60. Barberos, dentistas y mascarrabos

La noble profesión de la dentistería que tantas lágrimasha hecho rodar por el mundo es relativamente nueva en nuestra ciudad. Recién comenzó desde 1.880 a ponerse de moda en Guayaquil, cuando llegó el «gas hilarante» y «el éter», llamado también anestesia a la reina porque Victoria de Inglaterra lo exigió al dar a luz a uno de sus primeros hijos, y se administraba depositando gota a gota en una mascarilla colocada en las fosas nasales de los pacientes. Estos fueron los primeros anestésicos usados en las extracciones. Mientras tanto la sufrida cristiandad había tenido que aguantarse los dolores de dientes y muelas o llamar a los «barberos – sangradores», que hacían el pelo y la barba y se prestaban para todo tipo de cirugía menor, tal como extraer dientes y muelas, remover raigones, suturar heridas superficiales, cauterizar las más profunda, ligar  venitas, sangrar a los que sufrían de hipertensión arterial y aplicar las repugnantes sanguijuelas, muy medicinales cuando chupaban sangre de la nuca, para bajar la tensión  provocada por la presión arterial elevada (una terapia de descanso) evitando los derrames cerebrales.

Los primeros dentistas propiamente dichos llegaron del exterior como es natural, unos de Colombia y otros del Perú, se establecían en el puerto y anunciaban sus servicios por periódico. Poco era el instrumental que usaban, solamente un gatillo mango de ancho para las muelas, especialmente si eran las conocidas como del juicio con cuatro patas retorcidas y otro gatillo menor para los dientes y colmillos. A veces se producía hemorragias muy fuertes y era necesario coger puntos, pero casi siempre la destreza de sus manos hacía que la extracción fuera rápida y no tan dolorosa.

A un curita de los contornos el Obispo le prohibió que sacara muelas gratuitamente a la gente del campo, porque le avisaron que el padrecito dizque para agarrar bien la pieza, tomaba posiciones y realizaba insólitos manoseos en los pechos de las damas y damitas sus pacientes. Otro barbero ad honorem de los contornos, era famoso por su manía de orinar frecuentemente, aún en medio de las extracciones, posiblemente debido a que sufría de hipertrofia de la próstata y a veces, cuando volvía del servicio higiénico olvidaba lavarse las manos y seguía maniobrando en la boca de sus sufridos clientes, con los ascos que son de imaginar.

En cuánto a dientes y muelas, se perdían con mucha frecuencia por la mala alimentación producto de la falta de conocimientos dietéticos, así como también por los continuos embarazos anuales que desproveían de calcio a las señoras y era de ver como jovencitas de veinte y cinco y treinta años solamente, andaban hueras y con la fea costumbre de taparse la cara con un pañuelito o con el abanico cada vez que sonreían, para no enseñar los huecos. En las antiguas fotografías de Presidentes de la República se observa que estaban desdentados, pero a mediados del siglo pasado llegaron las dentaduras postizas de marfil y tan pesadas, que la gente tenía que hacer verdaderos esfuerzos para hablar. Una de ellas había usado en los Estados Unidos George Washington, aunque solo se la ponía para las ceremonias oficiales pues mucho le molestaba.

Por otra parte, comer con ellas, era un martirio. La comida se quedaba a medias en la boca y era peligroso tragar. Se cuenta que Rocafuerte se mandó fabricar una completa para arriba y abajo, pero que nunca se acostumbró al uso. I tenía toda la razón porque recién con el siglo XX salieron las actuales planchas de material menos pesados y sobre todo más maniobrables.

Mi tío abuelo Carlos Concha Torres aprendió dentistería en Alemania y allí estuvo algunos años en el empeño, lamentablemente nunca ejerció la profesión pero que de saber sabía y hasta era diplomado y todo lo demás. Una prima que vivía en casa de mi bisabuela, llamada Victoria Balanzátegui Torres, chicona de no más de doce años, tenía una muela cariada que le dolía mucho y no se la dejaba sacar por nada de este mundo pues era floja de carácter y muy miedosa y como no era tonta se disculpaba diciendo en cada ocasión: «Solo me la sacaré cuando regrese de Europa mi primo Carlos» y pasaron varios meses, pero un buen día ¿Qué creen que sucedió? pues que regresó de Europa el primo y todos a una decidieron probar al nuevo dentista con la famosa muela de Victoria.

El recién llegado mandó a pedir un instrumental adecuado al doctor Pazmiño que vivía cerca, porque aún no retiraba el suyo en la aduana, la trincaron en el suelo a Victorita que se defendía como fiera y en un dos por tres quedó sin muela. Ella no podía protestar, pero cuando pudo dijo solamente: «Sácame tus dedos sucios de tabaco de mi boca». Así se estrenó Carlos Concha en el Ecuador como dentista.

Recuerdo y esto no me lo han contado, cuando en cierta ocasión asistí al recital de poemas propios y ajenos que ofreció un poeta famoso que ya andaba por los setenta años, pero falleció de casi cien. El vate usaba plancha como después se supo, porque el recital fue un fiasco debido a la mala pronunciación. Solo dijo: // Elhs shiello hersmosamente clasro // añunshia la eshistenshia de nuestro gran creadors.

I todo fue un sonarse de narices y sacar pañuelos para evitar que el vate se diera cuenta de la risa que estaba despertando su dentadura postiza unida a un fuerte acento interandino que hacía impenetrable la correcta y galana apreciación de su estro, que en otros tiempos había sido genial.

Los mascarrabos de antaño, en cambio, eran personajes famosos. Había uno por barrio, que la profesión no daba para más. Por lo general eran indios de la sierra, muy fornidos y con grandes dentaduras, que iban a las casas a mascar los rabos de los cachorritos y cachorritas de no más de seis semanas de nacidos, para luego coserlos con aguja y dejarlos que ni pintados para una exposición canina. Dicen personas que llegaron a verlos en acción, que afeitaban la partecita del rabo por donde iban a pegar la dentellada y tomándolo suavemente para no asustar a las víctimas, lo metían en la boca y lo cortaban de un solo mordiscón, botando la punta al suelo y apretando el muñón para impedir la hemorragia. Tan antihigiénica operación costaba un peso y había mascarrabos de buen bajo a los que jamás se les había infectado una herida.