58. Una fiesta familiar en la antigua Baba

La Noble y Torera Villa de San Francisco de Baba fue en tiempos mejores (desde 1.600 hasta 1.750) una población que disputaba a Guayaquil el liderazgo de la cuenca del Río Guayas, hasta que un buen día su río se desvió hacia el estero de san Lorenzo (origen de la actual población de Vinces) y tras ello, con la independencia comenzó su decadencia para convertirse en lo que es hoy, un poblado de nuestra costa, aunque con una historia con mucho garbo, señorío y distinción.

Había que ver cómo se vivía en Baba en el siglo XVIII, cuando tuvo una sociedad criolla de primer órden, compuesta por las más ilustres familias españolas de la de la cuenca de Guayas.

Una crónica de esos felices tiempos nos cuenta que tanto las damas como los caballeros vestían de seda. Ellas con trajes blancos y alguna que otra arandela para adorno, zapatito de tacón y largas trenzas. El sexo masculino con pantalón blanco hasta la media pierna, medias muy finas y zapatos con hebilla de plata. La camisa con encajes y una larga levita de dril. Para las ocasiones solemnes esta prenda cambiaba y salían a relucir las casacas de paño o terciopelo tejidas con hilos de oro y plata. La espada al cinto y un bejuco «plazarte« complementaban el atuendo.

EL INCIDENTE DE LA PELUCA

Todavía no se conocía la cotona que parece que arribó con la independencia pues su nombre viene de la palabra Cotton que significa algodón en inglés. El Liquiliqui es la prenda que se le parece en Venezuela, porque es oriunda del Caribe. Los mulatos, mestizos y negros vestían igual que los criollos pero sin tanto lujo. La capa española de muchas vueltas era de ley, no así las pelucas blancas que solo usaban los nobles. Acerca de esta costumbre se cuenta que hubo un largo pleito entre dos vecinos porque uno de ellos, usando a su esclavo, hizo arrebatar la peluca del otro, dizque porque no le correspondía usar tan distinguido atuendo. Tamaña afrenta, registrada en una calle principal de Baba, originó un juicio criminal que llegó hasta la Audiencia de Quito y terminó con las fortunas de ambos que se malgastó en trámites judiciales y finalizó años más tarde con una orden pertinente para que se le reponga la peluca al perjudicado, porque habiendo probado su nobleza de sangre durante el litigio, podía llevarla en público cuantas veces lo desee.

LAS FIESTAS Y SANTORALES

Baba era un centro agrícola de primer orden. Muchas familias residían en haciendas cercanas, Citemos al paso las siguientes, solo para refrescar la memoria: Aguirre, Zárate – Chacón, Plaza, de la Cuadra, Vera, Cepeda, Avilés, de la Rocha, Arzube, Yépez, Noboa, del Castillo, Zepedillo, Abellán, Pacheco, Urtarte, Ayala, Rivera, Malo de Molina, Troya, Moreta, Pareja, Abad, de la Serna, Moreira, Cedeño, Montesdeoca, Zumálave, Coello, Cuadrado, Montalvan, Sobenes, Erazo, Guerrero, Contonente, Bayas, Munites, Aguilar, Ruidíaz, Tello de Meneses, Franco, Ariscún – Elizondo, Echeverría, Arbeláez, Badaraco, Platzaert, Venegas, Arbeláez, Arzube, Morillo, Cepeda.

Prácticamente no hay noble en Guayaquil que no tenga una hacienda en Baba y pase allí siquiera seis meses al año y en esos meses son numerosos los compromisos sociales que ocurren a causa del santoral.

EL SANTO DE LA DEVOCION

El día del Santo de la dueña de la casa – hacienda, los preparativos se iniciaban con el clarear del alba. Faroles forrados dé papel coloreado se colocan en los árboles cercanos y, dentro de ellos una gruesa vela de esperma casera, para prenderla a las cuatro de la tarde, cuando lleguen los convidados.

