desde entonces las Madres Nazarenas sus fieles guardianas y cuidadoras y su fiesta se celebra con rogativas y procesiones en noviembre de cada año en Lima.

Todos estos sucesos están referidos por la madre Josefa de la Providencia, quien fuera su amiga íntima y sucesora en la dirección del monasterio, que escribió en 1747 la vida de Sor Antonia Lucía del Espíritu Santo, publicada en Lima en 1793. En ella manifestó que hacía curas milagrosas, unas con su saliva y otras con emplastos y oraciones y aunque era de sus superiores y confesores que la mandaron a retratar y a escribir su vida, se dio mañas para evitar lo primero y un artista que fue tres veces a pintarla no lo pudo hacer y al fin se dio por vencido diciendo que no podía sacarla y que era el caso misterioso.

Su confesor el padre Basilio de Saizieta la puso a escribir varios cuadernos con los hechos de su vida y luego los dio a leer. En eso ocurrió que la Inquisición de Lima persiguió a una santa llamada Angela y ante el temor que se hiciera algo parecido con Antonia Lucía, si caían sus cuadernos en poder de la Inquisición, el prudente sacerdote se los devolvió y ella comprendió que podía quemarlos y los arrojó al fuego, perdiéndose muchas anécdotas.

Más sucesos portentosos podrían seguirse narrando de su existencia y a los sesenta y tres años de edad le acometieron palpitaciones al corazón y temblores al cuerpo, teniendo que guardar cama sin que los médicos descubrieran el origen de sus males a no ser su mucho amor a Dios y rigurosas privaciones que la habían conducido a tal estado de postración física y comprendiendo que se acercaba su fin, exclamó “Padecer hasta que Dios quiera y mande”, dio poder para testar a su antiguo protector el Hermano Sebastián de Antuñano y a eso de las dos de la tarde del sábado 17 de agosto de 1709 se sentó de pronto en su cama, puso una mantilla en la cabeza y levantada se colocó en cruz, con los brazos extendidos un pie sobre el otro y los ojos vueltos al cielo y estuvo así por un cuarto de hora, hasta que dio dos boqueadas y expiró, inclinándose suavemente sobre si misma y con pausa, sin bajar los brazos ni apartar los pies, recostándola sus Hermanas, como si estuviera dormida.

Su cuerpo fue sacado en hombros de sacerdotes y llevado a un cuarto llamado “El Belén” donde la colocaron sobre un petate en el suelo. A eso de las diez de la noche levantó sus brazos en cruz y así los tuvo hasta las tres de la mañana; después la depositaron en un cajón, vestida con un hábito morado de Nazarena, corona y palma de virgen, porque en numerosas ocasiones había declarado que lo era. Al segundo día llegó un cirujano, le pico una vena de la frente y comenzó a salir agua y luego sangre que continuó manando por espacio de tres días en que sucedieron varios hechos portentosos, sanando muchos enfermos según lo cuenta su hagiografía. El entierro se realizó en el Beaterio de Lima.

Entre sus virtudes estuvo la de amar el retiro, la soledad y la pobreza y si en alguna ocasión salía a la calle lo hacía acompañada y tan recogida y temerosa que daba pena y llegando a las casas no admitía asiento de honor, sentándose en el sitio más ínfimo y sin sacarse la manta de la cabeza aunque hiciera calor. Varias veces quisieron llevarla a Palacio y presentarla al Virrey Conde de la Monclova, pero siempre se defendió diciendo “que el señor no la llevaba por ese camino”.

Con sus hijas de comunidad era cariñosa, correcta y prudente, les enseñaba con el ejemplo y las corregía con delicadeza, de suerte que jamás le pudieron reprochar ninguna palabra dura o gesto de aspereza. Solía razonar sin dificultad y conocía las interioridades del corazón y la mente de las personas y todos salían edificados con su compañía, sin que faltaran los que cambiaron totalmente sus vidas al conversar con ella.

Para el cumplimiento de sus tareas domésticas era pulcra y perseverante y siempre la primera en todo, no desechando oficio alguno por vil que fuera, entreteniéndose en ejecutar las cosas más humildes y asquerosas. Su semana de labores realizaba con gran puntualidad ejercitando todo con tanto cuidado y fervor que causaba la admiración de sus hijas, además casi no comía y sólo lo hacía cada veinticuatro horas, tomando poquitos de agua, pescado y dos yemas de huevo. De jueves a sábado no probaba bocado, los viernes se disciplinaba de sangre y los demás días con otros instrumentos de penitencia menor. Su cama era una simple tarima de madera con una frazada arriba y otra abajo y una cruz grande al medio con que se abrazaba. Su vestuario eran dos túnicas blancas, una de jerga gruesa y áspera y otra suave; y como ya se dijo, la Morada de Nazarena, encima.

No pudo ver en vida su Monasterio porque recién en 1727 el Papa Benedicto XIII aprobó dicho instituto, que abrió sus puertas en 1730 por la generosa donación de sesenta mil pesos efectuada por María Fernández de Córdova y Sande, para ampliar el edificio del Beaterio y transformarlo según las nuevas necesidades.

En 1855 se exhumaron sus restos que fueron depositados en una cesta de mimbre forrada de papel, envuelta en una sábana blanca de lino y todo dentro de una caja de madera. El 18 de febrero de 1869 fueron reconocidos por la Comisión de Médicos que admiraron de encontrar el forro de papel, la cesta y la sábana de lino manchados de sangre fresca. Con tal motivo el erudito anticuario peruano Manuel González de la Rosa reimprimió la hagiografía de sor Antonio Lucía, que escribiera la madre Josefa de la Providencia.

En 1954 se colocaron los restos en otra caja, al lado de los que contiene los del Hermano Antuñano, ambas permanecen hoy en el Monasterio de las Nazarenas, en cuyo altar mayor se encuentra la imagen del Cristo de Pachacamilla o Señor de los Milagros, máxima expresión de religiosidad en el Perú.