GONZENBACH ABAD FEDERICO

PINTOR Y DIBUJANTE.- Nació en las faldas del cerro Santana, en una casa de construcción mixta con madera de pino californiano, de la calle Numa Pompilio Llona No. 159 en el barrio de Las Peñas, en Guayaquil, el 23 de Noviembre de 1956, casa de su abuelo paterno Pablo von Gonzenbach de nacionalidad suiza y creció libre y feliz en la contemplación del río y del paisaje. Hijo legítimo de Virgilio Gonzenbach Iglesias, pequeño industrial y luego agente en bienes raíces y de Ana Abad Cevallos, guayaquileños.

Comenzó la primaria en la escuela Constancio C. Vigil y se entretenía garabateando las últimas páginas de los cuadernos y en las horas de la materia de dibujo ayudaba a sus compañeritos, quienes le retribuían con pequeñas cantidades que gastaba en golosinas.

De once años de edad en 1967 viajó a New York con su abuela Ana María Cevallos Saltos, quien tenía a seis de sus ocho hijos en dicha ciudad. Habitaron en Queens y asistió como oyente a una escuela pública en inglés. La falta de ese idioma le volvió inquieto, peleaba en los recreos y fue expulsado cuando dibujó en el pizarrón a sus profesores. Entonces su abuela le llevó a la escuela de arte Queens Gallerv y se sintió motivado, al punto que al volver por las tardes a su casa continuaba pintando; sin embargo, el 68 su abuela lo devolvió a Guayaquil por demasiado travieso y fue matriculado en el Colegio Americano.

Era un muchacho de estatura más bien baja, blanco, pelo negro, hiperactivo y musculado, destacó como buen deportista y fue varias veces seleccionado en fútbol v atletismo. Un día se hizo la pava a Ayangue con sus compañeros Iván Rivadeneira, Philip Holst v Zacarías Viteri. Se bañaron en la playa, comieron pescado y dibujó a los nativos; mas, al día siguiente, se sorprendieron al saber que habían sido descubiertos y existía orden de expulsión. Para librarse de la pena realizó el busto en yeso del rector y un dibujo a la plumilla del Inspector General, quienes resultaron tan gratamente sorprendidos, que todo fue olvidado y los infractores pudieron regresar a clases.

En otra oportunidad, al ponerse de moda entre los estudiantes el uso de abundantes melenas, hubo una disposición general para que se las corten pero logro evadir la orden sujetando el cabello hacia atrás y cuando pensaba que se había salido con la suya, una tarde que pasó por el frente del Batallón Quinto Guayas, ubicado entonces en el edificio de la antigua Aduana cerca de Las Peñas, fue interceptado por varios militares que le llevaron al interior y se la cortaron al rape. Medio repuesto de la impresión solo atinó a correr hacia su casa y encerrado en su dormitorio no salió hasta que le volvió a crecer el pelo. Sus padres vivían preocupados por esta sensibilidad del joven, explicable únicamente por su temperamento de artista.

Tras esta gran tristeza y frustración salió del Colegio y su tío Hugo Gonzenbach le tomó a cargo con su hermano mellizo Ricardo, formando la tripulación de un yate de su propiedad y se iban a regatear los fines de semana por las aguas de la ría v del golfo hasta salir a mar abierto en Salinas. Esta terapia surtió sus efectos y como también aconsejó que le matricularan en la Escuela Municipal de Bellas Artes, volvió a experimentar la alegría de vivir su arte a plenitud en un magnífico ambiente, El cuerpo de profesores estaba formado por César Andrade Faini, Enrique Tábara, Jaime Villa, Peter Musfelt, Luis Miranda, Ana von Buchwald, Abel Tandazo, Abdón Calderón, Celso Moya, Yolanda Valverde de Miranda. Sus mejores amigos y compañeros fueron Carlos Morales, Alberto Carcelén, Eloy Cumbe, Tito Montenegro, Silvia Rojas. “A la salida de clases iba a las calles, montaba un pequeño caballete en cualquier esquina y mientras los curiosos se acercaban comenzaba a dibujar, o simplemente me sentaba en las veredas a plasmar las fachadas de las casas antiguas, las chazas, a los vendedores ambulantes de colchones, de ollas, a los soldadores, etc. todo era un pregonar de esa época pues pintaba lo que veía, lo que sentía, vendía cada plumilla a quinientos sucres y pronto me hice conocer.”

También solía recoger paisajes típicos campestres, motivos retóricos que cobraban vida por sus trazos certeros, influenciados por la obra que Roura Oxandaberro ejecutara entre los años 30 y 50. En esta primera etapa que llamó de los Contrastes y que va de 1975 hasta el 81 iniciada en el paisaje urbano y terminada en el rural, usó pluma, tinta china y lápiz al carboncillo, en síntesis luces y sombras, pero no tentó el óleo, demostrando únicamente que sabía dibujar lo cual es poco común en los artistas de nuestra urbe.