La imagen tallada en madera del santo patrono tocayo de la propietaria es sacada del oratorio que toda Casa – hacienda tiene por obligación y luego de una limpieza general se la coloca en la mitad del corredor del patio, donde todos la puedan ver. Parientes y amigas mandan sus mejores alhajas para adorno y entonces la imagen queda hecha un «SanJacinto « de pie a cabeza. En ocasiones el santo es pequeño y entonces el lujo consiste en tenerlo dentro de un arca de vidrio traída de España, cruzada por cintas de colores alusivas a la Cofradía a la que se pertenece la propietaria.

No es raro que se la pinte ex profeso, arreglando sus vestiduras con aguja e hilo y quizá hasta con pan de oro impreso al fuego para que dure. A esta operación la llaman: «doraralsanto« y aun se la repite en algunos de nuestros pueblos costeños; solo que ahora, por estar tan caro el precioso metal, usan la horrible y fea purpurina.

Termina el arreglo con muchas ramas fragantes y flores y frutos que se colocan a los pies para dar más ambiente a la escena.

Los santos más concurridos son San José, San Jacinto, San Pedro, San Juan, San Francisco, San Pablo, Santa Ana, Santa Clara, Santa Luisa y Santa Isabel; Santa Elena también tiene partido, pero no en Baba, y la Virgen en sus diferentes advocaciones del Carmen, de las Mercedes y del Soto es venerada con gran frecuencia.

 

UNA VELADA INFORMAL

A la caída de la tarde comienzan a llegar los invitados, unos a pie, otros en caballo y los más ancianos en sillas de mano o carretas de madera, chirriantes, sin balancín y primitivas desde todo punto de vista. Los franciscanos vienen a caballo con la sotana café y tosca, pero calzan hebillas, espuelas y estribos de plata martillada que valen un Perú. Así, tan inteligentemente, obedecen las reglas de la orden y demuestran a los vecinos que sí tienen con que sacar prosa en determinadas ocasiones. Los Alcaldes y Regidores del Cabildo llegan muy orondos, todos de pantalón blanco hasta la media pierna y con peluca; unos portan la vara de la justicia que los distingue y otros solamente una espada toledana fina y cara a mas no poder. Les acompañan sus señoras en hermosos caballos llevados de las riendas por sirvientes o esclavos. Se descubren y directo van donde el santo, al que rezan con unción. Luego se dirigen al sitio en que la dueña está sentada y le dan abrazos y besos de felicitación. Se ha cumplido con la religión; ahora sí, a divertirse todo el mundo. Son las seis. ¡Que se inicie el baile!

Las comadres «demediopelo» – término usado para las que no podían usar pelucas de nobles, también asisten, los trabajadores de la hacienda Ídem; se vive una sociedad muy amplia y los diversos niveles económicos no se encuentran muy diferenciados. La riqueza la da el cacao, pero siendo la zona tan fértil el que menos tiene para vivir. No hay ricos ni pobres en extremo, todos gozan de la bonanza del suelo y llevan las cargas al puerto de Guayaquil para su exportación al Callao, Acapulco, Realejo y Panamá.

Muchas señoras se empolvan con flor de zinc, otras se defienden con pomadas fragantes de pétalos de flores aromáticas. Se huele a jazmín, clavel y rosa. El abanico y la mantilla no faltan y los pocos militares de la zona lucen vistosos uniformes que hacen juego con los coloretes de las casacas. Los padres no son recelosos y permiten a los jóvenes que se aparten del grupo. Cada cual se acomoda como a bien tiene.

BAILE, COMIDA Y BEBIDA EN ABUNDANCIA

Se oye un leve rasgar de guitarra española y alguien canta un zapateado, con mucho de andaluz y criollo. No falta quien saque a bailar y la anfitriona ríe. ¡Su fiesta es todo un éxito!

