171. La Tita Pérez, Poetisa y Dramaturga

La Tita, como cariñosamente llamaban en familia a Carmen Pérez Antepara, había nacido en Guayaquil en 1.8828 y tuvo por padres al Prócer del 9 de octubre Mariano Pérez de la Rúa y a Carmen Antepara y Bejarano, quien le enseñó las primeras letras. Muy joven destacó por su gran facilidad para la versificación, el 42 falleció su padre durante la epidemia de fiebre amarilla. Poco después compuso un drama de corte autobiográfico en honor a su novio Manuel Rodríguez — Coello y Jiménez con quien casó y fue muy feliz, aunque sin hijos. La obra, que se estrenó en el antiguo teatro Olmedo con bastante éxito, relata un episodio romántico y rosa con varios intríngulis domésticos que se resuelven al final en bromas y cánticos de felicidad bastante cursis.

Su prima, la poetisa Dolores Veintimilla de Galindo, el parentesco les venía por la rama de Antepara, quien vivió en Guayaquil algunos años para después ausentarse a Cuenca le dedicó en 1850 dos poemas; el primero dice así: A Carmen, remitiéndole un jazmín del Cabo. // Menos bella que tu Carmela mía / vaya esa flor a ornar tu cabellera / Yo misma la he cogido en la pradera / y cariñosa, mi alma te la envía. // Cuando seca y marchita caiga un día. / No la arrojes, por Dios, a la ribera / guárdala cual memoria Iisonjera / de la dulce amistad que nos unía. // 

En 1852 su marido quiso comprarle una casa con frente al malecón pero ella, en previsión a las bombardas que pudieran caer en las tantas invasiones que se registraban en la ría, prefirió que fuera en la calle de atrás «por tener algo del aire que soplaba en el malecón».

Para entonces Carmen seguía siendo una mujer muy bella, aunque de gran nariz, pequeña de estatura, llena de carnes, vivaz, talentosa; pasaba por poetisa y comediógrafa, y su tema de siempre era la lucha por la igualdad de los sexos. 

Famosa fue la anécdota que le sucedió con el coronel Gerónimo Zerda y Chávez, esposo de su amiga de misas Pepa Merino Ortega, quien se quejaba continuamente de la triste vida matrimonial que le daba el citado coronel por sus continuas correrías sentimentales: «Una tarde de invierno la Tita quería pasar una vereda entre las calles Bolívar y Panamá, y como había llovido estaban colocados unos tablones para facilitar el paso. Circulaba mucha gente a esa hora. Un caballero ya entrado en años y muy amable, que estaba sentado en una banca en animada tertulia con otros vejetes, se levantó de improviso y le dio la mano, acompañándola a la otra vereda. Cuando ya habían atravesado la mitad de la calle, doña Carmen creyó encontrar una cara conocida y le preguntó en alta voz para que todos oigan: – ¿Dígame caballero, por casualidad no es usted don Gerónimo Zerda, el marido de mi amiga de misas Pepa Merino? -Así es, encantadora damita. – Fue la respuesta. -Sinvergüenza! Ud. es el que la hace sufrir tanto con sus mozas y aventuras. Y dicho esto le dio un soberano empujón, tirándolo de nalgas al charco de agua lodosa, en medio de la expectación de los numerosos testigos que asombrados del hecho terminaron en gran chacota.

Cada aniversario de la muerte de su marido izaba la bandera celeste y blanca de la ciudad a media asta en el segundo piso alto de su casa. Además, acompañaba la insignia patria con un gran lazo negro. La gente comentaba y hasta se sonreía. Alguna vez la Municipalidad le reclamó por aquello, pero ella respondió: Corazón contrito, bandera negra. Esta costumbre la conservó hasta 1894 en que por su avanzada edad se le hizo difícil colgar la bandera.

