HOLLANDER MADELEINE

PROMOTORA CULTURAL.- Nadó en Hasle – Ruegsau, pequeña población rural del Cantón Berna, en la Suiza Alemana, el 6 de

Julio de 1944. Hija legítima de Arnold Obrecht de profesión ingeniero constructor de maquinarias y de Marta Boss, ama de

casa, naturales de Hasle-Ruegsau.

Fue la menor de una familia de cuatro hermanos, aprendió las primeras letras con su madre, siguió al kinder y primaria,

finalmente inició la secundaria en el Sekundarschule de su pueblo, ubicado al lado de su casa y por eso, cuando oía la

campana de entrada, salía corriendo y podía llegar a tiempo.

De diez años sufrió una gravísima intoxicación al entrar la primavera con un helado de frutas que posiblemente había sido

guardado del año anterior. Todavía existía algún racionamiento de comida rezago de las épocas de carestía de la Guerra

Mundial, pero en general tuvo una niñez y juventud felices, llena de amigas y del amor de sus familiares, especialmente

de su abuelo materno.

En 1960 ingresó interna al Instituít de Jeunes Filies, de Glion Sur Montrux, en la Suiza francesa, para aprender a

administrar una casa. El 61 pasó al Kaufmanmsche Schule Burgdorf y siguió tres años de Comercio, graduándose en 1964,

de 20 años de edad. Hablaba alemán y francés a la perfección, e inglés a medias.

Entonces su familia la mandó a aprender inglés a fondo en Guildford, pequeña ciudad a una hora de Londres, trabajando

en casas por las mañanas y estudiando en el Lower Cambridge Examinator en las tardes.

En 1965 volvió a Suiza y se empleó de asistente financiera con un sueldo de doscientos francos al mes en el Municipio de

Burgdorf. El 67 su hermana Katy de Gfeller, esposa del Cónsul de Suiza en Guayaquil, la invitó a conocer nuestro puerto,

recorrió también las costas más cercanas y Quito, y se entusiasmó con el exotismo del país.

Seis meses después tomó un barco de la Flota Bananera con destino a Hamburgo y en el trayecto se enamoró de Steward

Heins Hollander, joven alemán embarcado de puro aventurero pues era universitario y seguía la carrera de Ingeniero.

En Suiza se formalizó el noviazgo

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retirada en el Cotopaxi a exponer sus pinturas en pieles y cual no sería su sorpresa al

comprobar que le llegaron varias familias compuestas de artistas, sus esposas e hijos, a más

de una banda de música que esa noche amenizó la reunión. Se vendió todo, los nativos

permanecieron dos días en la Galería por temor a salir a visitar la ciudad. Por eso piensa que

se convirtió un poco en la madre de quienes buscaban espacio para exhibir sus proyectos y lo

lindo ha sido verlos triunfar.

En otra ocasión y con motivo de una Exposición de Arte Infantil, uno de los padres, palo grueso

en la Policía, llevó la Banda a la inauguración y alarmó al barrio con los sones, finalmente

todos premiaron el gesto con sonoros aplausos, pero la Galería tuvo que cerrar sus puertas en

1989 para reabrirlas en otro local donde permaneció hasta el 2004 en plena actividad, año en

que por la gravísima crisis económica del país volvió a cerrar.

En 1990 adquirió con su esposo unos terrenos en la isla Floreana, donde pasan vacaciones

varias veces al año, matrimonio feliz aunque sin hijos. A él le encanta las labores de la agricultura y tiene planeado

retirarse ^ al Archipiélago algún día.

En 1994 pasó Madeleine tres meses en Suiza a causa de un quebranto de salud.

Estatura mediana, rostro agradable, bondadoso, trato femenino y suave con los demás. Sabe

ganarse los corazones y declara que siente una gran ternura por los niños y los indígenas, a quienes ha tratado de proteger y encausar por la rama de las artesanías, tan apreciadas en los

Estados Unidos y Europa.

Entre sus mayores triunfos está la traída a Guayaquil por primera vez de Gonzalo Endara Crow

en 1981. Posteriormente logró que Endara venga cuatro veces más; la cuarta, con acrílicos,

fue auspiciada por el Museo del Banco Central y la quinta se realizó privadamente en uno de

los salones del Hotel Oro Verde.