Aún estudiante obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Afiches organizado por la Cruz Roja Provincial del Guayas sobre el tema “La Prevención de Incendios” bajo el seudónimo de Sagitario, así como una de las menciones honoríficas en el Concurso de Plumillas, pero seguía siendo un ser solitario que difícilmente se integraba con sus compañeros de la Escuela de Bellas Artes; en cambio, por vivir en Las Peñas, recorría diariamente los talleres vecinos y trató a los pintores Antonio del Campo, Manuel Yara, Héctor Ramírez, los hermanos Hugo y Luís Lara, Fernando Andrade y cuando Manuel Rendón estaba en tránsito por Guayaquil le recibía en su departamento de Las Peñas. En cierta ocasión hasta le hizo un retrato al lápiz. El 73 Yela Loffredo de Klein le llevó al Museo Municipal, sus treinta dibujos a plumilla sobre Guayaquil se vendieron inmediatamente. La Muestra constituyó un éxito, Federico se mostró diestro en el dibujo. Ya era miembro de la Asociación Cultural Las Peñas y puso taller propio en Numa Pompillo Llona No. 160. El 76 y el

77 expuso en el Centro Ecuatoriano Norteamericano. El 80 en la Sociedad Femenina de Cultura tendría solo veinticuatro años, vendía todo lo que dibujaba con gran facilidad.

Ese año adquirió a su tío Hugo en cincuenta mil sucres una camioneta usada con la cual empezó a vender sus obras a las empresas ubicadas en la vía a Daule. Entraba, se hacia anunciar de la secretaria y convencía a los gerentes. En otras ocasiones visitaba los bancos, siempre con buenos resultados.

El 82 decidió romper sus propios esquemas de dibujante, utilizar óleos sobre tela y lanzarse a la conquista del color, primero pintó con cierta timidez tentando tonos grises desleídos y apagados temas urbanos como si la ciudad estuviera triste, luego naturalezas muertas con volúmenes para la diferenciación del color y estampas marinas que siempre han sido de su predilección, con manchas que marcaban el ritmo de las olas, la presencia de las rocas y la inmensidad del mar. Esta fue su segunda Etapa, la de 1982 al 90.

El 87 construyó una casita en la playa de Cadeate cercana a Manglaralto donde solía pintar por largas temporadas. El 89 radicó varios meses en París, dibujó retratos al aire libre en Montmartré, visitó Museos, galerías y talleres y de regreso permaneció una temporada en New York pintando en estilo neofigurativo. Posteriormente estuvo una corta temporada en Miami. El viaje le abrió hacia la necesidad de una renovación integral, simplificación de una realidad compleja a base de abstracciones y nuevos tratamientos con las técnicas contemporáneas.

Nuevamente en Guayaquil el 90, habitó con su esposa en una villa a medio construir en la Ciudadela La Alborada que ella había recibido y Federico ayudó a concluir y cuando todo parecía sonreírle sufrió un serio revés a causa de una considerable elevación de los triglicéridos, producida por el abuso en las comidas y bebidas alcohólicas que le ocasionó continuos mareos, insomnios, dolores de cabeza y un malestar general que le fue debilitando paulatinamente hasta dificultarle todo esfuerzo. Su mundo se redujo a sus dolencias y como vía de escape y con gran disciplina se propuso una dieta estricta, ejercicios diarios y continuos y pintar incesantemente por las tardes en un pequeño taller que abrió frente a su casa, del que salían figuras desoladas, con problemas. Rostros conflictivos que representaban al mismo tiempo lo objetivo y lo subjetivo, algunos de ellos llenos de fantasías y hasta de ironías pero todos misteriosamente sugerentes, porque al trasmutar los valores hacia la ambigüedad, ofrecen un nuevo lenguaje plástico de innegable belleza.

Esta fue su tercera etapa, que a duras penas fue de escasos meses, dependiente del mundo exterior, informal, onírica y subjetiva, rica en carga emotiva, que no solo significó un escape a su enfermedad sino también un gran adelanto en la técnica, pero el público no se interesó por estos cuadros bellísimos y originales en sus tonalidades doradas combinadas

sabiamente con verdes y magentas formando una abigarrada superficie de símbolos y personajes.

Desde el 90 cambió a una cuarta Etapa más bien figurativa y religiosa, de enorme simplificación, que ha denominado “Rostros de Amor” porque son una forma de acercamiento espiritual a la vida del hombre común. Pintura directa, en tonalidades adecuadas al gusto del público, primeros planos de rostros sabiamente trabajados, más bien clásicos, arios y no mestizos, de Jesús y María, que lucen sugerentes miradas influenciadas por los rostros que en los años veinte dieran tanta fama a Víctor Mideros Almeida, de suerte que en esta etapa Federico no aporta ninguna novedad formal al arte sacro ecuatoriano. En suma, un esfuerzo más en su trayectoria laboriosa.

El 93 recibió una de las Menciones de Honor en la IV Bienal Internacional de Pintura celebrada en Cuenca. El 96 le fue conferido en New York el premio “World Wide Fine Arts Promotions” por su óleo sobre tela “Maja Erótica”, composición rica en símbolos y en representaciones.

Sus obras figurativas y hermosas forman parte de diversas colecciones privadas en países tales como España, Suiza, Francia, Checoslovaquia, Japón, Rusia y Estados Unidos.

Pronto surgió una   quinta   etapa de su arte llamada “Catarsis” con abstracciones y colores del Alma, originada en la libertad del yo interior y sus energías etéreas. “Escucho y siento el ritmo de los colores y como se ligan entre sí al ritmo que impone mis emociones.”

El 2012 presentó una muestra titulada Guayaquil y su antigua infancia en el hotel boutique Mansión del Río en Las Peñas. Fueron treinta óleos pintados a espátula, alto relieve y colores claros realzados por la luz tropical.