LEIVA PEDRO

MEDICO.- Nació posiblemente en 1602 en la población de Malacatos ubicada en el valle cruzado por el río de ese nombre, en donde eran Caciques sus familiares a principios del siglo XVII. Se desconoce el nombre de sus padres y su nombre indígena. La doctrina de Malacatos se componía de los pueblos de Vilcabamba, Yangana y San Bartolomé. Ricardo Palma cuenta en su tradición “Los Polvos de la Condesa” que un indio de Loja llamado Pedro Leiva, bebió para calmar los ardores de la sed que le producía la fiebre del paludismo, del agua de un remanso, en cuyas orillas crecían algunos árboles de quina. Salvado así, hizo la experiencia de dar de beber a otros enfermos del mismo mal, cántaros de agua en los que depositaba cortezas de cascarilla, que en la lengua nativa se denomina “cara Chuccho”, obtenidas del árbol para los fríos o “yura chuccho.”

J. Ramillo Arango escribió que a principios del siglo XVII los jesuitas habían comenzado su penetración en Loja, avanzando por los ríos del oriente y fundando la población de San Francisco de Borja en 1619. Un sacerdote jesuita había sido tratado de tercianas palúdicas por el médico y Cacique Pedro Leiva.

Poco tiempo después el Corregidor de Loja Juan López de Cañizares, enfermó también del terrible mal y siguiendo las normas de la medicina europea se sometió a sangrías repetidas, purgamientos y sinapismos y además había tenido que beber los más increíbles compuestos y pociones, no obstante todo ello iba camino al sepulcro. Entonces el padre jesuita había intervenido informando al Corregidor que él había experimentado tal mejoría que se sentía curado de las tercianas luego del tratamiento con Leiva y gracias a los polvos preparados de una planta que le era conocida y así fue como hicieron viajar a Loja al herbolario y el Corregidor tomó el agua de quina y quedó curado. Esto debió ocurrir hacia 1630 pues al año siguiente el padre Juan López S.J. estaba en Lima en posesión del secreto de la quina, que desde antaño se usaba en Loja para prevenir el soroche o mal de la montaña y como remedio infalible contra el paludismo y la malaria por sus propiedades febrífugas y antitérmicas.

En 1631 enfermó gravemente de tercianas palúdicas el Virrey del Perú, IV Conde de Chinchón, Luis Jerónimo Fernández de Cabrera y Bobadilla Cerda y Mendoza y no había tratamiento que lo mejorara. Su segunda esposa Francisca Henriques de Cabrera y su médico el Dr. Juan de la Vega habían consultado a todos los herbolarios sin resultados satisfactorios y al fin dieron con el padre López en el colegio jesuita de San Pablo, quién hacía curaciones milagrosas entre el pueblo limeño y éste fue quien suministró los polvos de quina al moribundo Virrey devolviéndole la vida, por esta cura que fue notoria – se conoció a los polvos de la quina con el nombre de polvo de la condesa.

De allí en adelante la historia es conocida y los bosques de quina de la provincia de Loja comenzaron a ser explotados para extraer sus cortezas. Sesudos autores como el agustino fray Antonio de la Calancha en su Crónica moralizadora y el Dr. Pedro Barba, médico de Cámara de Felipe IV, trataron extensamente sobre sus maravillosas propiedades. Años antes el rey “Felipe II había encargado a su médico el Dr. Francisco de Hernández, que viniese al nuevo mundo a verificar con sus propios ojos aquello de lo que tanto se hablaba y maravillaba: el conocimiento de los médicos aborígenes acerca de las virtudes de innumerables plantas. I estas resultaron ser en calidad muy superior a la imaginada, tanto que Hernández tuvo que llenar varios volúmenes con la descripción de más de setecientas plantas de México únicamente. Los polvos de la Condesa fueron conocidos como polvos de los jesuitas y como quinina. Ningún otro dato se tiene sobre Pedro Leiva”.

El agua de cascarilla se administró a los enfermos con grandes beneficios pues los curaba aunque a veces provocaba irritación en el estómago, nauseas y vómitos; pero a principios de 1820

los químicos franceses Caventou y Pelletier lograron aislar el sulfato de quinina, más eficaz por no presentar las sustancias inertes que envolvían a la cascarilla.

El primero que trajo dicho sulfato a Sudamérica fue el médico francés Abel Victoriano Brandín que visitó las principales ciudades de las costas sudamericanas del Pacífico en 1825.