MAECHLER ZORAIDA

ESCRITORA.- Nació en Vinces en la provincia de Los Ríos el 18 de Enero de 1903 y fueron sus padres legítimos Febronio Vásquez Bajaña, propietario de un pequeño fundo cacaotero en el camino entre Antonio J. Sotomayor (Playas de Vinces) y la cabecera cantonal de Vínces, frente a la hacienda La Bagatela de los Mendoza Lassabaujeau, y Pastora Lucía Litardo Vera, naturales de Vinces. La mayor de seis hermanos, recibió las primeras letras de su madre y “lloraba cuando me ponía cuentas muy largas de números” La vida se deslizaba tranquila y bucólica en el pueblo, habitaban una casa propia, no les faltaba lo necesario.

Su infancia transcurrió en un ambiente muy familiar junto a sus padres, hermanos, abuelos y tíos. Siempre recordaría “Mi imaginación recorre los caminos transitados contigo padre mío, llevándome de la mano entre los árboles de nuestra heredad y paréceme escuchar el ruido de la hojarasca causado a nuestro paso por cafetales, cacaotales, etc. El mugir de las vacas y los becerritos juguetones. El canto de los pájaros de mil colores, todo aquello que endulzó nuestra existencia.”

“Mis tíos Litardo me sacaban a caballo por los alrededores. Mi mamá me colocaba una capelina en la cabeza para que fuera a pasear con ellos. La hacienda El Resbalón era de mi tía Adela Vásquez y tenía ganado, cacao y otros productos. Todos los días venían las lanchas y existía una gran tienda de alimentos y telas para aprovisionar a los peones.”

“La placidez de la llanura rioense, tibia y transparente esencia de meditación, el susurro de los arroyos y de los ríos de cristal, todo eso le llenaba el espíritu de plenitud y poesía, pero tuvo que abandonar tan paradisíacos parajes a los catorce años de edad, a causa de las pestes que asolaron los sembríos de cacao en 1917” y pasaron como tantas otras familias del agro litoralense a vivir en Guayaquil donde alquilaron una casa de madera en las calles Luque y Machala. Doña Pastora enseñaba algunas manualidades a sus cuatro hijas, a coser, a tejer a crochet, a bordar, etc. Zoraida prefería la lectura de cuentos y novelas pues las labores de mano no le agradaban, pero hubo épocas en que ayudó a su madre cosiendo.

El   20   consiguió   trabajo   en   Empresa de Telefonía   en Aguirre y Chile atendiendo los paneles y como siempre había sido una chica curiosa, se entretenía escuchando las conversaciones de los usuarios. El Dr. Cristóbal Ibáñez Alarcón, que era cronista, le pedía chismes políticos, que ella subministraba con gusto. Guayaquil era una ciudad pequeñita y casi todos se conocían, de suerte que no era difícil sacar los nombres de los que conversaban. “Herlinda Arzube era mi Jefa y una vez me pescó hablando con mi amigo y fui suspendida quince días. En otra ocasión conseguí un enamorado por teléfono y tras varias semanas de conversaciones nos citamos de la siguiente manera, para el día siguiente a las seis de la tarde. Yo estaría vestida de blanco y asomada a la ventana de mi casa y el pasaría por el frente con un periódico en la mano, porque trabajaba para uno de los diarios de la urbe. Un amigo común le había contado que yo tenía muchas hermanas y él me preguntaba ¿Cómo la distingo? Ese es su problema, caballero, fue mi respuesta. Llegado el momento tan esperado, el asunto no prosperó.

“De la Telefonía pasé a trabajar en el almacén “Para Ti” de sombreros y vestidos importados, que quedaba en 9 de Octubre y Pedro Carbo y era administrado por dos señoras judías alemanas muy buenas y educadas. En cierta ocasión se produjo un robo pero la policía recuperó parte de la mercadería. Ellas no permitieron que nos investigaran, así eran en su delicadeza personal. Lo que ganaba era para ayudar a sostener la casa porque todos los hermanos contribuíamos a solventar los gastos”.

“El 27 trabajé en el almacén de hilos y medias de Héctor Pauta, quien era lo contrario que las anteriores por barrigón, fastidioso y enamorador, las empleadas no le duraban y salían. Entonces pasé a la ropería del Hotel Guayaquil de Zoila Naranjo de Noboa situado donde hoy se levanta el Banco Central. Allí estuve algunos años porque ella era muy piadosa, creyente y había un buen ambiente de trabajo”.

