INFANTE DIAZ NICOLAS

GUERRILLERO.- Nació en Palenque cuando esa población aún formaba parte de la Provincia del Guayas, el 4 de Septiembre de 1847, hijo legítimo de Nicolás infante Bustamante y de María de la Trinidad Diaz, naturales de Guayaquil y Portoviejo, respectivamente.

De nueve años perdió a su padre, propietario de la Hacienda “Soledad” en Palenque y durante unos festejos religiosos en esa población una camareta explotó muy cerca lesionándole el muslo derecho. Para atender las curaciones Dña. Trinidad viajó a Guayaquil con el resto de la familia.

En 1859 ingresó a la escuela del maestro chileno Sr. Chica que al poco tiempo sería desterrado por liberal. De inmediato surgió una gran amistad entre ambos, Chica le trasmitió sus ideas revolucionarias y Nicolás estudió “Los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, leyó “La Historia de la Revolución Francesa” y admiró a sus realizadores. La influencia de este preceptor fue tan grande que modificó la existencia del alumno, haciéndolo rebelde y liberal.

En 1867 trabajó en un almacén de conservas y abarrotes, practicando el comercio, como era costumbre entre la juventud de su época. En 1869 García Moreno dio el golpe revolucionario que acabó con el gobierno del Dr. Javier Espinosa. El 19 de Marzo el Gen. José de Veintemilla protestó contra este abuso, se insurreccionó en Guayaquil y tomó el Cuartel de Artillería. infante solo tenía veinte y dos años pero al conocer la revolución cerró el almacén y condujo a los dependientes a las inmediaciones del cuartel en apoyo a Veintemilla. Pocas horas después se inició la reacción y fueron cercados por las fuerzas leales al garcianismo. Veintemilla fue asesinado en el interior del cuartel por orden del General Darquea, Los suyos se desbandaron pero infante y otros más resistieron hasta el final parapetados en una esquina frente al cuartel, donde habían colocado un cañón.

>” que se hundió en la revesa de Juajamba y lo ree ¡Ríndanse! les gritaron ¡Vencidos pero jamás rendidos! fue la respuesta. Hecho prisionero, logró salvar la vida por su corta edad y porque su madre depositó una fianza de diez mil pesos y pudo sacarlo libre, enviándole en plan de estudios a Europa, donde recorrió varios países y recién regresó a Guayaquil tres años más tarde en 1872.

El 19 de octubre del 73, Juan Bautista Rolando, Tomás Gagliardo, Nicolás infante, Miguel Valverde y Federico Proaño fundaron el periódico “La Nueva Era”, combativo y mordaz, donde infante se dio a conocer como hombre culto, que hablaba francés e inglés a la perfección. Valverde y Proaño fueron apresados a causa de una publicación que el Dr. Antonio Borrero hizo insertar desde Cuenca y el gobierno estimó subversiva. infante tuvo que esconderse para no correr igual suerte. Ya era un sujeto notable, que gozaba de la amistad personal de Juan Montalvo y de Eloy Alfaro.

En 1875 se produjo el asesinato de García Moreno y tras democráticas elecciones subió Borrero al poder, quien debía tener numerosos motivos de gratitud para los jóvenes redactores de “La Nueva Era”, que tres años antes habían ocultado a la dictadura quien era el autor del artículo que costó el destierro de ellos, pero el nuevo presidente no fue grato ni complaciente, ni con el liberalismo que exigía la derogatoria de la Constitución de 1869, considerada con toda justicia una traición a los principios republicanos de entonces. Esta actitud de Borrero, aparentemente absurda, se fundamentaba en sus inamovibles principios legales pues aducía que habiendo ascendido al solio presidencial con una Constitución, no podía convocar a una Asamblea para que la derogue, pues eso equivalía a una deslegitimación de su mandato, teoria pero que él creía.

