96. La quimera alquímica

«Considerada largo tiempo como una quimera, laalquimia interesa cada día más al mundo científico puesto que se ha comprobado la posibilidad de disociación de los elementos químicos primarios simples que antes se tenían por absolutos; así pues, el universo no es una suma de cuerpos inertes sino la asociación de ellos. De allí a la trasmutación de los metales hay solo un paso para obtener oro o plata del simple plomo, a través de un crisol alimentado de fuego y por medio de una sustancia tan rara y peregrina que nadie conoce su exacta composición y que se llamó en los relatos de historia con el nombre hermético de «la piedra filosofal».

Pero no se crea que el asunto es fácil pues se ignora como preparar la piedra y aunque muchísimos sabios de la antigüedad experimentaron por años para obtener su composición, parece que todos o casi todos fracasaron; conociéndose, eso sí, que la piedra contiene azufre y mercurio entre otros cuerpos, pero nada más.

El oro que resultaría de estos experimentos, por su condición de oro purísimo ha sido llamado no sin razón «oro filosófico» y aquí entramos en otro género de consideraciones porque los alquimistas clásicos fueron de dos órdenes; los puramente trasmutadores que intentaban su obra por la vía seca o caliente y los filosóficos superiores que buscaban la eterna juventud y/o la vida eterna y que lo hacían por la vía húmeda o fría. Para ambos grupos la alquimia era una ciencia hermética, con lenguaje propio y cabalístico y sus adeptos formaban una sociedad secreta que ha subsistido hasta nuestro días, por los menos en Francia, donde el más famoso es Eugene Canseliet, célebre prologuista de los libros del misterioso maestro «Fulcanelli», seudónimo bajo el que aparentemente se esconde Canseliet, pues Fulcanelli viene del italiano Fulcan que significa volcán, idea paralela a la ebullición de los elementos químicos cuando entran en contacto entre sí y con la piedra filosofal que los trasmuta en oro o en plata.

El lenguaje cabalístico de los Tratados de alquimia se explica por la necesidad de trasmitir el secreto a través de palabras ininteligibles para los no iniciados. Esta costumbre de disfrazar la verdad en raros símbolos y palabras no es propiamente una costumbre alquímica. Los antiguos Oráculos de Grecia trasmitían sus mensajes en esta forma, los sacerdotes del Egipto imperial que formaban una casta cerrada y poderosa, poseían la lengua hierática que sólo ellos conocían. Entre los miembros de la familia imperial de los Incas del Perú era usual el habla cortesana o diplomática, donde cada palabra incluía una doble significación, la una aparente y la otra profunda. Los sacerdotes judíos escribieron la Cábala o libro de los jeroglíficos que tantos dolores de cabeza ha producido a los que han querido interpretarlo; en la Cábala se manejan las palabras y los números con significación ambivalente, pues a veces pueden significar algo diferente a su sentido y valor comúnmente aceptado.

Sinembargo de estos intrincados problemas, la alquimia sigue siendo materia de numerosas investigaciones en el mundo moderno. Unos la han llegado a considerar como el último residuo de un conocimiento antiquísimo, de los tiempos en que una civilización hoy desaparecida tenia el poder de disociar los átomos de los cuerpos para formar otros cuerpos diferentes, operación de reconstitución que se practicaría con métodos que no conocemos.

La alquimia medioeval a base de experimentos, unos fallidos y otros no tanto, dio paso a la moderna química, base de nuestra civilización. Los alquimistas antiguos se dividían en espagiritas o experimentadores y alquimistas o filósofos. Los primeros se dedicaban a la botánica y a los minerales y evolucionaron hacia los fármacos y las boticas. Los segundos podían intentar las trasmutaciones o subir a los grados superiores de iniciación para llegar a obtener la fuente de la eterna juventud y/o de la vida eterna. Estos últimos eran los místicos que gobernaban esa sociedad secreta solo para iniciados.

