LOBATO DE SOSA DIEGO

CRONISTA Y MUSICO.- Nació en 1541 de la unión de Juan Lobato de Sosa, conquistador español natural de Extremadura, que arribó al Perú con Francisco Pizarro, fue Capitán con arma y caballo, acompañó a Sebastián de Benalcázar en la expedición contra Rumiñahuy, figuró en la fundación de la villa de San Francisco de Quito el 28 de Agosto de 1534 y el 6 de Diciembre fue favorecido con un solar diagonal a la iglesia de la Merced, tierras de cultivo y una estancia para ganado en Chillo. Procurador del Cabildo en 1537, ese año levantó su casa sobre el solar recibido y entró al goce de una encomienda sobre los indios Yumbos de Chillogallo, Cotocollao y Angamarca. El 38 fue Regidor y adquirió una huerta cerca de la quebrada de Sanguña, lindando con Martín de la Calle y N. Zamora. Ese año arribó el Capitán Lorenzo de Aldana y Ulloa, de origen extremeño y pariente de los Pizarro, para poner coto a las pretensiones de mando de Sebastián de Benalcázar. El 1545 figuró como leal al Rey en la rebelión de Gonzalo Pizarro y falleció en la batalla campal de Iñaquito el 18 de Enero de 1546; y de Isabel Yaruc Palla, nativa del Cusco, miembro de una de las panakas imperiales, una de las mujeres más principales que dejó Atahualpa en tierras de Quito, considerada bella, bautizada con el nombre cristiano de Isabel, y que pasó hacia el norte del Imperio unida a Juan Lobato de Sosa, siendo madre en 1539, el 40 denunció al Gobernador Lorenzo de Aldana el alzamiento que preparaba el cacique Alonso Ango en la jurisdicción de Otavalo en complicidad con los indios del Cusco que allá habían dado muerte a Juan Pizarro, salvando de esta manera a los ciento veinte españoles que habitaban en la Villa de san Francisco de Quito. Doña Isabel aún vivía en 1588 de setenta y cinco años de edad.

El niño Diego creció con sus padres, reconocido como hijo natural de un español en una india principal, aprendió el castellano de su padre y la lengua del Inca con los parientes de su madre, hasta que de cinco años en 1546, con motivo del levantamiento de Gonzalo Pizarro contra el Rey, su padre concurrió a la batalla de Iñaquito y murió, no sin antes encargar al niño a su amigo Gonzalo Martín para que lo cuide. Desde entonces correspondió a Martín tenerle en su casa y le hizo estudiar con otros hijos de españoles en el Colegio franciscano de San Andrés que dirigía fray Jodoko Ricke, donde siguió los cursos de lectura, escritura, canto, tañido de instrumentos y artesanías y tuvo por compañeros, entre otros, al Auqui Francisco Atahualpa hijo del Inca, a los hijos de los Caciques de Otavalo, Caranqui y Cayambe, a Diego Pérez y a Juan Padilla que años más tarde fueron ordenados sacerdotes. Mientras su madre pasaba duros momentos de abandono y pobreza.

Después se consagró al estudio de Lógica, Filosofía y Teología con el dominicano fray Juan de Aller; pero su notoria pobreza y orfandad le impidió asistir a la Universidad de San Marcos que acababan de abrir los dominicanos en Lima.

Como sabía canto y música en el Capítulo Eclesiástico del 23 de Mayo de 1562 fue nombrado Sacristán de la Catedral con un sueldo anual de ciento diez pesos y la obligación de cantar al facistol el canto de órgano cuando fuere menester. Un año más tarde fue designado organista de la Catedral inaugurando los dos órganos donados por el español Lorenzo de Cepeda. El 64 le aumentaron el salario en cuarenta pesos más.