La Galería de Arte de Madeleine Hollander, como fue conocida en el país, cumplió a cabalidad

con una función de promoción y descubrimiento del arte, el folklore y la artesanía ecuatoriana

y ese es su mayor título y honra. En sus cuatro tiendas -dos en Cuenca y dos en Guayaquil- el

turista podía hallar cualquier artesanía

tropical como Singapur, Indochina, Birmania, Filipinas, etc.

Dinamarca había sido invadida por Alemania y anexada al III Reich en Abril del 40 y se consideraba

a los ciudadanos daneses aliados de guerra, de manera que tuvo la ayuda financiera de las

misiones norteamericanas en el Ecuador para realizar este tipo de operaciones, pero fracasó en el

primer embarque a causa de su falta de experiencia porque compró cascarilla de mala calidad,

esto es, cascarilla mezclada con cáscaras de otros árboles parecidos a la quina pero sin sus

propiedades vermífugas, casi milagrosas.

En estas andanzas – que más tenían de aventureras que de comerciales – gastó más de un año y

tuvo que recorrer varias provincias del país. En la hacienda “Alao” de los Merino de Riobamba

vivió algún tiempo, en una biblioteca encontró la Historia del Reino de Quito del padre Juan de

Velasco y se prendó de ella. Luego pasó a Cuenca con cartas de recomendación, le trató en un

comienzo del etilismo el Dr. Emiliano Crespo Astudillo y lo puso a trabajar con Max Konanz,

conocido arqueólogo, en cuya casa fue recibido y tuvo oportunidad de admirar su colección de

tiestos, que años más tarde daría inicio a la del Banco Central del Ecuador. Donde los Crespo hizo

amistad con el joven Hernán Crespo Toral.

Konanz lo atendió paternalmente y a través de sus conversaciones le explicó los rudimentos de esa

ciencia, que Holm escuchaba con curiosidad. Su nacionalidad danesa, país que había declarado la

neutralidad, le habría numerosas puertas en el Ecuador.

A finales del 41 el Cónsul de Dinamarca Dr. Peter Holts lo llevó a trabajar en los Laboratorios

Holger Glaeser de Guayaquil dedicados a la elaboración de medicinas y luego a la hacienda

cacaotera “San Antonio” del Cantón Naranjal, donde investigó varias tolas en busca de objetos de

oro como entonces era usual pues aún la arqueología se encontraba en pañales En San Antonio se

mantuvo por largos períodos e intermitencias hasta mediados de la década de los años setenta. En

San Antonio sembró el 67 una nueva variedad denominada cacao clonal pero no le prendió bien y

el experimento fracasó.

Mientras tanto había contraído matrimonio en Guayaquil con Irene Cox Vernimen y desde el 48 dirigióla Planta Municipal

stassanizadora de leche ubicada frente a la vieja casona universitaria pero tuvo que renunciar a consecuencia de una

ridicula anécdota propia del Guayaquil cuasi pueblerino de esa década. En efecto, la planta se aprovisionaba de diversos

productores que traian la leche atravesando la ría en canoas. Uno de ellos, para aumentar el contenido de sus tarros,

“bautizo” la leche con agua, sin notar que le entraban larvas de camarón.

Procesada la leche y vendida al público en las clásicas botellitas piponas, a varios consumidores les tocó encontrar la leche

con camarón. El asunto se hizo público, causó criticas y risas y hasta salió publicado en los periódicos como algo

simplemente anecdótico, porque los análisis probaron que no registraba la existencia de colibacilos y era apta para el

consumo humano. El 52 renunció volvió a la hacienda San Antonio.

Desde sus conversaciones en Cuenca con Max Konanz se interesaba seriamente en el conocimiento de la antigüedad

prehispánica a través de Carlos Zevallos Menéndez, presidente del Núcleo del Guayas de la CCE, quien se convirtió en su

gran amigo y mecenas pues le entregaba en préstamo sus libros, comunicaba sus descubrimientos y llevaba consigo en las

expediciones que periódicamente realizaba a diversos sectores

de la peninsula de Santa Elena, especialmente a la zona de San Pablo.