Como dramaturga escribió varios dramas en verso, todos de tipo moralizante, que se representaron desde 1867 en el Olmedo, con música de su hermano el maestro Federico Pérez Antepara, que hacía de promotor artístico y director de orquesta. Estas mini operetas trataban temas triviales, acaecidos a señoritas de más de cuarenta años que se arrepentían de pasados pecadillos. Al final el público la hacía subir a las tablas para aplaudirla. Ricardo Descalzi en su «Historia crítica del teatro ecuatoriano» menciona el drama en verso “Carmen”.

En 1870 aparecieron algunas de sus poesías en la revista «La Guirnalda Literaria», editada por José Rafael Arízaga en la imprenta de Calvo y Co. de Guayaquil. José Domingo Cortés en su antología de «Poetisas Americanas», aparecida en 1875 en París, reproduce algunas de sus nuevas composiciones junto a las de Ángela Caamaño de Vivero, Carmen Febres Cordero de Ballén, Dolores Veintimilla de Galindo, Rita Lecumberri Robles y Dolores Sucre Lavayen. En 1878 dictó una conferencia sobre «La Mujer en Sociedad», a petición de Miguel Valverde, presidente de la Sociedad de Asistencia Mutua. Le dio la bienvenida el periodista colombiano Emilio Gómez, que al poco tiempo debió fugar de la ciudad por haber escrito una famosa Ensaladilla, poema urtipicante donde se burló de la sociedad guayaquileña.

El 80 envió algunas de sus producciones a la Exposición de Muestras realizada en el teatro Olmedo con motivo del centenario del nacimiento del poeta Olmedo. El 81 integró la Guardia de Honor de la Virgen de La Mercerd.

Por entonces llevó a las tablas su comedia «Chascos y más chascos», donde en forma velada contó incidentes sociales que causaron furor por largo tiempo.

Las tertulias literarias que celebraba en su casa eran famosas pues concurrían poetisas consagradas y señoritas talentosas, como Mercedes González Tola (de Moscoso). En su casa acostumbraba recibir a sus sobrinos llegados de París. En 1882 fue Abel Pérez Aspiazu, en 1889 Víctor Manuel Rendón Pérez, a quien dedicó su retrato con el siguiente verso: / / Tal cual me miras aquí / grabada en este cartón / te tengo siempre a ti / mijito, en mi corazón.// 

Combatía las ideas liberales de este, pero terminaban riéndose pues era de excelente carácter (liviano, juguetón y bromista) y como persona generosa no le faltaban ahijadas -las tenía por docenas- y a la hora del rosario las hacía sentar en el suelo, sobre esteras y alfrombras, a la usanza árabe. A Rendón le envió una esquela que decía: «Negrito querido, te mando un escapulario de Nuestra Señora de la Merced, que está bendito y que yo misma bordé pensando en ti. No abrigo la idea de que Io colgarás a tu cuello. ¡Que un parisien librepensador – como sin duda lo eres – no carga ese trebejo de la superstición, pero puedes meterlo en un bolsillo y Io harás, si quieres a tu vieja Tita! Segura estoy yo, que no perdí la fe entre los intelectuales de tu famoso París, que te librará de todo peligro y quien sabe ¡tal vez de un disparate!».

Para el Incendio Grande, en octubre de 1896 se quemó su casa. Su sobrino Federico Pérez Aspiazu provisionalmente la llevó al domicilio de su suegra Delfina Torres de Concha. La Tita Carmen falleció dos años más tarde, tuvo talento, simpatía y personalidad. Fue poetisa y comediógrafa a ratos perdidos y luchó por los derechos de la mujer de su tiempo, dentro de la escuela mariana de la Iglesia y cuando visitó nuestro puerto Ricardo Palma se hicieron amigos y le ofreció enviarle algunas composiciones y otros papeles de su prima Dolores Veintemilla que acababa de fallecer en Cuenca, lo cual cumplió, haciéndole llegar un paquetito con dos de sus poesías y un ejemplar del periódico La Democracia, de Quito, con noticias sobre el deceso de tan inspirada poetisa y prima. Palma escribiría un artículo muy laudatorio dándola a conocer a Dolores en estos países y así fue como se inició para ella la fama que ya nunca más dejaría su nombre.