85. La fundadora de las Nazarenas en Lima

Una noche que estaba dormida Antonia Lucía Maldonado Vedugo y Gaitán en su hogar de Lima, se le descubrió un pie por debajo de la sábana y su esposo se hincó a besarlo, en eso se despertó y como era muy humilde sufrió y lloró. Ambos formaban una pareja unida y viajaban por mar y tierra al centro y sur del Perú y así conoció ella siete provincias, aunque con grandes trabajos y necesidades, porque hubo ocasiones en que no tenían ni para la comida.

 Esta monja guayaquileña nacida en 1.646 hija de padres “nobles y virtuososaunque pobres de bienes materiales,” quedó huérfana y viajó con su madre al Callao donde vivieron en extrema pobreza y su madre la puso a hacer cigarros para poderse sustentar. Ya habían comenzado sus visiones y vivía como si fuera una monja, haciendo oración, ayuno y penitencia. Su madre le pactó matrimonio con un hidalgo pobre llamado Alonso de Quintanilla, quien había sido artillero en el Callao, aunque para entonces se dedicaba al comercio minorista y la obligó a casar de 20 años.

La noche de bodas le subió fiebre al novio que quedó como fuera de si hasta el día siguiente que despertó bueno y sano y salió a negociar. A la segunda, tercera y cuarta noche le repitió la fiebre y a la quinta, por inspiración de Dios puso un Cristo sobre la almohada entre ambos y le dijo ¡Antonia, aquí tienes a tu esposo! renunciando a sus derechos conyugales y desde entonces vivieron como hermanos. Esta es la versión mágica del asunto, muy propia del siglo XVII, aunque es fácil suponer que ambos eran de temperamento religioso y que hicieron votos de castidad, lo cual no era raro entonces.

Hacia 1.680 estaban nuevamente en el Callao y  escogió por confesor a un jesuita, quien la envió a pedir dinero al Capitán Francisco Serrano para comprar un terreno y fundar un Convento. Serrano compró un lote en el Callao, empezando a tramitar los permisos, mientras Antonia Lucía solicitaba limosnas para las obras y hasta cargaba tablas sobre sus débiles hombros y como el asunto llegó a los oídos de su esposo, éste le dijo: «Yo entraré de religioso en los descalzos de San Francisco y tu viste la túnica», refiriéndose a una túnica morada que Cristo le había prometido en una visión y así hicieron, pero don Alonso murió en 1.681 en su convento y Antonia Lucía usó desde entonces ropa de luto color morado y pasó a vivir en el Beaterio  cuya construcción acababa de terminarse, con el nombre de Sor Antonia Lucía del Espíritu Santo, donde tuvo el agrado de recibir a su madre que llamó en religión Hermana María de la Purificación. También a niñas y a ancianas y a otras mujeres virtuosas pero en eso el Capitán Serrano hizo ingresar a una hija suya, de escasos siete años de edad, a cuyo nombre había obtenido las dispensas y la puso a mandar y el Beaterio empezó a marchar mal.

Antonia Lucía cambió de confesor y fue ordenada salir del Beaterio y pasar a Lima a fundar otro, recogiéndose por lo tanto en el de «Santa Rosa de Viterbo», en una celdilla pequeña donde sólo cabía una tarima y allí estuvo un año pasando mil penurias, por ser la celda más retirada de la casa y donde nadie se atrevía a vivir porque de noche se escuchaban grandes ruidos y se veía cosas raras, pero todo lo sobrellevó con paciencia hasta llenarse de piojos y comer comida agusanada. Después le sobrevino «un mal de hijada»- dolor a los ovarios – junto con otros achaques que la pusieron al término de no poder coger la frazada en las manos, que era todo el ajuar de su cama y con los dientes la cogía y la traía a si hasta que se abrigaba con ella. I estando una noche en oración, vio que el Señor vestido de su túnica morada, como se le había aparecido en otras ocasiones, llegaba a ella y le cortaba las trenzas, le ponía la túnica, la soga al cuello y la corona de espinas a la cabeza, diciéndole: «Mi madre ha dado su traje de pureza para hábito a otras almas y yo te doy a ti mi traje y hábito conque anduve en el mundo. Estima mucho este favor que a nadie he dado mi santa túnica» y volviendo en sí Antonia Lucía se vio vestida de Nazarena. Esto le ocurrió después de un año de andar como estática y tan abstraída que estaba toda embargada y sin poder usar de sus sentidos perfectamente. Entonces el provisor de los franciscanos oyó que Antonia Lucía vestía de morado y le mandó a sacar el hábito, pero al visitarla quedó tan prendado de sus virtudes que luego la iba a ver siempre al Beaterio de Viterbo y hasta le daba ocho pesos mensuales de limosna.

En 1.683 tomó por confesor al Maestro de la Iglesia de San Ildefonso, y una mañana que meditaba sobre la fundación de su Convento, vio en la oración a un sujeto caritativo y comprendió que él la ayudaría. Días después recibió la sorpresiva visita del Capitán Roque Falcón, recién llegado de Chancay, que le entregó doce mil pesos para que compre una casa, pues su fama de santidad se había extendido y quería ayudarla.

Con esa cantidad adquirió un terreno en la calle de Monserrat y redactó las «Reglas y Constituciones del Sagrado Instituto Nazareno, principiado en el Callao y transplantado a Lima», que copió de la del Carmelo.

Este nuevo Beaterio comenzó a funcionar en 1.684 con la presencia de cuatro Hermanas hasta que el 87 un pavoroso terremoto destruyó Lima pero Sebastián de Antuñano y Rivas les donó un terreno nuevo y una efigie del santo cristo de los Milagros pintado en 1.651 por un humilde negro angoleño, siendo desde entonces las madres Nazarenas sus fieles guardianas y cuidadoras.

Estos sucesos están referidos por la madre Josefa de la Providencia, quien fuera su amiga y sucesora en la dirección del monasterio, que escribió en 1.747 su vida, publicada en Lima recién en 1.793. En ella manifestó que hacía curas milagrosas, unas con su saliva y otras con emplastos y oraciones.

A los sesenta y tres años le acometieron palpitaciones al corazón y temblores al cuerpo, teniendo que guardar cama sin que los médicos descubrieran el origen de sus males a no ser las  rigurosas privaciones que la habían conducido a tal estado de postración física y comprendiendo ella que se acercaba su fin, exclamó “Padecer hasta que Dios quiera y mande”, dio poder para testar a su antiguo protector el hermano Antuñano y a  las dos de la tarde del sábado 17 de agosto de 1.709 se sentó de pronto en su cama, puso una mantilla en la cabeza y levantada se colocó en cruz, con los brazos extendidos un pie sobre el otro y los ojos vueltos al cielo y estuvo así por un cuarto de hora, hasta que dio dos boqueadas y expiró, inclinándose suavemente sobre si misma y con pausa, sin bajar los brazos ni apartar los pies, recostándola sus hermanas, como si estuviera dormida.