“El 30 nació mi hija Piedad de un compromiso que adquirí con Carlos Chiriboga Benítes. Le di una esmerada educación y resultó muy estudiosa y formal. A mis cuarenta y tres años, el 46, conocí al Ingeniero mecánico Jean Maechler, de nacionalidad Suiza, contratado para los ferrocarriles del estado. Durante el trayecto había enfermado de paludismo en el puerto de Buenaventura al sur de Colombia y tras varias peripecias llegó con fiebres pero fue sanado en la Clínica Alcívar por un excelente doctor. Poco después pasó a una fábrica situada en Calceta, Manabí.

Ocasionalmente visitaba Guayaquil y nos vimos en una calle por casualidad. Al poco tiempo se hizo presentar de un amigo en común, ya hablaba bien el español. Tocaba el acordeón, me llevó serenos y propuso matrimonio. Así es que dejé provisionalmente a mi hija en casa de mis padres y le acompañé a Calceta donde tenía su domicilio, que arreglé poniendo el toque de femeneidad”.

“En Junio del 47 unos amigos suizos de mi marido le inquietaron para viajar a Venezuela, país que entonces gozaba del boom petrolero. Armamos maletas en un santiamén y nos fuimos con mi hija, recién graduada de taquimecanógrafa en el Colegio Mercantil”.

“La primera ciudad que vimos fue San Cristóbal en el estado de Táchira, dentro de la sierra fronteriza entre Colombia y Venezuela, ciudad que ya era universitaria y nos agradó mucho por la cultura de su gente. Llegamos a un hotel y al día siguiente nos fueron a visitar varios matrimonios suizos y nos llevaron a otro de propiedad de uno de ellos, donde pasamos como en familia. Allí se hospedaba casualmente el joven alemán Jean van Groningen, natural de Hamburgo, quien se enamoró de mi hija, que había conseguido trabajo en un banco donde hizo carrera porque siempre ha tenido un carácter muy ordenado y a los cuatro meses justos de nuestra llegada se realizó su matrimonio”.

“Mientras tanto mi esposo trabajaba para una fábrica en su especialidad la mecánica y decidimos quedarnos por un largo tiempo, aunque el siempre tenía la ilusión de visitar Francia y Suiza con sus ahorros”.

“En San Cristóbal formé parte de la Agrupación Católica y para distraerme comencé a escribir sobre los problemas sociales que me tocaba presenciar en el voluntariado. Los primeros artículos fueron para el diario Vanguardia, propiedad de Carmen Aurora, con quien llegué a tener una gran amistad. El poeta Pedro Pablo Paredes me aconsejaba en materia literaria y pronto hice valiosas amistades entre la intelectualidad del Táchira. En la colonia ecuatoriana – que era extensísima – serví de presidenta por años, ganándome el agradecimiento de los paisanos que caían en desgracia, pues teníamos un fondo de ayuda social que les permitía superar las crisis, sin embargo, cada vez que podía darme una escapadita, regresaba a visitar el hogar de mis padres, que estaban viejecitos.”

“Mi hermano Luís era propietario de una casa grande en Colón y 6 de Marzo en cuyos bajos funcionaba la botica Vásquez que también era de su propiedad. Cuando venía con mi esposo llegábamos al departamento que nos habían asignado.”

“En los años 60 coordiné en El Centinela la Página Lírica dominical, procurando siempre destacar a los valores ecuatorianos. I fueron numerosas mis colaboraciones a los periódicos Diario Católico dirigido con el poeta Valerio Niño, en los Andes, La Nación y la revista Rumbos, de Caracas.

El 57 edité en San Cristóbal un relato corto bajo el título de “Los Verdugos de Beatriz” con una historia real sucedida recientemente a una amiga y vecina muy querida llamada Alicia, que por la ambición desmedida de su madre aceptó los requerimientos de un agricultor rico del Salitre, que casi le doblaba la edad, apellidado Intriago, con quien tuvo tres hijos y al quedar embaraza por cuarta vez, como la situación económica había cambiado y tenía que coser para ayudar, se dejó convencer de su madre María Luisa y de su amante y aceptó practicarse un legrado. Ella me quería mucho y habiendo bajado de su casa para ir a la Clínica quiso escribirme, deseo que reiteró antes de la intervención y al serle puesta la anestesia murió. E1 asunto se prestó a diversos comentarios, yo me impresioné muchísimo porque en esos precisos momentos yo la soñé en San Cristóbal, encima de unas nubes, despidiéndose de mi ¿Coincidencia? Ignacio Carvallo escribió el Prólogo, el relato gustó y conoció dos nuevas ediciones en el Ecuador.

“Por mi obra periodística en San Cristóbal, la Sociedad Luz y Progreso me concedió una Mención honorífica y un escritor dominicano que había compuesto una obra sobre Bolívar, viendo una tarde mi álbum de recortes, se entusiasmo con ellos y me aconsejó que los llevara a la Directora de Cultura, quien los edito el 59 bajo el título de “Reflejos de Humanidad Social”, tal el valor de su idea. La obra contiene interesantes estudios sobre aspectos muy diversos del diario vivir”.