También se relacionó con el Prof. Francisco Huerta Rendón, Director del Museo Municipal de Guayaquil, que puso a su

disposición las colecciones del Museo y del suyo particular para que las estudie. Zevallos Menéndez y Huerta Rendón,

aunque todavía jóvenes, eran arqueólogos de gran experiencia, pues se habían iniciado veinte años antes, de suerte que

fueron excelentes profesores.

En Diciembre de 1952 realizó un primer trabajo etnológico sobre “El tatuaje entre los aborígenes prepizarrianos en la

costa ecuatoriana” en 36 págs, anunciando que se trataba de “una pequeña monografía estimulada por Zevallos y

Huerta”, sobre todo por el primero, que acostumbraba decirle: “Escriba Holm, aprovécheme, use mis notas personales,

porque yo estoy muy ocupado formando el Museo de Oro”.

Como elementos comunes en sus primeros trabajos encontramos abundantes citas y notas bibliográficas y coautoría con

personas de mayor experiencia. I aunque anunció que continuaría con el tema, parece que debió perderle interés pues no

volvió a tratar sobre él, quizá porque el tatuaje ha sido una de las costumbres primitivas más estudiadas por los etnólogos.

El 53 Zevallos le abrió las puertas de Núcleo haciéndole designar miembro correspondiente de la Sección de Historia y

Arqueología.

Al año siguiente insistió con un artículo en 16 págs. sobre la “Verruga peruana en el cerámico patográfico ecuatoriano” a

base de una figura de la colección del museo del Núcleo del Guayas. Lo raro es que la moderna investigación médica niega

la existencia de verrugas en la costa ecuatoriana pudiendo tratarse de lesiones originada por el pian, enfermedad oriunda

de Africa aunque muy extendida en las regiones tropicales sudamericanas.

En 1955 sintetizó en 9 págs. una excavación efectuada por Huerta, de la que Holm formó parte como ayudante. Entre el

56 y el 57 dirigió los Cuadernos de Historia y Arqueología del Núcleo del Guayas, después los tomaría a cargo por muchos

años, con un breve paréntesis entre el 81 y el 82.

También el 55 editó una bibliografía de Max Uhle tomada de varios autores como él mismo lo aclaró, comentó la obra de

Felipe Guaman Poma de Ayala en “Atahualpa y Huascar”, trató de formar una Sociedad de estudios arqueológicos, dio

noticias sobre las actividades culturales de la Sección de Historia y Arqueología y sobre el 32° Congreso Internacional de

Americanistas celebrado en Copenhague.

En 1956 participó en la I Mesa Redonda Internacional de Arqueología ecuatoriana celebrada en Guayaquil por iniciativa de

Zevallos Menéndez, aprovechando que se encontraban de paso por esta ciudad varios especialistas extranjeros. Emilio

Estrada Icaza presentó la Cronología y Secuencia Cerámica de la Arqueología del Litoral del Ecuador a través del método

del carbono radioactivo 14, trabajo elaborado en el Smitsonian Museum de Washinton por Betty Meggers. Clifford Evans

expuso sus investigaciones sobre las fases culturales Chorrera y Tejar en la provincia de Los Ríos y su esposa Betty Meggers

trató sobre su expedición al oriente y localización de un sitio Marajó amazónico. Los restantes asistentes no presentaron

trabajos escritos sino simples notas personales, razón por la cual no pudieron ser reproducidas. Holm se limitó a hablar

sobre el Taptana o ajedrez educativo de los Incas, trabajo que editó al año siguiente en 18 págs con varias láminas.

En esa ocasión Evans, Meggers y Estrada sentaron las bases científicas del estudio de las culturas del litoral ecuatoriano y

como coincidencialmente Zevallos Menéndez inauguró el Museo de Orfebrería prehispánica del Núcleo del Guayas (Museo

de Oro) y Estrada a través de varias publicaciones estudió las culturas del litoral, dando mayor importancia a la fase

formativa que bautizó como Valdivia, por el el sitio epónimo donde la encontró y estableció que era la fuente generatriz

de todas las culturas posteriores, cabe pensar que fue el momento cumbre de la arqueología de la costa ecuatoriana en el

siglo XX.