Adentro las cocinas están llenas de criados y esclavos, muchos de ellos traídos desde lejos, para ayudar al servicio, que no se alcanza. Se han sacrificado dos reses de las que casi salvajes moran en las cercanías umbrosas de la floresta y en estos momentos se dan los toques finales para presentar las bandejas. En el comedor, grande y espacioso, se acomodan tres enormes mesas. Una está llena de frutas y confites, sin faltar las conservas preparadas con dos o tres meses de antelación. Otra tiene licores y cordiales (así llamaban a las mistelas) y un licor muy español y que hoy ya no se toma, llamado de Ratafía. Hay vinos traídos de Panamá y Chile en barricas de cien litros. Mistelas caseras con alcohol potable y jugos de frutas tampoco faltan y todas son aromatizadas con los pétalos de flor de la mistela. Allí la de leche, que tiene que ser más cristalina que el agua para estar buena. La de anís, tan criolla como ninguna otra. La de menta, que es carita porque las hojas vienen de México, etc.

Las de naranja, guineo y papaya son las más dulces y empalagosas y para los «viejitos« el infaltable rompope, es lo que hay para dar fuerza a los enfermos de debilidad. La receta, claro está, es un secreto de cada familia, pero todas se parecen entre si; lo que varia es la cantidad de huevos. Hay señoras que utilizan hasta diez en cada litro de aguardiente para que salga espesito, agradable y cogedor, el de la familia Ycaza García era con seis huevos por cada litro de alcohol, se cernía la mezcla cuatro veces en algodones y cocinaba dos. Salía más rico que ningún otro, según decires de la Ñeca Icaza Marín de Icaza Bustamante.

La última mesa contiene cosas de sal, criollas todas porque todavía no se conocen los secretos de los cocineros franceses e italianos. Hay empanadas, verdes, pintones, maduros, pan de yuca, muchines, carne de res, costillas, fritadas y arroz en tres o cuatro formas. Con azafrán si es rojito, con carne y achiote si es amarillo, con gallina si esta aguado y el mejor de todos, el blanco con salsa picante de chivo o borrego preparada con ají peruano para darle sabor. Cada cual se sirve las veces que quiere y nadie anda con meandros ni dietas. La mujer, mientras más gorda, más hermosa y el hombre si barrigudo mejor; es signo de distinción, clase y elegancia.

CHISTES Y MORESCAS POR LA FECHA

Los padres se divierten en grupo sin tomar en cuenta a los jóvenes que casi siempre están fuera en el patio o jardín, papando moscas. No hay malicia en el ambiente y raras son las violaciones o secuestros. Todo se hace delante de Dios y con el Cura de por medio. ¡Felices aquellos tiempos babiecos donde todo era Arcadia, buenas maneras y bonanza económica! La moral se respetaba y la religión se imponía patriarcalmente.

Pero ¿Qué veo? allí al rincón hay una señora fumona que absorbe velozmente un tremendo cigarro de hojas de tabaco, lanzando sinnúmero de volutas que se deshacen al contactoconel aire. Parece que todos por igual practican este vicio. Los hombres con cigarrillos pequeños de tabaco negro y fuerte de las vegas del Daule. Ellas se atosigan con cigarros del porte de un guineo, confeccionados con tabaco rubio para señora y preparado a mano y a lo mejor sobre una hermosa pierna.

El cigarro de muslo es el más sabroso. ¿Por qué será? Es usual que como una galantería, las damas brinde su tabaco a un caballero, ¡Qué bello! Hasta los padrecitos mercedarios, agustinos y franciscanos se tientan con esto y caen en el vicio ¡Nadie se asombra! ¿Acaso por su condición sacerdotal no tiene gusto?

Los señores después de la cena forman corrillos y cuentan «cachosdeQuevedo«, riendo de buena gana. Las mistelas van al sexo débil pero el rompope es peleado por igual. Una gran copa de plata llena de delicioso vino tinto esta en cada mano y todos dicen salud por la anfitriona, que corre de un lado al otro, atendiendo y ordenando. No se da un minuto de descanso.