En 1566 hizo su arribo a Quito el Obispo fray Pedro de la Peña y Vásquez Montenegro y para atender a las necesidades de la diócesis estableció en su casa un cursillo de latín a cargo del maestro Juan González y una cátedra de pastoral de Sacramentos que la dictaba en la iglesia Catedral el padre Alonso Gasco, Prior de Santo Domingo, concurriendo el Obispo a supervigilar las clases, así como varios religiosos de San Francisco y La Merced y algunos aspirantes al clero secular, entre los cuales estaban Diego Lobato, Juan de Cáceres, Agustín de Orta, Juan de Flandes y Pedro de Ortiz. Pronto se fijó el Obispo en Lobato, de quien fue padre confesor y ese mismo año le renovó en las funciones de Sacristán y Organista de la Catedral.

Entonces Lobato organizó el Coro con Juan Mitima, Pedro de Zambiza y Lorenallo junto a los presbíteros Lorenzo Darmas, Francisco de Saldívar, Pedro Ortiz, Juan Yanez, Pedro de Solís, Francisco Morán, Juan Martín, Andrés de Mansilla, Juan Dorado y Miguel de la Torre. Cantante polifónico era Juan de Ocampo, y todos eran criollos (mestizos e indios) que habían aprendido el canto gregoriano con los padres franciscanos.

En 1570 ganó cien pesos de plata extras por bordar dos capas de telilla brocatel. Mientras tanto había concluido sus clases de Gramática, Artes y Teología Moral que leyeron fray Alonso Gasco y fray Antonio Herbias respectivamente en el monasterio de Santo Domingo y con permiso especial de fray Luís López de Solís, Obispo de Quito, se ordenó y ocupó el curato de la recién creada parroquia indígena de San Blas en los intramuros de esa ciudad.

En 1571 el Obispo le encargó inspeccionar a través del alto Napo el dilatado territorio de los indios Quixos gobernado por Melchor Vásquez de Avila; pues, como ya se dijo, era considerado un perito en la lengua del Inca. Fruto de este viaje fue el “Memorial de algunas cosas que se han de remediar en la Gobernación de Quixos” que contiene la descripción de las ciudades de Baeza, Avila y Archidona, datos estadísticos de población, estado del servicio religioso y situación general de los indios en esas localidades.

En 1574 se le pidió motetes (breves composiciones litúrgicas españolas) y chanzonetas (piezas festivas sin estribillos) que se necesitaban para laNavidad y el Corpus Cristi, a fin que justificara el sueldo de doscientos pesos anuales que percibía por su labor musical en la Catedral. Lastimosamente no ha sido posible localizar sus creaciones, pero se le debe considerar uno de los primeros compositores de música académica y religiosa en el territorio de la Audiencia.

En 1575 comenzó a oír la clase de Súmulas. Entre 1.577 y el 85 el Canónigo ürdóñez Villaquirán le molestó, inclusive con recurrir directamente al Papa, si el presupuesto de la música de la Catedral no se reducía, desdeñandole por su condición de mestizo. Incluso le hizo cancelar, para designar al no vidente Francisco de Meza con solo sesenta pesos anuales; más, la poca capacidad de Meza motivó un decaimiento prolongado de ese arte.

En 1578 viajó con Francisco Auqui al territorio de los indios Cañaris, como predicadores de la Santa Cruzada, para hacerles desistir de cualquier intento de sumarse a la rebelión de los Quixos.

En 1580 recibió cien pesos para que la Salve Regina fuese cantada con acompañamiento de órgano por los músicos de la Catedral todos los sábados del año, iniciando en Quito esa costumbre que venía siendo observada en todas las Catedrales españolas desde hacía casi un siglo. En 1582 fue designado Mayordomo de la Catedral por el Obispo de la Peña pero algunos clérigos se irritaron y el Capítulo catedralicio reunido el 12 de Octubre de ese año protestó masivamente. En 1583 le fueron proveídas por la Audiencia cuatro caballerías de tierra arriba del pueblo de Perucho, en el sitio llamado Agateu.