Holm ya era perito en el manejo de las Crónicas de Indias que consultaba con frecuente familiaridad. Coleccionaba tiestos

y figurines, monedas y medallas, seguía de cerca los estudios arqueológicos y antropológicos del grupo del Dr. Antonio

Santiana en Quito, los del Instituto Ecuatoriano de Antropología y Geografía editados en la revisa “Llacta” que dirigían los

esposos Costales Samaniego, a la par que era un fervoroso seguidor de Zevallos Menéndez en cuyo vocero se había

convertido.

El 59 le acompañó en el inicio de unas excavaciones arqueológicas en el sitio San Pablo, donde hallaron ricos yacimientos

de la época formativa o Valdivia. El Informe preliminar firmado por Zevallos y Holm saldría en 1960 y la parte relacionada

con la industria lítica fue presentada por ambos, como ponencia en el 34° Congreso Internacional de Americanistas

celebrado en Viena.

También escribió sobre “El Cucharón, un utensilio doméstico de la cultura manteña” en 18 págs. y sobre “La técnica

alfarera en Jatunpampa” en 39 págs.

Entre el 60 y el 61 realizó dos viajes a la parroquia Julio Moreno invitado por Zevallos Menéndez, con el objeto de

reconocer unas tumbas en el sitio Bella Vista y con la ayuda de Jorge Sweet Palomeque y los obreros Juan Emilio Yagual,

Domingo Balón y Francisco Alejandro colaboró en la excavación de la tumba No. 5 de ese cementerio prehistórico. El

Informe consta en 28 págs.

Igualmente el 61 escribió la bibliografía de Emilio Estrada que acababa de fallecer de un fulminante infarto, ingreso a la Academia

Nacional de Historia y con otros personeros del Núcleo recibió a los miembros de la Expedición

Científica de Tokio a los Andes.

El 64 formó parte de la Sociedad de Amigos de la Arqueología de Quito que dirigían los

profesores Antonio Santiana Barriga y su esposa argentina María Luisa Carlucci Lazarino. El 65

intervino en el Seminario que para profesores secundarios organizó la Subdirección General de

Educación del litoral y a fines de año entró al Consejo de Gobierno del Museo Arqueológico del

Banco Central en Quito, llevado por su amigo de siempre el Arquitecto Hernán Crespo Toral.

En 1966 asistió al Simposio convocado por la Universidad de San Marcos de Lima para hacer un

inventario del estado de los conocimientos arqueológicos en Sudamérica y presentó la continuación de su trabajo en

Jatunpampa bajo el título de “Una técnica alfarera del sur andino del Ecuador” en 11 págs. Ese año, al dividirse la sección

de Historia del Núcleo del Guayas en dos grupos: 1) Historia y Geografía, y 2) Antropología ^ Social y Cultural, formó

parte de ésta

última. Entonces figuró en el estudio del proyecto de la Ley de Patrimonio Artístico Histórico

Nacional junto a Zevallos Menéndez, Crespo Toral y el padre José María Vargas, O. P.

Llamado por Julio Estrada Icaza ingresó al Centro de Investigaciones Históricas de Guayaquil, entidad que dejó de funcionar cuatro años después por decisión de la Junta Cívica.

En 1967 continuó con su labor de investigación de las técnicas de alfarería con “Ignacia, la

alfarera de Cerro Alto” en 21 págs., 7 láminas y 1 mapa. Con Crespo Toral, Director del Museo

del Banco Central en Quito, trabajó en la formación de una comisión para obtener los fondos

para la restauración del castillo de Ingapirca en la provincia del Cañar, lo que a la postre se

consiguió no sin superar múltiples dificultades económicas dada la complejidad burocrática

que siempre ha sido un formidable obstáculo para el desarrollo de la cultura del país. El 68, ya

con el dinero, contrataron a J. Hadden, que organizó y dirigió la limpieza y excavación de las

ruinas.

En 1968 sacó “Quipu o Sapán. Un recurso nemotécnico en el campo

arqueológicos que descubrían en el litoral, sin importar el daño irreversible que estaban causando

a la ciencia, más interesada en la investigación de campo que en los tiestos propiamente dichos.

Su biógrafo Juan Cordero Iñiguez relata que a Olaf no le podían engañar los vendedores de piezas

porque sabían que era estricto y que un solo error les podían alejar del mejor comprador, que no

les regateaba cuando se trataba de algo muy valioso en lo cultural o estético.