Por eso, el 2 de mayo de 1876, infante acaudilló un golpe de estado en Guayaquil con la ayuda de Eloy Alfaro y Miguel Valverde y fue proclamado jefe del partido de acción e investido de amplias facultades para contener el crimen terrorista que amenazaba apoderarse por completo de la República, según dijo la proclama; pero, al fracasar, fue tomado preso. Al día siguiente le sacaron para que compareciera al allanamiento de su tienda donde fueron encontrados seis lazó con otro mayor. El Pichincha”, de muy poco rifles y una caja de cápsulas, mas al regresar a la prisión pudo burlar la vigilancia de la escolta y subir al interior de la casa del Vicecónsul de México donde pidió asilo. Como el Vicecónsul no pidió inmunidad pues no la tienen si no los Cónsules, se dio la orden de allanamiento y arresto, pero entonces el Vice Cónsul se presentó en la Intendencia de Policía acompañado de los Cónsules de los Estados Unidos e Italia y solicitó pasaporte para el exterior a favor de Infante. El Comandante General del Distrito dispuso que se entregara Infante voluntariamente, que rindiera su declaración él y sus cómplices, para luego entregarle su Pasaporte, lo que así sucedió. Finalmente el día 28 salió deportado al Callao sin esperanzas de un pronto regreso pero a los cuatro meses el General Ignacio de Veintemilla encabezó una nueva revolución, triunfó en Galte y Los Molinos y asumió el poder.

Nuevamente en Guayaquil, colaboró con el régimen sin aceptar ninguna función pública. En 1877 se produjo el distanciamiento del liberalismo que retiró su apoyo al nuevo gobierno, pasó a la oposición y sufrió varias persecuciones y hasta confinios en su hacienda “Soledad” en Palenque, donde intimó con su media hermana Luz Viten’ Díaz, en quien tuvo cinco hijos. Dicen los viejos lugareños que se quisieron con gran pasión.

En 1883 engrosó las filas del ejército Regenerador de Eloy Alfaro, formado en Esmeraldas y Manabí. En mayo estuvo en el campamento de Mapasingue cercando a Guayaquil. El 9 de septiembre entró entre los triunfadores y recibió el grado de Coronel Efectivo. Entonces pidió la baja del servicio y se retiró nuevamente a su hacienda, dedicándose al cultivo del campo y a la cría de ganado.

En 1884, los conservadores obtuvieron mayoría de votos en el Congreso y eligieron Presidente al Dr. José María Plácido Caamaño. Los liberales fueron injustamente postergados e iniciaron la oposición. Eloy Alfaro logró adquirir un vapor que denominó “Alajuela” y con Luis Vargas Torres insurreccionó Esmeraldas. Para apoyarlos, la noche del 14 de noviembre Emilio Estrada Carmona, Francisco Borja Lavayen, Marco Alfaro, José Gabriel Moncayo y Eduardo Hidalgo Arbeláez se reunieron en la casa de la hacienda “Victoria” al lado del río Chapulo, de propiedad de la ñata Gamarra (María Gamarra Elizondo de Hidalgo) y juraron luchar hasta obtener la libertad del país. A este gesto se conoce con el nombre de “Juramento de los Chapulos”, nombre que desde ese día tomaron para si los revolucionarios.

El día 15 Marco Alfaro invitó al general Mariano Barona a celebrar una entrevista en el sitio “El Aromo”, comprometiéndose este último a verificar un movimiento revolucionario en Babahoyo, que al no producirse, circunscribió el ámbito de la sublevación a la zona de Palenque y sus alrededores, donde los hermanos Justo y Nicolás Infante disponían de numerosa gente y caballos para iniciar la revuelta.

El 22 los Chapulos desconocieron el gobierno de Caamaño, nombrando a Eloy Alfaro encargado del mando supremo con la suma de facultades necesarias para ejercer el poder público y declararon vigente la Constitución de 1878. Nicolás Infante fue designado Jefe de Operaciones en la provincia de Los Ríos. Ese día los revolucionarios entraron sin resistencia a Palenque.

El 23 pasaron el río Palenque a dos leguas de la población de Vinces, que tomaron por asalto a las cuatro de la tarde, haciéndose de gran cantidad de armas y municiones y como tuvieran noticias de que se estaba organizando una partida de hombres armados por el gobierno en Baba, con gente llegada de Guayaquil y reclutas de los contornos al mando de Eloy Montalvo, resolvieron regresar a Palenque, de donde siguieron hasta Balzar, que también tomaron sin mayor resistencia el día 26.

Estando allí los principales Jefes de la sublevación a Infante aconsejaron partir a Manabí, provincia en la que posiblemente encontrarían un mejor ambiente, pero como no quería abandonar a su familia, se negó a ello, perdiéndose la oportunidad de proseguir la lucha en un ambiente más favorable.

El día 27 emprendieron los Chapulos, con mala voluntad, la contramarcha a Palenque y llegaron al sitio la Breña, sobre el río Macul, a la caída de la tarde, tomando posiciones para que las fuerzas de Montalvo pudieran vadear el río. El 28 avanzaron a la Bolsa y se enteraron que numerosos veteranos, bien armados y montados acompañaban a Montalvo, que había ofrecido bailar sobre los cadáveres de los Chapulos.

