LLONA Y ECHEVERRI NUMA POMPILIO

POETA.- Nació en Guayaquil el 5 de Marzo de 1832 y fué bautizado con los nombres de Manuel Pompilio que luego cambiará por Numa Pompilio, más acorde con sus aspiraciones de grandeza. El tercero de una larga familia compuesta de seis hijos.

Su padre el Dr. Josep Leocadio de Liona y Rivera, nacido en Guayaquil en 1797, eminante abogado, perseguido en 1818 por el Gobernador Mendiburo por sus ideas, expresiones y actitudes patrióticas. Casado en Enero de 1822 con Antonia Marcos y Crespo, Prócer de la Independencia y firmante del ^ Acta del 9 de Octubre de 1820, junto

con José Cacao concurrió al Colegio Electoral reunido en Guayaquil el 11 de Noviembre siguiente como Diputados por el pueblo de San Lorenzo de Jipijapa, secretario de la Junta de Gobierno que presidió Luís Urdaneta, ese año Procurador General del Cabildo. Gran activista bolivariano, el 13 de Julio de 1822, dos días después de la llegada del Libertador a nuestra ciudad, encabezó con algunos vecinos la solicitud de anexión de la Provincia Libre y Soberana de Guayaquil a Colombia y cometió el error de arriar el glorioso pabellón bicolor de Guayaquil Independiente del malecón de la ciudad, para izar el tricolor colombiano, acción que le atrajo el odio de los elementos tradicionales de la ciudad que jamás le perdonaron, haciendole el vacío social (Pino Roca escribió en sus Leyendas y Tradiciones: Cierto personaje convertido en energúmeno, recorría las calles de la población seguido del populacho y de no pocos soldados colombianos disfrazados de paisanos, dando estentóreos vivas al Libertador y a la República de Colombia. Llegados a la casa que habitaba don Simón, arrancaron la bandera guayaquileña que flameaba en una asta que había en el centro de la calle y subieron el Iris colombiano con este inscripción: La de la esquina suroeste de las calles Chile y Luque donde nacieron todos sus hijos.

En 1836, como acababa de subir al solio presidencial Vicente Rocafuerte – enemigo del Dr. Liona tras el Jurado referido – la familia Liona y Echeverri viajó a Cali y radicó en el valle del Salado, donde los Echeverri eran de la primera distinción social y poseían una finca que el poeta recordó con cariño en su Odisea del Alma llamándola mi Arcadia y allí transcurrió su adolescencia. Aguirre Abad, en su “Bosquejo Histórico”, al referirse al Dr. Liona y Rivera le dice: “Célebre por sus talentos y más que por ellos por su conducta travieza e inmoral” expresión que constituye una exageración sin lugar a dudas, fruto de las pasiones políticas del momento o quizá de un victorianismo exagerado para calificar las uniones libres o de hecho, como la del Dr. Liona.

El joven Manuel Pompilio realizó sus primeros estudios en el Colegio de Santa Librada de Cali, donde a los once años compuso un poemita en honor de Asunción Delgado, niña de solamente catorce de edad, que le inspiró ternura. Su padre también escribía mucho y bien y un sobrino segundo Juan Abel Echeverría y Munive resultó poeta en Ambato, de donde se concluye que la vena literaria les venía por Liona.

En 1846 viajó a Lima con sus padres y hermanos. Allí pasó por el dolor de perder a dos hermanos y a una hermana menores, muertos en la infancia; ingresó al Colegio de San Carlos y se graduó de abogado en 1852 en la especialidad de Derecho Internacional. En su etapa estudiantil participó de la bohemia literaria de Lima y por un poemita erótico que publicó en un diario bajo el título de “Libertinaje”, fue acusado, se recogieron los ejemplares del impreso y su nombre se hizo conocido en todo el Perú.

En 1850 falleció su madre y el poeta escribió después: // en la flor de su edad y su hermosura // Mi santa madre, emblema de ternura / nos dio su dulce vida en holocausto. // Por sus hijos luchando valerosa // en tierra extraña contra adversa suerte / cayó sin fuerzas en la helada fosa / y hace ya cinco lustros que reposa / en el inmóvil sueño de la muerte! //

Su padre también murió en el Perú // I mi Padre proscrito, triste, anciano / bajo el brazo durísimo, de hierro / de su destino, reluchando en vano, / su vida en el suelo termino lejano / en las perpetuas ansias del destierro! // De donde se desprende que el Dr. Liona y Rivera quiso regresar a Guayaquil pero no pudo por las odiosidades políticas que aún se suscitaban en su contra y eso le causaba una intensa pena. Su hijo, poeta y sensible como el que más, ante tantas desgracias y muertes familiares entornó su carácter alegre y juvenil, maduró antes de tiempo y comenzó a amar el sufrimiento como buen romántico que era.