Es digno de anotar que habiendo nacido en 1920 cuando es nombrado en el Banco Central

solamente contaba cincuenta y cinco años, edad que en ningún caso puede ser considerada

provecta. Más, desde su cómoda posición de adqui rente de piezas arqueológicas, comprendió que

no tenía sentido realizar excavaciones y por eso abandonó sus comienzos en esta ciencia para

dedicarse con todo empeño a profundizar sus estudios en ciertos aspectos puntuales, más bien

relacionados con la antropología y etnografía ecuatoriana. Murió el arqueólogo en ciernes y nació

el especialista erudito que intercambiaba conocimientos y opiniones con numerosas

personalidades del exterior.

Desde que captó el Museo del Banco Central (1975) ya no requirió de los servicios de su amigo

Zevallos Menéndez ni del Núcleo del Guayas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, que pasaron a

ser las cenicientas del cuento pero éste jamás le reclamó y por eso siguieron siendo los mismos

amigos de antaño, que se reunían a conversar sobre temas arqueológicos comunes.

El 76 el BC adquirió el edificio Gorelik, ubicado en el Boulevard, al lado del consulado norteamericano, para sede del

Museo en Guayaquil. Holm lo readecuó hasta el 80 pero jamás llegó a inaugurarlo a pesar que tuvo veinte largos años para

hacerlo, pues las trabas administrativas que enturbiaban todas las iniciativas en el Banco Central, unidas a su forma de ser

introspectiva y muy dada al secretismo en todo lo que hacía y pasaba en “su” administración, se lo impidieron. Sin

embargo, de estos años de vida, queda un legado inmenso de adquisiciones artísticas y arqueológicas depositadas en las

reservas a las que pocos afortunados pueden ingresar con el agravante de que por orden de Crespo Toral, todo el arte

antiguo (colonial y republicano del siglo XVI11 y XIX

localizado y adquirido en Guayaquil) pasaba automáticamente al Museo de Quito que de paso solo

se inauguró como Museo Nacional treinta años más tarde pues, a su criterio criminal, por

centralista y absurdo, el Museo del BC en nuestra ciudad solo podía contener objetos de

arqueología y de arte moderno y contemporáneo.

También adquirió para el Banco Central en Guayaquil el museo del fallecido Emilio Estrada Icaza,

que debidamente clasificado era exhibido en la residencia de sus herederos en el barrio del

Centenario, quienes lo mostraban al público y sobre todo a los estudiantes de los colegios cuando

eran requeridos, pero que dado el costo de su mantenimiento constituía una carga económica muy

pesada para ellos.

Se mezclaron esas valiosas piezas con las del Banco Central en unas fundas de yute depositadas en

el interior del sótano del edificio Gorelik, sin exponerlas al público.

El 75 había concurrido al Simposio de la Prehistoria celebrado en Manta con tres ponencias cortas:

“Apuntes nuevos para la investigación precolombina. La Venus de los cerros, Mitología manteña”. El 76 comenzó a

coordinar

con varios estudiosos el tomo I del “Arte Ecuatoriano” de Editorial Salvat.

El 77 representó al Museo Antropológico en el II Congreso peruano del hombre y la cultura andina

con la ponencia “Hachas monedas del Ecuador, un sistema monetario precolombino” y fue elegido

Vicepresidente y coordinador del Seminario “La arqueología del norte Andino”. También visitó la

localidad alfarera de La Pila en Manabí, para aprender esa técnica.

En 1978 comenzó a colaborar comentando sobre la fundación de Guayaquil en el diario “El

Universo” pero poco después decidió hacerlo a través de su amigo el profesor Angel Veliz

Mendoza, con datos tomados de la biblioteca del Museo del Banco Central y de la suya propia, de

este forma evitaba cualquier polémica sobre un asunto tan explosivo. Julio Estrada Icaza lo llevó

al Patronato del Archivo Histórico del Guayas.