Entonces Infante ordenó posesionarse a su gente del sitio Maculillo, que corre por entre las lomas cortadas por un estrecho camino que desciende al río, donde sorprendió el 8 de diciembre a los setenta soldados gobiernistas en el momento más inesperado para ellos, cuando se habían detenido a abrevar sus caballos. La victoria fue total pues el enemigo gobiernista fue diezmado sin defensa posible y aunque unos pocos contestaron los fuegos, terminaron por huir dentro de la montaña en el más completo desbande, siendo tomados prisioneros.

Entre tanto, el General Eloy Alfaro había fracasado en la madrugada del 6 de diciembre en las aguas de Balsamaragua y huía con otros revolucionarios a través de las montañas de Manabí y Esmeraldas hasta repasar la frontera con Colombia. De allí en adelante, libres ya, las autoridades de Guayaquil de ese peligro, se dieron cuenta que necesitarían de un fuerte contingente armado para sofocar la revolución. El experimentado General Secundino Darquea aceptó la misión y pasó a la provincia de Los Ríos el 8 de diciembre con el ánimo de capturar a los Chapulos. Aún entonces, ellos pudieron seguir a Manabí como era la voluntad de la mayoría, pero nuevamente el criterio de Infante se impuso y retornaron a Palenque, perdiendo algunos valiosos días en descansar, hasta el 11 de diciembre, que ocuparon la casa de la hacienda Piscano, propiedad de los Aspiazu (Pedro Aspiazu Coto y su hijo José María Aspiazu Andrade) Desde allí indagaron los movimientos de Darquea hasta que en la tarde del 14 unos cuarenta revolucionarios fueron sorprendidos por las avanzadas enemigas, mientras tranquilamente almorzaban y tuvieron que retirarse casi en desorden.

Tal fue la acción de la pampa de Piscano, que ha pasado a la historia como el comienzo del fin de esta revolución gloriosa, aunque en este encuentro mataron a diez y seis soldados gobiernistas.

A las seis de la tarde los derrotados arribaron a la hacienda Soledad propiedad de Infante, donde este concibió el temerario plan de entrar a Palenque y dispersar a la caballada de Darquea, lo que se consiguió con ocho hombres solamente, en acción suicida, donde encontró la muerte el valeroso Manuel Cerezo. Dicho golpe de audacia produjo la reacción de los gobiernistas, quienes comisionaronde diciembre. A infante le hicieron ingresar al pueblo montado sobre un caballo pero amarrados los brazos, en medio de una turba de curiosos y desafectos. Esa tarde se inició un juicio sumarísimo o Consejo de Guerra, en el interior de una habitación oscura en cuyo centro había una gran mesa cubierta de paño negro. Cuatro velas colocadas sobre la mesa, ocho o diez vocales llamados Jueces., mudos por la enormidad del crimen que estaban cometiendo por orden superior y contra sus conciencias. Se oía el chisporroteo de las velas, hacia la puerta de entrada se encontraba infante y frente al Presidente del Tribunal que estaba sentado sobre un cajón vacío de kerosene. Al fondo se apiñaban unas cincuenta personas, todas las fisonomías estaban alteradas por las pasiones que los dominaban.

Tan írrito procedimiento terminó en sentencia de muerte por fusilamiento para infante, a pesar que la Constitución prohibía esa pena por delitos políticos y que existía un indulto General de por medio. Con fecha 27 de diciembre de 1884 el General Secundino Darquea iturralde había decretado un indulto General de los facciosos, con tal que se presentaren a las autoridades de los pueblos inmediatos y entregaren sus armas y municiones. Darquea pensaba que con tal muestra de generosidad convencería a los Chapulos, pero no fue así pues tras el fusilamiento de infante se tornó general la insurrección en toda la zona norte de la provincia de Los Ríos, alterándose la tranquilidad de la costa hasta 1886.

La noche del 31 de Diciembre de 1884 le armaron una Capilla ardiente en el interior de la pequeña celda que ocupaba en la planta baja de un edificio. Dos grandes cirios y un crucifijo convirtieron el lugar en sitio de expiación y muerte. Infante pidió recado de escribir, hizo testamento, ordenó sus asuntos particulares, reconoció deudas, declaró acreencias y expresó que no era Católico practicante.