Desde entonces su gran elocuencia verbal unida a hondos conceptos, repartidos en cada verso, en cada estrofa, le hicieron el primer poeta del Perú y en el más popular de Latinoamérica.

En 1853 ocupó la cátedra de Estética y Literatura General de la Universidad de San Marcos demostrando amplios conocimientos sobre los clásicos griegos y latinos y las principales figuras del cristianismo. Por esos años alternaba con el periodismo, desde 1854 hasta el 59 fue redactor principal y literario del diario “El Comercio” de Lima, decano de la prensa peruana, escribiendo con esa brillantísima generación poética formada por Fernando Velarde, Luis y ^ José Arnaldo Márquez y Manuel Adolfo García, a la que se unieron Clemente Althaus y Juan de Arona, el venezolano José Vicente Camacho, Luis Benjamín Cisneros, Ricardo Palma, Carlos Augusto Salaverry. De esa época es su afamada “Oda al General Necochea y a América”.

Entre 1860 y el 62 ejerció el Consulado General del Perú en Madrid, tuvo la oportunidad de tratar a los principales literatos de la península y sostuvo amistad epistolar con figuras universales como Alfonso de Lamartine, George Sand, Víctor Hugo. En 1864 fué designado Secretario del Congreso Americano reunido en Lima con el objeto de repeler la agresión española a las costas peruanas y compuso el poema lírico “La toma de las islas de Chincha” que después incluyó en “Los Clamores de Occidente”, donde se vislumbra un poderoso estro poético, rotundo en sus estrofas, robusto en sus versos, aunque de cadencia irregular “por el excesivo raudal de ideas y de imágenes que se ofrecen en tropel a su fantasía” según frase de Marcelino Menéndez y Pelayo, así como una perceptible nostalgia por la tierra distante, el sentimiento cívico, los paisajes de extrañas latitudes y el de su alma profundamente romántica.

El numeroso auditorio varias veces de pie y prorrumpiendo en repetidas salvas de aplauso. Al final, el cantor fue conducido en triunfo a su casa y al día siguiente los diarios insertaron su composición, que fué copiada en los más acreditados periódicos del continente como modelo de buen decir y con ardientes elogios, al punto que en menos de un año aparecieron tres ediciones y hasta se llegó a decir “Antes que Olmedo y Liona, nadie”.

Hernán Rodríguez Castelo ha escrito “La Odisea del alma está a medio camino entre el neoclasicismo de Olmedo y el romanticismo ecuatoriano. Sus estrofas bien hechas, con riqueza descriptiva y sonoridad verbal que recuerdan las de Olmedo. Es la vuelta del alma a las grandes cosas a las que se siente llamada. Esa vuelta, esa ascención, está presidida por la imagen de los carros que compiten en el circo, primera imagen bella y vibrante, pindárica o mejor homérica, ya que abre el canto. Liona, al inaugurar su carrera poética, la concibe como una lid con los grandes poetas de su hora. Grave equivocación es querer adecuarlo a un gusto que ha cambiado tanto”.

En 1881, de cuarenta y nueve años de edad, encontrándose viudo, contrajo nuevo matrimonio, en esta ocasión lo hizo con la notabilísima poetisa peruana Lastenia Larriva y Negrón, también viuda, en quien no tendrá descendencia. Ese año el gobierno peruano lo nombró miembro del Consejo de Instrucción Superior y Director del Instituto Nacional de Bellas Artes, Letras y Monumentos, pero la guerra con Chile le había causado graves perjuicios económicos y quiza por eso decidió regresar a Guayaquil, su tierra natal. También es verdad que a raíz de la ocupación chilena, su hermano Emiliano se había establecido en Cali y cuidaba de la herencia materna. Numa Pompilio se hallaba escaso de dinero pues había gastado sus últimos capitales en dar a la luz pública la primera parte de los “Clamores de Occidente” en 171 págs. y Apéndice en XXVII págs. Notas y Variantes, índice y Erratas en XVI págs con más de cien sonetos llamados “De la penumbra a la luz” y varias poesías amatorias diversas, y en publicar en 1881 la segunda parte, en dos tomos, con Interrogaciones en 140 págs. conteniendo Poemas íntimos y Filosóficos y en 1882 la tercera parte con “Himnos, Dianas y Elegías” en 127 págs. con sonetos varios, poesías patrióticas y religiosas que dedicó al Perú.La mayor parte de estos tomos se agotaron enseguida y más ediciones reemplazaron a las anteriores al punto que se ha llegado a afirmar que ningún poeta americano publico tanto en su tiempo. Liona alcanzó el pináculo de su fama literaria en América, de todas las repúblicas le enviaban felicitaciones y los principales poetas le dedicaban versos. El argentino Rafael Obligado le rindió ardiente tributo de gloria: // Resuena el magnífico concierto / de tu espléndida tierra ecuatoriana, / allí donde al ceñir el Chimborazo / baja el sol de los Incas en guirnalda. // Salve, cóndor, audaz del pensamiento! / Dígnate descender hasta mi estancia: / ¡Que yo toque contigo las estrellas. / aun que ruede después bajo tus alas! //