En Marzo del 79 visitó Colonche y escribió dicha experiencia en un artículo de 8 págs. en la revista

del Archivo Histórico del Guayas. Julio Villagrán Lara le entregó una Placa “Al Mérito Investigativo”.

para el Museo, Luis Navarro Terán, Gerente de la Sucursal de Guayaquil del Banco Central las

prohibió, pero pocas horas después Crespo Toral movió al Subgerente General, Eduardo

Samaniego Salazar, quien dispuso que se continúe adquiriendo y hasta llegó a ordenar al

Gerente de Guayaquil que no intervenga en los asuntos tocantes al Museo, esfera directa de su

poder. Por supuesto que la noticia se corrió en el Banco causando el consabido escándalo

administrativo, pues era absurdo que un simple Director Departamental se impusiera a la

Gerencia.

Entre el 82 y el 83 que nos visitó el fenómeno del Niño, la villa de su propiedad en la

Ciudadela Miraflores, con frente al carretero a la costa, donde vivía con los suyos, se inundó

en varias ocasiones, perdiendo numerosos libros de su propiedad.

En 1983, le fue consultado por parte del Gerente del Banco Central en Guayaquil, sobre la

posibilidad de publicar las obras dejadas por Carlos Zevallos Menéndez quien acababa de

fallecer en Quito y se opuso, pero utilizó esos trabajos en un artículo de 2 págs. sobre

Navegación precolombina, bajo el subtítulo de “Análisis de una leyenda histórica”. Después

ampliaría el tema con dos artículos más editados en la revista del Instituto de Historia

Marítima de Guayaquil, de manera que ha quedado establecido que la navegación

precolombina en las costas ecuatorianas fue ampliamente estudiada por Zevallos Menéndez

quien se dio perfecta cuenta de su importancia y trascendencia y finalmente por Holm quien le

agregó múltiples detalles de su erudición como por ejemplo la forma de la vela que utilizaban

las balsas, etc.

Ese año agregó un capítulo suyo sobre la Vivienda prehistórica a la tesis doctoral de

arquitectura de David Nurnberg Anda, titulada “Arquitectura Vernácula del Litoral”, como

requisito para hacerla publicar por cuenta del Banco Central. La tesis apareció con los

nombres de Estrada, Holm y Nurnberg y obtuvo ese año uno de los Premios Accésit otorgados

por Hiliar.

En 1984, al ocurrir el triunfo electoral del Ingeniero León Febres-Cordero, se desarticuló la férrea dictadura personal que

venía ejerciendo por años desde la Subgerencia General del Banco Central del Ecuador, el tristemente célebre Lic.

Eduardo Samaniego Salazar, quien tuvo que renunciar para evitar las medidas

penales que se iban a tomar en su contra. Crespo Toral y Holm quedaron sin respaldo, el

primero también salió y el segundo, a última hora, logró sostenerse merced al generoso apoyo

que le brindó Julio Estrada Icaza, quien además pidió que lo eleven a la categoría de

Subgerente Consultor del Centro de Investigación y Cultura del Banco Central en Guayaquil;

pero ya sus tiempos de dominio absoluto había pasado y anémico de respaldo en Quito gravitó

alrededor de Estrada cuatro años.

En 1986 recopiló en 17 págs. diversas relaciones sobre la historia de Santa Elena, fue

designado miembro fundador del Instituto de Historia Marítima de Guayaquil y empezó a

colaborar en su revista. En el Museo del Banco Central en Guayaquil inauguró la exposición

“Cultura Valdivia” que mantuvo por varios meses, cambiándola con “La botella silbato

Chorrera” también con carácter temporal, en la misma sala de la planta baja, única que se

encontraba adecuada, pues el resto del edificio servía para oficinas y otros menesteres

burocráticos. Por entonces cesó en sus funciones como Cónsul ad honorem de Dinamarca por

límite de edad.

En 1987 editó con Octavio de la Torre y

Julio Estrada “Apuntes para la Historia de Manabí” en 42 páginas y cuando el 88 éste último

renunció la Subgerencia General en Guayaquil debido al avance de su cruel enfermedad (una

distrofia muscular progresiva que lo llevó a la muerte) quiso reemplazarle, inútilmente.