Al día siguiente 1 de Enero de 1885 a las once recibió a una mujer del pueblo que le llevó el almuerzo y lo rechazó riendo “Para qué, esta noche cenaré con Plutón en los infiernos” luego despidió al Párroco de Palenque, Presbítero Julián D’Stéfano, Capellán del ejército, que intentó confesarlo. A las doce salió vestido de negro y la cabeza cubierta con un sombrero Jipijapa con cinta roja, maniatado y entre dos sacerdotes, caminando hasta la explanada que precede al pórticodel cementerio. El oficial que le acompañaba le desató, avanzó infante diez o doce pasos y allí quedó solo, de pié, altivo y mártir, representando la dignidad nacional pisoteada por la autoridad constitucional.

Poco antes había escrito “Hoy levantan el cadalso para exterminar conmigo el brote fecundo de la libertad. No lo conseguirán. Quedan hombres altivos y valientes que no se acobardan porque vean correr a borbotones mi sangre, dentro de un momento teñirán en ella la enseña de la rebelión y volaran al campo de batalla a luchar por la conquista santa de la Diosa Libertad, oprimida hoy por los verdugos de la Patria”.

Se oyó el redoble de tambores y cornetas. Un oficial quiso vendarlo y protestó. “Eso nunca lo permitiré, quiero ver salir la bala que me arrancará la vida” pero cedió ante la insistencia solamente para cumplir el reglamento militar y sacó su pañuelo de seda color rojo, regalo de la mujer amada y del color de la bandera del partido Liberal Radical en el que militaba y con él fue vendado. Sus compañeros de presidio habían sido obligados a presenciar el criminal acto desde el balcón de la casa.

Enseguida se escuchó la descarga fatal. Seis u ocho disparos sobre su pecho. Cayó del lado derecho. Un oficial se acercó y apoyando su rifle en la sien del cadáver le disparó dos veces. Fue enterrado en Palenque, sin mayor ruido y fuera de sitio (el cementerio) por no haberse confesado y comulgado según el rito católico.

Emilio Estrada escribió en prisión el siguiente poema: // Ved como el héroe entre cadenas traído / Marcha al cadalso por su hermano alzado /¿Qué crimen cometió, cuál su pecado? / Luchar por libertad y ser vencido. // Luego describió el fusilamiento con las siguientes palabras: “Quedó solo, de pie, altivo, mártir representando la dignidad nacional pisoteada y rechazada por las autoridades constituidas. Seis u ocho disparos destrozaron su pecho y cayó del lado derecho, creo que muerto ya; sin embargo, un sargento, apoyando su rifle en la frente del cadáver, disparó dos tiros más.

Era alto y delgado, parecía prematuramente envejecido pues aún no cumplía treinta y nueve años cuando murió. Usaba una barba larga y poblada, nariz recta, ojos penetrantes, temperamento nervioso y cuerpo en contra de su voluntad. “Un día se presentó como interesado el Dr. Miguel León, que llegó a Obispo, para que se la venda, ofreciendo solo mil pesos cuando costaba el doble. Mi padre se negó y León fraguó un simulacro de expropiación y el día que menos se esperaba se presentó acompañado de agentes de justicia para arrojar a los dueños a la calle. Mi padre se lanzó contra el clérigo garrote en mano pero no se realizó el hecho porque los acompañantes lo impidieron.I se consumó el despojo en la forma más inicua, poniendo en la calle los muebles que tenía y votandole la suma de seiscientos pesos. León es por esto un gran benefactor y mi padre, cuyo sudor amasó los muros de esa casa, la víctima. Desde entonces todo le salió mal, tuvo pérdida tras pérdida. Ocurrió por ese tiempo la muerte del Dr. Mariano Vintimilla, quien dejó toda la poca fortuna que le quedaba a sus hijos Modesto y Antonia. Modesto ya era abogado y enredó a mi padre en las tramas de un pleito y en transacción le dio a mi madre una casa en la calle Boyacá y Zea, con cuarenta metros de frente sobre la primera y sesenta sobre la segunda. Solo tenía fábrica en la parte de la esquina y el zaguán se abría a unos diez metros de esta, en la calle Boyacá. Partes de esa casa son ahora (1935) de don Isidro Andrade y todo lo demás hasta dar con la del Dr. Alfonso María Mora, en la calle Zea, hoy de Juan Jaramillo. Mi padre era de muy buen tipo y hasta viejecito conservaba el rosa de sus mejillas. Ordinariamente era alegre, expansivo y afectuoso. De carácter vehemente se inflamaba con facilidad pero le pasaba pronto. Se distinguía por la fidelidad con los amigos. Su honradez y buena fe le hicieron víctima de muchos bribones. Era de una actividad incansable en el trabajo, para él, el descanso no era sino cambio de ocupación, porque no podía permanecer sin hacer algo. Se distinguía por sus conocimientos en medicina, superiores al de muchos profesionales. Conocía por el pulso cada enfermedad y sus diagnósticos eran irrefutables. En Guachapala fue llamado a atender a una joven de lo granado del pueblo. Después de tomar el pulso y examinar los ojos le dijo al padre: Su hija sanará después de seis meses, lleva tres de embarazada. Al padre se le subió la sangre y le contestó:

Es Ud. un calumniante, mi hija es una niña virgen, a la que no se le ha llegado un mosco. No la calumnio, se me ha llamado para que vea la enfermedad que tiene y por eso se lo he dicho. Precisamente porque le he llamado no le saco de aquí a palos. Meses más tarde el padre fue a darle satisfacciones llevando un obsequio pues había comprobado el aserto médico. Poco tiempo antes de morir el Dr. Julio Matovelle, pariente de mi madre por Orellana a quien visitaba cuando yo era niño, una vez que nos encontramos en la bajada del puente del Centenario, yo yendo a mi casa de la Avda. Solano y él bajando a hacer ejercicio, me dijo: Ud. No ha de recordar mucho de Antuquita. Linda Antuquita. I yo le aseguro a Ud. que en toda mi vida no he encontrado mujer de más talento y mejor juicio”.

“Mi primer vagido se mezcló al rumor de las campanas de la Catedral que anunciaban la elevación en la Misa mayor. En lenguaje pintoresco del pueblo, nací cuando alzaban el Santísimo. Entonces, como todo el mundo era creyente, no había hombre ni mujer que no se descubra y se arrodille donde le cogía la voz. Me recibieron, pues, los de esta tierra mía, con el sombrero en la mano y la rodilla en el polvo”.

“Fuimos nueve hermanos, yo el cuarto, pero solo quedamos seis pues Manuel había muerto antes que yo naciera y Francisco y Alberto murieron cuando yo tenía unos siete años, en un mismo día. Alberto a las once de la mañana y Francisco a las tres de la tarde. I fueron enterrados en un solo ataúd porque la pobreza de mi madre era entonces extrema. Mi padre se encontraba ausente”.

Fue el engreído de su madre, que lo idolatraba y sacaba de la casa siempre consigo. Ella era muy hermosa, “hija del Dr. Mariano Vintimilla, Arcediano de la Catedral de Cuenca, distinguido orador sagrado y émulo del padre Solano, y de Josefa Andrade, mujer de gran belleza y de un talento y gracia excepcionales. Por su devoción a San Antonio de Padua, le pusieron a mi madre el nombre de Antonia. Ella llevó en su partida matrimonial con mi padre el apellido materno, lo que me hace entender que no tomó el de Vintimilla sino después de la muerte de su padre. Su hermano de padre y madre fue el distinguido abogado Dr. Modesto Vintimilla Andrade. Mi abuela era hija legítima de Sebastián Andrade y Florenciav Orellana. El era dueño del llano llamado de Taita Chamaco a orilla del río Tomebamba en la Avda. Tres de Noviembre, llano que conservó mi abuela hasta su muerte. Después de su unión con el Canónigo Vintimilla, casó con José Félix Valencia que fue mi abuelo político, comerciante prestigioso y muy considerado en Cuenca y tuvo un solo hijo el sacerdote Roberto Mana Valencia”. Véanse su biografía en este diccionario.

“Estaba yo de siete años cuando mi padre me llevó a pasar vacaciones a la hacienda Sacre, parroquia Guachapala, propiedad de mi referido abuelo político. Era la primera vez que abandonaba el hogar y el viaje tuvo para mi la dolorosa intensidad de un arrancamiento”.

Cursó la primaria en una escuela privada. Huérfano de madre, la vida se le volvió triste, estudió la secundaria en el Colegio Seminario, donde también aprobó un año de teología. En 1895 publicó sus primeros versos recopilados en “Poemas del Alma”, cantos a la virgen en el mes de mayo.