En 1881 también fue la tercera edición de la Odisea del alma en 27 págs. comentada por el literato alemán Robert Marlon. I en esas andanzas literarias gastó tres años de su vida hasta que a fines de 1883 logró realizar su proyectado viaje a Guayaquil tras la toma de la ciudad por los Restauradores y Regeneradores. Venía al Ecuador “para que otros poetas asumieran la enseñanza del ideal que por largo tiempo y por ardua senda han conducido hasta aquí mis débiles manos”.

El país entero y la intelectualidad en especial se conmovieron. Luis Cordero desde Cuenca le reprochó su larga ausencia con una frase que repitió el Ecuador ¡Ha regresado al fin el gran poeta nacional! El Jefe Supremo del Guayas, Pedro Carbo, le extendió enseguida el nombramiento de Rector en la Universidad de Guayaquil, que Liona aceptó en principio aunque después no llegó a actuar, rechazando el rectorado de la Universidad de Popayán y la Subsecretaría del Ministerio de Interior y Relaciones Exteriores del Ecuador que le llegaron al mismo tiempo.

Ese año editó en Guayaquil once sonetos titulados “Páginas de la Restauración” en 13 págs. y fue designado Director Nacional de la Escuela de Artes y Oficios de Quito pues el rectorado de la Universidad de Guayaquil, dada su reciente creación, era más bien honorario. También sacó por la prensa su discurso “Ante la estatua de Rocafuerte” y varios sonetos en 11 págs. así como su pequeño volumen de sonetos dedicados al II Centenario de la muerte de Pedro Calderón de la Barca, en 11 págs. que ofreció a su amigo Manuel Tamayo y Baus.

Igualmente, a fines del 83, se hizo cargo de la dirección del diario “Los principios” fundado por Angel Polibio Chávez a raíz de la toma de Quito. Liona le dió carácter eminentemente literario pero dejó de aparecer el 21 de Mayo de 1884 por falta de imprenta; pues, la que los cobijaba, tenía que publicar la colección de leyes sancionadas en 1883.

A los pocos meses presidió la legación del Ecuador en Colombia, como Enviado Extraordinario y Ministro Plenipotenciario, hacia donde viajó con su esposa y secretarios. Primero visitó a su querida Arcadia cerca de Cali. Allí fue recibido en triunfo por amigos y parientes y encontró que sus obras eran leídas y estudiadas con fruición. Fué quiza el momento más grato de su vida, pues todos sus trabajos y desvelos quedaron ampliamente compensados por tan hermosa acogida. Después residió en Bogotá y fue recibido por la opinión pública y la intelectualidad de esa capital con entusiasmo y afecto, al punto que la Academia Colombiana le distinguió como Miembro honorario de tan ilustre cuerpo.

En 1886 estuvo de vuelta en Guayaquil y asumió el rectorado del Colegio San Vicente del Guayas por cuatro años, de manos del Canónigo Matheo Viñuela, pero ni terminó el período ni pudo realizar muchos planes por el olvido de los gobiernos, que no entregaban las rentas a tiempo y a veces ni aun asi. Por eso tuvo que presentar su renuncia en 1888 siendo reemplazado por el Dr. Vicente Paz Carrión.