La lista de alquimistas europeos, aunque incompleta porque no contiene muchos nombrs, es bastante impresionante. Comienza con el célebre Artefio (1.130) de quien se sabe que tenía laboratorio y hasta contaba con ayudantes. Luego viene el monje Roger Bacon llamado también «Doctor Admirabilis» (1214) el parisino Arnaldo de Vilanova (1245) autor de varios textos herméticos y el italiano Tomás de Aquino que la Iglesia ha llevado a los altares con el nombre de «Doctor Angélicus».

En España surgió Raimundo Lulio, franciscano conocido como «Doctor Iluminatus» (1235); en Inglaterra «Roberto el inglés» (1330) que escribió «Correctum Alchymiae»; en París Jehan de Meun, llamado Clopinel» (1280) coautor de «Román de la Rose»; Grasseo u «Hortulano», comentarista de la «Tabla de la Esmeralda» y el más famoso de todos Nicolás Flamel, de quien se asegura por su gran fortuna que si logró sus objetivos (1330)

Casi en los albores del Humanismo la lista se alarga con el monje benedictino Basilio Valentín (1413) considerado el más notable artista hermético de todos y su compatriota alemán «Tritemio». En el siglo XVI trabajó el gran médico «Paracelso» en alquímicos experimentos y en el XVII Láscaris D’ Espagnet y el misterioso Ireneo Filaleteo, llamado el «enigma vivo porque su personalidad jamás pudo descubrirse» y del que solo ha quedado un libro.

Así pues, en llegando al siglo XX volvemos a hallar tratadistas alquímicos de tanto valer con Canseliet y/o Fulcanelli, a quien se asegura que no se ha vuelto a ver desde hace muchos años, pues «habiendo descubierto la fuente de la eterna juventud como el Doctor Faustus de Goethe, vive retirado y cambiando de moradas para proteger su vida y su invalorable secreto.» Puro cuento.

En nuestra patria solo se conoce que haya practicado la alquimia, por una poesía escrita en lenguaje esotérico que nos ha dejado, el insigne jesuita Juan Bautista Aguirre Carbo, oriundo de Daule, en la provincia de Guayaquil, que también es autor de un «Tratado de Física» que acaba de ser traducido del latín y consta impreso por la Universidad Católica de Quito. El padre Aguirre sufrió la expulsión en 1.767, al llegar a Europa se enroló con los iniciados que vivían en Italia y escaló posiciones hasta colocarse de secretario del Obispo de Imola, futuro pontífice.

 

¿HUBO ALQUIMISTAS EN LA COLONIA?

El padre Juan Bautista Aguirre Carbo es el mayor poeta de la colonia, criterio que se tiene desde su redescubrimiento en el siglo pasado por obra del erudito bibliógrafo argentino Juan María Gutiérrez, quien publicó en 1.865 «Estudios Biográficos y Críticos» con las poesías del jesuita guayaquileño. Posteriormente correspondió a Gonzalo Zaldumbide culminar esta misión y he aquí que la obra de Aguirre fue presentada más honda y más bella, sobresaliendo una de sus poesías, que a mi criterio, encierra un misterio. No con la opacidad del disparate bien dicho, ni del delirio conceptista o culterano como la leyera en 1.866 Juan León Mera, sino con el conocimiento del secreto que contiene y que Aguirre lo confió sólo a medias, bajo un ingenioso sistema para eludir las pesquisas de la inquisición.

Aguirre tituló uno de sus poemas de la manera que sigue: «El P. Juan Bautista de Aguirre.- Revelación del Poeta. Leed desprevenidos unas cuantas estrofas de ésta su “Carta a Lizardo» // ¡Ay querido Lizardo! / si feliz muerte conseguir esperas / es justo que advertido, / pues naciste una vez, dos veces mueras; / así las plantas, brutos y aves lo hacen / dos veces mueren, una sola nacen. //

Hemos copiado sólo la primera estrofa, por ser el poema muy largo; atroz rompe cabeza conceptista le pareció a Mera, igual que a cualquiera que lo lee sin darse cuenta del mensaje, porque a primera vista establece una tesis aparentemente ridícula que todo ser vivo debe morir dos veces para nacer una; pero Aguirre sabía lo que decía a Lizardo (personaje ficticio o quizá también alquimista como él) a quien le refería el secreto oculto a los profanos pero de tal forma disfrazado, que nadie más que los iniciados pudieran entenderlo. Hasta que un buen día a alguien se le ocurrió descubrir ese mensaje y hoy lo sabemos tú y yo, querido lector.