Prosiguió estudios de Jurisprudencia, ocupó la secretaría de una simple Comisaría y siendo todavía estudiante fue designado Inspector del “Benigno Malo” y profesor de Filosofía en el sexto curso. En 1904 obtuvo su grado de abogado. Era de estatura mediana, rostro pálido y ojos soñadores, grandes y negros, aunque miopes. Un fino bigote, que el tiempo redondeó e hizo grande, daba al conjunto la seriedad necesaria y el marco adecuado para emprender importantes trabajos y ^ sobre todas las cosas, amaba a su pueblo campesino y rural, eglógico y sencillo, al que siempre trató de salvar.

De 1903 data su iniciación como relatista en la revista “Cuencana” con varios cuentos con material autóctono que luego recogió en “Prosas de Arte”, “Jubiloso en las cosas de la morlarquía, cosas nuestras y reales, modelaba sus cuentos y leyendas sin reparar en extranjeros criterios, deseaba una literatura azuaya bien definida y por eso veían en su labor, entonces rara y desconcertante, la faena del cerdo que osa el albañal”, nadie comprendía su sensibilidad hacia el pueblo y la importancia del tratamiento de sus problemas íntimos.

En 1905 sacó “Notas y Colores” en 60 págs. poemario que ha conocido dos ediciones y que lo ubicó tardíamente en la generación de poetas anterior a la suya, figurando al lado de Quintiliano Sánchez, Roberto Espinosa Albán, Alfredo Baquerizo Moreno, Carlos Carbo Viten’, Leonidas Pallares Arteta, Vicente Pallares Peñafiel, Juan Abel Echeverría Munive, Antonio Toledo y los hermanos Emilio, Joaquín y Enrique Gallegos del Campo. Generación que nació del romanticismo y sirvió de puente al parnasianismo, que adoraba En 1938 vieron la luz sus “Discursos forenses en 155 págs., que escribiera dos años antes con 9 oraciones o alegatos más literarios que jurídicos, de poderoso contenido lírico y humano. Libro inimitable y extraño, apasionada defensa del cholo y el indio frente al abuso de los blancos.

En 1942 apareció su novela “Viento y Granizo” en 328 págs. donde el personaje principal es un arriero llamado Mariano Padilla, dentro del contexto del realismo social, tratado con morosa unción en paisaje andino de la comarca austral; y ya no produjo más. “Viento y Granizo” ha sido calificada de historia auténtica porque con su sencillez y candorosidad borra temores de inverosimilitud y lógicos cuidados para situarnos en punto que nos cubra de la censura. El narrador toma la defensa profesional de su personaje, empujado a la cárcel por su mala estrella, quien tuvo una valerosa actitud en la defensa de Cuenca cuando fue sitiada en 1896 por las tropas liberales del General Eloy Alfaro.

Envejecía en Cuenca reverdecido en sus laureles de fino poeta y literato cuando en 1949, a escasos siete meses de su muerte y ya atormentado por cruel dolencia, escribió su artículo “Cómo entiendo el criollismo en el arte”, donde con sonriente ironía, enseñando dijo: Hasta el año 1915 no había faltado en Cuenca quien cultive el cuento, flor de fantasía; pero ni el cuento criollo ni la leyenda popular, ni el cuento profesional, tuvieron otro devoto que el autor de estas líneas… y por ello fui acusado de criollista, como si eso fuera un demérito; y es que, a principios del presente siglo, se veía lo propio -autóctono o vernacular- desmerecido por una equívoca crítica que sólo miraba como bueno lo que nos llegaba tardíamente de fuera y por eso todavía se rimaba en coplas a lo Bécquer como se tentaba las nuevas formas parnasianas y modernistas, mientras el realismo social aún no se imponía, aunque – claro está – algunos autores como Roberto Andrade, nos habían dado novelas tan ecuatorianas y de tanto interés como “Pacho Villamar”.

Ese año “un destino injusto y cruel lo condenó a últimos días de inenarrable dolor y sufrimiento a causa de un cáncer lento, pero él se apagó el jueves 6 de Octubre de 1949 a las dos y cuarto de la tarde, de casi setenta y tres años de edad, cantando cosas infinitamente tristes, sí, pero, cantando, como el ave simbólica de las impolutas espumas; y cuando su voz calló para siempre y su alma partió a las regiones del silencio y el misterio, sucedió como en la Angélica de su maestro Heine; los violines también se callan, se callan también en la hora marchita y final de la melancolía.

Entonces José María Ortega dijo: “Detrás de él están mis huellas” y G. Humberto Mata agregó “Quien nos enseñó a mirar y enaltecer las cosas de la tierra fue Juan Iñiguez Vintimilla pese a la depresiva actitud con que miraban su faena los hombres ya entonces consagrados de la morlaquía” y por eso Alberto Andrade Arízaga expresó que “había experimentado la profunda eficacia de los laureles negativos”. Está sepultado bajo una placa de mármol blanco en la sección de Hombres Ilustres del Cementerio de Cuenca.

