534. Chascos y Más Chascos

Durante el matrimonio de la hija del dictador bombita celebrado el 11 de enero del 72 en el Palacio Presidencial, ocasión que aprovecharon sus compadres espirituales Poveda, Durán y Leoro para deponerlo sin pena ni gloria (no murió nadie y tampoco hubo heridos) de manera que fue un ententecordial, o una revolución meramente palatina. Un invitado me refirió con mucha gracia que los cupos de vuelo se acabaron dos días antes, tal la cantidad de favorecidos con el convite, pero que de todas maneras pudo llegar a Quito por tierra. La reunión resultó elegante y hasta protocolaria, se sirvió champan con bocaditos nacionales, unas especies modificadas de chugchucaras de Latacunga, pero delicadísimas y artísticamente decoradas y servidas en bandejas de plata, y todo estaba a pedir de boca cuando comenzaron a oírse unos gritos destemplados en el piso superior, tal si estuvieran discutiendo airadamente. En mitad del barullo se escuchó a alguien gritar: dejen al gordito terminar el matrimonio de su hijita, pero el escándalo continuaba acompañado de ruidos extraños provocados por objetos que se estrellaban en el suelo, algunos invitados comenzaron a ponerse nerviosos pero el clímax se produjo cuando el embajador de los Estados Unidos y su esposa fueron retirados por sus guardias de seguridad, entonces, hasta los más tontos comprendieron que había llegado la hora de huir. Para colmos, a los patios interiores empezaron a ingresar camiones que a vista de la concurrencia sacaban los obsequios del Palacio. Verá Michita, allí van tres Frigidaire, la nuestra de regalo, la distingo por el color del pompón.  Breve, breve, vení a la ventana Lupita elé, dan llevando la lavacara de plata que le dimos regalando a la novia. Mientras los invitados huían despavoridos y al bajar hallaban el ingreso fortificado con sacos de arena y nidos de ametralladoras que debieron saltar para alcanzar el portón de entrada. En la Plaza Grande no había ni un alma viviente, ni un taxi disponible y como aún no se había inventado los teléfonos celulares que son tan útiles para esta clase de emergencias, hubo que caminar sorteando a los soldados apostados detrás de los estantes con los rifles de combate listos para disparar. Las damas entacadas, enjoyadas y empieladas (casi todas habían ido con sus capas) se iban cayendo al ser prácticamente arreadas por sus maridos. Algunas lograron refugiarse en casas cercanas, pero fueron las menos. Las damas tuvieron que recorrer varios kilómetros hasta sus residencias, a las que arribaron más muertas que vivas del miedo y del cansancio. Habían pasado una jornada de terror mientras tanto al día siguiente, aparentando júbilo, a las siete de la mañana bombita bailaba en su hacienda de Pujilí un folklórico salpashca y el país amanecía con una nueva dictadura militar, la de los Triunviros.

En 1965 me hallaba en Santo Domingo de los Colorados ajetreando un asunto judicial y ese fin de semana asistí a la inauguración de una feria agrícola. Mientras observaba al ganado se escuchó el ulular de varias sirenas y alguien gritó Ya viene bombita. Corrí, con los demás asistente, al ingreso ferial y llegué cuando bombita entraba muy sonriente como siempre y rodeado de numerosos cortesanos y adulones. De improviso salió un muchachón y con voz de trueno exclamó: Bomba, bomba, bombita, viva el General Bombay (así le habían motejado algunos graciosos dizque en inglés) y cosa rara, el público comenzó a repetir tan singular saludo que más tenía de burla que de otra cosa, a grito pelado, y hasta se formó un atropelladero de gente, mientras en mi ingenuidad pensé: Éste se va a poner furioso; pero no, porque mientras más le gritaban en la cara el dictador sonreía con la mayor placidez y daba la mano a tutti cuanti. Fue el mayor espectáculo de la feria pues la gente se olvidó de las vacas. Bien dice el adagio: Ande yo caliente y ríase la gente.

En 1961 unos seis estudiantes salíamos de la Ciudadela Univesitaria un sábado de mañana cuando se nos ocurrió visitar al presidente Velasco quien acababa de arribar la noche anterior y se alojaba en el departamento de su sobrina segunda Lourdes Ponce de Crawford, quinto piso en P, Ycaza y Panamá

Llegados al edificio encontramos a un militar: Por favor, dígale al señor Presidente que un grupo de universitarios desea saludarlo., Bien mandado el oficial subió a dar el recado y poco después bajó para indicarnos que el Presidente nos esperaba. Carlos Béjar Portilla que encabezaba al grupo y poco tiempo después iniciaría en el Ecuador el boom del realismo mágico con obras notables, nos pidió que le dejáramos hablar.

El Presidente ya esperaba en el hall, elegante como siempre (saco cruzadoe impecable corbata –  con los brazos cruzados y el rostro serio. Sin entrar en detalles Carlos le gritó de entrada: Ud. es la espada de Bolívar – Así es señor, fue la respuesta. Ud. es la esperanza de la Patria. Así es señor. Ud. es la samgrevivificadora de nuestra nación, insistió Béjar. Así es señor. Tras lo cual el Presidente, nos dio la espalda y entró al departamento dando un puertazo de disgusto, dejándonos más que sorprendidos y con un palmo de narices. Han pasado sesenta años y sigo pensando que Velasco consideró que Carlos, al imitar su oratoria, simplemente se le estaba burlando.

A principios de 1942, al enterarse el Dr. Antonio Parra Velasco de la suscripción del protocolo de Río de Janeiro protestó airadamente por la prensa y el gobierno le creyó un enemigo político. Entonces le ocurrió un penoso incidente que no estuvo exento de sus ribetes cómicos.  Parra acostumbraba tomar diariamente el tranvía para trasladarse de su domicilio al estudio. Una mañana que regresaba a las doce, sentado cómodamente al lado de una ventana, sintió una leve señal en el hombro y escuchó que le decían: Doctor, bájese en la esquina que ya le toca. Él contestó, no amigo, falta todavía algunas cuadras. No Doctor, está Ud. detenido y vamos llegando a la pesquisa. Apresado en tan curiosas circunstancias le embarcaron en el ferrocarril en Durán y fue a parar al panóptico en Quito donde estuvo por pocos días hasta que le sacaron exiliado en Cali junto a Clotario Paz y a Gustavo Tamayo Mancheno y solo pudieron volver el 43 tras acogerse al indulto general decretado por el gobierno.

En 1910 el Joven médico guayaquileño Pedro José Huerta, siempre tan pulcro y elegantísimo, conoció en un paseo en Quito a la joven Ofelia Sarasti Álvarez y fue un amor a primera vista, él era muy romántico y aunque bien correspondido e invitado a esa casa en plan casamentero, alguien debió advertirle que socialmente era un amor prohibido, pues su hermano Emilio Clemente Huerta estaba casado con Colombia Alfaro hija del General Alfaro vencedor en la batalla de Gatazo y Ofelia lo era del General José María Sarasti, perdedor en esa batalla, de manera que su matrimonio hubiera sido un escándalo de proporciones nacionales, en otras palabras, algo muy mal visto y considerado algo así como una traición familiar, de manera que la dejó pasar y se regresó  entristecido. Ofelia se casaría ya treintona con Nicolás Martínez Holguín fundador del andinismo en el Ecuador y consiguió la felicidad por su lado; en cambio Huerta, se recluyó en su consultorio en la planta baja de la casa familiar dedicado a sus clases en el Vicente Rocafuerte, a consultar archivos y a escribir historias y quedó vejete y solterón. Fue, pues, un amor frustrado por la política y la ñoñería intonsa del qué dirán.