89. Morescas y Mojigangas Coloniales

A las doce en punto de la noche y en plena fiesta suena la campana de la hacienda y todos se detienen en el patio. Una banda de violines, arpa y mandolina traída de alguna hacienda cercana entona una canción triste para ablandar a la dueña de casa que celebra su santoral. Luego se cambia el ritmo con violencia y las niñas y jovencitas bailan «morescas», a grandes pasos y tocando las castañuela. La concurrencia lleva el ritmo cantando y acompañando con palmas y zapateos. Algunos intrépidos mancebos saltan al ruedo y completan el grupo.

Estas «morescas» o bailes acompasados que tanto mencionan los cronistas coloniales, ¿serán acaso incipientes demostraciones de ballet? Quizás en estos bailes en grupo pueda encontrarse el origen del ballet ecuatoriano que hoy se está recreando con carácter montuvio y folclórico. Las «morescas» ya fueron conocidas en España, Italia y Francia desde el siglo XIII, habiendo sido importadas por los moros del norte de África, propiamente de Marruecos. En Italia se bailaban por 1502 y hubo varias de estas representaciones en Roma, con motivo del matrimonio de Lucrecia Borgia con Alfonso I de Este, heredero del Ducado de Ferrara.

En la costa fue el único baile acompasado y de grupo que nuestros lejanos ancestros conocieron y si hemos de ser veraces, estas «morescas» hoy perdidas y olvidadas en el folclor litoralense, debieron haber sido hermosas y excitantes, llenas del embrujo moro de la raza hispana del sur andaluz.

Entre el pueblo llano las morescas se mezclaban con otros bailes llamados de arroz quebrado, porque eran propios de la gente pobre, que solía adquirirlo por más barato. Estos bailes netamente populares, llamados también de la época de los reyes Austria, tenían mucho de erotismo. Desde sus nombres lo anunciaban: el llamado fandango, la chancha raspada, la gata rabona, etc., y ninguna señorita que se preciara de serlo se hubiera atrevido a bailarlos en público, porque se decía que incitaban a cometer el pecado de la carne. Incluso se registraron casos de obispos que los prohibieron en sus diócesis, bajo gravísimas penas de excomunión.

Luego de tales demostraciones de danza, las morescas por supuesto, se presentan dos entremeses, uno gracioso y otro serio, interpretados por los sacerdotes concurrentes. El primero se llamaba «El disgusto de Juan el bobo» y su argumento no podía ser más simple. Se trataba de un campesino, representado casi siempre por un fraile franciscano cubierto con una careta, que al caminar hacía movimientos defectuosos y al mismo tiempo chuscos; recitaba dos o tres zonceras que llamaban a risa y luego enseñaba a su familia, que iba saliendo por turno, y por coincidencia repetía las torpezas del padre con idénticos movimientos. Al final todos se daban ramalazos en la cabeza por una discusión baladí y luego de que el público había reído a más no poder, los improvisados actores atacaban a la concurrencia con sorna, provocando un desbande en donde los vivos se aprovechaban de las bobas que yacen caídas y las levantaban con manoseos. ¡Allí estaba la gracia! Este entremés gustaba mucho y la parte final se denominaba “mojiganga”, quizá porque todos intervenían y se armaba un zipizape de mismísimo demonio.

El segundo entremés consistía en una «loa triunfal» de carácter serio y en él intervenía la erudición clásica del siglo XVIII, con todo su abuso de términos culteranos. Era presentada por sacerdotes, jesuitas quizá porque protagonizaban un diálogo de Plauto o Terencio, autores los más conocidos entre los clásicos y terminaba con la aparición de varias jóvenes enmascaradas que simbolizaban la dicha, la fortuna, la felicidad y la religión; recitaban un monólogo por turno, de los más cursi, haciendo la exaltación o loa de la dueña de casa o santa, que con esto se daba por bien servida e invitaba a todos hacia el interior (si era una hacienda hacia el comedor) porque el frío de la madrugada cortaba y acatarraba, y el programa había terminado. (F)