Como se llevaba bien con los parientes reales de su madre, participó en públicas disertaciones de los antecesores de ella y hasta escribió una “Historia del Inca” que debemos dar por perdida y que actualmente se conoce como el manuscrito del mestizo quiteño. En efecto, en la obra Memorias Historiales y Políticas del Perú escrita por el clérigo y cronista Fernando de Montesinos hacia 1644, que consta de dos partes: 1) Las Memorias y 2) Los Anales, anotamos en el libro segundo de ésta segunda parte la mención de grupos étnicos del actual territorio ecuatoriano, el reconocimiento de Atahualpa como último Inca, la mención de la guerra Inca – Caranqui en la actual sierra norte ecuatoriana y la figura de la reina Quilago, la conquista de los Cañaris, la construcción de varios palacios por parte del Cacique Duma para agradar a Atahualpa, etc. Así como la Capacuna 0 lista de los antiguos emperadores andinos anteriores a la dinastía de los Incas. Montesinos reconoce que éste libro segundo lo tomó directamente del manuscrito de un mestizo quiteño que adquirió en una almoneda de Lima.

También intervino Lobato en varias probanzas de sus parientes, firmó como testigo en el testamento de don Francisco Atahualpa, llamado el Auqui, por ser hijo reconocido del Inca Atahualpa y en consecuencia jefe natural de los Indios Caciques de la jurisdicción de Quito.

En 1586 era un religioso con congrua para su sustentación, aparte de ser propietario de casa y solar. Ese año asistió a las clases que se dictaban en el Seminario que funcionaba en el convento de Santo Domingo y había sido fundado por el Obispo de la Peña. Un año después aún vivía su madre de setenta y cinco de edad y fue calificada de persona de buenas y nobles entrañas y cariñosa con la gente española. 1 queriendo ocupar una de las sillas del Coro catedralicio de Quito, recibió el apoyo de los ministros de la Audiencia y de las diferentes órdenes religiosas. De todo esto ha quedado constancia en un honroso certificado otorgado por el padre Pedro Bedón de Aguero, Predicador y Vicario provincial dominicano.

El texto dice así: Padre Diego Lobato, Clérigo Presbítero, que es de los criollos beneméritos de este reino. Es hombre de ciencia y conciencia y en quien la gracia de Dios no ha sido baldía, porque ha hecho señaladísimo fruto en la predicación evangélica, merece de la justicia que Vuestra Majestad le ocupe en descargo de su conciencia Real, ocupándole en cualquier silla, dignidad o prebenda, como confiamos del dictamen y magisterio de Dios que es el que guía a Vuestra Majestad. Nuestro Señor sea con Vuestra Majestad. De Quito 22 de Febrero de 1591 años. De Vuestra Majestad vasallos y capellanes.

En 1595 realizó por encargo del Obispo de la Peña una nueva inspección a la región de los indios Quixos situada en la salida hacia el oriente y aunque su mayor empeño era arrancar a los indios de sus antiguas costumbres de idolatría, era tan amado por ellos que le llamaban “padre” , lo que en este caso significaba mucho más que el común apelativo que se les da a los religiosos; mas, nada de esto le sirvió, pues dada su condición de mestizo finalmente le fue negada la calidad de Canónigo que había solicitado y tanto merecía. Ese año fue adoptado en el Perú el nuevo Calendario occidental denominado Gregoriano y más exacto que el Juliano, usado con anterioridad.

El Clérigo Hernando Alonso de Villanueva certificó una curiosa anécdota del padre Lobato, pues habiéndose enterado éste de la proximidad de un eclipse de luna, convocó a todos los naturales – indios y Caciques – que vivían a quince leguas a la redonda de Quito y estando todos juntos en la Plaza Mayor les hizo un sermón, citándoles para las ocho de la noche siguiente con indicación de que habría un eclipse de luna, de donde todos lo vieron y Lobato les dio a entender que era producido por un simple movimiento de la luna, con lo cual quedaron convencidos y desde entonces dejaron de realizar sacrificios y se convirtieron al cristianismo, pues seguían apegados a sus antiguas costumbres y tradiciones.

El jesuita Manuel Guzmán le tiene en su “Gramática Quichua” editada en Quito en 1920, como uno de los más antiguos quichuistas ecuatorianos por sus predicaciones en dicho idioma, que gozaron en el tiempo de “alta fama.”