Entre 1887 y el 88 arrendó y dirigió el periódico trisemanal “Los Andes” dándole un carácter literario. El 88 editó “El amor Supremo” en 50 págs. El 89 se distinguió por sus ataques a los conservadores. Escribió varios sonetos políticos bajo el pseudónimo de “Régulo” y colaboró en “El Nacional” y “El Globo”. Entonces los católicos se llamaban “Católicos Republicanos”. En 1891 autorizó a la Editorial Garnier Hnos. Libreros – Editores de París, la edición de una colección de sus poemas líricos en la “Biblioteca Poética” de enorme circulación en España y América Latina. El volumen apareció en 1893 bajo el título de “La Estela de una Vida”, Poemas Líricos, en 274 págs. con hermosísima litografía de su rostro, Nota biográfica, Juicios e índice. La obra constituyó un éxito editorial y sirvió para cimentar aún más su fama internacional. En 1894 sacó a la luz “En la muerte de mi ilustre amigo el gran repúblico y filósofo poeta Dr. Rafael Núñez” en 14 págs. con poesías e índices. Para el Incendio Grande en 1896 se quemó su residencia y emigró de Guayaquil perdiendo sus bienes.

A fines del siglo vivía en Lima y escribió uno de los tres tomos de la colección que el gobierno del Perú publicó sobre la Guerra del Pacífico”. En 1900 volvió a Guayaquil.No era ya la figura física arrogante que había lucido en los grandes escenarios de la sabia Europa, pero la noble ingenuidad de su corazón se reflejaba en su rostro y entonces – oh témpora oh mores – tuvo que aceptar el desempeño de la Dirección de Estadísticas de la Aduana; sin embargo poco después cambió de destino a otro más apropiado y viajó a Portoviejo como rector del Colegio Nacional Olmedo y Juez de Cuentas en Manta. Su hijastra Lastenia de la Jara Larriva contrajo matrimonio en la capital manabita con Ulises Cevallos Bowen en hermosísima fiesta campestre amenizada por numerosos brindis en verso.

En 1904 vivía nuevamente en Guayaquil, colaboraba en el diario “La Nación” y atravesaba una aguda pobreza. Su amigo Juan Antonio Alminate en gesto amable y romántico le cedió la dirección de la Biblioteca Municipal para ayudarle. El Concejo Cantonal le rebajó el sueldo de doscientos sucres mensuales a solo ciento cincuenta y eran diez de familia.

Los redactores del “Diario del Pueblo” lanzaron la idea de su coronación, apoteosis que se realizó con las solemnidades de esta clase de acontecimientos en el salón de actos de la Sociedad Filantrópica del Guayas el 10 de Octubre por manos de la poetisa Dolores Sucre y Lavayen, prima de su esposa Lastenia. La corona de oro contenía hojas de laurel enviadas por las provincias del país.

Al finalizar sus labores en la Biblioteca Municipal concurría por las tardes a la vecina casa de sus primos políticos el Dr. César Borja Lavayen y su esposa Angela Febres – Cordero Lavayen, donde ya estaba de visita doña Lastenia. Se conversaba de arte y poesía. Lastenia y Rosita Borja tocaban el piano, Grieg y Chopin eran sus autores favoritos, prefiriendo Llona el Viajero Solitario y Primavera composiciones del primero de esos autores. En otras tardes la tertulia se realizaba en su hogar.

En 1905 el gobierno del Presidente Lizardo García le otorgó una pensión de docientos sucres mensuales. Moraba en una casita de un piso, de madera, en la calle Colón entre Chimborazo y Boyacá. Allí se reunían varios poetas jóvenes a charlar: Joaquín y Emilio Gallegos del Campo, Tomás Ampuero, Luis Vernaza, Miguel Luna, Vicente Paz Ayora, Flavio Ortiz Navarro, León Benigno Palacios, Modesto Chávez Franco, atendidos por su hijo Alvaro Liona Marchena que también era poeta. Meses después, perseguido por alguna necesidad imperiosa, empeñó su corona de oro y ésta se perdió, reapareciendo en la década de los años treinta cuando el señor Leonardo Hernández Mogner la obsequió a la Universidad de Guayaquil.

En sus últimos tiempos fué mantenedor de los Juegos Florales. “Era un anciano de patriarcal aspecto, de imponencia venerable, de contextura fuerte que debió haber sido prócera en sus años plenos, de mirada penetrante y viva, barbado de plata hasta la pechera, cabellera platina, abundante y recia, encorvado ya con esa jibosidad inicial senil, esguinzado el busto a la izquierda, pero todavía de andar menudo y ágil con ayuda de un grueso bastón de gancho en la diestra. Un grueso capote gris era su característica visible y abrigaba el frío de su ancianidad.

Los meses que precedieron a la extinción de su vida fueron tristes y monótonos. Como el vigor de su cerebro le acompañó siempre, el presentimiento del cercano desenlace puso un matiz de desesperanza en su espíritu y de angustia en el de su inseparable compañera. Vencido por los achaques y los años vinieron las horas dedicadas al silencio en que se entornaron las ventanas y el piano había enmudecido y en una tarde de soledad infinita, poblada de recuerdos, en la penosa impresión de la realidad, acompañado de su médico y primo político el Dr. Borja Lavayen, que le atendía, penetró en el hondo misterio de las sombras.