Ese año asistió a las Jornadas Culturales ecuatorianas celebradas en Lima y habló durante hora

y media a través del canal estatal de televisión demostrando sus amplios conocimientos

etnográficos y obtuvo el título de Doctor Honoris Causa en la Universidad de Aarhus, donde era

conocido por sus artículos, relaciones familiares y de amistad. La reina Margarita de Dinamarca

le dispensó una hora de su tiempo en amena charla arqueológica. Entonces sus amigos trataron

de solicitarle el doctorado Honoris Causa en la Universidad de Guayaquil pero el petitorio no

progresó debido al aislamiento en que había vivido, dedicado únicamente y por entero a sus

lecturas y estudios en el Museo, sin visitarse con nadie, tratando solamente a otros

funcionarios del BC. Un raro caso de investigador puro y reconcentrado en sí mismo.

Algunas personas conscientes del

A pesar de tan adversas circunstancias no perdía su especial sentido del humor. El 94 escribió:

Estoy en el Museo, más o menos, aunque renuncié hace más de dos años y medio pero me tienen

aquí con título de asesor, lo que significa literalmente (a es partícula privativa que quiere decir

sin) seso: es cierta masa encefálica que unos usan y otros no (y son los más felices de este mundo)

r: es un sufijo aumentativo. Ahí tienen Uds. mi posición actual.

El 95 logró presentar una hermosa y didáctica selección de cerámicos titulada “Los Orígenes” para

difundir en la comunidad los sentimientos más avanzados de la historia aborigen. A la salida

aparecía la réplica de una balsa Huancavilca, tema que le sedujo en sus últimas preocupaciones

científicas (sic.)

Esta fue su última obra pues a las 7 de la noche del domingo 26 de Mayo del 96 le sobrevino un

infarto mientras descansaba en su villa de Miraflores y aunque lo llevaron sus hijas a la clínica

Kennedy no se repuso y falleció sin dolores el lunes 27 a las 11 de la mañana, de ochenta y un años

de edad. Vivía solo desde el fallecimiento de su esposa, ocurrido años atrás, el 72, también de

infarto.

Era muy didáctico en sus explicaciones pues como buen conocedor de los avances de la

arqueología mundial a través de libros y revistas nacionales y extranjeras, sin ser propiamente un

arqueólogo, estaba perfectamente capacitado para explicar la prehistoria ecuatoriana de manera

que pasaba por sabio en esa materia y en efecto lo era. Por algo el ilustre y erudito Padre Pedro

Porras Garcés, descubridor de las culturas arqueológicas del oriente ecuatoriano, al obsequiarle

una de sus obras de arqueología, le puso: Al único amigo del Ecuador que me comprende..

En su trato personal, diplomático y de particularísimo sentido de humor y proverbial paciencia,

según feliz expresión de Julio Estrada Icaza. Poseía una excelente biblioteca, archivo y museo

particular.

Como funcionario supo manipular a las personas y rodear de secretismo todo lo suyo. Su labor en el Museo del Banco

Central fue hasta cierto punto negativa pues a pesar de haber manejado grandes sumas en casi un cuarto de siglo,

convirtiéndose en el factótum de la cultura del puerto principal, sus resultados fueron poco

notorios, bien es verdad que la torpe burocracia centralista no le permitió la creación del gran Museo que merecía nuestra

ciudad.

No dejó discípulos ni escuela, postergaba sistemática al elemento nacional y protegía indiscriminadamente a los

extranjeros para quienes mantuvo abiertas las posibilidades de realizar trabajos y excavaciones pagadas en el Ecuador,

pero al mismo tiempo se quejaba que no existieran arqueólogos ni el interés por la arqueología en nuestro país, al tiempo

que mantenía a sus colaboradores en la penumbra vaga, restaurando, ordenando y catalogando en las reservas, sin figurar

en el mundo exterior ni tener opciones válidas para salir a conquistar nuevos y más variados conocimientos en las

Universidades de otros países.

Viajero por todo el mundo, no tuvo libros que le apoyen, escribía folletos, pero dejó aproximadamente un total de ciento

cuarenta artículos largos y eruditos aparecidos principalmente en revistas especializadas, que deberán ser recogidos. Alto,

delgado, pelo crespo y canoso, grandes ojeras alrededor de los ojos. Buen conversador, bebía muchísimo café cuando

estaba nervioso o tenso, lo que ocurría casi de contínuo.