El 67 escribió dos pasos escénicos de un acto y en prosa publicados al año siguiente en un folleto y con los títulos de “Madre te necesito tanto” y “La Coqueta” que dedicó a las esposas modernas. El primero trata sobre los consejos de una madre a su hija, desaprobando el empleo que ha conseguido por consejo de una amiga, pues a causa de ello ha dejado abandonados a su esposo e hijos. La estampa es de un hogar de ambiente moderno y los diálogos son cortos y precisos, según opinión de Ricardo Descalzi del Castillo expuesta en su Historia Crítica del Teatro ecuatoriano. El segundo también busca la moraleja y analiza el espíritu femenino a través del diálogo entre dos hermanas que comentan el matrimonio de una amiga con el ex-novio de una de ellas, que trata de restarle importancia al hecho, mientras la otra le recrimina su acción despectiva hacia el muchacho, que lo ha llevado a un matrimonio sin amor.

Después de estas piezas dio a la luz otros trabajitos como “La Telefonista y el Alférez” comentando un sonado crimen en Ambato, donde pasaba vacaciones en casa de su hermana Eva Vásquez de Batallas y “Ana Celia, magdalena sin redención” que trata sobre la vida de una mendiga venezolana a quien ayudó la colonia ecuatoriana porque dio a luz una niña en una de nuestras fechas patrias. La mendiga vivía cerca de San Cristóbal, en una casa de techo de cartón bajo unos árboles y como el asunto se hizo público, los ecuatorianos la siguieron protegiendo por años.

Mientras tanto su vida transcurría tranquilamente en Venezuela, tenía una casita cerca del parque Sucre en San Cristóbal y la prensa la consideraba y quería. Entonces sucedió otro caso policial en Guayaquil del que se enteró por la prensa internacional. Había sido asesinado un banquero (Enrique Emilio Isaías) y llevado el principal acusado a Quito, terminó por contraer matrimonio en el Panóptico. Así fue como dio a la luz otro relato “Ultraje a la Justicia” que por lo candente del tema, levantó más de un comentario.

Por esa época falleció su perro “Strolch” que significa vagabundo en idioma alemán y escribió en 14 pags. el relato de su vida “Strolch, un perrito símbolo de lealtad” con prólogo de Gonzalo Espinel Cedeño y tres ediciones.

En 1980 su esposo había fallecido y se encuentra enterrado en Guayaquil, Zoraida, con más de ochenta años, se sintió anonadada y tras una estadía en el Asilo Plaza Dañín, volvió a San Cristóbal, donde el 91 escribió un elogio fúnebre de su amigo el gran conservacionista Arthur Eichler y el 92 fue operada de catarata en el ojo derecho que terminó perdiéndolo. El 93, al cumplir noventa años, sintió la nostalgia de su tierra y como no se llevaba bien con su hija y nietos, anunció su regreso al Plaza Dañin. La intelectualidad de San Cristóbal le rindió un hermoso homenaje y fue declarada Ciudadana adoptiva del estado de Táchira.

La vista le había disminuido al punto que veía solamente los titulares y por ello ambicionaba una dama de compañía que le guste leer para estar mejor enterada de todo, pues seguía con su sana curiosidad de saber y aprender y como su amigo Valerio Niño expresara en carta de Abril del 96, no importa que la sombra física empañe ahora sus pupilas, abunda en claridad de alma y en corazón generoso, porque sus relatos tienen un fondo social y humanitario, expuesto con coherencia y lucidez.

El 95 participó en el Programa “Tiempo para envejecer” del Dr. Aldo Guevara D’Aniello. El 96 recibió la Medalla al Mérito Cultural de Primera Clase que le confirió el Ministerio de Educación por su labor.

Alta, delgada, espigada, canela clara, pelo plateado y ojos café. Su labor como divulgadora permanente de las letras ecuatorianas en Venezuela le acreditaba y su afán moralizante, expuesto en todo lo suyo, la presentaba como una escritora social.

A los noventa y tres años se quejaba de soledad y abandono. Estaba sana y lúcida, a veces la visitaban sus numerosas sobrinas pero añoraba la vida intelectual y sobre todo el diario trajín periodístico al que estaba acostumbrada. Falleció en el asilo Plaza Dañín casi centenaria, el 26 de Mayo de 1997, en pobreza y soledad. Sus restos reposan en el Cementerio General de Guayaquil.

“Socialista, activista, romántica e idealista, sufría por la mujer y el niño y durante su permanencia en el exterior puso en alto el nombre de su Patria y el prestigio de sus letras.”