Falleció el 5 de Abril de 1907 en Guayaquil de casi setenta y cinco años de edad. El gran escritor español José Cejador declaró: Fue un poeta esmerado y un clásico sonetista, aficionado a las dificultades técnicas alardes de independencia artística. Demasiado didáctico y reflexivo cantó sus luchas, dolores y placeres.

“Su poesía fué dolorosa como correspondía a un romántico, llena de amarguras, de reminiscencias de un pasado añorado y feliz, de un presente pesimista y de un horror al futuro que quizá avisoraba pobre y gris. Creía en una divinidad terrible y vengadora, su una llama ardiente, un fuego santo; / Y en mis entrañas una voz confusa. / Como la voz de la divina Musa, / Como un contínuo y melodioso canto! // y aquella voz recóndita y extraña / Llena de misteriosas vaguedades, / Por doquiera mis pasos acompaña, / Junto al río, en el valle, en la montaña, / De la selva en las vastas soledades… //

Los caballeros del Apocalipsis. – fragmento. // Ciegos huyen en rápida carrera; / Y, de terror en hondo paroxismo, / En confuso escuadrón y espesa hilera, / Derechos corren al profundo abismo; // por largas horas, en combate crudo, / A invencible falange resistieron; / Mas, arrojando al fin lanza y escudo, / La rauda grupa del corcel volvieron; // pálidos, polvorosos, jadeantes, / Tendido con espanto en los arzones, / Cual lívidos fantasmas, anhelantes, / Aguijan sin descanso sus bridones; // Toscos soldados, fieros capitanes, / Revueltos huyen como indócil horda, / Y de sus voladores alazanes / El sonante tropel la tierra asorda; // Por la llanura y la infecunda arena, / Por fragosas pendientes y peñascos, / cual sordo trueno a la distancia suena / El rudo tropel de los férreos cascos; // El horizonte y soledad agreste / Devora ardiente su mirada ansiosa, / Y cerca ya la vencedora hueste / les parece sentir, que los acosa; // y el sentir les parece ya en el ruido / Del contrario bridón que les alcanza, / Y en su espalda su ardiente resoplido, / Y entre sus carnes la punzante lanza!…// Por entre el polvo, a la menguada lumbre / la expresión de los hórridos afanes / se ve de la apiñada muchedumbre / y sus desesperados ademanes! // El uno, allá en el fondo, al firmamento / Dirige inenarrable una mirada / Y alza en su mano trémula, sangriento, / el trozo inútil de su rota espada! // Crujiendo el otro de furor los dientes, / De su fuga en los ímpetuos veloces, / Ambos abiertos e imponentes / Al cielo eleva con airadas voces! // Y ayes, imprecasiones y gemidos / Por el rigor lanzado de los Hados / todos por fuerza incógnita impelidos, / Todos en confusión atropellados, // Alia van! cual ondeante se arrebata / Furibunda corriente estruendorosa / Y, cual rauda viviente catarata, / Van a hundirse en la cima pavorosa! // Horror! Horror!… de todos el primero, / Cuan aún el brío del corcel irrita, / Desde el borde del gran despeñadero / Y al abismo sin fin se precipita. //

La Bandera del Ecuador. // Flota orgullosa, espléndida y galana, / y ondula entre las ráfagas ligera, / ¡Oh de mi Patria tricolor bandera ¡ / Iris listado de oro, azul y grana. // El alma al verte se alboroza ufana, / y el pecho sus latidos acelera, / como al brillar el iris en la esfera / o el prisma de arrebol en la mañana. // ¡Recuerdo de una lliada de titanes] / ¡de mi Ecuador imagen] Los dolores / tú de la ausencia en el patriota calmas. // Roja, como el fulgor de sus volcanes. / aúrea, cual de su sol los resplandores. / azul como su cielo y cual sus almas.//

Soneto. // Yo recibí al nacer centella ardiente / de esos ígneos titánicos blandones / que, del bello Ecuador, en las regiones / coronan con su luz el continente. // Del Cauca en la comarca floreciente / desperté a las primeras ilusiones / y de amor y de gloria las visiones / embelesaron mi ardorosa frente. // l en los jardines mágicos de Armida / do murmura el Rimac, mi adolescencia / corrió después y me inició la vida / en la dicha, el dolor y el arte y ciencia. // Cual América varia, pero unida / por los Andes, ha sido mi experiencia. //