En 1598 agradeció al rey Felipe II por las Cédulas que había despachado para alivio de los naturales y que comenzó a ejecutarlas el Presidente Manuel Barros de San Millán. En 1600 actuó como testigo en la Probanza del Cacique Pedro de Zámbiza. En 1610 se lanzaron edictos para buscar un nuevo maestro de Capilla de la Catedral por cuanto la avanzada edad de nuestro biografiado le impedía seguir desempeñando dichas funciones, aunque es posible también que ya hubiera ocurrido su fallecimiento.

En los últimos años se ha mencionado como hipótesis que Diego Lobato de Sosa pudo haber sido el “mestizo quiteño” que se presume autor de un manuscrito conteniendo la lista o capacuna de noventa y tres reyes andinos desde la cultura Wari pasando por el período Tiahuanaco y por lo tanto anteriores a la pareja compuesta por los hermanos Manco Capac y Mama Ocllo.

El propio Montesinos escribió en su obra lo siguiente “Ya me es forzoso referir otra noticia de la antigüedad de ese nombre Perú, que hallé en un libro manuscrito, comprelo en una almoneda en la ciudad de Lima y le guardo con estimación y cuidado. Trata del Perú y sus emperadores y comunicando en Quito con un sujeto curioso sus materias, me certificó ser el que lo compuso, un hombre verbosísimo de aquella ciudad, muy antiguo en ella y ávido de las verbales noticias, que el santo Obispo don fray Luís López le daba y del examen que el mismo señor Obispo de los indios hacía” Luego se refiere a los quipus y manifiesta “que de estos quipus que usaron en vez de letras hubo gran número en el Perú y con especialidad en Quito”.

Que este manuscrito (el atribuido al mestizo quiteño) fue consultado por el padre Blas Valera y por el cronista Fernando de Montesinos, pero como la obra de Valera se quemó palcialmente en el incendio de Cádiz de 1593 durante el ataque realizado por la flota de Sir Francis Drake y la de Montesinos permaneció sin editar completa hasta 1930, la cronología real fue ignorada y hasta hoy sigue siendo casi desconocida; sin embargo, da mucho que pensar que su datación – más de tres mil años de antigüedad – coincide en todo con la de los objetos y monumentos de la etapa de desarrollo de la sociedad andina.

De suerte que Diego Lobato de Sosa y el Cacique Jacinto Collahuaso vendrían a ser los más antiguos historiadores de estas regiones pues sus obras habrían sido aprovechadas por los cronistas Fernando de Montesinos y Juan de Velasco respectivamente. El primero aprovechó la genealogía andina de los períodos Wari y Tiahuanaco de noventa y tres inkas anteriores a Manco Cápac y su hermana Mama Ocllo y el segundo la genealogía de los catorce Shirys quiteños de origen Cara.

De comprobarse esta hipótesis con el descubrimiento del manuscrito atribuido a Lobato de Sosa, se probaría la entera veracidad de las cronologías de los reyes andinos.

El historiador Sergio Barrasa ha manifestado que en el norte del imperio andino se conservaron por largos años los mejores quipus de palabras y números y una tradición oral de los reyes incas, pues en esas regiones tuvo su corte imperial Huayna Cápac y allí debieron habitar buen número de amautas (así llamaban a los sabios del imperio) a cuyo cargo estaban los archivos, preservados mejor que en cualquier otra parte del Perú.

La Profesoras Sabine Hyland ha anotado que en la obra del cronista colonial Fernando de Montesinos existe una referencia a un libro adquirido por él en Lima, manuscrito por un residente por largos años en Quito, quien usó un tipo especial de quipu para anotar los nacimientos y muertes de los reyes peruanos, se refería a los de la dinastía pre incásica por supuesto.

Desde el punto de vista cronológico, Lobato de Sosa está considerado el más antiguo clérigo mestizo de los territorios que conformaban la Gobernación de Quito.