59. Anecdotario de los conventos

En 1.684 las monjas del convento de Santa Catalina de Siena de Quito se rebelaron contra sus superiores varones de Santo Domingo acogiéndose a la protección del Obispo Alonso de la Peña y Montenegro. El Provincial se dirigió a la Audiencia y logró del Presidente Lope Antonio de Munive que las regrese a la obediencia, pues los motivos que ellas esgrimían eran de índole interna y disciplinaria y no constituían causa suficiente para tanto alboroto.

Al conocerse la resolución, el Canónigo Manuel Morejón, Vicario de la Diócesis y encargado del Obispado por enfermedad del titular, resolvió no acatar la orden presidencial y apoyar a las monjas revoltosas. Al efecto reunió a la comunidad para que elijan Superiora a la madre Leonor de San Martín, de las más viejas, virtuosas y abnegadas monjas del claustro, de tal suerte que el monasterio quedó escindido en dos bandos irreconciliables. De un lado las monjas jovencitas que ambicionaban una vida distinta y por eso fueron llamadas «las Relajadas» y del otro las monjas viejas que querían continuar bajo la coyunda masculina y se llamaban a sí mismas «Las Observantes.»

El 28 de abril, antevíspera de la fecha de la Santa Patrona, reinaba al interior del convento un ambiente de zozobra pues ambos bandos se habían fortificado con parientes, amigos y allegados y el Presidente Munive, que apoyaba a las Observantes, dio permiso al Provincial dominicano para que acompañado de un Escribano y un Alguacil, visite a las monjas y les lea el dictamen de la Audiencia.

Al día siguiente el Provincial se hizo abrir las puertas del convento y tomó asiento en el Coro alto con veinte frailes. Leída la Orden, el mismo Provincial la acató con gran obediencia poniéndola por encima de su cabeza, pero las monjas Relajadas gritaron al unísono: «No la acatamos» y allí se armó la trifulca pues los veinte frailes dominicos cayeron a puntapiés contra las revoltosas, en medio de una algarabía horrible que terminó con la fuga de las rebeldes todas ellas magulladas, que se fueron a implorar la clemencia del Obispo.

El asunto tomó cuerpo, se demandaron las partes y el juicio llegó hasta el Virrey de Lima quien resolvió equitativamente manifestando que las que quisieran continuar así lo hicieran y las que no, que busquen a donde irse, que conventos sobraban en Quito.

Esta fue la primera protesta femenina y el primer enfrentamiento entre sexos que se tiene memoria en nuestra historia colonial, no teniendo nada de raro que ocurriera en un convento pues estos eran los sitios más importantes de la vida citadina, como lugares de reunión de gentes de toda clase y condición, sitio donde se realizaba buena parte de las etiquetas sociales y hasta escuelas abiertas para niñas con internado.

Los conventos también cumplían funciones no específicas pues se prestaban a mecenazgo de artistas y al cultivo de las más felices manifestaciones del espíritu y la inteligencia. El número de monjas poetisas y escritoras era considerable en relación al medio; sus bibliotecas y archivos se enriquecían con obras piadosas, literarias y hasta de teatro; la vida comunitaria daba oportunidades diversas para ascender en el camino del perfeccionamiento a algunas; mas, para la gran mayoría, constituía una esclavitud disfrazada, que solo llevaba a una vida gris, sin sexo y hasta sin motivaciones.

El siglo XVII, sobretodo, fue el siglo de los conventos quiteños tanto de sacerdotes como de monjas, y como dato curioso cabe anotar que la familia formada por las descendientes del escribano de Guayaquil Diego Navarro Navarrete, por casi un siglo dio monjas de importancia al Convento de Santa Catalina de Siena, pues las tías monjas llevaban a sus sobrinas y así sucesivamente hasta que el ciclo se rompió en 1.740. Entre ellas sobresalió Catalina de Jesús Herrera y Navarro – Navarrete, monja de clausura y velo negro que escribió una hermosísima autobiografía por orden de sus superiores, que al ser transcrita a principios del siglo XX por fray Juan María Riera Moscoso, de la Orden dominicana, la tituló «Diálogos entre el alma y Dios», donde campea un estilo hermoso y al mismo tiempo barroco y lleno de giros que la embellecen y dan profundidad, dentro de un ambiente tenebrista muy a tono con la Contrarreforma instaurada en 1.583 por el Concilio de Trento, con tonos mágicos e imaginativos donde la presencia del demonio es asunto normal y corriente y se manifiesta en algunas de sus paginas tomando las formas más raras, desde simples sombras furtivas que se aparecen en la oscuridad de la noche hasta seres tan reales como los de la vida corriente. Esto del diablo, que antaño era tema de muchos comentarios y que hogaño pasa casi desapercibido, debería ser estudiado a la luz de la moderna psicología como manifestación del sub conciente (energías mentales o fuerzas aún desconocidas que pueden llegar a confundir) tal  el caso de nuestra monja, pues ella creía poseer un especial don o carisma para sufrir tentaciones, de las que solo lograba salvarse merced a su fuerza de carácter y tenacidad en la oración, así de trastornada andaba la pobrecilla.