En 1958 apareció una selección de su poesía en 99 págs. realizada por sus hijos los Drs. Iñiguez Arteaga, con prólogo de Rigoberto Cordero y León, el 2007 sus “Leyendas Nacionales” en 130 pags pero aun quedan inéditas algunas de sus leyendas, su poema en 16 cantos “Gloria suprema” de ambiente regional y varios poemarios como “Para ^ ti” y “Pequeños y grandes poemas” así como sus discursos y conferencias. Fue un criollista eglógico, no un realista social propiamente dicho y su mayor mérito es la creación de la literatura regional azuaya.

Sin fecha se editaron sus novelas regionales “Justicia” y “Ternura”, sus cuentos, artículos y leyendas “Prosas de Arte”, y aún permanece inédita una recopilación de sus “Leyendas indígenas”. Al momento de su partida, Alfonso Andrade Chiriboga, su amigo desde la infancia, le invocó con los siguientes versos // Piadosa la muerte ha dado / término a tu padecer, / y de quemar y correr / tus lágrimas han dejado… / sobre tu huesa agobiado, / evoco tu nombre y lloro / contigo cesa el sonoro / raudal de la inspiración, / la canción, la alta canción / que arrancan los plectros de oro. // Tu como pocos, sentiste / de la inopia los rigores; tu infancia no tuvo flores / y tu juventud fue triste / hasta el día en que rendiste, / con las alas inflamadas / todas tus metas soñadas / y desde la cumbre adunca / Dijiste: el águila nunca, / al subir hace jornadas. // Valiente y siempre sereno / te enfrentaste con la vida / y al recibir una herida, / sonriente, noble y esta causa, tras el tercer golpe de estado de José Miguel Carrera, salió deportado al Cuyo en la provincia argentina de Mendoza y de allí siguió a Europa donde vivió hasta 1817 en estudios y fiestas.

En 1818 O’Higgins le nombró Ministro del Interior y de Relaciones Exteriores aunque pronto le fue confiada una delicada misión diplomática ante Francia e Inglaterra pues debía lograr que ambas naciones reconocieran la independencia chilena y al mismo tiempo lograr un préstamo internacional para mantener los gastos de la guerra que aún se mantenía. En lo primero fracasó pero consiguió un empréstito en Londres de cinco millones de libras esterlinas. En dicha capital conoció y trató a Andrés Bello López a quien designó Secretario de la Legación y hasta recomendó su nombre para una ocupación en Santiago.

A la caída de O’ Higgins su situación se volvió difícil debido a lo cual se dirigió a Guatemala donde tuvo varias actuaciones. En 1824 volvió a Chile y trató de establecer numerosas industrias pero fracasó. El 26 viajó nuevamente a Guatemala y dos años más tarde intervino en la guerra contra El Salvador con el grado de Coronel de Ejército y Comandante General del Estado, pero cayó prisionero de las tropas invasoras que lideraba el General Morazán, quien lo condenó a muerte, castigo que sin embargo no llegó a ejecutarse. En prisión escribió “Las Betlemíticas”, serie de artículos burlescos contra los periodistas salvadoreños y en Enero del 30 logró escapar.

En el puerto de Acajutla embarcó hacia el sur y luego de una navegación no exenta de peripecias recaló en Chile y llegó finalmente a Santiago, donde no estuvo mucho tiempo pues siguió para Bolivia a fin de reclamar la restitución de los bienes del Mayorazgo de Trucios, a favor de su mujer y de su hijo Hermógenes Irisarri, lo cual le tomó tres años.

Entre el 33 y el 35 trabajó su propiedad agrícola de Comalle. El 35 fue Gobernador de Curicó, el 36 Intendente de Colchagua, aplastando una conspiración en su contra y tras un juicio sumarísimo aplicó la pena de muerte a los implicados.

El 37 representó a Chile como Ministro Plenipotenciario en el Perú y acompañó al Almirante Manuel Blanco Encalada en la suscripción del Tratado de Paucarpata con el gobierno de la Confederación Peruano – Boliviana, en una etapa primera de la guerra entre esas naciones. El Tratado provocó reacciones contrarias, que rechazó su gobierno y por eso fue llamado a presentarse para explicar su conducta. irisarri se negó a regresar a Santiago y desde la clandestinidad escribió varios panfletos injuriosos, principalmente contra Mariano Egaña. Procesado en ausencia, acusado de traición y condenado a muerte. Nunca más volvió a la Patria de su padre.