A las doce en punto suena la campana de la hacienda y todos se detienen en el patio. Una banda de violines traída de alguna hacienda cercana entona una canción triste para ablandar a la santa. Luego se cambia con violencia y las niñas y jovencitas bailan «morescas» a grandes pasos, con castañuelas y todos cantan acompañando. Algunos intrépidos mancebos saltan al ruedo y completan el grupo.

 

TEATRO Y BALLET INCIPIENTE

Estas «morescas» o bailes acompasados que tanto mencionan los cronistas coloniales, ¿serán acaso incipientes demostraciones de ballet? Quizás en estos bailes en grupo pueda encontrarse el origen del ballet ecuatoriano que hoy recién se esta creando con carácter montubio y folclórico. La verdad es que la «morescas» fueron conocidas en España, Italia y Francia desde el siglo XIII habiendo sido importadas por los moros de África. En Italia se bailaba por 1502 y hubo varias de estas representaciones en Roma con motivo del matrimonio de Lucrecia Borgia con Alfonso I de Este, heredero del Ducado de Ferrara.

En la costa y en plena colonia fue el único baile acompasado y de grupo que nuestros lejanos abuelos conocieron y si hemos de ser veraces estas «morescas» hoy perdidas y olvidadas en el folclore litoralense, debieron haber sido hermosas y excitantes, llenas del embrujo moro de la raza hispana interpretados por los sacerdotes concurrentes. El primero llama «El disgusto de Juan el Bobo» y su argumento no puede ser más simple. Se trata de un campesino representado por un franciscano con careta, que hace movimientos defectuosos y chuscos al caminar, recita dos o tres zonceras que llaman a risa y luego enseña a su familia que por coincidencia repite las torpezas del padre con idénticos movimientos. Al final todos se dan ramalazos en la cabeza por una discusión baladí y luego que el publico ha reído a mas no poder, los improvisados actores atacan a la concurrencia con sorna, provocando un desbande en donde los vivos se aprovechan de las bobas que yacen caídas y las levantan. ¡Allí está la gracia! Este entremés gustaba mucho y la parte final se denominaba «mojiganga», quizá porque todos intervenían y se armaba un zipizape del demonio.

El segundo es una «loa triunfal»   de carácter serio y en el interviene la erudición clásica del siglo XVIII llena de alusiones mitológicas y con su abuso de términos culteranos.

Igualmente es presentada por sacerdotes, jesuitas quizá porque protagonizan un diálogo de Plauto o Terencio, autores los más conocidos entre los clásicos y termina con la aparición de varias jóvenes enmascaradas que simbolizaban La Dicha, La Fortuna, La Felicidad y La Religión, recitan un monologo por turno, de los más cursi, haciendo la exaltación o loa de la santa, que con esto se da por bien servida e invita a todos a pasar hacia el interior de la casa porque el frío de la madrugada corta y acatarra y el programa ha terminado.

CAFE DE PISCANO Y MAS TRAGO

Allí se vuelven a llenar las mesas con café aromático de Piscano, recién tostadito y muchos panes y dulces caseros. Todos se reconfortan y continúan danzando, incluso los sacerdotes invitados, que eso de barrer con la sotana en aquellos días no se tomaba a mal. Las copas siguen su marcha y al fin, al clarear el alba, a eso de las seis, se despiden y ensillan las cabalgaduras, partiendo presurosos a sus haciendas y llevándose a los criados que aquí entre nos también se han distraído en las cocinas y bodegas con las criaditas, achicando vino con el cuento de que son sobras. Algunos ni se pueden parar y todos están sin zapatos, porque no hay costumbre de usarlos.

La santa ha cumplido, no volverá a ser tan importante sino hasta después de un año.