El padre Aguirre practicó la antigua Al – Chimia que importaron los árabes a Europa en la alta edad media, ciencia tan antigua como el occidente y que se remonta al antiguo Egipto, a una misteriosa piedra verde llamada la «Esmeraldina» donde un faraón escribiera su mensaje con palabras obscuras y de eternidad. “Lo de arriba es igual a lo de abajo” posiblemente en referencia al macro y al micro cosmos. Se dice que fue descubierta por el Califa Ornar en el interior de una de las pirámides, de donde la extrajo en el siglo VIII.

Posteriormente los alquimistas se multiplicaron por Europa. Unos intentaron la vía seca del fuego, queriendo combinar mercurio con una substancia misteriosa llamada la piedra filosofal, para obtener oro. Otros fueron más sutiles y espirituales y trataron de llegar a Dios mediante la perfección corporal y moral, a base de ejercicios y lecturas, de meditaciones trascendentales, de purificaciones y a todo esto se llamo la vía húmeda, porque no requería del fuego para dar salud y prolongar los años de juventud más allá del tiempo razonable.

Entre los primeros se dieron sonados descubrimientos químicos casi por casualidad, su alquimia se llenó de experimentos, redomas, crisoles, retortas y hornos que funcionaron más y mejor ¿Que si encontraron oro? Parece que no, aunque la ciencia moderna ha probado que los átomos de los cuerpos simples pueden disgregarse y combinar a voluntad del hombre, aunque a costos elevadísimos. ¿Sería la alquimia la etapa final de una ciencia avanzada y extinguida hace mucho, cuyo recuerdo se conservó en Egipto? ¿Quién lo puede saber? sólo conocemos que a partir del siglo XVI los alquimistas tuvieron que trabajar en el secreto de sus laboratorios para huir del populacho y del Santo Oficio de la Inquisición que en España y sus colonias quemaba a los herejes y a los científicos en la hoguera.

No constituy una vana pretensión imaginar a Aguirre metido hasta las narices en experimentos químicos, por diversión o por curiosidad de científico, que lo fue sin duda, porque vio con el primer microscopio traído a la Audiencia a «los corpúsculos pequeñísimos llamados microbios causantes de todas las enfermedades y hasta compuso un Tratado completo de Física en latín.» Igualmente conoció los sistemas modernos de Pascal y Newton que enseñó con gran éxito en la Universidad de Quito y así podríamos seguir mencionando sus logros, pero temo cansar. Al final de sus días fue extrañado del país por la Pragmática Sanción del Rey Carlos III y junto a sus compañeros viajó a Italia en 1.767 donde recibió la protección del Arzobispo de Tívoli. Fue consejero de Cardenales y Prelados y tenido por hombre de consulta de casi todos ellos. Le decían «Pico de Oro» por su talento, murió apreciadísimo.

¿Y el verso? ¿Porqué hay que morir dos veces para nacer una? No los voy a dejar con la curiosidad, les descifraré el mensaje a Lizardo. Aquí va: Todo ser vivo nace muerto según los filósofos, porque nace ignorante y en pecado, por eso debe ser bautizado; para los alquimistas esto no era lo último, debía morir de nuevo, para nacer en el conocimiento del secreto, del mensaje, del símbolo y obtener su unión con Dios.

A la primera muerte por la ignorancia y el pecado debía seguir la segunda muerte, a las cosas del mundo, a sus placeres, a sus tentaciones sólo así podría vivir eternamente el hombre en unidad perpetua con Dios.