En 1838 se estableció en Guayaquil y pasó a trabajar en el periodismo. Pronto adquirió justa fama pues aparte de su hermoso estilo, poseía inteligencia abstracta y sabía burlarse de sus opositores. Desde siempre estuvo al servicio del presidente Juan José Flores. En irisarri todo era elegancia y sobriedad, nunca se rebajó al insulto, la grosería o la bajeza, por eso fue respetado por todos, incluso por sus opositores. Con fray Vicente Solano sostuvo una larga polémica. En 1842 apareció en Lima sus “Apuntamientos para la historia” pero después del Congreso de 1843 que reeligió a Flores por un período de seis años, en todo contrario al convivir democrático de la República, irisarri se convirtió en el más firme sostenedor del gobierno, ganando la odiosidad y animadversión del elemento pensante del país.

Por eso, cuando el día 6 de Marzo de 1845 Guayaquil proclamó la revolución civilista contra el afrentoso gobierno de Flores, el presidente del triunvirato revolucionario José Joaquín de Olmedo hizo imprimir un Acta, donde dice en el punto doce: Que la Nación ha sido envilecida y saqueada por esos mismos mandatarios, agentes propios y cómplices del gobierno, llegando a tal extremo la humillación y vilipendio de este pueblo, que han asalariado a un escritor extranjero expelido de todos los puntos de América (por sembrador de discordias entre los ciudadanos, turbador de la buena amistad y armonía entre los gobiernos) y que solo un Jefe imprevisor, indiferente al bienestar de los pueblos, pudiera abrigar y enriquecer, para que propague máximas subversivas del orden eleccionario y continúe predicando impunemente contra los principios democráticos y haciendo la absurda, rancia y sofística de la obediencia pasiva para corromper la opinión de los pueblos y acostumbrarlos a la ciega sumisión a un gobierno absoluto, persuadiendo de las ventajas de una tiranía durable sobre los males pasajeros de una patriótica y bien organizada revolución.

Irisarri tuvo que abandonar apresuradamente el Ecuador y radicado en Bogotá escribió su mayor y mejor libro “Historia crítica del asesinato cometido en la persona del Gran Mariscal de Ayacucho” en cuatro gruesos volúmenes, vibrante defensa de Flores y ataque rudísimo contra el General José Maria Obando, que al salir publicada en 1846 causó sensación y despertó encontrados y acalorados comentarios entre los políticos e intelectuales del continente, convirtiendose en un best seller, al punto que ese año se reprodujo en Caracas y el 63 en New York. Enseguida pasó a Venezuela y volvió sobre el tema con varias publicaciones. En 1848 vivió en las Antillas y el 49 en New York primero y más tarde en Washington.

En 1854 se editó en la capital colombiana su “Breve noticia de la vida del ilustrísimo señor Arzobispo de Bogotá Dr. D. Manuel José de Mosquera Figueroa y Arboleda. En 1855 fue designado Ministro Plenipotenciario y Enviado extraordinario de Guatemala ante el gobierno de los Estados Unidos. Los últimos años de su vida fueron dedicados a escribir numerosas obras, en 1861 sacó “Cuestiones Filológicas” que le consagró entre los más grandes hablistas españoles de todos los tiempos y el mayor de esa época. Una biografía de Simón Rodríguez, maestro del Libertador, dio a la luz en New York en

1863 titulada “Historia del perínclito Epaminondas del Cauca por el bachiller Hilario de Altagumea” y el 67 un tomo de “Poesías satíricas y burlescas” en que dio caracteres risueños a su temible mordacidad.

Murió de más de ochenta y dos años el 10 de Junio de 1868 con la calidad de Ministro Plenipotenciario de Guatemala y Decano del Cuerpo diplomático de Washington, admirado y estimado por todos y tenido por la crítica como un granescritor, uno de los mayores de su tiempo.

Está considerado uno de los americanos más importantes del siglo XIX no solo por sus actuaciones sino también por sus iniciativas y sus obras. En lo físico era alto, esbelto, delgado y viril. En la vejez una poblada barba blanca le dio prestancia y categoría. Se conserva una fotografía muy difundida, tomada en Washington, donde aparece con uniforme diplomático.

En 1934 apareció en Santiago de Chile una recopilación de sus “Escritos Polémicos”.